DÍA ACIAGO

Cada día es un mundo, con sus cosas positivas y sus cosas negativas, al final la balanza en casi todos los casos sale positiva, aunque hay momentos, días, en los que realmente cuesta creerlo, sin llegar a nada grave, pero parece que todo es una cuesta arriba imposible de acabarla.

ADOLFO M. VERDEJO

Adolfo M. Verdejo en Asociación la Tortuga de El Charco

6/3/20264 min read

DÍA ACIAGO (Anécdota de la vida diaria de hace ya algunos años).

Había sido un día de los que no se desean ni a los de la acera de enfrente, políticamente hablando.

Hubo de todo; cuando por la mañana me asomé al pozo donde se encontraba alojado el motor que bombeaba al exterior el agua de la piscina, me llevé el primer disgusto. La noche antes, por las sempiternas prisas, que si mi mujer se tenía que poner la inyección que tan estupendamente le iba para los calambres que le impedían dormir y le dejaban bultos en las piernas; que si una de las mellizas tenía que ir a clases preparatorias el próximo fin de semana; que si la otra melliza había que recogerla en la oficina para que no perdiera tiempo, todavía no contaba con su medio de transporte independiente, a fin de acudir a clases particulares de las dos asignaturas que le habían quedado en junio; que si a lo mejor el mayor de nuestros hijos iba a visitarnos con su hijo y nuestro primer nieto a la sazón de un año de edad pero con unos reflejos para coger en cada mano unas figurillas de porcelana de la abuela mientras te miraba a los ojos como el que no hace nada y podía encontrarse con la puerta cerrada, a pesar de tener la llave, pero que siempre se la olvidaba; pues, como digo, por las prisas, se quedó el motor en fase de vaciado cuando ya a la piscina le restaba poca agua, agua cuajada de ranas y de ovas y claro está, cuando alguna madeja de esas ovas obstruyó el filtro, el motor se aceleró, calentó y reventó por donde pudo, expulsando cieno en el pozo, como si de un ser mitológico, se tratara, en acto de vomitar tras una orgía.

El segundo disgusto no se hizo esperar: mi segundo hijo me anunció al regresar de un servicio que la batería del coche estaba descargada; me cogió entre dos luces o sueños o sombras, eran las seis de la madrugada; me tiré de la cama media hora antes de lo habitual por aquello de ver lo de la batería; intenté arrancar el coche sin resultado y convencido de que se trataba de la batería, pues me había sido anunciado entre luces o sueños o sombras, no lo intenté por segunda vez. Puse manos a la obra, y la desconecté del coche, la pasé al mío, llevé a mi hija a la oficina y a la vuelta dejé la batería en un taller para su recarga; vuelta al campo tras recoger a mi otra hija que había pasado gran parte de la noche en vela, estudiando con otra amiga preparando la misma oposición; evaluación “in situ” de los daños y desperfectos de la imprevisión del día anterior, trabajos de enchufe a la bomba con reposición de algún material deteriorado y de nuevo en carretera a recoger a la niña trabajadora; comida a dúo en frío en el pueblo en vez de ir al campo por aquello de la batería y regresar pronto para ponérsela al coche que mi hijo se tenía que llevar de nuevo al trabajo, cuando terminé de instalarla y exhalé un suspiro de alivio, pudo ser el último cuando a continuación hice girar la llave y comprobé que aquello no funcionaba y que no era cosa de la batería pues acababan de comprobarla y decirme en el taller que estaba bien.

El tiempo corría y mi hijo necesitaba el coche; me volví a desplazar al pueblo ya en plan nervioso a buscar un mecánico y exponerle el problema y la necesidad de ayuda. El hombre se puso inmediatamente en movimiento, habilitó un vehículo con material y herramientas y volvimos a donde estaba el coche, causa de mis desvelos; cuando se tiró al suelo el mecánico y empezó a mover la cabeza de un lado a otro, un color se me iba y otro me venía; al final, el experto dijo que aquello había que remolcarlo y que la avería era gorda. Llamadas a los talleres especializados, en remolcaje, mi hijo que se lleva el otro coche y a la familia y yo me quedo al borde de la carretera esperando a la grúa y en esa espera pienso que la vida es así, disgustos, tristezas, alegrías, momentos sublimes, otros muy a ras de Tierra, un amalgama que unas veces hace a nuestra alma alabar a Dios por los favores recibidos, por habernos dado un hijo inteligente o guapo o bueno y otras, nuestro corazón despotrica contra todo lo divino y lo humano por haber perdido un familiar cercano o por una enfermedad incurable o dolorosa o porque esta vida no hay quién la aguante, porque cuando no se rompe la lavadora, le toca el turno al coche o hay que reponer esto o aquello y la vida se convierte en un infierno, pero este conjunto de antagonismos es simplemente eso: VIDA.

Entonces, cuando al final de un día cualquiera, nuestra mente analiza lo acaecido en él, es mejor decir: Bien, sigamos viviendo que ya tendremos tiempo de descansar.... eternamente, pues el cielo puede esperar.

Adolfo Muñoz Verdejo

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