EL PUDRIDERO DE EL ESCORIAL

El nombre no solamente no invita a saber más, si no que incluso desaconseja hacerlo y sin embargo nada más lejos de lo que realmente implica el lugar. El Escorial entero es una obra digna de admiración y visita y esta zona tan concreta, no podía ser menos, aunque su acceso, esté restringido a muy pocas personas.

JOSÉ ANTONIO PARRA TOMÁS

José Antonio Parra en Asociación la Tortuga de El Charco

2/15/20268 min read

EL PUDRIDERO DE EL ESCORIAL

Cuenta el rey emérito D. Juan Carlos, en su libro “Reconciliación”: “Cuando llegue mi hora, llegará. Entonces podrán hacer lo que quieran conmigo. ¿Hay planes para mi funeral? No lo sé. Nadie me lo ha dicho nunca. No es como en el Reino Unido, donde la Corona tiene planificado el funeral de cada miembro, con todo lujo de detalles y con mucha antelación. La pompa real británica se despliega entonces en todo su esplendor y rigor, como vimos en el funeral de la reina Isabel. Sé que el Panteón de Reyes de El Escorial está lleno. Hay sitio para construir otro. ¿Qué decidirá el Gobierno? Todo está en sus manos. Es una cuestión de presupuesto y de voluntad. De momento, me parece que no hay nada decidido ni organizado…”

Y es que, desde 1573, todos los reyes de la historia de España, con algunas excepciones, están enterrados en El Escorial, el monasterio considerado muchas veces como la octava maravilla del mundo, y del que el viajero e historiador galés James Howell, tras visitar el palacio a principios del siglo XVII, dejó escrito lo siguiente:

En el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, nada allí es vulgar. Un mundo de cosas maravillosas que me dejó completamente encantado. Basta decir que, si se quieren ver todas las estancias, es necesario recorrer 18 kilómetros. Sobrecoge visitar este monasterio, de gran austeridad y que ocupa más de 33.000 metros cuadrados en la ladera del monte Abantos, a 1.028 metros de altitud, y orientado hacia ese monte por una fachada de 207 metros de longitud. Según las cifras, cuenta con 16 patios, 88 fuentes, 13 oratorios, 15 claustros, 86 escaleras, 9 torres, 1.200 puertas y 2.673 ventanas.

Y una cuestión acompañó a James Howell durante su visita: ¿Qué había movido a Felipe II a "gastar tanto dinero allí"?

La inquietud era acertada. El Escorial había costado una cantidad de oro, fuera del alcance incluso del Imperio español, que era la mayor potencia militar y económica de Europa en esos años. Sin embargo, las razones para construir el monumento nunca fueron un secreto. Felipe II aprovechó la victoria en la batalla de San Quintín, contra los franceses, el 10 de agosto de 1557, festividad de san Lorenzo, para levantar una imponente construcción, que comprende no solo un monasterio, sino también una basílica, un palacio real, una biblioteca, un panteón y un colegio, una construcción a la altura de los Habsburgo españoles. El palacio, además, era el sueño de juventud de un monarca aficionado a la arquitectura que promovió, además, la creación de una decena de edificios de grandes dimensiones por toda la península ibérica.

Tras 21 años, las obras terminaron de forma oficial en septiembre de 1584, con la apertura de la basílica, aunque se alargaron por diez años más en otras estancias. Cuentan las crónicas que, a la vista de todos, el rey lloró mientras asistía a la consagración de la basílica.

Felipe II encargó a los monjes Jerónimos, la custodia de este monasterio, y ellos fueron el alma de este gran cuerpo durante casi tres siglos. Después, con la desamortización de Mendizábal, se fueron los monjes y, durante medio siglo, el monasterio padeció un casi abandono. Finalmente, con la llegada de los Agustinos en 1885, se dio nueva vida a este monumento.

Años antes, Felipe II hizo ya trasladar al templo los restos de su padre, Carlos I, y de otros Habsburgo, para ser reunidos en un primitivo y pequeño Panteón. El Panteón de Reyes actual, tan visitado por todos los que se acercan al real sitio, se encuentra en el mismo nivel del monasterio, pero bajo la basílica, y fue construido durante el reinado de Felipe IV para albergar los restos de su padre, Felipe III, y a él fueron trasladados también los de su predecesor, Felipe II, y los de Carlos I, que reposaban en el panteón original.

El Panteón de Reyes, es una impresionante estancia octogonal que, entre las columnas de siete de sus caras, acoge las sepulturas en mármol de 26 reyes, reinas y madres de monarcas españoles. Los reyes, al lado derecho del altar, y las reinas al izquierdo, colocados por orden cronológico desde Carlos I a Alfonso XIII, cuya esposa, Victoria Eugenia, fue última en ocupar su nicho en el año 2011. Un periodo de cuatro siglos de la monarquía española.

El Panteón de Infantes fue construido por iniciativa de Isabel II, concluyéndose en 1888. Tiene nueve cámaras, situadas bajo la sacristía y las salas capitulares, y cada una está presidida por un altar y revestida de mármol de Carrara. Acoge los restos de príncipes, infantes y reinas, que no fueron madres de reyes, miembros de la familia real española de las dinastías de Austria y Borbón. Alberga también un "mausoleo de párvulos", para niños fallecidos a temprana edad.

Sin embargo, tanto el Panteón de Reyes como el de los Infantes, tiene una estancia previa siempre envuelta de misterio: el Pudridero, donde los cuerpos deben esperar, aproximadamente, entre 25 y 35 años para su momificación. Es decir, antes de la sepultura definitiva en los nichos, los restos permanecen años en el Pudridero hasta completar la descomposición.

La muerte, en octubre de 2015, del primo del rey, Carlos de Borbón-Dos Sicilias y Borbón-Parma, que fue nombrado “Infante” en 1994, por expreso deseo del rey Juan Carlos, devolvió, en aquel momento, a la actualidad el proceso de "momificación", que debe realizarse a los reyes y a los infantes, antes de descansar definitivamente en paz en El Escorial.

Como si fuera algo así como un secreto, cuando evidentemente no lo es, los guías del monasterio de El Escorial suelen dotar de un tono misterioso a su voz, al mencionar que existe una sala contigua al Panteón de Reyes, con suelo de granito y techo abovedado, que hace de Pudridero, y que en la actualidad permanece ocupado por los restos mortales de los condes de Barcelona, padres del rey emérito Juan Carlos, y de varios infantes, entre ellos Jaime de Borbón, hijo de Alfonso XIII.

El Pudridero de El Escorial, tiene dos estancias diferenciadas, una de ellas para reyes y otro para infantes, y se encuentra en el subsuelo de la basílica, a pocos metros del lugar de los sepulcros reales. Los monjes agustinos se encargan de custodiar las pequeñas salas sin luz natural, cuyo paso está limitado solamente a ellos. Si bien no existe un tiempo estipulado para que culmine el proceso biológico de reducción natural del cuerpo, se calcula que son necesarios entre 25 y 35 años para que sea eliminada "la humedad" y el mal olor del cuerpo. La función final del Pudridero, en cualquier caso, es reducir el tamaño de los cuerpos para que se adapten y quepan en los minúsculos cofres de plomo que, en el caso de los reyes, ocupan apenas un metro de largo y 40 centímetros de ancho.

Pese al limitado número de personas que tiene permiso para acceder a estas estancias, distintos cronistas de El Escorial han descrito al detalle el lugar con la intención de romper el misterio. Así relata el bibliotecario del monasterio, en el libro "Historia del Real Monasterio de San Lorenzo del Escorial".

"Las puertas, que están en el segundo descanso de la escalera, conducen a los Pudrideros, cuyo uso explicaré para desvanecer las muchas patrañas que sobre ellos se cuentan. Son tres cuartos a manera de alcobas, sin luz ni ventilación ninguna. Después de que se concluyen los Oficios y formalidades de entrega del real cadáver, que ha de quedar en uno de los panteones, el prior, acompañado de algunos monjes ancianos, baja al panteón donde ha quedado el cadáver llevando consigo los albañiles y algunos otros criados. Estos llevan la caja de plomo sellada que contiene el cadáver, y la conducen junto al Pudridero. Mientras los albañiles derriban el tabique, los otros abren cuatro o más agujeros en la caja de plomo, la colocan dentro del cuarto o alcoba sobre cuatro cuñas de madera que la sostienen como dos o tres pulgadas levantadas del suelo, e inmediatamente los albañiles vuelven a formar el tabique doble que derribaron. Allí permanecen los cadáveres 30, 35 o más años, hasta que consumida la humedad y cuando ya no despiden mal olor, son trasladados al respectivo panteón",

En la actualidad, el Pudridero de los infantes guarda los cuerpos de Jaime de Borbón, el segundo de los hijos del rey Alfonso XIII, Luis Alfonso de Baviera y Borbón, nieto de Alfonso XII, e Isabel Alfonsa de Borbón y Borbón, también nieta de Alfonso XII. No están ya los del infante Alfonso de Borbón-Dos Sicilias, padre del fallecido Carlos, y los del infante Alfonso de Borbón y Borbón, hermano del rey Juan Carlos, que han sido los últimos en abandonar el Pudridero de los infantes, para ocupar su tumba permanente entre los mármoles blancos del Panteón de los Infantes, el lugar destinado a príncipes, infantes y reinas que no fueron madres de reyes. Allí todavía quedan 24 tumbas vacías.

La revisión del estado de los cuerpos sigue un protocolo muy estricto. Contrario a lo que pudiera parecer, los féretros no se abren. La comprobación se realiza a través de indicios externos como "el olor, la condensación y el peso del ataúd", que indican si la descomposición se ha completado. Esta sala, que los monjes denominan "la habitación del silencio", solo se abre cada 10 o 15 años para estas revisiones.

El traslado de los infantes y de los reyes del Pudridero al Panteón respectivo, se celebra en la intimidad y, también, bajo un protocolo muy estricto. Asisten un miembro de la comunidad agustina, otro de Patrimonio Nacional, un arquitecto, que se encarga de dirigir el desmontaje del murete del Pudridero, dos operarios y un médico, que se limita a testimoniar que el proceso de descomposición ha finalizado.

El Pudridero se encuentra hoy ocupado por los padres de D. Juan Carlos: D. Juan de Borbón y Dña. María de las Mercedes, que descansan en el monasterio desde abril de 1993 y enero de 2000, respectivamente. El último entierro permanente en este caso fue el de la reina Victoria Eugenia, esposa de Alfonso XIII que, aunque falleció en 1969 en Lausana (Suiza), sus restos fueron repatriados en 1985.

Como excepción, no está enterrado en el Panteón de El Escorial por su expreso deseo, el primer Borbón, Felipe V, que recibió sepultura en la Colegiata del Real Sitio de La Granja de San Ildefonso, junto a su segunda esposa, Isabel de Farnesio; tampoco está su hijo Fernando VI, que fue enterrado también según su deseo con su esposa Bárbara de Braganza en el convento de las Salesas Reales, así como los ajenos José I Bonaparte y Amadeo de Saboya.

El grave problema que se plantea de cara al futuro es de espacio, ya que en el Panteón Real solo quedan actualmente dos sepulcros vacíos, que ya tienen destinatarios, los condes de Barcelona, D. Juan y Dña. María, que ocuparán las minúsculas urnas de este mausoleo de reyes, por expreso deseo de su hijo, el rey Juan Carlos, pese a que D. Juan nunca llegó a reinar. Una vez que los cuerpos de los condes de Barcelona sean trasladados a sus sepulcros, el Panteón de Reyes estará completo, a menos que se realice una ampliación. Por lo tanto, D. Juan Carlos y Dña. Sofía, se han quedado sin sitio en este Panteón, aunque es cierto que ya se están buscando alternativas.

Parece que existen al menos dos proyectos que se ubicarían en este mismo recinto de El Escorial, uno de ellos muy vanguardista, construido aparte del mausoleo, y el otro, realizado hace años por arquitectos del Patrimonio Nacional, que consistiría en una ampliación del mismo, construyendo otra edificación de similares características adosada a la actual, y que se llevaría a cabo derribando la pared del altar mayor, donde se ubica el gran crucifijo y excavando por debajo del jardín que rodea el monasterio.

De esta forma, a los 26 nichos actuales, se podrían añadir otros tantos, que darían cabida no solo a D. Juan Carlos y a Dña. Sofía, sino también a los actuales monarcas, Felipe VI y Leticia, y sus sucesores.

José Antonio Parra Tomás