BELÉN
Celebramos la Navidad, montamos el belén y lo hacemos para rememorar y celebrar el nacimiento de Jesús. El origen del cristianismo, de forma indirecta, tiene aquí su inicio y eso celebramos en la Navidad. Esta celebración, local para cada uno de nosotros, encastrada en cada uno de nuestros entornos cotidianos, adquiere una dimensión muy diferente cuando se vive en el lugar en el que sucedieron esos mismos acontecimientos, a partir de ese momento, cada elemento que compone hoy nuestra Navidad, pasa a ser un elemento original y compartido con el resto de la humanidad al evocar esos lugares comunes.
JOSÉ ANTONIO PARRA TOMÁS
José Antonio Parra en Asociación La Tortuga de El Charco
12/21/202511 min read


BELÉN
Creo recordar que fue en mi tercer viaje a Tierra Santa cuando, después de varios días en Jordania visitando Petra, Madaba y Ammán, regresamos a Israel, pasando por el monte Nebo, y cruzando el “checkpoint” fronterizo del puente rey Hussein /Allenby, sobre el Jordán.
Una vez en Israel, tomamos la carretera que sube desde Jericó hasta Jerusalén. Y, a los pocos kilómetros, la abandonamos y nos adentramos en el desierto de Judá, hasta que encontramos un poblado de beduinos.
El desierto es el reino de los beduinos nómadas, que llevan sus rebaños en busca de pastos. Nos recibieron muy amablemente, y nos obsequiaron en sus tiendas con té perfumado de salvia. Les correspondimos comprándoles unas “baratijas” y unos pañuelos palestinos. Los beduinos en Israel viven una situación única: son árabes palestinos, pero tienen ciudadanía israelí, y son herederos de una cultura nómada incompatible con el Estado moderno, que tiende a controlarlos.
Llegamos al hotel en Jerusalén, bien entrada la tarde. Después de cenar, ya de noche, salimos a dar un paseo, y nos encaminamos ¡cómo no! hacia la ciudad vieja.
Estábamos en pleno mes de Ramadán, y la puerta de Damasco (una de las puertas, por la que se accede a la ciudad vieja), de una belleza que impresiona, parecía un hormiguero humano. Excesivamente adornada con luces y estrellas, al estilo de nuestra Navidad (era el mes de agosto), a esa hora, miles y miles de musulmanes se habían lanzado a la calle, después de comer y beber en familia, a divertirse y a seguir comiendo y bebiendo.
La escalera que desciende hacia la puerta de Damasco es ancha y gastada, y es de por sí un espectáculo debido a la multitud que sube y baja por ella sin cesar. En lo alto de la puerta, en la muralla, hay soldados con metralletas, pero eso es normal en Jerusalén. Abajo, el trajín humano es incesante.
Nos disponíamos a hacer unas fotografías, cuando notamos que nos seguían y nos pusimos en guardia. La Puerta de Damasco, abarrotada, era un desfile de gente sin tregua. Entramos por ella, que hace una doble curva hacia la izquierda y derecha y, para disimular, nos detuvimos ante uno de los cientos de puestos de venta. Seguimos avanzando por esa calle principal que, más adelante, se divide en dos. Continuamos por la izquierda, que lleva directamente al Kotel (Muro de las Lamentaciones), y comprobamos que los sospechosos se habían marchado. Se trataba, seguramente, de carteristas que aprovechan el gentío para su negocio, especialmente en Jerusalén, buscan pasaportes de turistas que, en el mercado negro, se pagan muy bien.
Y cuento esto porque nuestro guía, un bondadoso sacerdote aragonés, no tuvo tanta suerte y le voló el pasaporte. Y entonces surge el problema: no puede venir con nosotros al día siguiente a Belén, porque se encuentra en territorio palestino; hay que cruzar el muro que separa Israel de los territorios palestinos, y las autoridades judías piden el pasaporte para volver a territorio israelí, es decir, a Jerusalén.
La agencia de viajes se movió rápidamente para encontrar un guía en la propia ciudad de Belén, ya que el tema de celebrar la Misa en el campo de los pastores estaba resuelto porque, también como peregrino, venía con el grupo un sacerdote mexicano. Y así me encontré, sin darme cuenta, de ayudante del guía, un joven cristiano palestino que la agencia nos puso en Belén, y que me contó que hacía 9 años que no había podido ir Jerusalén, al Santo Sepulcro (a solo 8 km de Belén), por ser palestino y no tener pasaporte israelí.
Al día siguiente, después de desayunar en el hotel, subimos al autobús y marchamos hacia Belén. A los pocos kilómetros vemos el muro, muy grande, muy alto. Pasamos a territorio palestino; a lo lejos se ve ya Belén, en hebreo Beit Lejem, la “casa del pan”, que eso significa Bethlehem. “… Y tú, Belén, Efratá, tierra de Judá, no eres la más pequeña entre los clanes de Judá, porque de ti saldrá el que ha de gobernar a mi pueblo Israel…” (Mq 5,2).
En Belén, siempre es Navidad; las luces y adornos navideños están puestos durante todo el año, cosa que extraña a turistas y peregrinos. También, la mayoría de ellos imaginan Belén como una pequeña aldea asentada en la ladera de una colina, como están acostumbrados a ver en las películas, y no es así. Belén es una población grande, que se va extendiendo bastante, aunque por suerte no se ha construido ningún edificio alto. El tráfico siempre es intenso y caótico; el autobús sube unas calles en zigzag, entre tiendas, cafés y una parada de taxis. Muchos anuncios en vallas y tapias, sobre todo de tabaco y de “coca-cola”.
Llegamos a la plaza de la Natividad. La Basílica parece una fortaleza, con gruesos muros y contrafuertes, con escasas ventanas. Hay que recordar que, durante la segunda Intifada, en 2002, un grupo de milicianos palestinos armados, huyendo del ejército israelí, se refugiaron dentro de la Basílica, un lugar santo cristiano, protegido por el derecho internacional.
Israel no quiso asaltarla militarmente, pero la rodeó completamente, cortó los suministros y exigió la rendición y entrega de los milicianos y de las armas. Después de 39 días y, tras una intensa mediación internacional (UE, Vaticano, EE. UU), se llegó a un compromiso, por el cual, entregaron las armas, 13 militantes palestinos fueron deportados a Europa, otros 26 trasladados a Gaza, y el resto quedaron libres. La Basílica sufrió bastantes daños, pero no fue destruida. Aquel episodio hizo que Israel acelerara la construcción del muro de separación alrededor de Belén.
Siguiendo con la Basílica, siempre llama la atención la puerta de entrada, la única que hay. Es una puerta diminuta, como de miniatura, tan baja que para cruzarla hay que agachar mucho la cabeza.
Hay dos interpretaciones acerca de la finalidad de esta pequeña puerta. La histórica (la más veraz) es que, en la época otomana, los caballos y los camellos entraban por las buenas y hubo que achicar la puerta, y así continúa. La otra interpretación es más teológica, y a un tiempo piadosa: se dice que la puerta fue diseñada así para hacer ver a los peregrinos que comprender el misterio que aquí se conmemora, solo puede lograrse haciéndose pequeño, agachándose, como gesto de humildad y reverencia. En cualquier caso, quién desee entrar en el lugar del nacimiento de Jesús, tiene que inclinarse.
La Basílica de la Natividad es la iglesia existente más antigua de la cristiandad. Fue construida sobre la Gruta, más conocida como portal de Belén, donde según los Evangelios de san Mateo y san Lucas, y la tradición cristiana, se cree que nació Jesús. La primera edificación de este templo data del siglo IV, por orden del emperador romano Constantino. El estilo arquitectónico es el paleocristiano. Es un edificio religioso compartido por la Iglesia ortodoxa, la Iglesia apostólica armenia y la Iglesia católica, con derechos menores para los ortodoxos sirios y los coptos.
En el año 614, Jerusalén pertenecía al imperio bizantino. En la guerra contra los persas, cayó toda Palestina. El ejército persa entra en Jerusalén, y se produce un saqueo sin precedentes en toda la región. Iglesia tras iglesia fueron incendiadas, junto a los innumerables objetos cristianos, que fueron robados o dañados. Sin embargo, en Belén, la Basílica de la Natividad se libró de la destrucción, cuando los soldados persas vieron el bello mosaico en el tímpano mayor, decorado con imágenes de los Magos de Oriente, de origen persa y vestidos con ropajes al estilo persa.
Tiene planta de cruz latina y cinco naves. En la nave principal de la Basílica cuelgan muchas lámparas, según el rito oriental. En algunos lugares de la nave, es posible contemplar los mosaicos que adornaban el pavimento de la primitiva iglesia constantiniana; en las paredes, también se han conservado fragmentos de otros mosaicos que datan de los tiempos de las Cruzadas.
Hay muchos grupos de peregrinos y turistas, de todas las etnias. Se forma, como es normal, una cola enorme para poder bajar a la Gruta. Los monjes griegos controlan. Mientras estamos en la fila, podemos apreciar las cinco naves con columnas corintias de pórfido. El techo es de madera, aunque antes era de plomo, pero durante la dominación otomana, los turcos pensaron que el plomo estaría mejor convertido en balas para fusil. Hay una columna con unos agujeros, donde es tradición que los peregrinos metan sus dedos y apoyen la frente en la misma, mientras piden un deseo.
Bajamos los escalones, muy concurridos de gente, y llegamos ante la Gruta, que cae justo debajo del altar principal de la Basílica. Allí, hay también un pequeño altar, debajo del cual está la estrella de plata, que alrededor lleva la inscripción: “Hic de Virgine Maria Jesus Christus natus est”. La estrella tiene 14 puntas que, supuestamente, aluden a las 14 generaciones mencionadas por san Mateo en el primer capítulo de su Evangelio, al relacionar la genealogía de Jesús. El espacio de la Gruta es compartido por católicos, ortodoxos y armenios. El humo de los cirios, que la piedad popular ha puesto durante siglos, ha ennegrecido las paredes y el techo.
Hasta aquí acuden peregrinos de todo el mundo. El Papa Pablo VI celebró, el 6 de enero de 1964, la Santa Misa en la Basílica, en el transcurso de su histórico viaje a Tierra Santa, en compañía del patriarca ortodoxo, Atenágoras. El 22 de marzo de 2000, rezó aquí el Papa Juan Pablo II y el 13 de mayo de 2009 estuvo en Belén Benedicto XVI. El Patriarca Latino de Jerusalén celebra aquí la “Misa de Gallo” cada Navidad. Y en la plaza de la Natividad se instala un enorme árbol y multitudes acuden a los oficios religiosos, que se celebran en diversas lenguas. La Basílica fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, en 2012.
De uno en uno, todo el grupo en fila se va arrodillando y besando la estrella. Como hacemos fotos a los miembros del grupo, conforme van besando la estrella, el pope griego nos indica que aligeremos, y le hago un gesto que comprende. Por cierto, la estrella es un regalo de España, realizado por la reina María Amalia de Sajonia, esposa de Carlos III, y está hecha con la plata traída de América en el siglo XVIII.
A continuación, pasamos a la capilla católica del pesebre. Solo san Lucas menciona en su Evangelio el “pesebre”. De modo, que lo del establo, la mula, el buey… es una tradición de los evangelios apócrifos. Belén es el centro del “nacimiento” (el “Belén”) que san Francisco de Asís popularizó en el siglo XIII.
Salimos de la Basílica, y vamos hacia el claustro de san Jerónimo, contiguo a la Basílica. El santo, que vivió en una Gruta cercana durante 35 años, se dedicó, aquí en Belén, a traducir la Biblia al latín, la famosa “Vulgata”. En el centro del jardín hay una estatua del santo, con una calavera a sus pies, y alrededor unas cuantas palmeras exuberantes.
Marchamos por las calles de Belén, que es una ciudad mayoritariamente musulmana (90-95%), con una minoría cristiana importante, pero en retroceso. Llegamos a la cercana “Gruta de la leche”. Pasamos por el barrio que hay detrás de la Basílica, donde trabajan los artesanos cristianos palestinos en la elaboración de los “souvenirs” de Belén. Vemos como tallan una cruz, un san José, camellos, etc. En los patios de los artesanos hay amontonada mucha madera de olivo. Los chiquillos palestinos nos acosan sin piedad y nos venden de todo, desde agua a un dólar, hasta collares, postales, ...
En la Gruta de la leche es donde, según la tradición, se refugió la Sagrada Familia huyendo de Herodes. Graciosa tradición, pues mientras María amamantaba al Niño, una gota de leche cayó al suelo de la Gruta, cuyas rocas se convirtieron en color blanco y adquirieron propiedades curativas. Un cuadro al óleo representa a María amamantando al Niño. Hay muchas lámparas y candelabros, y también un techo ahumado por los cirios.
Volvemos al autobús y vamos camino del “Campo de los pastores”.
Belén y su comarca ocupan un terreno suavemente ondulado, a más de 700 metros de altitud. En algunas lomas, la pendiente ha sido escalonada en terrazas y han plantado olivos; en los valles, las zonas más planas están divididas en campos de cultivo; y en las tierras sin labrar, donde enseguida aflora el estrato rocoso, crece una vegetación dispersa, típicamente mediterránea, formada por pinos, cipreses y varias especies de arbustos.
En esta región apacentaba David los ganados de su padre, cuando fue ungido por Samuel y, tres generaciones antes, su bisabuela Rut espigaba los campos de trigo y cebada detrás de los segadores de Booz.
Siglos después, cuando se cumplió el momento de la venida del Hijo de Dios a la tierra, allí tuvo lugar el primer anuncio del nacimiento de Jesús:
“…había unos pastores por aquellos contornos, que dormían al raso y vigilaban por turno su rebaño durante la noche. De improviso un ángel del Señor se les presentó, y la gloria del Señor los rodeó de luz. Y se llenaron de un gran temor. El ángel les dijo: -No temáis. Mirad que vengo a anunciaros una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis a un niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre…”.
Aunque el relato evangélico no permite identificar con certeza el lugar de aquella aparición, los cristianos enseguida la situaron en un paraje a unos dos o tres kilómetros al este de Belén, donde hoy se encuentra el pueblecito de Bet Sahur, “la casa de los vigías”.
En el periodo bizantino, allí se edificó un santuario dedicado a los pastores, y la iglesia de Jerusalén celebraba una fiesta la vigilia de la Navidad y también se veneraba una Gruta. Hubo además un monasterio, pero de todo esto no quedaban más que ruinas cuando llegaron los cruzados. Bet Sahur es una aldea de población mayoritariamente cristiana. El lugar “histórico” está custodiado por los franciscanos, que han emprendido una labor arqueológica, sacando a la luz importantes vestigios que nos hablan de la presencia cristiana en la época bizantina (hacia los siglos IV y V).
Sobre una roca que domina esas ruinas del Campo de los pastores, la Custodia de Tierra Santa edificó entre 1953 y 1954 el santuario del Gloria in excelsis Deo, donde se conmemora el primer anuncio del nacimiento de Cristo. Desde entonces, millones de peregrinos han visitado este lugar sagrado, que todavía conserva el sentido profundo de la paz y la alegría de la Navidad.
Sin embargo, el santuario se ha quedado pequeño para las celebraciones de los peregrinos y, por ello, el próximo día 14 de enero de 2026, se va a inaugurar (bendecir), una capilla subterránea, la capilla de la Inmaculada, una capilla española, pagada por los peregrinos españoles, con capacidad para más de 300 personas.
Al santuario se llega a través de un paseo enlosado, flanqueado por pinos y cipreses. La vista desde el exterior, con la planta en forma de decágono y los muros inclinados, pretende recordar una tienda de nómadas beduinos (haima). En el interior, destaca el altar en el centro; en las paredes, en tres ábsides, se reproducen las escenas evangélicas: la aparición celestial, los pastores dirigiéndose a Belén y la adoración del Niño. El torrente de luz que entra a través de la cúpula acristalada trae a la memoria la que rodeó a aquellos hombres. Diez figuras de ángeles, junto con el canto que entonaron, decoran el tambor: Gloria in altissimis Deo et in terra pax hominibus bonæ voluntatis.
José Antonio Parra
¡FELIZ NAVIDAD!
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