EL CANAL DE CASTILLA Y EL IMPERIAL DE ARAGÓN

Hay obras de ingeniería civil en nuestro país de una enorme importancia social y económica para su momento y que hoy, sin que hayan quedado en el olvido totalmente, sí que no tienen el reconocimiento a título de la población en general, que merecen. Es el caso de estos dos grandes canales navegables de los que se habla en el artículo, todo un hito constructivo para su momento.

JOSÉ ANTONIO PARRA TOMÁS

José Antonio Parra en Asociación la Tortuga de El Charco

5/10/20269 min read

EL CANAL DE CASTILLA Y EL IMPERIAL DE ARAGÓN

Se cuenta que durante el reinado de Felipe IV (1621-1665) se pensó, para remediar la pobreza de Castilla, en canalizar los ríos Manzanares y Tajo, pero una ilustre comisión de teólogos se declaró en contra, con la siguiente sutil argumentación: “Si Dios hubiese querido que ambos ríos fuesen navegables, le habría bastado con pronunciar un sencillo ‘Hágase’. Si no lo hizo, tendría sus razones. Y no está permitido enmendarle la plana a Dios”.

Sin embargo, la llegada de los Borbones a España, supuso también un cambio de ideas y valores, pues traían desde Francia las ideas de la Ilustración: la creencia de que la ciencia, la razón y la educación, en lugar de la religión y las creencias tradicionales, llevarán a las personas al progreso.

El Despotismo Ilustrado es el sistema político de la Ilustración, y se basaba en la monarquía absoluta. Su lema era todo para el pueblo, pero sin el pueblo”. Es decir, gobernar pensando en mejorar la vida de la gente, pero sin tener en cuenta su opinión.

Los ilustrados fueron una minoría culta formada por nobles, funcionarios, burgueses y clérigos (aunque parezca contradictorio, también había clérigos), que se interesaron e intentaron reformar y trasformar la vieja sociedad tradicional, modernizándola por medio de la ciencia, aumentando también el nivel de cultura y conocimientos del pueblo para que saliese de la ignorancia, la superstición y la creencia ciega en la religión.

Su reformismo les llevó a enfrentarse con la Iglesia, con la mayor parte de la aristocracia y con el pueblo llano, siempre fiel a las tradiciones. Cambiar la mentalidad de toda la sociedad, es siempre un proceso lento y difícil. Los dirigentes ilustrados lo intentaron durante todo el siglo, pero la mayor parte de la sociedad se resistió al cambio.

Un siglo después del reinado de Felipe IV, se iniciaron las obras del Canal de Castilla, una de las obras más importantes que dejó en España la Ilustración del siglo XVIII, cuando las autoridades se preocuparon del bienestar y el progreso de los pueblos. Ya no fue necesario la aprobación de una comisión de teólogos.

Si alguna vez pasáis por la localidad palentina de Alar del Rey, podréis deteneros para ver el nacimiento del Canal de Castilla, un río artificial, que toma sus aguas allí mismo del río Pisuerga. Tiene una anchura entre 11 y 22 metros en algunos puntos, y una profundidad de hasta 3 metros. La idea era abrir un canal, que facilitara las comunicaciones interiores e incluso llegara al mar Cantábrico y, permitir de esta forma, transportar el trigo de Castilla hacia los puertos del norte, además de romper el aislamiento al que estaba sometida la meseta castellana y leonesa, debido a su accidentada orografía. En aquella época, el transporte de mercancías, que dependía de arrieros y carreteros, era lento y caro.

Esta enorme vía fluvial fue ideada por Fernando VI y su ministro más influyente, el marqués de la Ensenada, con la idea de impulsar la economía del país. Las obras duraron casi un siglo, hasta 1849, pero una parte entró ya en servicio a finales del siglo XVIII. El transporte por el canal, se hacía por medio de barcazas impulsadas por caballos y bueyes, que tiraban de ellas desde la orilla. Llegó a haber hasta 350 barcazas. El tráfico por el canal solo estaba permitido de sol a sol, y recorre parte de las provincias de Burgos, Palencia y Valladolid.

Las obras del canal comenzaron el 16 de julio de 1753, y el proyecto inicial contempló la construcción de cuatro grandes canales, que unirían Segovia con Reinosa, en Cantabria, y llegar al mar por el puerto de Santander.

De Reinosa continuaría hasta Calahorra de Ribas, para proseguir hasta Medina de Rioseco (Valladolid), por la comarca de Tierra de Campos. Pero esta idea se truncó. La obra quedó inconclusa, pero ha legado más de 200 kilómetros de cauce navegable dividido en tres ramales, en forma de “Y” invertida.

El Canal de Castilla une Medina de Rioseco, Palencia, Valladolid y Alar del Rey. Esta última villa, a 80 kilómetros de Palencia, supone el límite norte del canal. 75 kilómetros y 24 esclusas discurren las aguas hasta llegar a Calahorra de Ribas, donde se bifurcan en dos ramales. El discurrir del canal permite conocer dos localidades de singular belleza monumental: Herrera del Pisuerga y Frómista.

El ramal de Tierra de Campos, de casi 80 kilómetros de longitud, enlaza Calahorra de Ribas con Medina de Rioseco. A lo largo de este tramo, se pueden conocer las maravillas que esconden localidades como Monzón de Campos, Paredes de Nava o la propia Medina de Rioseco, conocida antaño como la “India Chica” por las riquezas que albergó.

Mientras, por el ramal sur, la ruta conduce de Calahorra de Ribas a Palencia, la primera capital por la que se adentra el Canal de Castilla. Medio centenar de kilómetros después llega hasta Valladolid, ciudad monumental, donde murió Cristóbal Colón y nacieron Felipe II y Felipe IV. Aquí finaliza el trayecto del Canal de Castilla.

Hoy día, el canal sirve solo para los regadíos, ya que como transporte decayó con la llegada del ferrocarril, y finalmente se cerró a la navegación en 1959. Las carreteras de alrededor y los caminos rurales que bordean el canal permiten en la actualidad que se pueda disfrutar del paisaje y la naturaleza, a pie, en bicicleta o en piragua.

En la actualidad, esta gran “Y” invertida que recorre de norte a sur la comunidad autónoma de Castilla y León conserva un valioso entramado de esclusas, molinos de harina, almacenes y dársenas de gran interés histórico para los amantes del pasado.

También, el rey Carlos III, eligió Aragón para cumplir el viejo sueño de abrir un canal navegable, que uniera el Cantábrico con el Mediterráneo. Fue el Canal Imperial de Aragón, una de las obras de ingeniería más importantes de la Europa del siglo XVIII. El proyecto, grandioso, no llegaría a realizarse completamente, pero la obra alcanzó los 125 km., entre Fontellas (Navarra) y Fuentes de Ebro (Zaragoza).

Hace un par de meses, me hallaba en Zaragoza, paseando por la calle del Coso, y encuentro una placa en la fachada del número 36, que recuerda que allí nació D. Ramón Pignatelli, personaje que me era totalmente desconocido. Continúo con el paseo, dejo la calle del Coso y ¡Sorpresa! Me encuentro en la calle de Ramón Pignatelli. Esto hace que ya me ponga en guardia ante este personaje, que tuvo que ser importante. Pero no terminaría ahí la sorpresa, porque un poco más adelante, y frente a la Jefatura Superior de Policía, un gran edificio con grandes jardines, donde ondean las banderas de la UE, España y Aragón, me llama la atención. Pregunto de qué se trata, y me dicen que es el “Edificio Pignatelli”, sede de la presidencia del gobierno autónomo de Aragón. No hay más que hablar: tomo nota en mi libreta y decido averiguar quién fue este personaje tan importante en Zaragoza.

Ramón Pignatelli fue el tercer hijo (segundo varón de ocho hermanos) de los condes de Fuentes, Grandes de España. Como tenía, por tanto, un hermano mayor que él, que heredó los títulos, se dedicó él y el resto de sus hermanos a la carrera eclesiástica (“Tres cosas hacen al hombre medrar: Iglesia o mar o casa real“, que decía el viejo refrán).

Sus primeros estudios tuvieron lugar en su ciudad natal, pero, a los diez años, fue enviado a Roma para que cursase la carrera eclesiástica. Estudió Latín y Humanidades, primero, y continuó después con la Filosofía, las Matemáticas y la Física. Hizo los estudios con tanta brillantez y rapidez que, al realizar un examen en presencia del Papa, Benedicto XIV, mereció que éste le felicitase ante la Corte romana y le otorgase ser canónigo en la catedral metropolitana de Zaragoza. Tras regresar a España, tomó posesión de la misma en 1753. En la Universidad de Zaragoza se graduó en Derecho, Cánones, Filosofía y Letras, cursando, además, todas las asignaturas de Ciencias Naturales, Físicas y Exactas, que en su tiempo ya podían cursarse en las universidades españolas.

En 1764, por decisión del rey Carlos III, fue regidor de la Real Casa de Misericordia (hospicio), que reformó y modernizó, y en la que instaló una industria textil. Mucho tiempo después, el edificio sería nuevamente remodelado para ser conocido hoy como “Edificio Pignatelli”.

Con el fin de recaudar fondos para la beneficencia zaragozana también promovió en 1764 la construcción de la plaza de toros "La Misericordia" de la capital, que dependía directamente de la Real Casa, siendo actualmente el segundo coso taurino de primera categoría más antiguo de España y la primera plaza cubierta de España.

La Zaragoza del siglo XVIII vivió un momento de gran actividad cultural, protegida por el conde de Aranda y por la nobleza ilustrada, entre la que destacaban los condes de Fuentes, los Pignatelli, que en su palacio del Coso reunían a los intelectuales de la ciudad. Ramón Pignatelli fue, además, el principal impulsor de la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País, y ocupó el cargo de rector de la universidad zaragozana durante cinco cursos académicos. En 1776 saltó a la primera fila de la arena política, como candidato a ocupar el cargo de primer secretario de Estado, y contó con el respaldo del conde de Aranda aunque, finalmente, fue el murciano conde de Floridablanca quien accedió a la Secretaría.

A pesar de todas las ocupaciones referidas hasta ahora, Ramón Pignatelli pasó a la historia, principalmente, por su trabajo tenaz y continuado en la construcción del Canal Imperial de Aragón. A instancias del conde de Aranda, en 1772 se convirtió en protector y regidor de un proyecto colosal en el que invirtió más de veinte años de su vida.

Los orígenes del Canal Imperial de Aragón se remontan al siglo XVI, en época de Carlos I, y de ahí su nombre de “Imperial”. Fue concebido como acequia de riego pero, dos siglos mas tarde, bajo el reinado de Carlos IV, se construyó como canal de riego y navegación. Además de las importantes repercusiones que tuvo en la mejora del regadío, en la industria y en el abastecimiento de agua a la ciudad, constituye un legado fundamental del patrimonio histórico, cultural y natural de Zaragoza y de Aragón.

El Canal Imperial constituyó, para su tiempo, la mayor transformación de la agricultura en Aragón. Se pusieron en regadío 26.000 Ha, de las cuales 8.000 pertenecían a Zaragoza, que experimentó uno de los mayores desarrollos económicos, en las tierras del valle medio del Ebro. Además, el reparto de las tierras comunales que pasaron a regadío, se realizó entre las clases sociales más bajas, adelantándose a las reivindicaciones que surgirían en el país en el primer tercio del siglo XX.

La arquitectura ligada al Canal es un verdadero museo de la obra civil hidráulica en España con esclusas, almenaras, puentes, acueductos, sifones, dársenas y la casa de compuertas del Bocal, que cuenta con once bocas principales para el control del caudal destinado al riego, de admirable ejecución que le ha valido la propuesta, pendiente de su aprobación definitiva, de Bien de Interés Cultural.

Aunque la aspiración de conseguir una salida al mar, que permitiera el transporte de mercancías y pasajeros no pudo realizarse, el protector de la obra, Ramón Pignatelli, consiguió en 1789 que si lo hubiera hasta Zaragoza. Las barcazas funcionaban a vela o bien tiradas por caballerías mediante una sirga (camino aledaño al canal). Con la introducción de la navegación a vapor, y en 1861, el nuevo ferrocarril Zaragoza-Alsasua, con un recorrido paralelo al del Canal, hizo que desapareciera el transporte de viajeros. El de mercancías se mantuvo hasta mediados del siglo XX.

Muy pocos creían en la obra de Ramón Pignatelli, por lo que, cuando las aguas alcanzaron Zaragoza, el 18 de octubre de 1786, toda la población asistió al acontecimiento y Pignatelli mandó levantar una fuente con la inscripción “Para convencimiento de los incrédulos y alivio de caminantes” (“Incredulorum convictioni et viatorum commodo.” Anno MDCCLXXXVI).

Una vez abandonada, a finales del siglo XIX, la navegación de largo recorrido y el transporte de mercancías por el Canal, siguió existiendo aún una navegación recreativa, de corto trayecto, dentro del término municipal de Zaragoza.

El escritor aragonés Ramón J. Sender evoca, en su novela Crónica del Alba (llevada al cine en 1982), uno de estos paseos en lancha que se hacían en los primeros años del siglo XX (por el precio de una peseta el viaje y la entrada) hasta la “Quinta Julieta”, un lugar de recreo con cenadores, arboledas y floridos paseos.

El Canal es hoy un organismo autónomo, dependiente de la Confederación Hidrográfica del Ebro, que atiende sus gastos de administración, conservación y explotación con lo que ingresa por la venta del agua y por los demás aprovechamientos de su patrimonio.

Actualmente la sirga del canal es un excelente camino para recorrerlo, bien en bicicleta, corriendo o caminando. El recorrido por el canal está balizado y bien señalizado y cuenta con áreas de descanso y fuentes. Dentro de Zaragoza, el trazado del Canal Imperial forma parte del Anillo Verde, un corredor verde que rodea la ciudad y que es un recorrido ideal para practicar deportes o simplemente pasear.

José Antonio Parra Tomás