EL LENGUAJE HABLADO

Los idiomas son una riqueza más de nuestras diversas culturas, quizás incluso sean una parte definitoria de las mismas. Sin un uso incorrecto de lo que podríamos llamar un lenguaje común y original (fueron muchos evidentemente) hoy no tendríamos la diversidad lingüística que tenemos, es decir, paradójicamente, el mal uso del lenguaje conforma una buena parte de la riqueza cultural de la que hoy disfrutamos. Dicho esto, lo que es evidente es que esa evolución, que es continua, supone un conflicto permanente entre quienes se esfuerzan por un uso correcto del lenguaje y aquellos que sin ser conscientes y en base a su dejadez, modas, incultura o malos hábitos, están contribuyendo a la continua actualización de esa herramienta de comunicación que es el lenguaje.

JOSÉ ANTONIO PARRA TOMÁS

José Antonio Parra en Asociación la Tortuga de El Charco

4/26/20269 min read

EL LENGUAJE HABLADO

El pasado 23 de abril se celebró, como todos los años, el Día del idioma español, coincidiendo con el Día del Libro y la fecha oficial de la muerte de Miguel de Cervantes.

En este escrito, me voy a centrar en nuestro idioma hablado, y estoy seguro que, habrá alguien que me acuse a mí, y a otros que opinan como yo, de gente rara, trasnochada, y de oponernos a la evolución del idioma. Sin embargo, no cabe duda que, de la pereza y la vulgaridad, difícilmente pueden surgir avances para nuestra lengua. Quizá sea una batalla perdida, pero desde luego vale la pena librarla.

Y no voy a referirme solo al hablante zafio, chabacano, que uno se ve obligado a escuchar por el hecho de vivir sobre las aceras (“acho”, “pijo”, “no jodas” …). Hoy, la vulgaridad en el lenguaje está extendida por todos lados, y cada día más.

En el parque que hay cerca de mi casa, hay madres que “pastorean” a sus niños con frases como: “¡¡¡Cómete el bocata y no me toques los cojones!!!”, salpicadas con: “¡¡¡Cagüen en la madre que te parió!!!”, y otras lindezas. Esto, que antes era propio de gente de bajo nivel socio-económico, delincuentes, etc., se ha convertido en una ordinaria letanía escuchable en cualquier nivel cultural, económico o sociológico. Cuanta más gruesa es la palabrota utilizada, más machote o machota querrá aparecer la persona; importa la brutalidad de la expresión y no la educación. Lo de ser educado, no se lleva, está desfasado. Incluso, hay personajes, a los que se les presume cierto nivel cultural, pero que hablan a base de “tacos” y, lo que es peor, se les ríe la gracia: “es que es muy ‘rajao’ para hablar”, dicen otros, a modo de disculpa.

Estábamos equivocados los que creíamos que el respeto se mostraba a través de un lenguaje cortés, y también de una vestimenta cuidada. Podemos considerarnos derrotados. Debemos aceptar que, si antes a las instituciones se accedía con cierto aspecto cuidado, como manifestación exterior de respeto (por la institución y por el resto de ciudadanos), ahora es el desaliño indumentario lo que arrastra a la sociedad, cada vez más ordinaria, vulgar y peor vestida y formada. ¡Cuántas veces, en mis años de trabajo en la Consejería de Educación, tuve que “aconsejar” a los presidentes de los tribunales de oposiciones, el uso de una indumentaria adecuada en el ejercicio de su cargo, como representantes institucionales de la Administración! Se trata de una ciudadanía inmadura que, como se dejó embaucar por quienes ocultaban sus fechorías bajo corbatas de seda, ahora confía en la informalidad de todos.

Pero centrándome en el lenguaje, de todos es sabido que las lenguas evolucionan. Pueden hacerlo por motivos prácticos, como ganar en capacidad de expresión o adaptarse a nuevas realidades, con un lenguaje coloquial, aunque vulgar. Como, por ejemplo: “El otro día, Manuel le iba a soltar a Sofía, que le molaba, pero le daba mucho palo. Así que, sus amigos lo pusieron pedo, para ver si soltaba la prenda. No hubo manera y, al final, Manuel se piró. A Sofía le pareció muy fuerte que Manuel se pirara, porque ella estaba que no cagaba con que esa noche Manuel le iba a tirar los trastos, pero bueno, ella se rayó un montón y se piró también. Hay que joderse. ¡Vaya tela!”

Pero también, y más a menudo, lo hacen por la pereza de sus hablantes, que van desechando las formas que encuentran más complicadas de pronunciar o conjugar, o que directamente desconocen, debido a una formación deficiente. Se produce entonces un conflicto, que tiene por un lado a la mayoría de hablantes (que van imponiendo las formas incorrectas a fuerza de su uso generalizado), y en el otro lado, a los hablantes, que se niegan a adoptar lo que, según el buen uso del lenguaje, no son más que vulgarismos o barbarismos.

En la España actual en general, y en algunas comunidades autónomas en particular, como, por ejemplo, la Región de Murcia, este conflicto se ha hecho especialmente acusado, pues el bienestar material no ha redundado en una mejora de la educación, más bien al contrario. Una actitud demasiado laxa por parte de padres, maestros y profesores, así como una igualación hacia abajo, ha dado lugar a un uso relajado e incorrecto de la lengua, encontrándonos con una multitud de formas vulgares, que no es ya que se hayan extendido, sino que se están imponiendo claramente, amenazando con extinguir y dejar en el olvido a las expresiones correctas. Voy a repasar algunas de las formas incorrectas más extendidas actualmente en nuestro país, centrándome, solamente, en la lengua hablada:

El mal uso del imperativo plural: así, se oye continuamente decir “sentarse”, “callarse”, “dormirse”, etc., en lugar de la forma correcta, “sentaos”, “callaos”, “dormíos”. Este barbarismo está muy extendido en la Región de Murcia, hasta el punto de escucharlo entre algunos maestros y profesores. Es uno más de los males que aquejan al lenguaje en esta Región.

Pero no acaba ahí la cosa, ya que incluso muchos que lo utilizan, lo hacen mal, usando “sentaros” por “sentaos”, “callaros”, en lugar de “callaos”, una forma que la Real Academia de la Lengua (RAE), recomienda encarecidamente evitar. Desgraciadamente, los profesores y maestros de todos los niveles, no solo no corrigen a sus alumnos, cuando les escuchan usarlo, sino que ellos mismos lo utilizan de forma habitual. Así, a lo largo del día, escucharemos imperativos mal hechos, docenas de veces: “sentaros”, “callaros”, “juntaros”, etc., etc.

Si bien todos los verbos se ven maltratados por este vulgarismo, hay algunos en los que incluso la forma correcta se ha extinguido totalmente en la práctica. Es el caso del verbo “ir”, cuya forma imperativa plural es “idos”, pero es dicha como “iros”, y la RAE no ha tenido más remedio que admitirla, como forma coloquial (todos recordamos el famoso: “si me queréis, irse”). El porcentaje de personas que, en la actualidad, conocen y usan la forma culta y recomendada de este verbo, es desgraciadamente anecdótico.

Otra variante del anterior caso es: “callar”, “oír”, en lugar de “callad”, “oíd”. El hablante opta por usar la forma infinitiva del verbo para hacer el imperativo, ya que la “r” resulta más fácil de pronunciar que la “d.”

También, ante la relativa dificultad de pronunciar la “s” antes de una “c” o “q”, el hablante opta por convertir la primera en una “j”, mucho más fácil de pronunciar, de forma que acaba diciendo “ejque”, “majcar”, “ejcuchar” … Deformación muy extendida en la zona centro del país, especialmente en Madrid. Aunque, antes se podía considerar propia de las clases más populares, su uso se ha extendido enormemente y puede escucharse incluso entre titulados universitarios. Resulta especialmente desagradable al oído y denota bastante descuido en la expresión hablada.

Mucho más grave y malsonante es el mal uso de los tiempos verbales, cambiando los mismos. Así, por ejemplo: “Fuimos a visitarlo y cuando lleguemos a su casa, nos encontremos que ya no estaba”. Este defecto está muy extendido.

Otro vicio, que la RAE ha tenido que aceptar, porque se ha extendido con enorme fuerza y que denota gran pereza al hablar es la muerte del sufijo superlativo en favor del prefijo “super”. En español, la forma correcta de hacer el superlativo es añadir el sufijo “ísimo” al final, o bien usar una palabra específica equivalente. Por ejemplo, el superlativo de “grande”, sería “grandísimo” o bien “enorme”. Parece que para el hablante actual buscar la forma superlativa correcta, que además suele ser una palabra polisílaba, supone un esfuerzo, que no merece la pena, por lo que se ha impuesto una forma que, aunque es malsonante, resulta bastante sencilla: utilizar el prefijo “super”, cada vez que debe hacer un superlativo. Así, a lo largo del día podemos hartarnos de escuchar expresiones del tipo “superbonito”, “supergordo”, “superlimpio”, “superbarato”, etc., etc. Tal es la implantación de esta nueva fórmula (correcta en el sentido estricto, pero vulgar) que el sufijo “ísimo” está en trance de desaparición.

Otro defecto muy extendido es que, en el español estándar y culto, los nombres propios de personas, generalmente no llevan artículo (ejemplo: Juan vino, no el Juan). Usarlo se considera un vulgarismo o habla muy coloquial en la mayoría de las regiones.

Otro vulgarismo clásico es (laísmo) al referirse a una mujer, muchos descartan el pronombre “le” y lo convierten en “la”. Por ejemplo: “La pedí que me acompañara” o “La regalé un vestido”, no distinguiendo si este pronombre es complemento directo o indirecto (por ejemplo, “la despedí” o “la mandé a hacer un recado” sí son correctos). Defecto también muy extendido es el leísmo, fenómeno similar, que consiste en confundir el “lo” con el “le”, normalmente refiriéndose a objetos. Por ejemplo, hablando de un coche: “Le aparqué cerca de casa”. Es menos frecuente que el laísmo.

Creo que estos son probablemente los barbarismos extendidos de forma más general y que afectan realmente a la integridad del idioma español, aunque hay multitud de “ofensas menores”, como los siguientes ejemplos: se añade una “s” al final en las formas “fuistes”, “hicistes”, “trajistes”, en lugar de “fuiste”, “hiciste”, “trajiste”, etc. No es uno de los errores más extendidos, pero sí de los más antiguos.

Otra curiosa aberración que afecta principalmente a la población femenina es que encuentran, por algún motivo, más estiloso o más moderno, despedirse usando el vocablo italiano ciao, en lugar del español adiós. Si bien el uso ocasional de una fórmula extranjera tan breve sería inofensivo, hemos llegado al punto en que el extranjerismo ha sustituido a la palabra española. La RAE también ha claudicado, y ha aceptado “ciao” en su forma españolizada “chao”.

Lo mismo ocurre con el uso gratuito de anglicismos, que empobrecen nuestro idioma. Resulta irritante escuchar: date, code, online, like, link, password…, en lugar de fecha, código, en línea, me gusta, enlace, contraseña… Y es que, si ya existe una palabra en nuestro idioma para referirnos a algo, ¿por qué utilizar una palabra extranjera? No cabe duda que los anglicismos y los extranjerismos, en general, enriquecen nuestra lengua, cuando nos aportan una palabra que no existía previamente en nuestro idioma.

Hacer una lista completa sería casi imposible. Además de todas estas degeneraciones, habría que añadir lo mal que se suele vocalizar (ahí me incluyo yo), lo que baja aún más la calidad de la comunicación. Son, por tanto, malos tiempos para la lengua española.

Aunque, es evidente que siempre han existido vulgarismos, y que las clases populares son perezosas al hablar, en épocas no tan lejanas la expresión oral era muchísimo más correcta. Puedo decir, y creo no equivocarme, que la educación impartida entre los años 30 y 90 del siglo pasado era mucho más cuidadosa en este aspecto, y los maestros y profesores incidíamos especialmente en la importancia de hablar y escribir bien, además de que era una labor, no solo de los maestros o profesores de Lengua Española, sino de todos. Hoy en día, encontrar a un alumno de primaria o secundaria capaz de realizar un dictado perfecto, es una verdadera quimera.

¿Qué se puede hacer en contra de esta nefasta corriente? Siempre he recomendado que, en nuestra vida diaria, procuremos, en la medida de lo posible, hablar de la forma más correcta posible, intentando servir de ejemplo a los demás, especialmente a los más jóvenes, y escuchar atentamente a los que hablan mejor. Esto, por supuesto, sin desechar las formas coloquiales que tan útiles son y que tanta vida dan a la lengua.

En cuanto a los que están educando hijos, es recomendable ser estrictos en este aspecto y corregir a los pequeños en cualquier ocasión en que usen estas formas, tan fáciles de imitar, y al tiempo tan incorrectas. A una edad temprana son fáciles de eliminar, pero una vez adquiridos los hábitos de habla, resultará mucho más difícil. Como en tantas cosas, un pequeño esfuerzo puede resultar muy fructífero a la larga.

También es recomendable que se deje a los niños ver bastante televisión, pero no la realizada en directo (concursos, tertulias e incluso informativos), donde se habla igual o peor que en la calle, sino cualquier película o serie doblada (de contenido adecuado, claro). Puede decirse que los actores de doblaje son la pequeñísima minoría que en España conserva una dicción perfecta, y una gramática impecable, aunque solo sea cuando siguen un guión. Así pues, dejarles ver tantas buenas películas y series como quieran, es una excelente educación. Incluso los adultos podemos beneficiarnos de este hábito, y usar el doblaje como referencia para hablar mejor en nuestra vida diaria.

José Antonio Parra Tomás