CÓMO SE ESCRIBIERON LOS EVANGELIOS

Está claro que la iglesia es evolución y es comprensión, sobre todo en sus inicios y lo es por su capacidad y por su necesidad de entender todo lo sucedido durante la vida y muerte de Jesucristo. Los inicios de la iglesia son un relato, un relato de lo sucedido a Jesús en su etapa más importante, el final de su vida y su posterior resurrección, pero la comprensión de todo lo sucedido en ese periodo es posterior y es el origen de la propia evolución de la narración de los evangelios. Veámoslo.

JOSÉ ANTONIO PARRA TOMÁS

José Antonio Parra en Asociación La Tortuga de El Charco

4/5/20267 min read

CÓMO SE ESCRIBIERON LOS EVANGELIOS

Terminó la Semana Santa ayer domingo, el día que, para los cristianos, es el más importante del año, pues celebramos la resurrección de Jesús, el fundamento central de nuestra fe, que marca la victoria definitiva sobre la muerte.

Hace 2.000 años, cuando los apóstoles tuvieron conocimiento de la resurrección de Jesús, salieron a la calle a predicar esta increíble noticia. Era algo tan extraordinario, tan maravilloso, tan inaudito, que se convirtió en el único mensaje que les importaba comunicar a la gente. Buscaban convencer a sus oyentes de ese gran prodigio que Dios había hecho con Jesús. Por eso, lo llamaron “Evangelio”, que en griego significa “Buena noticia”.

Y esto, les llevó a comprender que Jesús se había convertido en Mesías, en Hijo de Dios, gracias a su muerte y resurrección. Por ello, lo único que predicaron los apóstoles, durante la primera fase de la vida de la Iglesia, fue que Jesús había muerto y Dios lo había resucitado, y que así se había convertido en Hijo de Dios.

Si leemos los cuatro Evangelios, veremos que comienzan de forma diferente. San Mateo lo inicia con la infancia de Jesús. San Marcos, en cambio, con la vida ya adulta del Señor. San Lucas vuelve otra vez a presentar los relatos de la infancia. Y san Juan va más atrás aún, cuando Jesús estaba en el cielo junto a Dios Padre.

¿Por qué los evangelistas son tan distintos en su manera de comenzar a contar la “Buena noticia” de Jesús? ¿No todos conocían la vida completa del Maestro? ¿O pensaron que algunos episodios no merecían la pena de ser incluidos en sus Evangelios?

Para contestar a estas preguntas, hay que tener en cuenta que la figura de Jesús no fue entendida de golpe por los primeros cristianos, sino gradualmente. Y que pasaron muchos años, antes de que comprendieran que, ese Jesús que había vivido y caminado por Galilea y Judea junto a ellos, era el Hijo de Dios. Y esto influyó en la manera de empezar a escribir los Evangelios.

Cuando los cristianos quisieron poner por escrito algo de la vida de Jesús, lo único que les pareció importante escribir fueron los detalles de su muerte y resurrección. Así nacieron los relatos de la pasión del Señor. De los Evangelios, pues, lo primero que se escribió fue lo último, es decir, lo conocido como los “Relatos de la Pasión”.

Pero, a medida que pasaban los años, la Iglesia entró en una segunda fase o etapa. Los que se habían convertido al cristianismo, ya no se contentaban con saber cómo había muerto y resucitado Jesús. En las reuniones de sus comunidades, buscaban conocer un poco más sobre su persona: qué cosas había hecho, qué cosas había dicho, qué mensaje había enseñado, en dónde había vivido, cómo fue su vida…

Entonces comenzaron a recogerse y redactarse algunas colecciones de sus frases más famosas, sus dichos más recordados, sus parábolas, sus milagros. Y todo eso era empleado para la catequesis de los cristianos, que querían profundizar un poco más en la vida y doctrina del Maestro.

Con esta información a mano, y con ayuda del Espíritu Santo, los cristianos fueron profundizando en el misterio de la persona de Jesús. Comprendieron que Él no podía haber enseñado verdades tan sublimes, si en esa época no era ya el Mesías. Y descubrieron así, que Jesús era el Mesías y el Hijo de Dios, no a partir de su resurrección, sino desde antes, desde su vida pública. Que Dios lo había nombrado su Hijo, cuando Jesús salió a predicar. La resurrección no hizo más que manifestar públicamente, lo que ya sucedía en Jesús desde el inicio de su vida pública, es decir, desde que fuera bautizado por Juan.

Ese material de parábolas, dichos, hechos y milagros, se volvió tan importante como el de la pasión. Y entonces un escritor, a quien llamamos Marcos, decidió juntarlo a los relatos de la pasión, y así nació el primer Evangelio.

Como Marcos tenía ese nuevo enfoque, es decir, que Jesús era Hijo de Dios ya en el momento del bautismo, y no solo al resucitar, empezó su Evangelio diciendo que, cuando Jesús se bautizó, una voz del cielo dijo: “Este es mi Hijo amado”. De esta forma quedaba claro a los lectores, que Dios lo reconocía a Jesús como su Hijo ya en ese momento. Pero, según Marcos, los discípulos jamás se dieron cuenta de eso, ni tampoco las demás personas. Y Jesús no se preocupó de revelarlo abiertamente a nadie porque no habrían sido capaces de entenderlo. Por eso, aunque el Evangelio de Marcos afirma que Jesús es Hijo de Dios desde su bautismo, nunca nadie lo reconoce públicamente. Solo en el momento de su muerte, el secreto es descubierto por un centurión romano que estaba al pie de la cruz, y que al verlo exclama: “Verdaderamente era Hijo de Dios”. Y nadie más.

Unos años más tarde, la reflexión de la Iglesia entró en una tercera fase, porque los cristianos, que amaban y seguían fervientemente a Jesús, querían saber más todavía sobre su vida: quiénes fueron sus padres, en dónde había nacido, dónde se había criado. Y, en esa búsqueda de información, fueron apareciendo nuevos relatos, que narraban los hechos de la infancia de Jesús. Y en la meditación de estos relatos, los primeros cristianos hicieron un nuevo descubrimiento: que Jesús era Hijo de Dios, no desde el momento de su bautismo, sino ya en su infancia; más aún, en el momento mismo de su concepción, ya era Hijo de Dios.

Los relatos de la niñez de Jesús también pasaron a ser importantes, y empezaron a ponerse por escrito. Nacieron así los relatos de la infancia, en los que ya se dice expresamente que Jesús es Hijo de Dios. Por ejemplo, cuando en la anunciación el ángel le comunica a María su embarazo divino, le dice dos veces, que el niño que va a nacer será llamado Hijo de Dios. Por eso cuando, poco después, escribieron sus obras Mateo y Lucas, en vez de comenzar sus Evangelios con el bautismo de Jesús (como Marcos), incluyeron este nuevo material de la infancia del Señor.

Los Evangelios de Mateo y Lucas, pues, como contaban que Jesús era Hijo de Dios desde su nacimiento, no podían decir que en su vida pública nadie lo sabía (como decía Marcos). Por eso, retocan algunos de sus pasajes, al objeto de afirmar que su filiación divina era conocida ya por sus discípulos. Así, después de que Jesús camina sobre las aguas, dice Mateo que todos los discípulos arrodillados le dicen: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios” (Mt, 14,33). Y cuando Jesús pregunta a sus discípulos que opinan de Él, Pedro le contesta: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16).

Fueron pasando los años, y cerca ya del final del primer siglo la Iglesia entró en una cuarta y última fase de su reflexión sobre este tema. Los cristianos, remontándose más atrás aún del nacimiento de Jesús, llegaron a una nueva conclusión: que Jesús era Hijo de Dios, mucho antes de nacer. Mejor dicho, que desde siempre había sido Hijo de Dios. Que nunca había “empezado” a ser Hijo de Dios, sino que lo fue desde toda la eternidad. Jesús no comenzó a existir cuando María quedó embarazada, sino que preexistía desde antes de la creación del mundo, junto a Dios.

En esa época escribió su Evangelio Juan. Y él también comenzó, igual que los otros tres, desde el bautismo de Jesús. Pero, luego se dio cuenta de que quedaría más completo, si añadía esta nueva idea. Y por eso, en lugar de poner los relatos de la infancia como Mateo y Lucas, se fue más atrás todavía y añadió, a modo de prólogo, un precioso y hermoso himno, que cantaban los cristianos en sus reuniones litúrgicas, y que empezaba así: “En el principio ya existía la Palabra; y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios...”.

Hoy, cuando leemos los Evangelios empezamos por la infancia de Jesús, seguimos con su vida pública y terminamos con su muerte y resurrección. Sin embargo, fueron escritos al revés. Primero se compuso su muerte y resurrección, luego su vida pública, y finalmente su infancia. Esta composición inversa obedece a la comprensión gradual, que los primeros cristianos tuvieron sobre Jesús, como Hijo de Dios.

En un primer período, la resurrección de Jesús fue el único dato de su vida digno de mencionarse, el único “Evangelio”. Por eso, las cartas de san Pablo, que son anteriores a los Evangelios, nunca cuentan ningún hecho de la vida de Jesús, fuera de su muerte y resurrección. Los episodios anteriores de su vida, no tenían mayor valor ni merecían ser contados, pues se pensaba que Él todavía no era Hijo de Dios.

Cuando los cristianos reflexionaron más tarde sobre la identidad de Jesús, y entendieron que era Hijo de Dios, ya durante su ministerio, no hubo dificultad en recopilar toda la información sobre su vida pública, sus dichos y sus milagros. Entonces la vida pública también cobró importancia, entró en la categoría de “Evangelio” y fue incluida en la obra que compuso Marcos.

Tiempo después la cristología siguió progresando. Se comprendió que Jesús era Hijo de Dios desde su misma concepción, y así los relatos de la infancia pasaron a ser importantes y pudieron ser añadidos como “Evangelios” en las posteriores obras de Mateo y Lucas.

Finalmente, con la iluminación del Espíritu Santo, se llegó a la comprensión de la preexistencia de Jesús como Hijo de Dios, desde antes de su nacimiento. Y entonces, el cuarto Evangelio, el de Juan, incluyó la novedad, en el himno de su prólogo.

Los primeros cristianos no entendieron de golpe, quien era en realidad Jesús. Lo fueron descubriendo poco a poco, con esfuerzo, reflexión y oración. La persona de Jesús era tan misteriosa, tan inconcebible, tan fuera de toda lógica, que llevó muchos años convencerse de que ese Jesús que había comido con ellos, caminado por sus caminos y pueblos, entrado y dormido en sus casas, que lo habían visto y tocado, era nada menos que Dios en persona que nos había visitado, que se había hecho uno de los nuestros.

José Antonio Parra Tomás