EL SARCÓFAGO DE MICERINOS
Puede sonar extraño en principio el que pueda haber relación entre el sarcófago de uno de los grandes reyes egipcios, en este caso Micerinos y Murcia y sin embargo la hay, por carambolas extrañas de los acontecimientos, pero la hay y es de lo que trata este artículo.
JOSÉ ANTONIO PARRA TOMÁS
José Antonio Parra en Asociación la Tortuga de El Charco
1/11/202610 min read


EL SARCÓFAGO DE MICERINOS
Pienso que, muchos aficionados a la egiptología, ignoran que uno de los sarcófagos más impresionantes del Antiguo Egipto, no se halla en el Museo de El Cairo ni en el Museo Británico y que, en este preciso momento, descansa en la oscuridad más absoluta, cubierto de coral y arena, frente a las costas de Cartagena, en España.
Esta es la historia de una profanación, de una ambición desmedida, y de un barco fantasma. La historia de cómo el sarcófago del faraón Micerinos terminó convirtiéndose en el “Titánic” de la arqueología; este es el misterio de la goleta Beatriz.
Durante siglos, generaciones de escolares hemos memorizado el nombre de las más célebres pirámides egipcias: Keops, Kefrén y Micerinos. Uno de los grandes constructores de las pirámides de la meseta de Guiza, fue el faraón Micerinos, que en realidad se llamaba Menkaura, pues Micerinos o Mikerinos es la forma helenizada del nombre, y la que ha llegado hasta nuestros días.
Hijo de Kefrén y nieto de Keops, Micerinos fue el sexto rey de la IV Dinastía del Imperio Antiguo. Su pirámide, la más pequeña de las tres, lleva el nombre de este faraón, que reinó hace casi 4.500 años. Aunque es la más pequeña de las tres, su base cuadrada mide aproximadamente 105 metros de lado, con una altura original de 65,5 metros, y está formada por gigantescos bloques de granito rojo que daban a la pirámide de Micerinos un aspecto diferente al de las otras dos pirámides de Guiza, las de Keops y Kefrén.
A principios de 1837, llegó a Egipto con el objetivo de explorar y excavar las pirámides de Guiza, el coronel inglés Richard William Howard Vyse, acompañado de su inseparable colaborador, el ingeniero John Shae Perring. El coronel había obtenido permiso del gobernador egipcio, Muhammad Ali, para realizar excavaciones en la zona.
En aquella época, la arqueología no era la ciencia delicada que conocemos hoy día; era una carrera de saqueadores. A pesar de su admiración por tan inmortales monumentos, el coronel Vyse no tuvo, sin embargo, reparos en utilizar para su exploración métodos que, hoy en día, serían totalmente impensables. Por ejemplo, empleó la pólvora a discreción para volar los tapones de granito que obstruían la entrada inferior de la pirámide de Kefrén. También usó taladros para buscar cámaras ocultas y recurrió a las voladuras para abrirse paso y sortear los obstáculos con los que se iba topando.
Ni siquiera la Gran Esfinge se libró de las ansias taladradoras de Vyse. Creyendo que podía haber una cámara secreta en el interior de la misma, ordenó a los obreros taladrarla desde arriba en su parte posterior. Pero los taladros, compuestos por varas perforadoras, se encallaron al llegar a los ocho metros de profundidad, por lo que Vyse, sin dudar, mandó usar una vez más la pólvora para liberarlos.
Aunque al final, afortunadamente, se lo pensó mejor ya que "por no desear desfigurar este monumento venerable, la excavación se abandonó y se dejaron allí varios metros de varas perforadoras", según sus propias palabras. Los agujeros que causó esta intervención son aún visibles en la actualidad.
En julio de 1837, Vyse y su equipo comenzaron a explorar la pirámide de Micerinos, que estaba cubierta de arena y escombros. Para ello utilizaron herramientas manuales y técnicas de excavación para remover la arena y los escombros.
Después de varios días de excavación, el equipo de Vyse descubrió la entrada original de la pirámide, que estaba obstruida por bloques de piedra. Lograron remover algunos de los bloques, para crear una abertura lo suficientemente grande para pasar. Pero, llegó un momento que, en algunos puntos de la excavación, tuvieron que utilizar explosivos para remover bloques de piedra y escombros.
Después de superar varios obstáculos, lograron entrar y llegar hasta la cámara funeraria de la pirámide, donde encontraron el sarcófago del faraón Micerinos. La entrada en la cámara funeraria fue un momento emocionante para Vyse y su compañero Perring, ya que sabían que estaban a punto de descubrir secretos que habían estado ocultos durante milenios.
Los dos británicos llegaron a la cámara mortuoria, en donde pudieron realizar el curioso descubrimiento. Precisamente allí, junto a la pared oeste de la sala, encontraron un sarcófago de basalto negro rectangular, con forma de cartucho real (ovalado), con un reborde en la parte superior, siguiendo el estilo típico de los sarcófagos del Imperio Antiguo. Sus medidas eran 2,43 metros de largo, 0,94 metros de alto, 0,88 metros de ancho, y más de 3 toneladas de peso.
Gracias a los dibujos realizados por Perring y publicados entre 1840 y 1842, podemos hacernos una idea muy aproximada de su aspecto, muy similar, por otro lado, al sarcófago de Khufuenekhi que se conserva en el Museo de El Cairo. Llevaba una inscripción jeroglífica con el nombre y títulos de Micerinos, lo que permitió identificarlo sin lugar a dudas.
No era el típico contenedor monolítico y austero de los reyes de la IV dinastía. La cara exterior representaba el aspecto de la fachada de un palacio, con tres puertas falsas en los laterales y una en cada uno de los dos lados cortos, motivo decorativo idéntico al que hay sobre las paredes de una de las primeras salas de esa misma pirámide. El sarcófago fue descubierto sin la tapa que lo cubría, y dentro no estaba la momia del faraón, lo que demuestra que la pirámide había sido saqueada anteriormente.
Como era común en la primera mitad del siglo XIX, las antigüedades podían salir de Egipto con una facilidad asombrosa. Y, al igual que hiciera Vyse con otras piezas que ahora están en el Museo Británico de Londres, el coronel, ni corto ni perezoso, decidió sacar de la pirámide de Micerinos el gigantesco sarcófago de basalto, con el fin de enviarlo a Londres.
Sacar la mole de piedra del sarcófago de las entrañas de la pirámide, fue una pesadilla. Tras semanas de maniobras, rampas improvisadas y sudor, el sarcófago vio la luz del sol, por primera vez, después de casi 4.500 años, para ser empaquetado en una caja de madera, con destino a Inglaterra. Y el propio transporte hasta el barco que les esperaba en el Nilo, no fue sencillo.
Según relató Perring en su diario personal, las dificultades que tuvieron para mover el sarcófago de su emplazamiento original fueron mayúsculas. A pesar de todo, después de superar infinidad de problemas, el sarcófago llegó a finales de septiembre de 1838 a Alejandría, a punto para coger el barco que le llevaría hasta Inglaterra, la goleta inglesa Beatriz, que realizaba la ruta de Alejandría, vía Chipre y Malta hasta Londres y Liverpool.
Los estibadores tardaron horas en asegurar el sarcófago en la bodega. No lo embalaron, porque aún no existía un protocolo para ello, pero lo fijaron con cuñas, cuerdas y tablones cruzados. El capitán, que lo observaba todo, hizo un único comentario: “Una piedra tan grande en la bodega, puede alterar el comportamiento del barco”. Pero la orden estaba dada, la ruta marcada, y el pago del transporte era generoso.
La goleta se hizo a la mar e hizo escala en la isla de Malta. En poco tiempo, y después de abastecerse de provisiones para las próximas semanas, retomaría el camino echándose de nuevo a la mar en dirección a Gran Bretaña.
Pero lo que se preveía como un viaje más, se convirtió con el paso de los días en una desgraciada tragedia. El 13 de octubre, las condiciones climáticas, en un principio favorables, fueron cambiando paulatinamente hasta dar lugar a una terrible tormenta, frente a la costa murciana. Poco es lo que pudieron hacer los tripulantes de la Beatriz contra los elementos. Quizás, también, el peso del sarcófago contribuyó a desestabilizar la nave. En pocos minutos el barco no pudo hacer frente a la intensa lluvia y al fuerte oleaje que se había producido, hundiéndose para siempre en aguas del Mediterráneo. Ocho marineros fueron hallados en las playas de Cartagena, exhaustos, aferrados a restos de madera. Del resto de la tripulación y del sarcófago, nunca más se supo.
El hundimiento del barco hubiera pasado totalmente desapercibido de haber transportado simple carga comercial. En aquella época eran decenas los barcos que al cabo del año acababan sus días en los fondos de un océano o de un mar. Sin embargo, en las bodegas de la Beatriz había algo especial que ha hecho trascender su nombre a la historia de la egiptología. En las oscuras entrañas de esta goleta reposaba el sarcófago de Micerinos, uno de los famosos faraones de la historia de Egipto.
La empresa británica Lloyd´s pagó puntualmente el seguro que cubría las pérdidas del transporte, pero nada del sarcófago de Micerinos. Sin embargo, en aquella época fue incluso un hecho sonado. Así, Vicente Blasco Ibáñez, en su novela “La vuelta al mundo de un novelista” (libro III cap. XIX) se hizo eco de este inusual acontecimiento.
Han pasado casi 190 años desde que la Beatriz se hundiera frente a las costas de Cartagena (se piensa que frente al cabo de Palos; otros dicen que entre Cartagena y Puerto de Mazarrón), y, sin embargo, todavía se está a la espera de poder reflotar el tesoro que contiene.
Se han barajado muchas posibilidades para intentar ubicar exactamente el pecio de la Beatriz, si bien la más admisible por la comunidad egiptológica internacional siempre ha sido la de Cartagena. No obstante, no deja de ser extraño que, si bien el hecho es mencionado por Blasco Ibáñez, la prensa de la época no hizo el menor comentario sobre el hundimiento de la goleta, circunstancia que ha hecho dudar a más de un investigador sobre la exactitud de Cartagena, como lugar para encontrar el sarcófago de Micerinos.
En contra de esta posibilidad, está el que los propios ingleses pretendieran a fines del siglo pasado realizar prospecciones en esta zona, aunque finalmente no se llevaron a cabo por la negativa de las autoridades españolas a concederles el permiso. Lo mismo ocurrió justo antes de la Guerra Civil. Y si descontamos la intentona americana y otra egipcia, debemos irnos a 1985 para encontrar el primer intento serio de rescatar la goleta.
En esa fecha, gracias a la iniciativa de varios investigadores españoles, pudo intentarse dar con el lugar aproximado, no muy lejos de Cartagena. Desde aquel momento, todo pareció indicar, y así lo reflejó la prensa de la época, que en breve se podría reflotar la Beatriz, sacando a la luz no solamente el sarcófago de este faraón sino el resto de piezas que viajaron en la misma goleta con destino al Museo Británico, todas ellas obtenidas en las excavaciones del coronel Vyse en Guiza. De estas piezas, por cierto, no se tiene la menor noticia, pudiendo haber entre ellas alguna obra incluso más importante que la del propio sarcófago de Micerinos.
Únicamente se sabe por el Lloyd’s Register of Shoppings, que la carga de la Beatrice (224 toneladas), era muy importante y voluminosa, circunstancia que justificaba el alto precio del seguro. Sin embargo, los problemas diplomáticos y burocráticos no hicieron más que empezar desde el preciso momento de aquel hallazgo.
¿A quién pertenecería el sarcófago si alguna vez se sacara a la luz? ¿A Egipto, a Inglaterra o en su caso a España? Curiosamente, ni siquiera se conocía el lugar exacto en donde estaba la Beatriz, y las autoridades ya levantaban la voz con la sana intención de quedarse con el tesoro. Si, además, añadimos que las aguas en donde supuestamente se encuentra el barco mercante, es un cementerio de barcos; hay cientos de naufragios, desde romanos hasta submarinos de guerra, por lo que, encontrar a la Beatriz, es como buscar una aguja en un pajar.
Ahí se quedó la cosa hasta que, en 1996, una iniciativa privada intentó retomar el asunto con nuevos bríos para llevarla a buen puerto, y nunca mejor dicho. Se trataba de la Fundación Arqueológica Jordi Clos de Barcelona, institución que, junto a la Asociación Española de Egiptología con sede en Madrid, trabajan en nuestro país en defensa de esta ciencia (curiosamente ninguna de las dos es pública).
El proyecto, denominado Salvar al Faraón, consistía en localizar frente a la costa de Cartagena la ubicación exacta del pecio. Para ello tendrían que sobrevolar la zona y ayudarse de un radar.
Las trabas burocráticas no se hicieron esperar, dilatando la ejecución del proyecto durante más de un año. La Consejería de Cultura y Educación de la Comunidad de Murcia, comunicó a la Fundación Jordi Clos que, para llevar a cabo tan espectacular búsqueda, debían contar con los permisos necesarios del Estado, con el añadido de que la operación debía ser dirigida y coordinada por técnicos de la Comunidad.
Además, en unas declaraciones hechas al periódico murciano La Verdad (2-6-1997), la Consejería decía que el proyecto “debe estar perfectamente coordinado con la Armada, porque el mar está muy poco protegido, y tenemos que garantizar que se trabaja donde se dice, ya que muchos particulares han encontrado restos arqueológicos, que han sacado del mar y no han dado cuenta de ellos”. El proyecto fue abandonado momentáneamente debido a las innumerables trabas burocráticas que ha sufrido la Fundación Jordi Clos de Barcelona.
En 2008, Zahi Hawass, que por entonces era secretario general del Consejo Supremo de Antigüedades de Egipto, anunció a bombo y platillo su intención de organizar una expedición para localizar el sarcófago, con el apoyo de National Geographic, y también afirmó que intentaría contar, nada más y nada menos, que con la colaboración de Robert Ballard, el descubridor de los restos del Titanic en 1985. Finalmente, el plan tampoco prosperó. Sin embargo, el deseo de todos es que muy pronto esta obra de arte pueda ver la luz, y que aporte quizás, después de los estudios que se merece, sorprendentes pruebas sobre el funcionamiento interior de las misteriosas pirámides.
José Antonio Parra
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