CESAR Y EL RUBICÓN

Como en tantas otras ocasiones, escuchamos frases repetidas mil veces, frases que podemos incluso utilizar en su contexto actual, pero que desconocemos su origen. Es como comenta el autor, lo que sucede con esta conocida frase, "cruzar el Rubicón", qué tiene un origen, muy romano.

JOSÉ ANTONIO PARRA TOMÁS

José Antonio Parra en Asociación la Tortuga de El charco

4/19/202611 min read

CÉSAR Y EL RUBICÓN

Hace unas fechas, estuve de viaje en Italia, visitando la costa del Adriático, así como Rávena, la capital de los mosaicos bizantinos (siglo VI), que posee ocho monumentos Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. De camino hacia Rímini, me detuve en el pueblo de Savignano sul Rubicone, donde existe un puente romano, sobre el río Rubicón, de la época de Augusto, y donde la tradición señala que es el lugar por donde Julio César cruzó en su camino hacia Roma, procedente de la Galia.

Y cuento todo esto, porque hice unas fotos del río, del puente y del monumento dedicado a César, que puse en los “estados” de WhatsApp, y cuál sería mi sorpresa, cuando bastantes personas me preguntaron qué era aquello, qué significaba y qué importancia tenía. Por ello, me he decidido a exponer algo sobre la vida de César, explicando el significado de este famoso riachuelo, el Rubicón.

Comienzo indicando que no se conoce nada de la infancia de César, excepto que tuvo por preceptor a un galo. Parece que, ya desde la juventud, padecía de fuertes jaquecas e incluso ataques de epilepsia y que su máxima ambición era ser escritor. Procedía de una familia aristocrática, pero pobre, aunque era sobrino de Mario, destacado general y político, que fue nombrado 7 veces seguidas, cónsul. La casa de César, donde nació, unos dicen que en el 100 y otros en el 102 a.C., estaba en la Suburra, un barrio popular y mal reputado de Roma.

Suetonio cuenta que era de estatura media, más bien relleno, de ojos negros y vivos. Sin embargo, Plutarco dice que era alto y delgado. Tal vez, tengan razón los dos, porque uno lo describe de joven, y el otro de hombre maduro, cuando se suele engordar.

Fue muy afortunado con las mujeres. Se casó con cuatro y tuvo muchísimas amantes. Sus soldados le llamaban moechus calvus”, el adúltero calvo, y él era el primero en reírse de ello. César fue un perfecto hombre de mundo, galante, elegante, despreocupado, lleno de humor, capaz de encajar pullas de los demás y de responderlas con mordaz sarcasmo. Era indulgente con los vicios ajenos, porque tenía necesidad de que los demás lo fuesen con los suyos.

Durante la dictadura de Sila, César, por ser sobrino de Mario, se mantuvo alejado de Roma. Cuando el dictador se retiró, volvió a Roma. Pero, durante el viaje de regreso, una embarcación pirata lo apresó y pidió veinte talentos por su rescate. César contestó con insolencia que era un precio demasiado bajo para su valía y que prefería pagar cincuenta. Mientras llegaba el dinero del rescate se entretuvo escribiendo versos que leía a sus raptores, a quienes no le gustaron. César les llamó “bárbaros” y “cretinos”, y les prometió ahorcarles en la primera ocasión. Mantuvo su palabra, pues apenas liberado, fletó unos barcos, persiguió y capturó a aquellos piratas, recuperó su dinero, es decir, el de sus acreedores y, con gran clemencia, antes de colgarles, les degolló. Él mismo cuenta esta aventura a sus amigos en unas cartas de dudosa veracidad. César no era aún el sobrio y apasionado autor de De bello gallico (La guerra de las Galias) que, habiendo ganado muchas batallas, no tenía necesidad de novelarlas.

En el año 65 a.C., se presentó a las elecciones y fue elegido edil y, más tarde, pretor en España. Los conservadores lo detestaban, porque se presentaba como jefe de los populares, y le opusieron un hombre del prestigio de Pompeyo. Sin embargo, cuando el Senado se negó a repartir tierras a los soldados veteranos de Pompeyo, César aprovechó la ocasión y se lo atrajo de su parte y de la de Craso. Esta obra maestra de diplomacia se consolidó con un acuerdo tripartito, que se conoce como el “primer triunvirato”. Pompeyo y Craso ponían su influencia y sus riquezas al servicio de César, para hacerle elegir Cónsul. Y César, cuando saliese elegido, repartiría las tierras a los veteranos de Pompeyo, y le daría las contratas que deseaba Craso.

César cumplió los compromisos adquiridos con sus aliados. En el año 58, se presentó nuevamente al consulado saliendo otra vez elegido y pudiendo llevar a cabo los proyectos y reformas agrarias. Eran las reformas que años antes habían intentado los hermanos Gracos, jugándose el pellejo, pero los tiempos habían cambiado. Pompeyo se convirtió en yerno de César, al casarse con su hija Julia. Y así, con la amistad de Pompeyo y el apoyo financiero de Craso, César podía ahora alejarse de Roma para procurarse lo que aún le faltaba: la gloria militar y un ejército fiel.

Cuando César llegó, Francia era para los romanos tan solo un nombre: Galia. No conocían más que sus provincias del sur, que las habían sometido a vasallaje para asegurarse las comunicaciones terrestres con España. Lo que hubiera más al norte, lo ignoraban.

Más al norte no existía nada más que diversas tribus de raza céltica, diseminadas por distintas regiones y que se pasaban el tiempo haciéndose la guerra entre sí. César que, entre otras cosas, poseía el don de la observación, comprendió que para dominarlas bastaba con tenerlas divididas y esperar a que se destruyeran entre ellas.

No tenía César fuerzas suficientes para una guerra de conquista. Para aquel inmenso territorio, que era la Galia, solo disponía de cuatro legiones, es decir, poco más de veinte mil hombres. Y, precisamente, en ese momento cuatrocientos mil helvecios se desparramaban desde Suiza sobre la Galia, y ciento treinta mil germanos cruzaban el Rin. Aterradas, todas las tribus de la Galia, pidieron protección a César que, sin contar con el Senado, alistó a sus expensas otras cuatro legiones y declaró la guerra a los helvecios y a los germanos.

Fueron dos campañas temerarias y fulgurantes. Batidos los helvecios, pidieron la paz y poder retirarse a su patria, lo que César permitió con tal de que aceptasen el vasallaje a Roma. Los germanos fueron completamente aniquilados. El libertino y endeudado César, se reveló en el campo de batalla, como un formidable general.

Como las cosas en Roma no marchaban bien, los triunviros se reunieron en Lucca, donde se decidió que Craso y Pompeyo se presentasen al consulado y, después del triunfo, confirmasen a César como gobernador de la Galia por otros cinco años. Craso obtendría Siria, y Pompeyo, España. Así, entre los tres, serían dueños de todo el ejército.

César volvió a la Galia, reprimió otra incursión germana y luego atravesó el canal de la Mancha con un pequeño destacamento, y los romanos pisaron por primera vez el suelo inglés. Permaneció pocos días, venció a las pocas tribus que encontró en su camino, tomó algunas notas y volvió atrás. Pero al año siguiente intentó de nuevo la aventura con fuerzas mayores, derrotó a un ejército indígena, llegó hasta el Támesis, y hubiera llegado más lejos de no haber recibido la noticia de que había estallado una revuelta en la Galia.

Volvió y se encontró a toda la Galia en pie de guerra, unida a las órdenes de un hábil jefe, Vercingetórix. Éste poseía poderosas fuerzas entre César y el grueso de su ejército. La situación no podía ser peor. César la afrontó con su audacia habitual. Al frente de sus soldados, caminó a pie por un país hostil hasta alcanzar al grueso de sus fuerzas y con ellas atacó la capital enemiga, Alesia, donde Vercingetórix había reunido su ejército, y la sitió. Enseguida acudieron galos de todo el país para liberar a su capital y a su jefe. César se dio cuenta que luchaba uno contra diez. Doscientos mil galos contra las cuatro legiones romanas.

César ordenó a sus soldados que levantaran dos empalizadas: una hacia la ciudad sitiada, y la otra, hacia las fuerzas galas que acudían en su auxilio. Y entre las dos situó a sus legiones. Tras una semana entre los dos frentes, los romanos estaban hambrientos, pero los galos habían caído en la anarquía y se retiraban en desorden. César cuenta en La guerra de las Galias que, si los galos hubieran insistido un día más, habrían vencido. Vercingetórix en persona salió de la ciudad extenuada a pedir clemencia. César la concedió a la ciudad, pero los rebeldes pasaron a ser propiedad de los legionarios, que les vendieron como esclavos. El desventurado Vercingetórix fue conducido a Roma, donde al año siguiente siguió encadenado el carro del triunfador, que le “sacrifico a los dioses”, como se decía entonces.

César liquidó los restos de la revuelta con una severidad que no era habitual en él, que siempre se mostró generoso, sobre todo con el adversario vencido. Pero una vez infligido el castigo, con la eliminación de los jefes, volvió a sus métodos de clemencia y de comprensión. Y así, dosificando con sabiduría la mano dura con la caricia, convirtió a los galos en un pueblo respetuoso y adicto a Roma, como se vio durante la guerra civil contra Pompeyo, cuando ni siquiera intentaron rebelarse.

Roma no comprendió la grandeza que César le había hecho. Solo vio en la Galia una nueva provincia que explotar. Craso, había muerto en Siria en lucha contra los partos, y el vínculo que le unía a Pompeyo había desaparecido, con la muerte de su hija Julia. Pompeyo se alió con los conservadores y se hizo prorrogar su mandato hasta el 46, mientras el de César terminaría en el 49 (estos años son antes de Cristo, por lo que se interpretan al revés). Así quedaría Pompeyo solo con un ejército, que además propuso una ley que exigía la presencia en Roma para poder concurrir al consulado. Era la exclusión de César, que no podía acudir antes del día fijado para el triunfo. Y Catón, que veía a César como un peligro para la República romana, proclamaba que César debía ser juzgado y procesado por abusos de poder y violaciones del derecho romano. Como agradecimiento por la conquista de la Galia, no estaba mal.

Los titubeos de César antes de desencadenar la guerra civil han constituido el gozo de muchos escritores y la fortuna de un riachuelo: el Rubicón. Este río marcaba, cerca de Rímini, la frontera entre la Galia Cisalpina, donde tenía derecho a situar sus legiones, y la verdadera Italia donde lo tenía prohibido. Ningún gobernador provincial podía atravesarlo al frente de sus tropas, so pena de ser declarado enemigo público. César era plenamente consciente de las consecuencias que tendría el hecho de atravesar el río con sus legiones.

Con tal de evitar la guerra civil había aceptado todas las propuestas de Pompeyo y el Senado, pero el Senado contestó impidiéndole concurrir al consulado y poniéndole en el dilema: licenciar al ejército o ser declarado enemigo público. Comprendió que, de elegir la primera opción, se entregaba indefenso en manos de quienes querían su pellejo. Presentó una nueva propuesta que fue rechazada igualmente, poniéndole definitivamente entre la espada y la pared.

Como si nada extraordinario fuera a suceder y para no levantar sospechas, César asistió en Ravena a un espectáculo público y participó en un concurrido banquete. Después reunió a su legión favorita, y habló a los soldados, llamándoles no milites, sino conmilitones. Además de su general, era su compañero, que les había conducido durante diez años de victoria en victoria. Aquellos veteranos sentían hacia César, que raramente había tenido que recurrir a su propia autoridad para afianzar su prestigio, un respetuoso afecto.

El 10 de enero de aquel año 49 a.C., César puso su destino en manos de la Fortuna con una frase que ha quedado para la historia: “Alea iacta est”, “la suerte está echada”, es decir, cruzó el Rubicón, con aquella legión, apenas seis mil hombres, contra los sesenta mil que disponía Pompeyo. Formó otras tres legiones con voluntarios del país que no habían olvidado a Mario y veían en César, a su sobrino y continuador.

Cruzar el Rubicón supuso el inicio de la segunda guerra civil de la República romana, que terminaría con el ascenso de César como dictador. El acto se considera un hito que cambió la historia de Roma, iniciando el fin de la República, el régimen que, durante cuatro siglos, desde la expulsión de los reyes etruscos, había encarnado los ideales romanos de igualdad y libertad.

“Las ciudades se abren ante él y le saludan como a un dios”, decía Cicerón. Efectivamente, las ciudades no oponían resistencia a César, que las recompensaba con su habitual clemencia: nada de saqueos, nada de prisioneros, nada de depuraciones. Envió nuevas propuestas al Senado, pero sin esperar respuesta siguió avanzando hacia Roma contra Pompeyo, que también avanzaba, pero saliendo de Roma hacia el sur, llegando hasta Bríndisi, en el Adriático, donde embarcó su ejército hacia Grecia. Curiosa táctica para un general, que contaba con un ejército muy superior en número que el de César.

César entró en Roma el 16 de marzo, dejando al ejército fuera de la ciudad. Se había rebelado contra el Estado, pero respetaba sus reglamentos. Pidió el título de dictador, y el Senado se negó. César dijo: “Tan difícil me es pronunciar amenazas, como fácil cumplirlas”. Inmediatamente el tesoro fue puesto a su disposición. César, antes de vaciarlo para llenar las cajas de sus legiones, echó el botín acumulado de las últimas campañas. El hurto, sí, pero antes la legalidad.

Los conservadores preparaban el desquite concentrando tres ejércitos: el de Pompeyo, en Grecia, el de Catón, en Sicilia, y otro en España. Contaban con hacer capitular a César y a Italia por hambre. César mandó dos legiones a Sicilia al mando de Curión, que derrotó a Catón, y que murió pidiéndole perdón a César, de quien se había aprovechado tanto. A España fue César en persona, para asegurarse los abastecimientos de trigo, y el enemigo capituló quedando España bajo su control.

Con su habitual prontitud, repuso el orden en los asuntos internos del Estado, pero sin procesos, ni expulsiones ni confiscaciones. Después reunió las legiones, y las embarcó en Brindisi hacia Grecia, tras los pasos de Pompeyo, y lo alcanzó en la llanura de Farsalia. Pompeyo tenía cincuenta mil hombres y siete mil jinetes; César, veintidós mil hombres y mil jinetes. La víspera de la batalla, en el campamento de Pompeyo hubo grandes banquetes, discursos y brindis por la victoria. César comió un rancho de trigo y col con sus soldados.

La batalla de Farsalia fue la obra maestra de César, que perdió solamente trescientos hombres, mató a quince mil, capturó a veinte mil, ordenó salvaguardarlos, y celebró la victoria consumiendo, bajo la suntuosa tienda de Pompeyo, la comida que sus cocineros le habían preparado.

El desventurado Pompeyo huía hacia la costa, seguido por aquella turba de aristócratas holgazanes, entre los cuales había un tal Bruto, cuyo cadáver había buscado César en el campo de batalla, con el miedo de encontrárselo. Era hijo de su antigua amante Servilia. Respiró al recibir una carta de éste pidiéndole perdón, que también imploraba para su cuñado. César absolvió inmediatamente a ambos porque Roma era entonces lo que Indro Montanelli dice que hoy es Italia: un país no solo de poetas, de héroes y de navegantes, sino de tíos, de sobrinos y de primos.

Para continuar esta historia a partir de aquí, os recomiendo, si no la habéis visto, la película “Cleopatra” de la 20th Century Fox, dirigida por Joseph L. Mankiewicz y protagonizada por Elizabeth Taylor y Richard Burton, que reproduce bastante bien el resto de la vida de César hasta su muerte asesinado. La película alcanzó nueve nominaciones a los Oscar, y ganó cuatro. Un dato: algunas escenas de la película se rodaron en Almería.

Hoy en día, la expresión "cruzar el Rubicón" simboliza tomar una decisión irreversible y arriesgada.

José Antonio Parra Tomás