CUANDO ESPAÑA CONTROLABA EL PASO POR EL ESTRECHO DE ORMUZ
La historia no deja de sorprendernos y a poco que nos hayamos perdido algún fragmento, nos encontramos de pronto con detalles de gran relevancia actual, como por ejemplo el que se narra en este nuevo artículo de José Antonio Parra, aquél momento de la historia, con el Imperio Español en pleno auge, cuando en él no se ponía el Sol y cuando el Estrecho de Ormuz, estaba controlado por nosotros, o al menos por nuestros antepasados.
JOSÉ ANTONIO PARRA TOMÁS
José Antonio Parra en Asociación la Tortuga de El charco
5/3/20267 min read


CUANDO ESPAÑA CONTROLABA EL PASO POR EL ESTRECHO DE ORMUZ
El renovado protagonismo internacional del estrecho de Ormuz, eje clave del comercio energético mundial, ha reavivado también el interés por su pasado histórico, marcado por el dominio ibérico durante más de un siglo. Lo cierto es que la isla de Ormuz estuvo en manos de la corona española, tras ser una isla conquistada por Portugal en el siglo XVI y pasar después a la órbita de la monarquía hispánica, tras la Unión Ibérica, cuando ambas coronas quedaron bajo un mismo monarca.
La isla de Ormuz está en la entrada del estrecho de Ormuz, entre el golfo Pérsico y el océano Índico. Por ella han pasado todas las civilizaciones. Existen muchas referencias históricas, de que por aquí pasó Alejandro Magno cuando volvía de conquistar la India. Hoy pertenece a Irán. Su valor era inmenso porque controlaba el paso de mercancías entre India, Persia y Arabia, siendo un gran centro de comercio de especias, seda, perlas y caballos. Funcionaba como un “peaje” natural: quien dominaba Ormuz, dominaba el tráfico marítimo regional.
Fue Alfonso de Alburquerque, un célebre almirante y conquistador portugués, cuyas acciones militares y políticas, bajo el reinado de Manuel I de Portugal, contribuyeron, a principios del siglo XVI, a la creación del Imperio portugués en el océano Índico. Es reconocido como un genio militar por el éxito de su estrategia de expansión, ya que procuró cerrar todos los pasos navales para el Índico, desde el Atlántico, el mar Rojo, el golfo Pérsico y el océano Pacífico. Para ello, construyó una cadena de fortalezas en puntos clave, para transformar el Índico en un mar portugués, sobreponiéndose al poder de los otomanos, árabes y sus aliados hindúes.
Destacó tanto por su ferocidad en las batallas, como por los muchos contactos diplomáticos que estableció. Logró establecer la capital de la India portuguesa en Goa, donde fue nombrado gobernador; conquistó Malaca, punto más oriental del comercio en el Índico; llegó a las ambicionadas islas de las especias, las islas Molucas; capturó la isla de Socotora, en la entrada del mar Rojo, y la isla de Ormuz, puerto estratégico en el comercio de las especias situado a la entrada del golfo Pérsico, y estableció contactos diplomáticos con numerosos reinos de la India, Etiopía, Siam, Persia y China. Falleció en Goa en 1515. Sus hazañas fueron inmortalizadas en el poema épico "Os Lusíadas" de Luís de Camões.
En 1578 reinaba en Portugal don Sebastián I el deseado, bisnieto del rey Manuel I. Era joven, audaz, aventurero, hambriento de gloria, y también un tanto envidioso por las conquistas de su tío carnal, el todopoderoso Felipe II de España.
Don Sebastián, ansioso también por coronarse con los laureles de la victoria, decidió llevar sus armas a Marruecos para luchar contra los jerifes que ostentaban el trono de la región. Desoyendo todos los consejos, embarcó a sus huestes rumbo a África.
Impaciente por arremeter contra los enemigos, se lanzó al ataque sin tener un plan sólido de campaña. Se encontró con el ejército del jerife Al-Malek, el 4 de agosto, en la llanura de Alcazarquivir. La batalla fue un desastre para los portugueses. El rey don Sebastián y su escolta de caballeros protegieron el estandarte real hasta que todos ellos también cayeron. Quedaron muertos sobre el campo de batalla ocho mil hombres, entre ellos la flor y nata de la nobleza portuguesa. La noticia cubrió de luto a Portugal y espantó a Europa.
Pero el cadáver del rey don Sebastián jamás apareció, por lo que comenzó a circular la idea de que todavía estaba vivo. El tema de la sucesión era muy grave, pues don Sebastián no tenía hijos ni había hecho testamento, y muchos temían que el país se sumiera en una guerra civil. Finalmente, en 1580, el trono portugués recayó en su tío Felipe II de España, quien añadió las colonias portuguesas a sus ya vastas posesiones, formando el imperio más grande de la edad moderna.
Desde entonces, Ormuz se consolidó como una de las posiciones estratégicas más valiosas de la monarquía hispánica. Era una isla sorprendentemente cosmopolita. Allí convivían: portugueses (soldados, funcionarios, comerciantes), persas, árabes, hindúes, judíos, armenios. Era, en cierto modo, como un “Dubai” del siglo XVI. En sus mercados se comerciaba con perlas del golfo Pérsico (muy valiosas y apreciadas en Europa), seda persa, especias de la India, caballos árabes, oro, plata y piedras preciosas.
La isla, sin embargo, era árida, no tenía agua potable suficiente, y había que traerla desde Persia. Estaba dominada por una gran fortaleza construida tras su conquista por Alfonso de Alburquerque. Su artillería vigilaba el estrecho.
Funcionaba como una gran aduana marítima, desde la que se controlaban las rutas comerciales entre Asia y Europa, a través del golfo Pérsico. Cada embarcación que atravesaba la zona debía pagar derechos y aranceles, convirtiendo este enclave en una de las principales fuentes de ingresos. La relevancia de este punto era tal, que en la época se decía: “El mundo es un anillo y Ormuz es su piedra preciosa”.
Sin embargo, a comienzos del siglo XVII, ya con Felipe III, y después con Felipe IV, la monarquía hispánica empezó a debilitarse en un contexto de creciente presión internacional. El Imperio español, inmerso en múltiples frentes, que no podía atender, no logró consolidar alianzas efectivas en la región. En particular, fracasaron los intentos de entendimiento con Persia (actual Irán), frente al enemigo común otomano, lo que abrió la puerta a un acercamiento entre los persas y los ingleses.
La caída de Ormuz en 1622, fue consecuencia directa de esta nueva correlación de fuerzas. Una alianza entre el sha Abbas I de Persia y la compañía inglesa de las Indias orientales, lanzó una ofensiva cuidadosamente planificada contra la posición ibérica. Sin realizar un ataque frontal, la estrategia se centró en debilitar la resistencia mediante el control de recursos esenciales, que fue minando la posición española.
El primer paso, fue la toma de la isla de Qeshm, situada frente a Ormuz, donde se encontraban los principales pozos de agua potable que abastecían a la isla. Este movimiento resultó decisivo, ya que dejó a la guarnición sin acceso a un recurso básico. A ello se sumó el bloqueo marítimo, con el hundimiento de barcos portugueses que impedían la llegada de víveres, refuerzos y munición.
Durante aproximadamente diez semanas, unos 500 soldados portugueses y españoles resistieron el asedio en condiciones cada vez más precarias. Sin agua, sin suministros y sin capacidad de defensa efectiva, la rendición se hizo inevitable en mayo de 1622. La pérdida no solo fue militar, sino también simbólica: el mayor imperio de la época cedía una de sus piezas clave por falta de previsión logística.
Las consecuencias fueron inmediatas para la monarquía de Felipe IV. La pérdida de Ormuz supuso un duro golpe económico, al desaparecer una de las aduanas más rentables del imperio, y una humillación geopolítica que evidenciaba la pérdida de control sobre rutas estratégicas. Además, consolidó la presencia inglesa en la región, que pasó a dominar buena parte del comercio en el Índico. Inglaterra no necesitó conquistar Ormuz, le bastó con ayudar a destruir el control de la monarquía hispánica.
Esto nos muestra algo muy importante: los imperios del siglo XVI (España y Portugal) eran territoriales. Los del siglo XVII (Inglaterra, Holanda) empezaban a ser comerciales y navales.
El impacto de este episodio también quedó reflejado en el ámbito cultural. El escritor Francisco de Quevedo, crítico con la gestión política de su tiempo, aludió a la caída de Ormuz en sus versos contra el mal gobierno de Felipe IV. En ellos denunciaba la lentitud de la administración y la incapacidad de reaccionar con rapidez ante crisis de gran magnitud, resumida en la idea de que “el daño es pronto y el remedio tarde”, o “Los ingleses, Señor, y los persianos han conquistado a Ormuz…”.
No obstante, se intentó la recuperación de Ormuz, con expediciones navales y militares en 1623, 1624, 1625 y 1627. Todas se saldaron con el fracaso. Inglaterra se hizo así con la llave del comercio entre Oriente y Occidente. De paso, demostró que el gran Imperio español no tenía tanta fuerza como para atender a los numerosos frentes que se le habían abierto, contando con los de la propia Europa (Guerra de los Treinta años), y los asedios ingleses a varios de los puertos de los virreinatos españoles en América. Y, por si fuera poco, aquel golpe abrió serias dudas en la pervivencia de la Unión Ibérica, tanto que, en 1640, Portugal iniciaría su Guerra de Restauración, o sea la de su independencia de España.
En la actualidad, en Lisboa, en el extremo sur de la avenida de la Libertad, frente a la estación ferroviaria del Rossio, se encuentra la plaza de los Restauradores, que conmemora la independencia de Portugal del Reino de España en 1640, después de 60 años de dominio español.
También hoy, el estrecho de Ormuz vuelve a situarse en el centro de la tensión internacional, recordando que, siglos después, su valor estratégico sigue siendo determinante. Las disputas por su control, ayer y hoy, reflejan la persistencia de este enclave como uno de los puntos más sensibles del tablero geopolítico mundial y la voluntad actual iraní es volver a convertirlo en una aduana marítima.
Ahora, que se le reprocha a Donald Trump, y a los propios iraníes, que establezcan aranceles y peajes para dejar pasar a barcos y mercancías, no hay que dejar de recordar que, durante más de un siglo los portugueses, y a partir de 1580 los españoles, una vez integradas las Coronas española y portuguesa en la Unión Ibérica, impusieron derechos y aranceles a cada barco que transitara por aquellas aguas, convirtiéndose de hecho en la aduana más rentable del rey Felipe II.
José Antonio Parra
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