LOS FAROLES DE HITLER

Breve crónica de cómo Hitler va dando sus primeros pasos al frente del gobierno alemán, primero dentro de la propia Alemania y después en las zonas anexionadas, y todo ante la pasividad de Francia e Inglaterra.

JOSÉ ANTONIO PARRA TOMÁS

José Antonio Parra en Asociación la Tortuga de el Charco.

2/9/20258 min read

Cuando más de dos quieren lo mismo y no están dispuestos a ceder, hay una guerra. Así de simple se puede resumir algo tan complejo. Hay guerra desde que hay civilización, y las guerras siempre han sido para robar. Se roba territorio, personas, infraestructuras, obras de arte, gasoductos, campos petrolíferos… La guerra es la forma en que roban los poderosos. Dios, patria, pueblo, libertad…, son las ideas que se inventan y controlan para que sean las masas las que luchen sus batallas.

Para robar necesitas ser más fuerte que aquel que será despojado, o tener una ventaja sobre él, o una excelente estrategia. Y de todos es sabido que en política internacional las imposiciones deben sustentarse con las armas. Dicho de otro modo: cada nación tiene la importancia de su ejército. El que mea más lejos es el más poderoso y puede imponer su voluntad a los demás.

Todas las guerras necesitan un pretexto, una justificación, un analgésico para la conciencia; los políticos buscan ese pretexto y los historiadores le dan la bendición al contar la versión de los vencedores, que se convierte en una realidad incuestionable.

La única forma de mandar a las masas a aniquilarse entre sí es convencerlas de que son distintos unos de otros, que deben odiarse, que deben temerse. Para eso les venden identidades, les colocan etiquetas, los envenenan con ideologías…

El nazismo fue, para la mayoría de alemanes, una religión, cuyos adeptos seguían ciegamente a su líder. Los alemanes hicieron de Hitler su dios y proyectaron sobre él unas cualidades sobrehumanas de las que carecía.

Desde su refugio en los Alpes, Hitler pensaba en la gran Alemania, capital de mundo. El chalecito que se hizo se encontraba en los Alpes bávaros, cerca de Berchtesgaden. Para edificarlo movió un ejército de operarios durante tres años para construir 15 Km de carretera que terminaba en un túnel del cual se accedía a un ascensor de 115 metros, todo ello tallado en la roca misma, para acceder al “Nido del Águila”, colgado en la montaña, con vistas extraordinarias y con todas las comodidades.

¿Cómo se hizo con el poder este austriaco, que solo llegó a la graduación de cabo del ejército alemán durante la primera guerra mundial? Pues la crisis económica, como consecuencia de la Gran Depresión de 1929, disparó la inflación en Alemania que, arruinada de la noche a la mañana, hizo que la empobrecida clase media renegara del parlamentarismo y se echara en brazos de Hitler, el político que, con su nuevo partido nazi, les prometía soluciones radicales. Así, Hitler subió al poder en 1933. Inmediatamente inició una política agresiva, que le permitió reunir en su mano los poderes de presidente y canciller y derogar las leyes democráticas. Reprimida policialmente la oposición, se sintió libre para aplicar su programa de pleno empleo, integración en el Reich de las comunidades de habla alemana y la formación de un ejército poderoso para la futura guerra de desquite y conquista del espacio vital.

Hitler era consciente que en 1933 el ejército alemán no podía medirse con el de ninguna otra potencia europea. Sin embargo, empezó a jugar de farol confiando en que los políticos europeos se arrugarían ante sus apuestas.

La primera gran jugada fue sacar a Alemania de la Sociedad de Naciones (la ONU de entonces) y denunciar el Tratado de Versalles, que fue el acuerdo de paz que se firmó en 1919, entre Alemania y los Aliados, al final de la Primera Guerra Mundial. “Como es abusivo y no estoy de acuerdo con ese Tratado, me lo paso por los…”

¿Qué hicieron Inglaterra y Francia? Nada. No reaccionaron. Hubiese sido el momento de pararle los pies, pero prefirieron no meterse en problemas.

Ante esa inanición de sus vecinos, Hitler dio el siguiente paso: amplió el ejército alemán hasta 600.000 hombres, lo que nuevamente vulneraba el Tratado de Versalles, que lo limitaba a 100.000. ¿Cómo reaccionaron Francia e Inglaterra? Cualquiera de ellas tenía fuerza sobrada para frenar en seco las aspiraciones alemanas, pero abrumadas por la crisis económica, optaron por una actitud conciliadora.

En el terreno económico, el régimen nazi combatió el desempleo realizando grandes obras públicas: las primeras autopistas de Europa, redes de ferrocarriles, canales, obras hidráulicas y energéticas y, a partir de 1937, realizando grandiosos pedidos a la industria de la guerra.

El “milagro económico” alemán se realizó en un periodo de cinco años (1933-1938). El PIB aumentó en un 50% y el desempleo bajó del 45% al 12%. El aspecto negativo de este “milagro económico” fue que el principal cliente de la industria alemana era el propio Estado, que se endeudó cuantiosamente.

Hitler escapó de ese atolladero financiero saqueando las reservas bancarias de los países invadidos, así como explotando a millones de trabajadores extranjeros en condiciones de esclavitud. Pero primero empezó incautándose de los bienes y fortunas de los judíos, a los que, antes de adoptar la “Solución final” intentó deportar a la isla de Madagascar, aunque ese plan no se llevó a cabo.

Hitler había anunciado su firme propósito de recuperar los territorios de habla alemana confiscados por el Tratado de Versalles. El primero en que puso sus ojos fue Renania, una rica región industrial con mucha minería, además de viñedos sobre el río Rin que producen un vino blanco delicioso.

El 7 de marzo de 1936 envió unos cuantos batallones, casi de excursión dominguera, ya que los soldados entraron en bicicleta. Las instrucciones de Hitler eran retirarse inmediatamente sin pegar un tiro, si los franceses se les enfrentaban. Pero, los franceses estaban de elecciones, y los ingleses de fin de semana, y así la Alemania nazi llevó a cabo la remilitarización de Renania, en contra de lo previsto en el Tratado de Versalles, que prohibía que Alemania estacionara fuerzas militares de cualquier clase en dicha región, limítrofe con Francia y Bélgica. Los franceses se limitaron a gruñir un poco y a los ingleses tampoco les hizo gracia, pero consintieron. O sea, que este otro farol había colado.

Hitler dejó pasar un par de años antes de subir la apuesta. Mientras tanto, suprimió el Ministerio de la Guerra. En adelante, las fuerzas armadas dependerían directamente de él, del Führer. Relevó en el mando a 16 generales y trasladó de puesto a otros 44. Todos aceptaron a regañadientes, excepto la facción más joven del ejército, que se alegró al verse favorecida por el corrimiento del escalafón.

En 1938 le tocó el turno a Austria, la antigua patria de Hitler. Al principio presionó sobre el gobierno para que legalizara al partido nazi austriaco, después infiltró agentes que desestabilizaran el país (bombas, manifestaciones, etc.), y finalmente convocó al canciller austriaco y le preparó una encerrona en el “Nido del Águila”, intimidándole militarmente y presentándole un documento por el que se le transfería el gobierno de Austria en el plazo de una semana. O firmas o invado. Acojonado el austriaco, firmó. Luego, de regreso a Viena, el canciller convocó un plebiscito. Hitler, un tío legal, lo celebró de todos modos y el resultado fue escandaloso: el 99,73% del electorado austriaco refrendaba su fusión con Alemania.

Francia e Inglaterra ni se alteraron.

Con la anexión de Austria se fundaba el Tercer Reich, es decir, el tercer imperio alemán. Pronto vendrían más anexiones.

Ahora puso los ojos en los Sudetes, una región de Checoslovaquia, fronteriza con Alemania y poblada mayoritariamente por ciudadanos de habla alemana. Checoslovaquia era un joven Estado surgido de la disolución del imperio austrohúngaro, tras la primera guerra mundial. Era rica en carbón y acero y, además, poseía una potente industria (las fábricas de cañones y motores Skoda) y una mano de obra cualificada. Un bocado apetecible.

El gobierno checoslovaco esperaba que sus padrinos, Francia e Inglaterra, le pararan los pies al vecino abusón. Como era de esperar la dejaron con el culo al aire. Bastantes problemas tiene Europa para añadirle uno más, pensarían.

Envalentonado por el encogimiento y cobardía de las democracias, Hitler decidió ocupar Checoslovaquia sin disimulos, con un par… Igual que en Austria, agentes nazis avivaron las discordias entre checos y eslovacos. Alarmado el anciano presidente checoslovaco, solicitó entrevistarse con Hitler. Recién llegado a Berlín y antes de ser recibido por Hitler, el ministro alemán de Asuntos Exteriores, Ribbentrop, le entregó un pliego con las condiciones que imponía el Führer: Checoslovaquia debe someterse a Alemania en calidad de Protectorado o atenerse a las consecuencias. Hitler lo recibe a las 2 de la madrugada, y no se anda por las ramas: le explica que la seguridad de Alemania requiere la incorporación de Checoslovaquia. Si no le entregan el país pacíficamente, lo tomará por la fuerza hoy mismo. No hay tiempo, a las 6 de la mañana, la maquinaria militar alemana invadirá Checoslovaquia. El anciano presidente se pone pálido y se desmaya. Una vez reanimado por el médico de Hitler, se pone al teléfono y habla con sus ministros reunidos en Praga, para que no se opongan a las tropas alemanas. Así es. Checoslovaquia se entrega sin lucha. En adelante será el Protectorado de Bohemia-Moravia.

Los alemanes están entusiasmados. ¡Esa manera de ampliar el territorio sin pegar ni un tiro! Francia e Inglaterra no reaccionan, se han quedado heladas. Es más. La revista americana Time proclamó a Hitler “hombre del año” de 1938 y le dedicó la portada. No era para menos. Incluso un parlamentario sueco propuso a Hitler para el Premio Nobel de la Paz. ¡Mal conocían las democracias con quién se jugaban los cuartos!

Polonia era otro país surgido del Tratado de Versalles en tierras que antes habían pertenecido a Alemania, Austria y Rusia. Una franja de tierra dividía el sagrado suelo alemán para que Polonia dispusiera de una salida al mar Báltico por la ciudad libre de Danzig.

Inglaterra y Francia estaban vinculadas a Polonia por un tratado de mutua defensa, pero últimamente habían enfriado sus relaciones con Varsovia. Cabe la posibilidad que se olviden de su compromiso, al menos eso espera Hitler. Con Stalin se guarda las espaldas y el 23 de agosto de 1939 firma un pacto germano-soviético de no agresión.

Se prepara un “casus belli”, una causa o pretexto para invadir Polonia. O sea, la apariencia de legalidad ante todo. Que parezca Alemania la agredida. Para justificar su acción, la propaganda nazi acusó a Polonia de perseguir a los de origen alemán, que vivían en su territorio. Las SS, montaron un ataque falso contra una estación de radio alemana. Los alemanes acusaron falsamente a los polacos de este ataque, y Hitler aprovechó después ese acto para lanzar una campaña de “represalia” contra Polonia. El 1 de septiembre comienza la invasión de Polonia, a la que se oponen sus pocas fuerzas armadas.

Ahora sí reaccionan Francia e Inglaterra. Reuniones urgentes en Londres y París. Los respectivos gobiernos no se han tragado lo de la agresión polaca. Inglaterra y Francia decretan movilización general, el paso previo a la declaración de guerra. Los embajadores entregan un ultimátum a Hitler, que se lo pasa por el forro de sus… El 3 de septiembre Inglaterra y Francia declaran el estado de guerra contra Alemania. Comienza la Segunda Guerra Mundial, que dejará la friolera cifra de más de cincuenta millones de muertos.