CORPUS IURIS CIVILIS

Al emperador Justiniano I le debemos una buena parte de edificios emblemáticos de su época, pero sobre todo le debemos la reforma de las leyes existentes con el ánimo de conseguir un cuerpo legislativo más claro y ordenado.

JOSÉ ANTONIO PARRA TOMÁS

José Antonio Parra en Asociación la Tortuga de El Charco

9/6/20268 min read

Corpus Iuris Civilis

Justiniano nació en el año 482, en la aldea de Tauresio, cerca de Skopie, Macedonia, en el seno de una familia de pastores de ovejas. Macedonia era entonces, y sigue siéndolo, una de las regiones más pobres del norte de Grecia (actualmente República de Macedonia del Norte, ex república yugoslava) cubierta de matorrales y llena de montes, patria de pastores agrestes, duros e ignorantes. Pero Justiniano fue distinto de sus compatriotas. Creció débil y enfermizo, pero con una gran voluntad de estudiar.

Un tío suyo, Justino, que no tenía hijos y que había realizado una buena carrera en los ejércitos del emperador Anastasio, se lo llevó a Constantinopla. Puso a estudiar al sobrino y Justiniano se doctoró en leyes. Su tío Justino lo hizo su secretario y lo adoptó como hijo.

No se sabe cómo fue, pero la cuestión es que, a la muerte de Anastasio, subió al trono Justino; tampoco se sabe muy bien el papel que en ese proceso desempeñó Justiniano, pero algo tuvo que ver, porque apenas coronado emperador, Justino lo hizo cónsul y jefe del ejército. Justiniano, que entonces tenía treinta y ocho años y, aunque hubo algunos desórdenes públicos, festejó el acontecimiento distribuyendo entre el pueblo dinero y trigo, y organizando en el anfiteatro un gran espectáculo en el que participaron veinte leones, treinta panteras y un centenar de otras bestias.

Su influencia en la corte era cada vez mayor. En poco tiempo se convirtió en la eminencia gris. Las damas se lo disputaban, pero sin éxito. Justiniano era un hombre tímido, casto, de mediana estatura, cabello negro y rizado y con la cara siempre bien afeitada. No bebía, no comía carne, respetaba las vigilias y se sometía a largos ayunos. Era bastante madrugador y empezaba a trabajar al amanecer. Muy entrada la noche, las ventanas de sus habitaciones aún estaban iluminadas y él permanecía sumergido en la lectura de Platón, Aristóteles y san Agustín.

En abril del año 527, cuatro meses antes de morir, el emperador Justino llamó a su sobrino a su cabecera, y le anunció que había decidido asociarlo al trono. Fue una investidura puramente formal, porque las riendas del poder ya hacía bastante tiempo que estaban de hecho en sus manos.

Ese mismo día, en que Justino le confirió las insignias imperiales, Justiniano contraía matrimonio. La mujer era una antigua prostituta, llamada Teodora, y tuvo que ser lo bastante sexy para despertar los perezosos sentidos de Justiniano. Éste, al parecer, era todavía virgen a los cuarenta años.

Al contrario de lo ocurrido a la muerte de Anastasio, la muerte de Justino no fue seguida por ningún desorden. El emperador y la emperatriz no se parecían mucho. Justiniano era muy católico, ascético y solitario, en tanto que Teodora, por el contrario, era una mujer extrovertida, amante del lujo y la buena mesa, y sentía debilidad por los herejes monofisitas (decían que Jesucristo solo tenía una naturaleza divina, no humana). Se pasaba en la cama la mayor parte del día y, después de abundantes bebidas, se concedía siestas que, a menudo, se prolongaban hasta el anochecer. No se sabe cuándo harían el amor, con unos horarios tan distintos.

Justiniano reformó el protocolo y dictó un ceremonial austero. Se proclamó sagrado a sí mismo, y ordenó que quienes le rindieran homenaje, se inclinaran y le besaran el borde del manto de púrpura y los dedos de los pies. Fue el último emperador que usó el latín como lengua materna. Debido a sus políticas de restauración del imperio, Justiniano en ocasiones ha recibido el apelativo de "último de los romanos" por la historiografía moderna.

El reinado de Justiniano fue bastante tranquilo. Solo una vez amenazó con venirse abajo. Sus políticas y la opción de elegir consejeros eficientes, aunque impopulares, por poco le cuestan el trono. Mandó arrestar a algunos agitadores, y estalló la guerra civil. Los insurgentes, a los que se habían unido algunos senadores, provocaron disturbios callejeros, asaltaron las cárceles, liberaron a los presos y prendieron fuego al palacio imperial, intentando derrocar al propio Justiniano para reemplazarlo por el senador Hipacio, sobrino del anterior emperador Anastasio. Justiniano, sorprendido por la revuelta, mientras estaba abstraído en la lectura de san Agustín, perdió la cabeza. Se encerró en sus habitaciones, y ordenó a Teodora que mandara preparar una nave para la fuga. Pero la emperatriz convocó a un joven general, Belisario, y le ordenó que reprimiera la revuelta. Belisario reunió la guardia de palacio y la dispuso a la entrada del hipódromo, donde se habían dado cita treinta mil insurgentes. A una señal suya, los soldados irrumpieron en el recinto y dieron muerte a la totalidad de los rebeldes. Ante la insistencia de Teodora, los sobrinos de Anastasio también fueron ejecutados. El trono se había salvado.

La destrucción que se propagó por la ciudad de Constantinopla durante las revueltas fue muy elevada. Sin embargo, le permitió a Justiniano la oportunidad de crear un conjunto de espléndidos nuevos edificios, y en especial la reconstrucción de la iglesia de Santa Sofía. También, una vez conquistada Italia, proyectó y terminó la construcción de la iglesia de San Vital de Rávena, uno de los templos más importantes del arte bizantino, destacando especialmente por los coloridos mosaicos de iconografía cristiana que decoran las paredes y los techos interiores, y donde aparecen los dos famosos mosaicos en los que se representa a Justiniano y a Teodora.

Desde niño, las leyes habían sido la pasión de Justiniano. Las reunidas por el emperador Teodosio casi un siglo antes, en el código que lleva su nombre, resultaban un revoltijo de normas, entre las cuales era imposible orientarse. También habían cambiado los tiempos, la administración era más compleja y para funcionar necesitaba normas claras, simples y uniformes. Los romanos habían conquistado el mundo con las legiones, pero lo mantuvieron unido con los códigos.

En el año 528 Justiniano decidió la reforma de la vieja legislación. Nombró una comisión de expertos y colocó al frente de ella al cuestor Triboniano, un jurista eminente. La comisión se puso enseguida manos a la obra y al cabo de un año publicó el Codex constitutionum, una colección de cuatro mil quinientas leyes. En el 533 publicaron las Pandectae, que recogían las opiniones de los más grandes juristas romanos, y las Institutiones, una especie de “manual” de derecho para estudiantes.

El código Justiniano, o Corpus Iuris Civilis, como se le llamó, se abre con una invocación a la Santísima Trinidad y la afirmación del primado ecuménico, es decir, universal, de la Iglesia. El código prohíbe a los eclesiásticos hacer especulaciones financieras y tomar parte en juegos públicos o espectáculos teatrales. Condena a muerte y a la confiscación de bienes a los herejes. Anima a la manumisión de los esclavos, pero consiente a los padres necesitados que vendan a sus propios hijos, y obliga a los que han cultivado una parcela de tierra durante treinta años a permanecer atados a la propiedad hasta el fin de sus días.

Bajo la influencia de Teodora, Justiniano mejoró las condiciones de la mujer. El adulterio dejó de ser un delito capital, como en los tiempos de Constantino. El marido traicionado podía matar al amante y a su mujer, pero solamente si, después de haberla advertido tres veces, la “pillaba” in fraganti en su casa o en un lugar público con el amante. El que mantenía relaciones con una viuda o una doncella, pagaba una multa. Se toleraban las casas públicas. En cambio, el delito de homosexualidad era castigado con la tortura, la mutilación y la muerte.

El código favorecía los legados y donaciones a la Iglesia. Esto permitió al clero acumular un patrimonio que, a través de los siglos, fue haciéndose cada vez más importante. Numerosos capítulos del código estaban dedicados a la administración de justicia. Solo un alto magistrado estaba autorizado a dar una orden de captura. Entre el arresto y el proceso, que se celebraba en presencia de un juez designado por el emperador, no podía transcurrir demasiado tiempo. Al imputado se le permitía escoger un abogado, pero (no como ahora) solo podía defenderlo, si estaba convencido de su inocencia. Aunque las penas eran severas, el juez tenía la facultad de reconocer atenuantes para las mujeres, los menores y quienes violaran la ley en estado de embriaguez.

A los agentes del fisco que se dejaban sobornar se les amputaban las manos. Esta mutilación constituía una práctica habitual, lo mismo que la de la nariz y el cuello. También se permitía en cegar al culpable, suplicio al que eran sometidos especialmente los usurpadores. De todas maneras, las penas capitales más usadas eran la decapitación para las personas libres y la crucifixión para los esclavos y los desertores, y a los brujos, se les condenaba a la hoguera.

El código es, al mismo tiempo, un modelo de espíritu cristiano (para aquellos tiempos) y un documento de barbarie y superstición. A él, y a sus horrores, debe Justiniano su gloria, ya que fue la más importante recopilación de Derecho romano y el texto jurídico más influyente de la historia.

Sin embargo, a pesar de ser un gran legislador, Justiniano fue un mal político y un pésimo administrador. En realidad, nunca como en su reinado las finanzas bizantinas fueron tan alegres. Afectado de manía de grandeza, vació las arcas del Estado, que había encontrado llenas, y redujo a la extrema necesidad a las provincias para construir iglesias, conventos y monumentos. A la capital afluyeron decenas de miles de campesinos en busca de trabajo. En pocos años, surgieron en Constantinopla, una cantidad inmensa de suburbios, llenos de chabolas con personas hambrientas y sucias.

En cuanto a la gloria militar, por medio de su general Belisario consiguió una rápida conquista del reino de los vándalos del norte de África, y más tarde conquistó el reino ostrogodo de Italia, restaurando, tras más de medio siglo de control bárbaro, los territorios de Dalmacia, Sicilia y la península itálica, incluyendo la ciudad de Roma, en el territorio del imperio. También conquistó gran parte del sur de la península ibérica, estableciendo la provincia de Spania. Todo gracias a su buen general, Belisario. Justiniano no tuvo otro mérito que el de saber escogerlo.

Y, una última curiosidad: en el octavo año del reinado de Justiniano, sucedió durante el período 535-536, lo que se conoce como Pequeña Edad de Hielo de la Antigüedad Tardía. Aquello fue un "marrón" existencial de verdad, un ensayo del apocalipsis.

Imaginad que un día os despertáis en Constantinopla, o en una aldea de las Galias, y el sol no está. No es que esté nublado, es que hay una cortina de mugre azulada y densa que lo tapa todo. Y así un día. Y otro. Y otro... hasta completar la friolera de ¡¡¡dieciocho meses de penumbra!!! El sol brillaba como la luna, sin fuerza, sin calor, como si se hubiese quedado sin pilas. El historiador bizantino Procopio de Cesarea, que de esto sabía un rato, decía que aquello parecía un eclipse eterno.

El problema es que, sin sol, la naturaleza entró en modo pánico. Fue como si el planeta apretara el botón de autodestrucción. Las temperaturas se desplomaron y en pleno mes de agosto, empezó a nevar. Las cosechas, lógicamente, se fueron al traste. El pan desapareció, y el hambre empezó a apretar.

Fue el periodo más frío en 2.300 años, un "invierno volcánico" provocado, según la ciencia más reciente, por una serie de erupciones masivas, probablemente en Islandia y Norteamérica, que envolvieron al hemisferio norte en un sudario de ceniza.

Pero lo peor no fue solo el frío. Lo peor fue el vacío; la sensación de que el mundo se ha acabado. Ese desastre climático fue el prólogo perfecto para que, en el 541, entrara en escena la Peste, barriendo a un tercio de la población. Fue el combinado definitivo: oscuridad, hambruna y virus. El pack completo del Apocalipsis.

Así que, la próxima vez que penséis que el verano ha sido muy caluroso, que el lunes se os haga cuesta arriba, que los carburantes vuelvan a subir, que os perturbe la política nacional o que os agobie el último conflicto geopolítico, respirad hondo y dad gracias. Al menos no vivimos en el 536, y no tenemos que comer raíces amargas y, sobre todo, no tenemos que preguntarnos si el sol se ha jubilado antes de tiempo. Aquello sí que fue un año para echarse a temblar... literalmente.

José Antonio Parra Tomás

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