-ABEN HUMEYA Y LA REBELIÓN DE LAS ALPUJARRAS-

La historia de nuestro país, España, no se entendería sin la presencia musulmana durante casi 800 años, tiempo en el que el territorio actual que lo conforma, pasó de la dominación mora de todo él, hasta su capitulación final con la conquista de Granada, pero esa "reconquista" no supuso el fin de las tensiones mantenidas entre musulmanes y cristianos.

JOSÉ ANTONIO PARRA TOMÁS

José Antonio Parra, Asociación la Tortuga de El Charco

1/17/20267 min read

ABEN HUMEYA Y LA REBELIÓN DE LAS ALPUJARRAS

El Albaicín es, quizás, el más hermoso y cautivador de los barrios de Granada. Un paraíso enclavado frente a la Alhambra y Sierra Nevada. En esa colina, por encima de la verde garganta del Darro, encontramos antiguas casas y palacetes, sobre columnas ricamente talladas y adornando sus techos y paredes con mosaicos. Cerrados patios con fuentes, flores y arbolado, donde disfrutar de los atardeceres en un dulce paraíso. Su mejor legado son los “Cármenes”. “Carmen”, es una palabra derivada del árabe karm, que significa "huerto" o "viñedo", y es una seña de identidad de Granada.

El Carmen de Aben Humeya está compuesto por dos casas moriscas construidas en el siglo XIV y XV, que están adosadas a dos de los torreones de la muralla de la Alcazaba construida en el siglo XI. Es visitable, ya que hoy es un magnífico restaurante panorámico, escondido entre la vegetación y las fuentes, donde se puede apreciar la gastronomía mediterránea, mientras se contempla el bello paisaje de la Alhambra. Su nombre “Aben Humeya”, es en recuerdo de un conocido noble musulmán, descendiente de la dinastía Omeya.

La conquista del reino nazarí de Granada por los Reyes Católicos, en 1492, no supuso el fin de la amenaza musulmana sobre la península. Seguramente, el no cumplimiento por las autoridades de las condiciones de la capitulación, favorecieron la sublevación de los musulmanes del Albaicín granadino, a finales de 1499. Aunque la sedición fue sofocada, su ejemplo se extendió por las zonas rurales, en especial por las regiones montañosas de las Alpujarras y de la serranía de Ronda, obligando al propio rey Fernando el Católico, a encabezar las tropas que acabaron con la rebelión.

El castigo fue severo, pero resultó inútil, ya que, a pesar de que se les obligó a convertirse al cristianismo en masa, los rebeldes y sus descendientes, denominados desde entonces moriscos, nunca renunciaron a sus rasgos de identidad, como la lengua árabe o su particular vestimenta, en la que destacaba el velo usado por las mujeres.

A finales de diciembre de 1568, estalla en Las Alpujarras la gran rebelión morisca, un levantamiento desencadenado por la presión creciente de las políticas de la monarquía hispánica, sobre la población morisca del Reino de Granada. La revuelta surge como protesta a la Pragmática Sanción de 1567, de Felipe II, que prohibía el uso de la lengua árabe, los vestidos tradicionales y numerosas prácticas culturales, lo que generó un profundo malestar en la comunidad musulmana. Supuso el choque entre un Estado moderno y centralizador y una minoría forzada a renunciar a su identidad.

La rebelión tuvo un impacto devastador en la región: pueblos destruidos, desplazamientos masivos y una represión militar liderada finalmente por Don Juan de Austria, hermanastro de Felipe II. Aunque los moriscos mantuvieron la resistencia en zonas abruptas y de difícil acceso, la superioridad del ejército real acabó doblegando el levantamiento hacia 1571. Las Alpujarras quedaron arrasadas y despobladas.

Aben Humeya fue un líder morisco que lideró la Revuelta de las Alpujarras contra Felipe II de España en el siglo XVI. Su nombre de bautismo era Fernando de Válor y Córdoba, y se cree que nació alrededor de 1520 en Válor, una localidad de las Alpujarras, en la provincia de Granada.

Aben Humeya se consideraba descendiente de la dinastía Omeya. Tras la conquista de Granada, su familia pactó la conversión al cristianismo, recibiendo el señorío de Válor y otros privilegios, integrándose en las élites locales. En 1566 fue miembro del cabildo municipal de Granada, donde se vio envuelto en un incidente, en el que sacó un puñal durante una discusión. Este hecho le costó ser detenido y condenado a una multa, y a permanecer bajo arresto domiciliario. Este incidente fue uno de los factores que contribuyó a la creciente tensión entre los moriscos y las autoridades españolas.

La rebelión de las Alpujarras fue uno de los conflictos internos más graves de la monarquía hispánica en el siglo XVI y marcó el desenlace definitivo de la cuestión morisca en España. Por la gravedad y la intensidad de sus combates, el historiador Henry Kamen la ha calificado como “la guerra más salvaje de las que hubo en Europa en aquella centuria”.

La causa inmediata fue la publicación de la Pragmática Sanción de 1567, que prohibía el uso de la lengua árabe e imponía un plazo de tres años para que los moriscos aprendiesen el castellano; también prohibía los vestidos tradicionales, los baños públicos, las fiestas y rituales islámicos, los nombres musulmanes; existía, además, mucha desconfianza religiosa, con acusaciones de criptoislam (adhesión secreta al islam, mientras públicamente se manifestaba profesar el cristianismo).

Aparte de esas prohibiciones, se sumaban una fuerte presión fiscal, abusos de las autoridades locales, la decisión de arrebatar las tierras a todos aquellos que no tuvieran un título de propiedad, un serio problema para una comunidad que, en su mayor parte, no disponía de dicho título. Por último, por parte de las autoridades existía el temor a una alianza morisca con el Imperio otomano y/o los piratas berberiscos.

Todas estas medidas se habían acordado ya en 1526, pero el rey Carlos I las había dejado en suspenso, a cambio de la entrega de 80.000 ducados por parte de los moriscos granadinos.

Antes de la publicación de la Pragmática Sanción de 1567, los moriscos intentaron negociar la suspensión, igual que en 1526, pero Felipe II se mostró inflexible.

Afirma el historiador Julio Caro Baroja, que se impuso la voluntad, de una vez para siempre, de acabar con toda la estructura social, con toda una cultura, y no había nada que hacer ante ella. Nada, salvo la guerra.

Estas duras medidas de Felipe II contra los moriscos hicieron que estos se alzasen en armas el 24 de diciembre de 1568, en la aldea de Béznar. Allí, Aben Humeya se unió a la revuelta morisca en las Alpujarras, retomó públicamente el islam, renegando de las creencias cristianas, siendo proclamado rey por los rebeldes, según la tradición bajo el llamado “Olivo del Moro”. Lideró una guerrilla contra las fuerzas castellanas, con un ejército que creció de 4000 a 25000 hombres.

El conflicto fue muy violento, con ataques a poblaciones cristianas, masacres de sacerdotes, represalias extremas por parte de las tropas reales. La geografía montañosa de las Alpujarras, favoreció la guerra de guerrillas.

La rebelión se prolongó durante dos años. Una realidad que fue posible gracias a la ayuda prestada a los rebeldes por parte de los bereberes del norte de África y del Imperio Otomano. También, que la mayoría de los ejércitos del rey se encontraban luchando en Flandes.

Pronto surgieron disensiones entre los propios moriscos, que no pudieron tomar Berja. Según los historiadores, la arbitrariedad de Aben Humeya, junto con su carácter despótico y receloso, le hicieron perder el apoyo de los rebeldes. Además, intentó establecer contactos para negociar su rendición y obtener garantías para él y su familia, pero sus cartas fueron interceptadas. Fue acusado de traición por sus opositores y asesinado en su palacio de Laujar de Andarax, en octubre de 1569, por un complot liderado por Diego Alguacil, un morisco de Ugíjar, que también buscaba vengar el honor de su familia, porque Aben Humeya había mancillado a su mujer.

Después de la muerte de Aben Humeya, su primo Aben Aboo se convirtió en el nuevo líder de los moriscos. Representante de la facción más radical de los rebelados, el nuevo líder era partidario de otorgar nuevos cargos y más poder a los oficiales turcos que el sultán otomano Selim II, había enviado al reino granadino para adiestrar y mejorar la operatividad del ejército morisco. El giro de los acontecimientos beneficiaba al sultán, ya que una contienda como esta, en el mismo corazón de la monarquía católica, debilitaba la capacidad de intervención militar de Felipe II en el Mediterráneo.

Durante la rebelión, el terror se apoderó de la Alpujarra granadina y el temor a una nueva reconquista musulmana acechó la Corte. Ni el propio Felipe II disimuló la gravedad de los acontecimientos y no le quedó más remedio que llamar a su hermanastro, Don Juan de Austria, con varias compañías de veteranos de los Tercios de Flandes. Se utilizó el uso sistemático de quema de aldeas, ejecuciones masivas, deportaciones, etc.

Un ejemplo que ilustra la ferocidad del conflicto fue la toma del pueblo de Galera, en el altiplano granadino, un punto clave de resistencia morisca, sufriendo un asedio brutal en 1570, donde las tropas reales, tras varios asaltos fallidos y el uso de galerías subterráneas, tomaron la villa, desatando la matanza masiva de moriscos y la destrucción total del pueblo.

Así, la rebelión quedó sofocada definitivamente en 1571.

Para los moriscos granadinos supuso la expulsión de España de unos 80000 moriscos del reino de Granada, otros cuantos miles, que no habían participado en la rebelión, fueron deportados forzosos por Castilla, Extremadura y La Mancha, con la prohibición absoluta, bajo pena de muerte, de regresar a Granada. Pero, además, miles fueron vendidos como esclavos dentro de España. Por ejemplo, en la Córdoba de 1573, había unos 1500 esclavos moriscos.

Para Granada supuso la despoblación de amplias zonas, que fueron repobladas con cristianos viejos del norte peninsular (Galicia, León, Castilla); también supuso el colapso de cultivos tradicionales (seda, moreras), y la radicalización de la política hacia los moriscos, siendo el precedente directo de la expulsión general de los moriscos de España (1609–1614) bajo Felipe III.

El legado cultural de Aben Humeya es muy abundante. Su figura ha fascinado a escritores desde el mismo siglo XVI, evolucionando desde un “rebelde traidor” hasta convertirlo en un “héroe trágico y romántico”, en el siglo XIX.

​En la localidad de Purchena (Almería), se celebran anualmente los Juegos Moriscos de Abén Humeya, basados en las competiciones deportivas que él mismo organizó durante la rebelión, para mantener la moral de sus tropas (levantamiento de piedras, lucha morisca, lanzamiento con honda, triple salto y velocidad y carrera de cintas a la morisca). El evento ha sido declarado Fiesta de Interés Turístico Nacional. Lo más curioso es que Juan Antonio Samaranch (expresidente de Comité Olímpico Internacional), llegó a calificar estos Juegos Moriscos, como el “eslabón perdido de la cadena del olimpismo”.

​También, la vida de Aben Humeya ha inspirado numerosas obras literarias, desde crónicas históricas de Pérez de Hita y Hurtado de Mendoza, hasta dramas históricos de Francisco Martínez de la Rosa y Francisco Villaespesa. Igualmente, Pedro Antonio de Alarcón, en su libro de viajes La Alpujarra (1873), lo presenta como un símbolo de resistencia.

En las últimas décadas, la novela histórica ha vuelto a rescatar su figura. Así, Idelfonso Falcones, en su éxito de ventas La mano de Fátima, muestra a Aben Humeya y la rebelión de las Alpujarras como telón de fondo.

José Antonio Parra