ÁLVARO DE BAZÁN
La historia de España nos ha deparado grandes personajes, o bien por sus creaciones o por sus hechos, pero en lo referido al mar, a su navegación y sobre todo a las batallas en el llevadas a cabo, posiblemente Álvaro de Bazán sea el personaje más destacable.
JOSÉ ANTONIO PARRA TOMÁS
José Antonio Parra en Asociación la Tortuga de El Charco
10/3/202611 min read


ÁLVARO DE BAZÁN
El 12 de diciembre de 1526, nació Don Álvaro de Bazán y Guzmán y, los actos conmemorativos del V Centenario de su nacimiento, entran en la fase definitiva. Con dicho motivo, la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre, emitió una moneda conmemorativa, para coleccionistas, en plata, con valor de 5 euros. En el reverso se reproducen un retrato de Álvaro de Bazán y Guzmán, y una reproducción del fanal de popa de la galera capitana “La Loba”, comandada por el almirante español en la batalla de Lepanto. En el anverso se reproduce en colores, el escudo de armas de Álvaro de Bazán y Guzmán, primer marqués de Santa Cruz, debajo del cual figura el año de acuñación 2026. Una moneda cargada de historia, que fue presentada en Granada el pasado mes de julio. También, la Sociedad Filatélica y Numismática de Granada, se ha sumado a la celebración del V Centenario, con varias iniciativas de su competencia. Ha diseñado un sobre especial, un sello y un matasellos.
Mientras tanto, avanza la preparación de los actos centrales, que tendrán lugar, también en Granada, el 7 de octubre, festividad de la Virgen del Rosario, y de la batalla de Lepanto. Se cuenta con la presencia del rey Felipe VI. El principal acontecimiento consistirá en la inauguración de un monumento conmemorativo al almirante Don Álvaro de Bazán, en la Plaza de San Agustín.
El programa de actos contempla, para el V Centenario, infinidad de conferencias, exposiciones y visitas al Museo Histórico de la Marina en el Viso del Marqués (Ciudad Real).
Don Álvaro de Bazán, quizás, haya sido el más grande marino que ha dado la Armada española. Nacido lejos del mar, en Granada, en una casa solariega, que había sido construida por su abuelo Álvaro, el conquistador de Fiñana, y que se encontraba en la actual confluencia de la calle Reyes Católicos y Gran Vía, donde se abre la plaza de Isabel la Católica.
Las cifras resultantes de las campañas militares de Álvaro de Bazán, reafirman su puesto de honor entre los más grandes marinos que haya dado España:
“Rindió ocho islas, dos ciudades, veinte y cinco villas, y treinta y seis castillos fuertes. Venció a ocho capitanes generales, dos maestres de campo generales, soldados y marineros de Francia 4.753, ingleses 780, portugueses rebeldes de las islas, y de la armada del río de Lisboa, y tres galeones que estaban en Setúbal 6.460, esclavos que hizo en la isla Tercera y la del Fayal 2.500, turcos que cautivó 1.605, moros 2.138, dio libertad a 1.574 cristianos que estaban cautivos, rindió cuarenta y cuatro galeras reales, veinte y una galeotas, veinte y siete bergantines, noventa y nueve navíos de alto bordo y galeones, una galeaza; y ganó en todas las ocasiones 1.814 piezas de artillería”.
Sin embargo, a pesar de esta hoja de servicios, que le bastaría para entrar con laureles en el panteón de los más grandes marinos, su grandeza reside en su manera revolucionaria de entender la guerra naval en el siglo XVI. Fue él quien desarrolló el galeón, que dio a la monarquía hispánica la superioridad marítima durante casi dos siglos.
Admirado y respetado por sus soldados, siempre el primero dando ejemplo con sus hechos, fue un hombre de acción. No conoció nunca la derrota en el campo de batalla, y para sus enemigos, ya fueran franceses, turcos, portugueses, berberiscos o ingleses, fue un auténtico muro infranqueable.
Fue un gran estratega. Innovó la doctrina naval, que España usaría durante generaciones. Hombre de valores: caballero, leal al rey, honesto, visionario, disciplinado. En definitiva, como diría Antonio Gala, todo un señor, en el sentido más amplio de la palabra. Hoy día, debería ser un punto de referencia para la juventud, los militares y los políticos.
Aunque originaria del valle del Baztán, en el Pirineo navarro, la familia Bazán se trasladó a Granada, donde nació Álvaro. Sus antecedentes familiares fueron decisivos en su trayectoria: su abuelo, fue general con los Reyes Católicos, participó en la toma de Baza, en el contexto de la guerra de Granada, y su padre sirvió a Carlos I en la guerra de las Comunidades de Castilla. Por los servicios prestados, la familia recibió los señoríos del Viso del Puerto y de Santa Cruz de Mudela.
Fruto de la cuidada formación clásica que recibió durante su infancia, el joven Álvaro desarrolló una sensibilidad humanística, que le acompañó toda su vida. No en vano, fue protector y mecenas de artistas y poetas.
Alternó el estudio de las letras con su formación como grumete. Con solo nueve años, empezó a acompañar a su padre en distintas singladuras, donde se inició en el arte de la navegación. A los doce años, vivió su primer combate en alta mar, y, en 1543, con diecisiete, bajo las órdenes de su progenitor, participó activamente en la batalla de Muros, en la costa gallega, frente a una numerosa escuadra francesa, ocasionándoles tres mil bajas.
Tras la victoria, y mientras su padre regresaba a notificarla, se le confió el mando de la escuadra, momento en el que demostró una solvencia y madurez fuera de toda duda. Pasada esa primera prueba de fuego, se le encomendó la misión de vigilar el sur de la península, lo que le llevó a enfrentarse a piratas berberiscos y corsarios franceses e ingleses.
A los veintiocho años fue nombrado capitán general de la Armada, y en 1558 hizo labores de escolta a los buques mercantes que, desde Laredo, navegaban rumbo a Flandes.
En una de esas travesías, atacó y apresó otras tres naves de corsarios franceses, que llevaban a remolque una nao gallega apresada, haciendo 300 prisioneros, incluido el jefe corsario, y tomando un total de 60 cañones en los buques capturados. Más tarde participó, con notables logros, en la protección de la flota de Indias a su regreso desde el Nuevo Mundo.
Además de su amplia formación, Álvaro de Bazán poseía una gran personalidad y una presencia, que le confería un halo de grandeza y casi inmortalidad, y que infundía un extraordinario coraje en quienes luchaban a su lado. En muchas de sus batallas, las posibilidades de salir victorioso eran muy escasas, por la diferencia de hombres y naves en su contra, y, no obstante, se hacía con el triunfo.
En 1563 protagonizó con éxito el socorro de Orán, cuya plaza llevaba sitiada dos meses por los argelinos. Un año más tarde, junto a nombres tan significados como Álvarez de Toledo, Marco Antonio Colonna, Giovanni Andrea Doria o Sancho de Leyva, conquistó el estratégico peñón de Vélez de la Gomera, a medio camino entre Ceuta y Melilla. Tras la victoria, el grueso de la Armada retornó a Málaga, donde fueron recibidos como héroes.
En marzo de 1565, zarpó de Gibraltar con órdenes de atacar la zona de Tetuán, otro foco de piratería en el norte de Marruecos. Alertados los berberiscos por espías ingleses, dispusieron de tiempo suficiente para preparar sus defensas, pero, finalmente, Álvaro de Bazán, con seis galeras y cuatro bergantines, consiguió el objetivo.
Sin descanso, recibió el encargo de trasladar el grueso de la armada española, que se encontraba en Málaga, hasta Nápoles, para participar en el socorro de la isla de Malta, asediada por los otomanos. Y, una vez más, volvió a quedar de manifiesto su capacidad táctica en momentos cruciales.
Eligió sesenta galeras, que fueron armadas con el mejor material disponible, y embarcó ciento cincuenta soldados en cada una, lo que suponía una fuerza de nueve mil hombres. El 6 de septiembre de 1565, los Tercios desembarcaron, siguiendo las instrucciones de Bazán. Siete días más tarde, Malta era liberada, y la flota otomana, derrotada, tuvo que retirarse.
De regreso a España, profesó en la Orden de Santiago, de la que se convertiría en comendador mayor de León. Nombrado capitán general de las galeras de Nápoles a los cuarenta y dos años, sus servicios fueron tan notables que Felipe II le concedió el título de marqués de Santa Cruz en 1569.
Sus dotes como estratega estaban fuera de toda duda. Don Juan de Austria lo tenía por uno de sus mejores consejeros y hombre de confianza. En la batalla de Lepanto, una de sus gestas más reconocidas, Álvaro de Bazán, al frente de una escuadra de treinta galeras, organizó la flota de la Santa Liga en la zona de retaguardia. Atacó en el momento idóneo, reservó y dosificó las fuerzas con gran precisión y estuvo siempre dispuesto para acudir en socorro de quien lo necesitase. Como uno más de sus hombres, se batió, espada en mano, sobre la cubierta de su navío, llegando a recibir dos arcabuzazos en su rodela. El mismo Felipe II escribió una carta a Bazán, felicitándole por su actuación.
Pero, no fueron las galeras mediterráneas los únicos testigos de sus lances.
Al morir el rey Sebastián I de Portugal en 1578, sin descendencia, heredó el trono portugués el cardenal Enrique I de Portugal, único hijo vivo de Manuel I de Portugal. En 1580 Enrique I falleció, también sin descendencia, quedando vacante el trono de Portugal. Es entonces cuando Felipe II de España, vio llegado el momento de completar la unidad de los países ibéricos, ya que le apoyaba el derecho por herencia de su madre Isabel de Portugal y, por tanto, nieto de Manuel I de Portugal.
A este objetivo se oponía Antonio, prior de Crato, quien creía ser el heredero, apoyado por Francia e Inglaterra.
Así, en la campaña para recuperar las islas Azores, donde se habían refugiado los partidarios del prior de Crato, Álvaro de Bazán derrotó, tras una feroz batalla, a una poderosa escuadra francesa en 1582. Un año después, reconquistó la isla Tercera, poniéndose personalmente al frente de las tropas desembarcadas.
Álvaro de Bazán estaba convencido de que la guerra en Flandes, una auténtica sangría para la hacienda real, solo concluiría cuando los ingleses dejaran de apoyar económica y militarmente a los rebeldes. Por lo tanto, en respuesta a la política agresiva de Isabel I de Inglaterra en todos los frentes, trató de convencer a Felipe II para organizar un ataque contra aquel país.
Además, la monarquía hispánica, tras la unión de las coronas española y portuguesa, monopolizaba tanto África como América y Oceanía. Si Inglaterra quería expandirse, solo podía hacerlo en territorio de Felipe II.
Así, provocado por los ataques de los corsarios ingleses a los buques y asentamientos españoles, por el apoyo a la rebelión de Flandes contra España y por la ejecución de la católica María Estuardo, Felipe II se decidió a ordenar la invasión de Inglaterra en 1588. Álvaro de Bazán fue el encargado de organizar tan gigantesco proyecto desde Lisboa. Se barajaron diversos planes de invasión y conquista, todos muy complejos dada la magnitud de la empresa.
Los astilleros se pusieron a trabajar a destajo en Sevilla, Cádiz y Lisboa, y comenzó la concentración de tropas, pólvora y suministros. La llegada de galeones, urcas, carracas, galeras y embarcaciones auxiliares de todo tipo, procedentes de diversos lugares del Imperio, se eternizó.
Muchos hombres tuvieron que esperar semanas, incluso meses, embarcados en precarias condiciones de higiene y con falta de alimentos, lo que propició una epidemia de tifus. Esto generó más retrasos y problemas en los abastecimientos, que conllevaron más brotes epidémicos.
A finales de diciembre de 1587, la escuadra del norte, al mando Miguel de Oquendo, llegó a Lisboa con parte de la tripulación afectada también por la peste. Un mes después, la enfermedad se había extendido prácticamente a toda la flota, lo que obligó a evacuar a los enfermos a los hospitales de tierra.
Tal situación, se cobró miles de hombres, entre muertos e infectados. Álvaro de Bazán, que visitaba a los soldados enfermos, acabó contagiándose al mismo tiempo que recibía la noticia de su cese, y el nombramiento del duque de Medina Sidonia como nuevo capitán general.
Este punto es controvertido: según algunos autores, las desavenencias entre el rey y Álvaro de Bazán continuaron hasta que, el 4 de febrero de 1588, fue cesado de su mando de la Armada. Sin embargo, otras fuentes desmienten esta opinión de que Álvaro de Bazán fuera cesado. De hecho, en una carta fechada el 8 de febrero y dirigida al almirante, Felipe II se muestra satisfecho porque el marqués está preparado para la salida de la Gran Armada, y la carta por la que comunica al duque de Medina Sidonia su nombramiento como jefe de la Armada lleva fecha de 14 de febrero de 1588, posterior a la muerte de don Álvaro.
El 9 de febrero de 1588 murió Don Álvaro de Bazán en Lisboa, mientras preparaba allí a la Gran Armada para la invasión de Inglaterra.
La Gran Armada, que finalmente se creó para tal empresa, fracasó al no poder embarcar en Flandes a los Tercios que debían protagonizar el asalto a Inglaterra. Un año después, Inglaterra respondió con una expedición de dimensiones similares, conocida como Contra Armada, bajo el mando de Francis Drake, que atacó La Coruña y Lisboa, y fracasó estrepitosamente en ambos puertos. El conflicto finalizó con la Paz de Londres, firmada en 1604.
Si Álvaro de Bazán hubiese sido un marino inglés o americano, no sabemos cuántas estatuas, monumentos, películas o series de televisión le hubieran dedicado. No obstante, algunas ciudades españolas tienen calles con su nombre. En Madrid, hay una estatua suya en la plaza de la Villa. La Marina española le dedicó otra estatua en Viso del Marqués, y también en la Escuela Naval de Marín. Ha dado su nombre a varios buques de la Armada y a un astillero en Galicia. En su memoria hay una placa en el Panteón de Marinos Ilustres en San Fernando (Cádiz). Y, como he dicho antes, Granada le dedicará una estatua este mes de octubre.
Considerado por muchos, el más grande marino de España, bien merece compartir cómo lo recordaron algunos de los mejores autores de la literatura española. Muchos fueron contemporáneos suyos, contemporáneos de pluma y espada, como Cervantes o Lope de Vega, que escribieron con su pluma ese nombre, el de Álvaro de Bazán, y dedicaron versos y frases a su memoria. Sus victorias militares lo elevaron a una categoría legendaria de la que muchos escritores se hicieron eco en su día.
Lope de Vega: en el pedestal que soporta la estatua de Álvaro de Bazán que hay frente al Palacio del Marqués de Santa Cruz en Viso del Marqués, puede leerse:
El fiero turco en Lepanto,
en la Tercera el francés,
y en todo mar el inglés,
tuvieron de verme espanto.
Rey servido y patria honrada
dirán mejor quién he sido
por la cruz de mi apellido
y con la cruz de mi espada.
Miguel de Cervantes, escribió en el capítulo XXXIX del Quijote:
“Tomóla la capitana de Nápoles, llamada La Loba, regida por aquel rayo de la guerra, por el padre de los soldados, por aquel venturoso y jamás vencido almirante don Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz”.
Recomiendo visitar la localidad del “Viso del Marqués”, en la provincia de Ciudad Real, donde Don Álvaro de Bazán mandó construir un palacio renacentista, que hoy es el Archivo histórico General de la Marina. Los restos mortales de Don Álvaro de Bazán descansan en el altar mayor de la capilla, que existe en el Palacio. En la lápida, puede leerse: “Peleó como caballero, escribió como docto, vivió como héroe y murió como santo”.
Consta el palacio de dos plantas y, la mayoría de sus salas, así como las galerías y escalera, están pintadas al fresco, que representan batallas, escenas navales, mitología y episodios relacionados con sus campañas. El aspecto exterior del Palacio, no demuestra la magnificencia y riqueza artística que guarda en su interior.
Su ubicación, en plena Mancha, responde al deseo del almirante de fijar su residencia en un punto estratégico, entre Madrid y las bases de sus escuadras, en Cádiz, Cartagena y Lisboa.
Hay un refrán en la localidad, que se dice cuando los visitantes preguntan por qué Don Álvaro de Bazán construyó su palacio, tan lejos del mar, en el pueblo del Viso. La respuesta que dan es “porque era suyo y porque quiso”.
También se puede visitar en el pueblo, el Museo de Ciencias Naturales, que es una maravilla. Espectacular.
José Antonio Parra Tomás
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