EL REAL DE A OCHO

El Real de a Ocho, la moneda que marcó las finanzas mundiales el la época de mayor apogeo del Imperio Español. Podríamos decir con total certeza que sería en el ámbito monetario, el equivalente al actual dólar estadounidense.

JOSÉ ANTONIO PARRA TOMÁS

José Antonio Parra en Asociación la Tortuga de El Charco.

3/9/20255 min read

En ocasiones no somos realmente conscientes de la importancia que España ha tenido en la historia, por eso quiero contaros algo de una moneda española, que fue divisa común a muchos países. El protagonismo político y el prestigio de España como gran potencia europea en el siglo XVI, alcanzó su cota más alta durante los reinados de Carlos I y Felipe II, y estas circunstancias fueron muy favorables para el nacimiento de la divisa internacional española, el Real de a Ocho, la moneda de plata más acreditada y demandada de su tiempo.

Esta moneda de plata, que fue creada durante el reinado de Carlos V, tenía un peso de 27,468 gramos, una pureza de 0,93055%, y un valor de ocho reales (8 reales y 272 maravedís; 1 real de a ocho = 1 duro; 2 reales de a 8 = 1 escudo). También se le conocía con el nombre de peso de ocho, peso fuerte, o peso duro, denominación que dio lugar al “duro” que los españoles hemos conocido después con nuestra siguiente moneda, la peseta.

El Real de a Ocho se usó por todo el mundo, fundamentalmente en las actividades comerciales entre la metrópoli y las Indias, constituyendo el principal producto de exportación de España.

Cuando nació el Real de a Ocho, España vivía tiempos de gloria. Nuestras minas americanas de México y Potosí producían ingentes cantidades de plata de excelente calidad y pureza; nuestras posesiones se ampliaban cada vez más y nuestro intercambio monetario se hizo necesariamente potente entre todos nuestros dominios y, a su vez, con todos los mercados con los que se operaba desde los mismos. Así, desde México partían nuestros “Galeones de Manila”* cargados de monedas de plata con destino a Filipinas, desde donde a su vez se comerciaba con el mercado chino, que adoraba nuestra plata por su pureza, en un tiempo en el que China solo aceptaba la plata como medio extranjero de pago; y también el comercio con las colonias vecinas del norte de América, fundamentalmente las 13 colonias inglesas, que muy pronto comenzaron a usar el Real de a Ocho como moneda habitual, dada su calidad y su abundancia.

A lo largo de más de tres siglos fue clave en la economía mundial y, a su vez, sirvió de referencia para las monedas que circulaban en otros países. Se puede afirmar que fue equiparable al dólar actual. Al mismo tiempo, el Real de a Ocho acabó por alcanzar los lugares más remotos del planeta, en muchos de los cuales se aceptaba como pago. De esta forma, nuestra moneda se extendió por toda Europa, por toda América y por grandes extensiones de Asia y África, llegando hasta lugares tan lejanos como Australia a mediados del siglo XIX. Y fue tal su impacto internacional, que no solo llegó a regular el sistema financiero internacional, sino que llegó a desestabilizar todas las economías del este asiático y de China, provocando el caos financiero en la grandiosa economía de la Dinastía Ming.

Cambio de tema: en la Antigüedad, las columnas de Hércules (estrecho de Gibraltar) marcaban el fin del mundo. Tal y como narra Juan Eslava Galán en su libro “Viaje por el Guadalquivir y su Historia”: “Persistentes leyendas divulgadas por los fenicios para desaconsejar la navegación a sus competidores, insistían en que más allá no era posible la navegación porque el mar estaba infestado de terribles monstruos y el agua era tan caliente que derretía el calafateado de las naves y las hacía naufragar”.

Este era el motivo por el que estas columnas se representaban con una cinta que rezaba: Non Plus Ultra (no más allá). Cuando españoles y portugueses demostraron a través de sus viajes que el océano era navegable, Carlos V añadió a su escudo de armas las columnas de Hércules, pero con la leyenda Plus Ultra (más allá), a través de la cual se daba a entender que el Imperio Español sí había llegado más allá.

Ahora enlazo ambas historias. En la reforma monetaria impulsada por Carlos V, donde se crea el Real de a Ocho, a la hora de acuñarla, se diseñó el reverso con las dos columnas de Hércules, con el lema Plus Ultra, superpuestas a dos mundos que simbolizaban la inmensidad del imperio de los Austrias.

Esta moneda fue de curso legal en los Estados Unidos hasta 1857, teniendo el valor de un dólar. Y los estadounidenses de entonces, que conocían al Real de a Ocho como el “Spanish Dollar”, le dieron tal importancia a aquella moneda que adoptaron para siempre el españolísimo símbolo de las Columnas de Hércules (grabado en ella), como símbolo de su actual moneda. ($, las dos columnas con la S de Spanish).

Muchas de las monedas actuales de distintos países como Canadá, Estados Unidos o incluso China, y por supuesto el peso de Filipinas y las monedas de casi toda Hispanoamérica, están basadas en el Real de a Ocho español, mientras que el término “peso” tiene el mismo origen ya que los pesos de entonces tenían un diámetro exacto al del Real de a Ocho.

Como curiosidad, indicar que el precio de las acciones en el mercado de valores de Nueva York se denominaba en octavos de dólar (el Real de a 8 o dólar español tenía el valor de 8 reales) y perduró hasta el 24 de junio de 1997, cuando la Bolsa de Nueva York la convirtió a dieciseisavos de dólar, aunque poco después se pasó a la notación decimal. En definitiva, no está de más saber que hubo un tiempo en que nuestras finanzas dominaron el mundo.

*El Galeón de Manila, también llamado Nao de China, era el nombre con el que se conocían las naves españolas que cruzaban el océano Pacífico una o dos veces por año entre Manila y los puertos de Nueva España (México) en América.

Desde Acapulco a Manila, el galeón salía en marzo o abril. Buscaba los vientos alisios del este en el paralelo 10ºN. Continuaba con rumbo oeste hasta la isla de Guam, que también era española (hoy americana). Se hacía escala. Seguían hacia el oeste y se llegaba en el mes de junio o julio a la bahía de Manila. Había realizado un recorrido de más de 8.000 millas, en 100 a 140 singladuras. Desde el puerto de Acapulco, en el Galeón de Manila viajaban misioneros, oficiales reales, mercaderes y soldados. También, plata, animales (vacas y caballos) y plantas (maíz, cacao, tabaco, caña de azúcar, tomate, calabaza, pimiento, etc.).

En Manila se embarcaban productos del entorno con destino a Acapulco: especias de Ceilán, Molucas y Java; seda, marfil, porcelana, lacas y madreperlas de Amoy (actual Xiamen) y Japón; alfombras, tapices y prendas de algodón de la India y el sudeste asiático. El galeón partía de Cavite, en la bahía de Manila, a finales de junio. Tomaba la latitud 38ºN y, entre treinta y cuarenta días más tarde, se avistaban las “señas” (unas algas) que anunciaban la proximidad de las costas americanas. Así, tras una travesía de 130 a 200 singladuras, fondeaban en el interior de la bahía de Acapulco. En sus muelles se desestibaba la carga. La que iba destinada a la metrópoli, era llevada por tierra siguiendo el Camino de Asia hasta Veracruz, en la orilla atlántica de Nueva España. Ya en este puerto, nuevamente la mercancía era ordenada en los navíos y transportada a Cádiz o Sevilla.

José Antonio Parra Tomás