CONQUISTA DE SEVILLA Y LAS CAMPANAS

Breve retazo de historia sobre la conquista de Sevilla por Fernando III el Santo, rey de Castilla y padre de otro rey muy conocido por los murcianos, Alfonso X el Sabio, y el por qué de las cadenas que figuran en el escudo de Cantabria-

JOSÉ ANTONIO PARRA TOMÁS

José Antonio Parra en Asociación la Tortuga de El Charco.

3/16/20256 min read

En el último viaje que realicé a Cantabria, visité, entre otras cosas, porque tenía mucho interés, los “fuertes” de Santoña. El emplazamiento de esta villa se ha considerado siempre un lugar privilegiado, formando una pequeña península, y, por ello, hubo que construir edificaciones militares para poder defender la plaza en momentos de invasión. Concretamente, durante la Guerra de la Independencia, Napoleón quiso dominar Santoña y convertirla en el “Gibraltar” del norte, pero francés. Estos edificios militares, denominados “fuertes”, hoy abandonados como tales, reciben los nombres de Napoleón, San Martín y San Carlos. Y están protegidos por la ley del Patrimonio de Cantabria.

Frente a Santoña, y cerrando la bahía, se encuentra Laredo, rodeada de montes y bañada también por el Cantábrico. Pues bien, a lo que iba, en Laredo visité su majestuosa iglesia parroquial y me extrañó encontrar, en la nave central, unas grandes cadenas que cuelgan del techo. Me intrigó y me puse a averiguar el motivo de aquello. Así es que voy a hacer un poco de historia y os lo cuento.

En el año 1244, Fernando III el Santo, rey de Castilla desde el año 1217 y de León a partir del año 1230, llevaba unos años asediando Sevilla sin ningún éxito. En el asedio también participaba el hijo de Fernando III, el futuro Alfonso X el Sabio, que envió mensajes a la ciudad amenazando con pasar a cuchillo a sus habitantes, si se derribaba una sola teja de la mezquita o un solo ladrillo de su alminar, la futura Giralda. Isbiliya, nombre que recibía Sevilla en aquella época, era la capital de los almohades y posiblemente la ciudad más populosa de Europa en el siglo XIII.

Un buen día, Fernando III recibió la visita del navegante y mercader Ramón Bonifaz. Este marino tiene una inmensa estatua a la entrada de Burgos que dice “Al almirante de Castilla. Bonifaz”. Los de Burgos dicen que era de allí. Los cántabros le han dedicado una de las calles de Santander y, naturalmente, dicen que era cántabro. Y los historiadores no se ponen de acuerdo y algunos dicen que era francés.

Cuando Bonifaz fue a ver al rey, era ya un marino experto y acumulaba muchas gestas en conquistas. Le expuso a Fernando III más o menos lo siguiente: “Majestad, si me otorgáis fondos me comprometo a construir o reconstruir en tres o cuatro años más de veinte barcos de guerra con tripulaciones de Castro Urdiales, Laredo, Santander y San Vicente de la Barquera para atacar por sorpresa, y desde el Guadalquivir, Sevilla”. Al rey le convenció el proyecto, y le concedió la autorización y los fondos.

Fueron cuatro años de intensos trabajos; algunos barcos se hicieron nuevos, pero la mayoría fueron adaptaciones de barcos balleneros. En los primeros días de abril de 1248, los barcos de Castro Urdiales se unieron a los de Laredo, recogiendo por el camino a los de Santander y llegaron a San Vicente de la Barquera, donde esperaban los de esa villa. Todos juntos doblaron el cabo de Finisterre, bordearon las costas portuguesas y, en la primera semana de mayo, ya estaban en la desembocadura del Guadalquivir, en Sanlúcar de Barrameda, frente al coto de Doñana, esperando el inicio de la pleamar. Desplegadas las velas y con viento favorable, el 4 de mayo aparecen enfilados los veintisiete navíos en medio de las dos Sevillas que divide el Guadalquivir. Podéis imaginaros la incredulidad de los almohades. El primer objetivo de la flota era partir Sevilla en dos y aislarlas.

Las dos partes de la ciudad estaban unidas por puentes de barcas adosadas, que en la base se sustentaban con dos filas de gruesas cadenas. Ante tan inesperada defensa, Ramón Bonifaz y sus capitanes se pusieron a cavilar sobre la mejor manera de acometerla. Tuvieron una brillante idea, que les dio la solución. Se trataba de un artilugio de “fierros aserrados” acoplado a la proa del barco, capaz de cortar las dichosas cadenas. Se eligieron las dos naves más grandes de la flota, la “Carceña” y la “Rosa de Castro”; reforzaron las proas con el mayor peso posible y acoplaron a la proa el bélico artilugio.

Ramón Bonifaz tuvo la calma necesaria para esperar el momento oportuno para lanzar el ataque, y éste llegó cuando subió la marea y el viento se puso a su favor. Las dos naves se lanzaron contra las cadenas como un pesado ariete; la primera no consiguió romperlas, pero la nave Carceña, así llamada por estar construida con robles del monte Carceña de Cantabria, las partió como si fueran de vidrio, y después rompió con estrépito el primer puente que unía el barrio de Triana con la Torre del Oro. En menos de una hora no quedaba ningún puente sano sobre el Guadalquivir. Las dos Sevillas quedaban aisladas, dejando libre el camino para que el resto de la flota entrara en Sevilla y facilitara el acceso de las tropas terrestres de Fernando III, que atacaron en masa por todos los flancos, entrando en la ciudad por varios lugares.

Este hecho, que ha pasado a la historia como una hazaña legendaria, ocurría el 4 de mayo del año 1248. La conquista definitiva de Sevilla no se finalizó hasta el 23 de noviembre de ese mismo año. El rey de la taifa de Sevilla tuvo que entregar la ciudad a Fernando III, quien le puso como única condición que, en un plazo de tiempo razonable, la ciudad quedase vacía de todos los musulmanes que en ella vivieran, por lo que en los siguientes días la abandonaron, según cuentan las crónicas, algo exageradas, más de cien mil musulmanes, camino de otras taifas cercanas, sobre todo de Granada, cargados con los escasos enseres que pudieron acarrear.

Finalmente, la ciudad quedó en poder de los cristianos el día 22 de diciembre del 1248, precisamente el día en que la cristiandad celebraba la festividad de san Isidoro de Sevilla. Lo que no se había logrado en diez años, se consiguió en tres meses con la genial estrategia de Bonifaz y los barcos cántabros.

En el año de 1250, el rey Fernando III, como recompensa a toda su labor, preocupación, saber y éxito que de sus servicios se obtuvieron, designó a Bonifaz como almirante de Castilla.

Se cantaba esta coplilla:

“Castilla no tiene mar,

pero tiene un Almirante

que se llama Bonifaz,

que una flota construyó

y Sevilla conquistó”.

Después de esta experiencia, se vio la necesidad de disponer de una fuerza naval propia de la Corona, y así el rey Fernando III encargó a Bonifaz la construcción de unas atarazanas o astilleros donde se construyeran las naves necesarias. Las estableció a orillas del Guadalquivir, en Sevilla, siendo estas las Atarazanas Reales de Sevilla, a instancias de Alfonso X en 1254.

Tal fue la repercusión de este hito histórico que toda Cantabria y Santander quisieron recordarla para siempre en sus escudos. Por un lado el escudo de Cantabria conserva a día de hoy una torre dorada, que simboliza la Torre del Oro sevillana, en la parte superior del mismo así como la presentación de uno de los barcos rompiendo la cadena que unía Sevilla con Triana. Con ello, se recuerda como los marinos cántabros contribuyeron a la expulsión de los musulmanes de España. Pero no solo los escudos de Cantabria y Santander, sino que múltiples blasones, escudos y banderas de esas villas marineras que participaron en la conquista, recuerdan esa efeméride.

Otra cosa. Estando en Santander, embarqué en un ferry de la antigua empresa “Los Reginas”, que cruza la bonita bahía santanderina, hasta Pedreña, localidad natal del más importante golfista español, ya fallecido, Severiano Ballesteros. En esa localidad visité el taller de un artesano campanero, que aún elabora campanas según los métodos tradicionales.

Entablé una interesante conversación con él y, mientras trabajaba, me comentó que la mayoría de los españoles no conocen cuáles habían sido los oficios tradicionales de aquella región, aparte de los propios de la mar. Me contó que, desde el siglo XIII y hasta casi el XIX, los cántabros fueron sobre todo canteros y campaneros. Fueron los mejores canteros de España, y recorrían los pueblos y ciudades de todo el país haciendo grandes palacios, iglesias y casonas. El más ilustre fue Juan de Herrera, arquitecto de El Escorial.

Y también los cántabros fueron grandes campaneros. Se dice que durante los siglos XVI y XVII salían de Cantabria más de dos mil artesanos a instalar campanas por todo el mundo, cosa que está demostrada porque, igual que los canteros, quien hace una campana, la firma, le pone su marca. Gracias a ello sabemos que la grande de Toledo, las grandes de Santiago de Compostela o la primera que Hernán Cortés llevó al Nuevo Mundo en 1522 fueron hechas por cántabros. Esta última, la primera que llegó a América, está instalada en un pueblecito muy cerca de la capital de México.

Los cántabros, por lo tanto, han vivido durante muchos años emigrando para participar en la construcción de casas y campanas. No hay que olvidar que la campana fue durante siglos algo así como lo que es el teléfono móvil en nuestros días. Era el medio de comunicación entre las gentes. Los barcos llevaban campana, las había en las iglesias, en los pueblos. Por el sonido de las campanas, la gente sabía las horas, si había un incendio, un peligro, un muerto o cualquier cosa importante.

José Antonio Parra Tomás