ALEMANIA Y EL VAGÓN 2419D
Las guerras generan siempre infinidad de anécdotas y situaciones que al margen del propio conflicto armado, conforman una parte importante de lo que supone el mismo. Este artículo gira entorno a un vagón de tren en cuyo interior se firmaron diferentes armisticios entre Francia y Alemania, durante la I y II Guerras Mundiales.
JOSÉ ANTONIO PARRA TOMÁS
José Antonio Parra en Asociación la Tortuga de El Charco
9/9/20267 min read


ALEMANIA Y EL VAGÓN 2419D
Hace 160 años Alemania no existía como nación. Aquello era un mosaico de 38 diminutos estados (principados, ducados, condados, reinecillos y repúblicas) que, hasta 1806, habían formado parte del Sacro Imperio Romano Germánico.
Los habitantes de este territorio se expresaban en una lengua común, el alemán, pero el sentimiento de pertenecer a una colectividad era muy pequeño. Cada estado mantenía sus fronteras, sus visados, sus puestos aduaneros, su ejército, su policía, sus leyes, su moneda, su servicio de correos y sus suspicacias con los estados vecinos.
Pasando los años del siglo XIX, los alemanes empezaron a mirarse en el espejo de la vecina Francia: un país moderno, con grandes ciudades, centralizado, unido, y en el que las instituciones del estado funcionaban perfectamente. Si los franceses, tan frívolos como son, tienen un estado fuerte y organizado, ¿cómo es que nosotros andamos tan desavenidos? ¿No es el idioma el alma de los pueblos? ¿Por qué si hablamos el mismo idioma, no somos alemanes, en lugar de ser prusianos, hannoverianos, bávaros, y toda la ristra de insignificantes nacionalidades? Unámonos y creemos una gran nación.
¿Quién los iba a unir? Naturalmente el estado más fuerte: Prusia. La afición nacional del prusiano era la milicia. Eso lo llevaban en la sangre. Lo que había comenzado como un ejército al servicio del estado, había terminado en el estado al servicio del ejército. La potencia militar de Prusia era tal que, en 1870, se enfrentó a la poderosa Francia y, para asombro del resto de Europa, le ganó por goleada. El vencedor, Guillermo I de Prusia, se proclamó emperador (káiser) de los pueblos de habla alemana. Y esos pueblos se sintieron encantados de arrimarse a su gloria.
Así fue el nacimiento de Alemania, una nación que se incorporó tarde al concierto de las viejas naciones de Europa, pero que llegaba pisando firme.
Guillermo I se coronó en Versalles, el famoso palacio de los reyes de Francia. Los franceses se sintieron humillados. Además, lo que es peor, tuvieron que ceder, al recién creado imperio alemán, sus provincias de Alsacia y Lorena, dos de las principales reservas de carbón y acero del país. Eso duele mucho, y Francia es mala enemiga, cuando se le toca el bolsillo.
Dispuesta a hacer historia, la joven Alemania pisaba fuerte, con botas militares, en su ingreso en el club de las grandes potencias. El alemán, orgulloso de su nación recién estrenada, se aplicó al trabajo con tanto entusiasmo, que pronto se situó a la cabeza de los países avanzados (Inglaterra, Bélgica, Francia, Holanda).
El crecimiento alemán se mantuvo, hasta que un buen día, sus mercados interiores empezaron a dar signo de saturación. Es decir, por ejemplo, sus fábricas producían más tornillos, de los que necesitaba el mercado alemán.
Entonces, empezaron los problemas. La inflexible ley económica establece que, cuando se produce más de lo necesario para el consumo interior, hay que buscar mercados exteriores. Por eso, los industriales alemanes buscaron mercados donde vender sus productos, pero los encontraron copados por Inglaterra y Francia, a cuyos extensos imperios coloniales vendían sus productos manufacturados, además de proporcionarles materias primas baratas.
Alemania fabricaba más y mejor que nadie, pero se encontraba en desventaja respecto a sus competidores, porque carecía de imperio colonial. Había llegado tarde al reparto del mundo, y solo le habían correspondido unas pocas parcelas en África, que casi le causaban más gastos que beneficios.
Alemania tenía dos opciones: resignarse o arrebatarles las colonias a otras potencias. No hay que escandalizarse, porque desde que el mundo es mundo, el fuerte ha despojado al débil. El pez grande se come al chico.
Alemania se dejó seducir por la tentación, y pensó: si fabricamos las mejores armas, y entrenamos a los mejores soldados del mundo, valientes, altos y rubios, ¿qué nos impide apropiarnos de la hacienda del vecino? Es ley de vida.
Inglaterra y Francia se alarmaron. Entre ellas habían tenido sus peleas en el pasado por el reparto de África, pero cuando el gigante alemán empezó a crecer y crecer hasta hacerles sombra, aparcaron sus roces, y se unieron por lo que pudiera venir.
Sucedió la “paz armada”, un periodo en el que las potencias se dedicaron a la producción masiva de armas y pertrechos de guerra. “Si vis pacem para bellum”. Si quieres la paz, prepárate para la guerra. Sonaban tambores de guerra, en espera de la chispa que hiciera saltar el conflicto.
En 1914, el asesinato del heredero del trono austrohúngaro, el archiduque Francisco Fernando, un hombre al que todos apreciaban (salvo los ciervos, de los que llevaba cazados más de 5.000, en los parques nacionales), encendió la mecha de la Primera Guerra Mundial, de la que Alemania esperaba ensanchar sus dominios, y arrebatar mercados a la competencia. El Káiser y sus ministros se frotaban las manos.
Pero les fallaron los cálculos: fueron a por lana y salieron trasquilados. Alemania no tenía fondo para aguantar mucho. Enfrentada a tantos enemigos (Inglaterra, Francia, Estados Unidos…), que la superaban económica y demográficamente, y bloqueada por mar por la escuadra inglesa, colapsó en 1918.
Los vencedores, en especial Francia, que se la tenía jurada, impusieron a Alemania unas condiciones leoninas: entrega de las armas, transferencia de sus escasas colonias, así como una octava parte de su territorio nacional, con devolución de Alsacia y Lorena, y el pago de 132.000 millones de marcos-oro, en plazos anuales, en concepto de indemnizaciones por los daños causados.
Eso fue el Tratado de Versalles: una venganza en caliente, un expolio, la ruina de Alemania. La condenaban a ser una nación de segunda clase. No volvería a disputar los mercados internacionales. En eso confiaban las democracias vencedoras.
La mayoría de turistas que llegan a París, no visitan un bosque inmenso, magnífico, de robles y hayas, que se encuentra a 60 km., al norte de la capital. Es el bosque de Compiègne, que estaba atravesado por una línea férrea, que servía para trasladar artillería al frente. Pues bien, en aquel bosque tuvo lugar un hecho histórico. El 11 de noviembre de 1918, en un vagón de tren, se firmó el Armisticio, que daba por finalizada la Primera Guerra Mundial, en la que murieron más de 30 millones de personas y en la que, por ejemplo, Francia perdió el 20% de su población activa masculina.
El documento fue firmado por el mariscal francés Ferdinand Foch, responsable de las tropas Aliadas, y el ministro de estado alemán Matthias Erzberger, en el vagón 2419-D. En ese vagón, se escucharon las severas condiciones del Armisticio, y se firmó el acta de capitulación. Seis meses más tarde, se refrendaba la rendición en Versalles, en un documento, el Tratado de Versalles, que terminó siendo el detonante del conflicto que se desencadenaría veinte años después.
El vagón se convirtió en símbolo de la victoria aliada y, en principio, fue trasladado a Paris y expuesto en el patio de Los Inválidos. En su interior se colocó una placa, que decía:
“Vagón del Mariscal Foch en el que se firmó el armisticio del 11 de noviembre de 1918, donado al Estado por la Compagnie des Wagons Lits”.
El vagón 2419-D, que había sido instalado en un patio interior de Los Inválidos, a la intemperie, fue sufriendo un lento deterioro que ocasionó, en 1924, múltiples protestas, tanto del público como de diversas instituciones y que, ante el silencio de la Administración, dio lugar a que fuera un millonario norteamericano, el que corriera con los gastos de restauración, y su traslado al lugar donde se efectuó la firma. En 1927, se trasladó el vagón 2419-D a un edificio-museo, construido exprofeso en el bosque de Compiègne, y en presencia del Mariscal Foch, se descubrió una placa que decía así:
“Este edificio, que alberga el vagón en el que se firmó el armisticio del 11 de noviembre de 1918, ha sido construido gracias a la generosidad de un amigo de Francia: el señor Arthur Henry Flemming, de Pasadena, California, Estados Unidos de América”.
Pero, la historia no termina aquí. Apenas unos años más tarde, Alemania y Francia, volvieron a enfrentarse en una guerra. Tras un arrollador avance del ejército alemán, el gobierno francés se vio forzado a pedir la paz en 1940. Un nuevo armisticio pone fin a las hostilidades entre ambos países; pero los papeles han cambiado: ahora los vencedores son los alemanes, y los vencidos, los franceses.
Unidades especiales alemanas se desplazaron al bosque de Compiègne y procedieron, tras volar la fachada del museo que contenía el vagón 2419-D, a colocarlo en el punto exacto en que se encontraba el 11 de noviembre de 1918. Hitler quería resarcirse de aquella humillación, y obligó a los franceses a desplazarse al bosque de Compiègne. Hitler se tomó la revancha, e hizo que los franceses firmaran su rendición en el mismo vagón, y en el bosque de Compiègne, en la mañana del 22 de junio de 1940.
Una vez escenificada la firma, Alemania tomó posesión del vagón 2419-D como trofeo de guerra, y el Alto Estado Mayor de la Wehrmacht, llevó a cabo las medidas necesarias para el transporte por carretera, y su exhibición en Berlín. Fue instalado en el centro de la Plaza Lustgarten, frente al antiguo Museo de la Ciudad, donde quedó expuesto al público, que en gran número acudía a ver aquella reliquia y trofeo, que además contenía el original del Tratado de Versalles de 1919.
La guerra siguió su curso y, a principios de 1945, ante el avance de los Aliados y la inminente derrota de Alemania, y por el temor de que se les hiciera firmar la rendición en el vagón por segunda vez, oficiales de las SS reciben la orden de destruirlo, por lo que lo internan en un bosque y proceden a su voladura y posterior incendio. El 11 de abril de 1945, los americanos encuentran algunos restos del vagón 2419-D. Este hecho, viene a confirmar que los Altos jerarcas del régimen nazi, tenían verdadera obsesión y terror, a que dicho vagón fuera recuperado por los Aliados, y empleado por ellos para plasmar en el mismo, una nueva humillación de Alemania.
Terminada la guerra, el gobierno francés se dirigió a la compañía constructora del vagón, para ver la posibilidad de sustituirlo. Tras un meticuloso trabajo, siguiendo los planos originales, se construyó un renovado 2419, que la empresa entregó a las autoridades francesas. El 11 de noviembre de 1950, en el reconstruido museo, situado en la también restaurada explanada del bosque de Compiegne, se instaló con todos los honores el vagón del armisticio. Y allí sigue.
José Antonio Parra Tomás
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