ATENTADO EN LA CALLE DEL TURCO

La historia de España está repleta de momentos en los que la violencia se ha impuesto al diálogo, al pacto, al acuerdo político en definitiva y nos ha ido conduciendo por vericuetos complicados, algunos dignos de olvidar y que nos han conformado en lo que hoy somos.

JOSÉ ANTONIO PARRA TOMÁS

José Antonio Parra en Asociación la Tortuga de El Charco

12/27/20258 min read

ATENTADO EN LA CALLE DEL TURCO

Uno de los períodos más apasionantes de la historia contemporánea de España, es el llamado Sexenio Revolucionario (1868-1874). A lo largo de esos seis años, que se iniciaron con el destronamiento de Isabel II, tras la revolución de septiembre, llamada también “la Gloriosa”, y que concluyeron con la proclamación de Alfonso XII en Sagunto, por el general Martínez Campos, los españoles vivieron en una continua agitación política.

Aquel 27 de diciembre de 1870 (se han cumplido ahora 155 años), amaneció muy frío en Madrid. El general Juan Prim y Prats, presidente del gobierno y del consejo de ministros de España, sabía que tenía por delante una jornada especial y que debía organizarse bien, si quería dejar resueltos todos los asuntos urgentes.

Su afán estaba justificado; al día siguiente debía viajar a Cartagena, donde daría la bienvenida en persona al duque de Aosta, el príncipe italiano que, habiendo sido elegido por las Cortes y, después de largas negociaciones, había aceptado convertirse en rey de España.

Lo explico: tras la revolución de septiembre de 1868, conocida como “La Gloriosa”, por la cual la reina Isabel II fue derrocada y tuvo que exiliarse de España, se había desarrollado un debate apasionado sobre quién debería sustituir en el trono a la reina exiliada.

Tras la revolución, el gobierno provisional, presidido por el general Serrano y, en el que formaban parte también, los otros generales sublevados, convocó elecciones a Cortes constituyentes, que aprobaron la Constitución de 1869, la cual establecía en su artículo 33 que:

"La forma de gobierno de la Nación española es la monarquía".

Hubo varios candidatos, y el general Prim, el más popular de los líderes revolucionarios, patrocinó la opción que obtuvo más votos, la de aquel miembro de la casa real de Saboya, segundo hijo del rey de Italia, Víctor Manuel II, que, con el nombre de Amadeo I, debía ponerse al frente de la monarquía constitucional española. Sin embargo, el destino quiso que Amadeo I nunca llegaría a conocer en persona, al hombre que fue su mayor valedor.

Aquella tarde del 27 de diciembre, Prim acudió a las Cortes para votar las últimas disposiciones acerca del presupuesto de la nueva Casa Real. Al término de la sesión conversó un rato con algunos diputados, y quedó con uno de ellos, de que por la noche acudiría a un banquete en la fonda de Las Cuatro Estaciones, aunque lo haría a los postres, después de cenar en casa con su familia.

A las siete y media, el presidente Prim, que tenía los títulos de conde de Reus y marqués de los Castillejos, se subió a una elegante y sobria berlina, tirada por dos caballos, que debía llevarlo a su residencia en el palacio de Buenavista, que hoy es sede del Cuartel General del Ejército, a menos de un kilómetro de distancia de las Cortes.

Bajo una gran nevada que caía sobre Madrid, Prim se encaminó a su casa en compañía únicamente de su secretario personal, González Nandín, y su ayudante, el general Moya. Pese a las advertencias que, regularmente le hacían, sobre el peligro de ser víctima de un atentado, Prim se negó siempre a llevar escolta.

Al llegar a la confluencia de la calle del Sordo, hoy Zorrilla, y la calle del Turco, hoy Marqués de Cubas, la berlina que ocupaba el presidente fue inmovilizada por otros dos coches que se atravesaron en la vía, uno por delante y otro por detrás.

Por lo que los acompañantes de Prim relataron después, oyeron entonces algo parecido a un silbido. Fue una señal. El general Moya pudo ver cómo se aproximaban unos hombres, provistos de armas. “¡Mi general, nos hacen fuego!”, exclamó Moya. Uno de los asaltantes llegó a introducir el cañón en el coche, tras romper el cristal. González Nandín trató entonces de proteger a Prim, interponiéndose entre éste y su asesino potencial, lo que supuso que le destrozaran la mano, que le quedó inservible de por vida. Varios disparos de trabuco, por ambos lados del coche, impactaron en el cuerpo del presidente.

Gracias a la rápida reacción del cochero, que la emprendió a golpes de látigo contra los agresores, el carruaje pudo huir hacia la calle de Alcalá y, desde ahí, llegar al domicilio de Prim. El presidente estaba herido, pero vivo. De hecho, según algunas fuentes, fue capaz de entrar en su residencia por su propio pie, apoyándose en la baranda con el brazo ileso y dejando un reguero de sangre a su paso.

En cuanto los médicos entraron en acción, comprobaron que las heridas más graves estaban localizadas en el hombro izquierdo. En las siguientes horas trataron de extraer los proyectiles y taparon las heridas con emplastos. Pese a lo violento del ataque, inicialmente no parecía que la vida del presidente corriese peligro, de modo que las autoridades transmitieron un comunicado tranquilizador a la población, que decía:

El presidente del Consejo de Ministros ha sido ligeramente herido.

En los dos días siguientes la información sobre el estado de Prim siguió siendo esperanzadora, y todavía el día 30 por la mañana, pese a algunos accesos de fiebre, se informaba:

El estado general del enfermo es satisfactorio y las heridas se presentan en situación favorable”.

Pero, por la tarde, su situación se agravó repentinamente: sumido en un delirio, Prim falleció a las ocho y media de ese día, 30 de diciembre. El diagnóstico sobre la causa de la muerte era claro: una septicemia, es decir, una infección generalizada provocada por el material que arrastraron los proyectiles, incluida la ropa. Los medios médicos disponibles en la época no permitieron frenar este desenlace, aunque también se ha reprochado que, solo se convocara al cirujano más reputado de Madrid, Melchor Sánchez de Oca, cuando ya era demasiado tarde.

La muerte de Prim conmocionó al país. A sus 56 años, el general y político catalán, natural de Reus, gozaba de una inmensa popularidad por el arrojo que había mostrado como general, en la primera guerra carlista y en la más reciente guerra de Marruecos, y por su papel protagonista tanto en la oposición al régimen de Isabel II, como en la revolución de septiembre de 1868, “La Gloriosa”. Con su muerte desaparecía el cerebro y el alma del régimen de monarquía constitucional, surgido de la revolución y se abría un panorama de máxima incertidumbre.

Así debió de percibirlo el nuevo rey, Amadeo I, que desembarcó en Cartagena el mismo día en que falleció Prim. El cuerpo de éste fue velado en la Real Basílica de Atocha, adonde se dirigió Amadeo I nada más poner un pie en Madrid, para rezar en la capilla ardiente, ante el cadáver del general Prim, y donde hoy día hay una placa que así lo recuerda.

Algunos políticos, como Cánovas del Castillo, veían en el atentado un signo indudable de que España iba al caos, y surgía la polémica sobre quién había matado a Prim, polémica que no ha cesado desde entonces. En cuanto a los autores materiales, diversos indicios apuntan a un tal José Paúl y Angulo, un jerezano que había contribuido al pronunciamiento de Prim en 1868, pero que luego, como exaltado republicano, lo atacó violentamente y llegó a amenazarlo de muerte en su periódico semanas antes del asesinato.

En el sumario judicial se recoge que Prim reconoció a Paúl en la voz que gritó “¡Fuego!”, cuando iba en su berlina en la calle del Turco. Cabe señalar que la oposición de los republicanos federales a Prim se había radicalizado conforme parecía tomar forma el modelo de monarquía constitucional impulsado por éste, y de hecho circulaban rumores de que estaban preparando una insurrección que estallaría en cuanto Amadeo desembarcara en España.

Aun en el caso de que el atentado fuera ejecutado por el grupo de Paúl, cabe también la posibilidad de que existiera algún otro inductor o financiador. Se ha hablado a este respecto del general Serrano, político revolucionario enemistado con Prim, o, más probablemente, del duque de Montpensier, el príncipe de la casa francesa de Orleans, cuñado de Isabel II, que había colaborado en el pronunciamiento de 1868, y había sido uno de los candidatos al trono español.

Otros autores, en cambio, han seguido la pista de los traficantes de esclavos de Cuba, opuestos al proyecto de abolición de la esclavitud impulsado por Prim y la revolución. Lo único seguro es que las pesquisas oficiales, que ocuparon más de 18.000 folios (de los cuales desaparecieron 1.500), se cerraron en 1877 sin que se hubiera encontrado a ningún culpable.

Prim se convirtió en el primer jefe de Gobierno español muerto en un atentado (hoy son cinco: Prim, Cánovas del Castillo, Canalejas, Dato y Carrero Blanco). El general Prim murió a manos de sus enemigos, un año y cinco meses después de acceder al cargo.

En el año 2012, se creó la “Comisión Prim”, un equipo multidisciplinar, formado por criminólogos, historiadores, juristas y forenses, y dirigido por Francisco Pérez Abellán, de la Universidad Camilo José Cela, decidió reabrir el caso para determinar si los disparos que recibió el general Prim causaron su muerte inmediata o si falleció, como dice la versión oficial, tres días después. Una gran parte de los folios del sumario (1.500) desapareció misteriosamente para impedir que se descubriese la conspiración que provocó el atentado.

El equipo de investigadores de la Comisión Prim se desplazó al Museo del Ejército, en Toledo, para estudiar la berlina que llevaba a Prim y parte de los ropajes que vestía en el momento del atentado.

Un número indeterminado de personas, que podría ser un grupo de entre seis y doce, todos fuertemente armados, aparecen súbitamente de entre las sombras y abren fuego contra el interior de la berlina. Se producen por lo menos dos cargas con armas cortas y largas de diferentes calibres. El general Prim resulta herido en el hombro izquierdo, codo izquierdo, espalda y mano derecha”.

Así explica el estudio antropológico forense, que desarrolló la Comisión Prim. La berlina conserva, en el lado izquierdo, parte de los impactos de bala que recibió, ya que el resto fueron restaurados, no se sabe porqué.

En el verano de 2012, la Comisión Prim examinó la momia embalsamada del general y pudo analizar las heridas de bala. Comprobaron que, en su día, no se realizó la autopsia del cadáver, en contra de lo que señalaban los documentos históricos y oficiales. Firman la autopsia los tres médicos más importantes de la época, pero el cuerpo no presenta ninguna apertura de cavidades.

La Comisión dictaminó que ninguna de las lesiones afectó, en un principio, a un órgano vital. Sin embargo, sufrió una pérdida de sangre considerable y, dado que en aquella época todavía no se realizaban transfusiones, difícilmente pudo mantener la conciencia.

Durante el examen externo del cadáver, los investigadores realizaron, además, un hallazgo sorprendente e inesperado: un surco que va desde la parte posterior del cuello, presenta continuidad hasta la zona delantera y desde donde parte otro en dirección posterior y ascendente. Tras descartar que estas lesiones fuesen producidas por las ropas o durante el proceso de embalsamamiento, han concluido que “son compatibles con un estrangulamiento a lazo, siendo esta modalidad de estrangulación mayoritariamente de carácter homicida y cuyo signo externo fundamental es el denominado surco de estrangulación”.

El general Prim, probablemente, perdió la conciencia en el momento del atentado, aunque no falleció, debido a que los disparos no afectaron ningún órgano vital, de ahí que pudiera ser estrangulado en las próximas horas o días, con el fin de que no recuperara la conciencia.

La muerte del general Prim es, pues, un crimen de Estado no resuelto, uno de los episodios más oscuros y debatidos de la historia contemporánea de España, y combina conspiración política, violencia y un final rodeado de incógnitas.

José Antonio Parra Tomás.