FERNANDO EL CATÓLICO
Fernando el Católico, ese gran estadista que la historia ha ensombrecido bajo el manto de Isabel.
JOSÉ ANTONIO PARRA TOMÁS
José Antonio Parra en Asociación la Tortuga de El Charco.
2/16/202510 min read


Pocas figuras históricas nos han llegado tan falseadas como la de Fernando el Católico. Si leéis a Hernando del Pulgar, Jerónimo Zurita o al mismo Baltasar Gracián, y estudiáis su vida, os sorprenderéis al ver lo injustamente que se le ha tratado y el afán de despojarle de sus glorias más legítimas, negándole con una gran injusticia, el puesto que le corresponde como una de las grandes figuras de la historia de España.
Fernando fue el creador del gran imperio español. Sin embargo, se ha tratado de reducir su figura de gran estadista a la de un vulgar y astuto político, oportunista y de mala fe, mezquino, ingrato y envidioso, no queriendo ver sus firmes planes, muy meditados y definidos, ni su profundo y amplio pensamiento político.
En el plano internacional, fue la mente más clara de la Europa de su tiempo y el gran iniciador de la moderna política europea de las grandes alianzas, convirtiéndose en el árbitro de una Europa cuyos hilos movía con suma habilidad, y echando los cimientos de un imperio español norteafricano, que sus sucesores no supieron desarrollar.
Se puede admitir de ser un político que no cumplía los compromisos contraídos; que faltaba a sus juramentos y violaba los tratados cuando le interesaba, pero esto hay que examinarlo a la luz de la época, y a que siempre se enfrentó a políticos sin escrúpulos, y los constantes éxitos de su reinado se debieron, no a una política de falsedad y engaño, sino a su innegable superioridad como estadista sobre todos los políticos de su tiempo. El secreto de sus grandes triunfos era que en el terreno político se desenvolvía con tanta habilidad que jamás tuvo un solo fallo. Si analizamos objetivamente su actuación política, y vemos los pobres y difíciles comienzos que tuvo, comprobamos los muchísimos obstáculos que tuvo que vencer y, al final, contemplamos la grandiosa obra alcanzada, hay que admitir que su figura alcanza proporciones extraordinarias.
En el plano personal también se le ha acusado de no corresponder al apasionado amor que Isabel le tuvo, hiriéndola con continuas infidelidades. Este juicio también peca de exagerado. Fernando amó profundamente a Isabel y fue ella la única mujer que se adueñó de su corazón. Sin embargo, su temperamento sensual y sus constantes y, a veces, largas ausencias, pueden explicar, en clave de la época, sus deslices conyugales. Además, Fernando, criado desde los doce años en los campamentos y cuarteles militares, había tenido ya, antes de su unión con Isabel, sus experiencias amorosas. El mismo año de su boda había tenido un hijo con doña Aldonza Roig (el futuro arzobispo de Zaragoza, don Alfonso de Aragón).
Puede ser que una de las causas que más han contribuido a desmerecer su obra política, haya sido el que su nombre ha ido siempre emparejado con el de Isabel la Católica. La figura de Isabel ha deslumbrado, tanto a poetas como a historiadores, y esto ha repercutido en la objetividad del juicio histórico. Así, se ha venido aceptando siempre, que en el reinado de los Reyes Católicos, Isabel es el genio que dirige y Fernando un simple, aunque eficaz, colaborador suyo. Isabel, el astro, y Fernando, su satélite.
Si eso hubiese sido así, también hubiese sido lógico que al fallecimiento de Isabel, se notase su falta en el manejo del timón del Estado, sobre todo teniendo en cuenta las circunstancias tan difíciles en que Fernando tuvo que hacerse cargo del gobierno. Pero fue precisamente en esos doce años (de 1504 a 1516), en que tuvo que gobernar solo, cuando dio las máximas pruebas de su extraordinaria capacidad y cuando se reafirmó como un estadista de talla excepcional.
No es lícito tampoco rebajar a Isabel para enaltecer a Fernando, pues ambos brillaron con luz propia, pero menos lo es todavía considerar a Fernando como un mero auxiliar de Isabel.
Pero vayamos a la historia. En 1504, Fernando el Católico logró uno de los objetivos que había acariciado durante más tiempo. Por fin, el reino de Nápoles había pasado a poder español. Se consiguió expulsar a los franceses gracias a una serie de sensacionales victorias de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, el genio de la guerra de aquel tiempo.
No obstante, ese año fue también el de la muerte de Isabel la Católica, la reina de Castilla, con la que Fernando se había casado treinta y cinco años atrás. El fallecimiento tuvo que producir en Fernando un profundo impacto emocional, pues, pese a sus deslices y puntuales desacuerdos, entre ambos había surgido un respeto y cariño mutuos, que completaban lo que fue una alianza política.
Con la muerte de Isabel, Fernando quedó en una posición política muy débil, ya que sus derechos al trono de Castilla dependían únicamente de su condición de rey consorte. La heredera legítima de Castilla era su hija, Juana, casada con el archiduque Felipe de Habsburgo, más conocido como Felipe el Hermoso. Una hija aquejada de una evidente inestabilidad mental y que además estaba enamorada de forma obsesiva de su esposo, quien la manejaba a su antojo.
Fernando proclamó reina de Castilla a su hija y tomó las riendas de la gobernación del reino, acogiéndose a la última voluntad de Isabel la Católica. Pero el marido de Juana, el archiduque Felipe no estaba por la labor de renunciar al poder, y en la “concordia de Salamanca” (noviembre de 1505), se acordó el gobierno conjunto de Felipe y la propia Juana, como reyes, Estaba claro que su joven yerno, elevado al trono castellano, no iba a permitir las injerencias de Fernando en el trono de Castilla.
La muerte de la reina Isabel, además, reabrió viejas heridas mal cerradas en el tejido social castellano. Los nobles castellanos, que odiaban con saña al “viejo aragonés”, como le llamaban, no desaprovecharon la ocasión y se pasaron en bloque al bando de Felipe el Hermoso. Los principales magnates de Castilla, que habían sido sometidos por los Reyes Católicos, vieron la oportunidad ahora de desprenderse del yugo que los sujetaba, y de volver a sus acostumbrados abusos, rapiñas y usurpaciones. Fue así como, nada más desembarcar Juana y Felipe en La Coruña, en abril de 1506, procedentes de Flandes, se puso en evidencia el cambio de lealtades de la nobleza y aristocracia. A medida que los nuevos reyes se iban internando en el territorio peninsular, se iban añadiendo a su séquito infinidad de nobles. Finalmente, Fernando, viéndose solo, se vio obligado a entregar todo su poder y retirarse a su reino de Aragón.
Tan pronto como Juana y Felipe fueron jurados en Valladolid como reyes de Castilla, comenzaron las rapiñas, los atropellos y las injusticias. Los más fieles y antiguos servidores de los Reyes Católicos fueron expulsados de sus cargos, que fueron concedidos a los partidarios de Felipe. Apenas empezó a reinar Felipe, y ya el despilfarro era tan grande, que no bastaban las rentas públicas para cubrir gastos, y se empezó a vender los cargos públicos a quien mejor los pagase. Se volvía a marchas forzadas a los nefastos tiempos de Enrique IV.
En esta situación, el genio político de Fernando el Católico se puso de manifiesto una vez más. Todo parecía haberse puesto en su contra: abandonado por la nobleza castellana, y acosado en Nápoles por los franceses, se le cerraban todas las salidas. Pero todo cambió gracias a una jugada maestra de la diplomacia. Fernando se alió con su más acérrimo enemigo, Luis XII de Francia, y se casó con la sobrina de este, Germana de Foix, de apenas 18 años.
El enlace entrañaba una colaboración política entre los dos monarcas, lo que suponía una amenaza directa para Felipe el Hermoso, porque conllevaba la posibilidad de que la Corona de Aragón quedara separada de la de Castilla si el nuevo matrimonio tenía descendencia masculina (las mujeres no podían reinar en Aragón). Solo el azar biológico evitó este desenlace, ya que el matrimonio tuvo un hijo que, de no haber muerto a las pocas horas de nacer, se habría convertido en rey de Aragón.
La suerte también jugó a favor de Fernando. ¿Quién iba a suponer que el joven y robusto Felipe, caería gravemente enfermo y moriría de repente? Es lo que sucedió en septiembre de 1506, solo cinco meses de su llegada a Castilla. Tan rápido se desarrolló todo, que más de uno habló de que alguien lo había envenenado, cosa nada rara en la época, aunque más bien parece que el impetuoso príncipe flamenco fue víctima de una epidemia de peste que asolaba la Península o por haber bebido agua muy fría estando sudoroso, después de una partida de pelota. Comoquiera que fuese, la desaparición de Felipe permitía a Fernando volver a ocupar el poder en Castilla, esta vez como regente, actuando en nombre de su hija Juana la Loca y de su nieto, el futuro emperador Carlos V, por entonces un niño de seis años.
La noticia de la muerte de su yerno le llegó a Fernando cuando se encontraba en Italia, en Génova. El viaje respondía al interés de Fernando por el reino de Nápoles, la joya de la corona de Aragón en Italia, un extenso territorio que el Gran Capitán había terminado de conquistar para la monarquía española en las batallas de Ceriñola y Garellano (1503).
A primera vista se le presentaba la oportunidad de regresar triunfalmente a Castilla, a aquella Castilla que le había dado la espalda y le había expulsado. Pero renuncia a ello, porque primero quiere resolver los asuntos de Nápoles y además forma parte de su plan que Castilla sufra en su propia carne los dolores del caos y la anarquía; no por venganza, sino para que se haga más necesaria su vuelta.
En Génova se entrevistó con el Gran Capitán, al que colmó de muestras de afecto y de títulos. Siguiendo viaje hacia Nápoles, su Parlamento lo reconoció como rey, lo que significaba que el Gran Capitán cesaba en sus funciones de virrey. Para compensarlo, Fernando le concedió un nuevo título, el de duque de Sessa, así como el cargo de maestre de la Orden de Santiago.
La leyenda añadió luego una famosa historia en torno a las relaciones entre Fernando el Católico y Gonzalo Fernández de Córdoba, la de las “Cuentas del Gran Capitán”. Cuando supuestamente el rey le pidió que justificara los gastos realizados como virrey de Nápoles, Gonzalo, haciendo gala de su característica sorna, le mostró una lista con las cantidades desorbitadas que había gastado... “…Cien millones de ducados en picos, palas y azadones para enterrar a los muertos del enemigo; 200.000 ducados para pagar a frailes y monjas que rezaran por sus victorias; 740.000 para los espías que le habían permitido conquistar el reino...”. Fernando comprendió la ironía y cambió de tema. De la veracidad de esto, no hay pruebas.
En el verano de 1507, el Rey Católico emprendió la vuelta a la península, decidido a recuperar el poder que dos años antes le habían arrebatado en Castilla. No pensaba vengarse de nadie, dando ejemplo de moderación y clemencia, pero sin que esa clemencia se confundiera con debilidad.
Sin embargo, regresaba dispuesto a cortar de raíz cualquier tipo de rebeldía y a abatir a cualquier noble que no reconociese su autoridad. Tras desembarcar en Valencia, se adentró en tierras castellanas a través de Soria, rodeado de un fuerte aparato militar, y en su marcha iba precedido por un cuerpo de soldados veteranos de Nápoles. Era solo una advertencia y un aviso muy claro para que le entendieran. Por ejemplo, el marqués de Priego, don Pedro Fernández de Córdoba, sobrino carnal del Gran Capitán, cometió el error de encarcelar a un delegado de Fernando, por lo que en 1508 hubo de ver cómo un ejército real ocupaba su señorío y el castillo de Montilla, capital de sus dominios, fue demolido hasta sus cimientos. Salvó la vida por los pelos, pero el mensaje del rey quedaba muy claro.
En Tórtoles de Esgueva, un pequeño pueblo próximo a Burgos, se encontró con su hija, la reina Juana, acompañada por un carro tirado por cuatro caballos en el que iba el ataúd de su esposo Felipe. Padre e hija tomaron el camino de Burgos, y Juana delegó en su padre todos los asuntos de gobierno.
Combinando benignidad y firmeza, su autoridad se fue afirmando, consiguiendo que se le unieran tres de los más firmes puntales de Castilla: el Condestable, el Almirante y el duque de Alba. La unión de los tres Grandes, junto con el Primado de Toledo, Cardenal Cisneros, le proporcionó una base segura para sujetar a la nobleza castellana.
Sin dificultades exteriores y bien asentada su autoridad en Castilla, Fernando se decide por un proyecto que desde hacía tiempo meditaba: la expansión española en África. Así en julio de 1508, tropas españolas se apoderan del peñón de Vélez de la Gomera, nido de piratas berberiscos. La toma de esta plaza anima a continuar las expediciones en África, pero chocaba con el obstáculo de siempre: la falta de dinero. Sin embargo, había alguien en Castilla que también soñaba con empresas africanas y sí disponía del dinero. Ese hombre era Cisneros.
La vejez de Fernando corrió en paralelo con el engrandecimiento de la figura de Cisneros. Hombre de Iglesia y de Estado, Francisco Jiménez de Cisneros fue inquisidor general, arzobispo de Toledo e incluso cardenal. Asumió la regencia de Castilla durante la estancia de Fernando en Nápoles, y volvería a desempeñar el mismo papel desde la muerte del rey hasta la llegada a España de Carlos V. Cisneros utilizó las inmensas rentas que le proporcionaba su extenso y rico arzobispado para la empresa africana: la conquista de la estratégica plaza norteafricana de Orán, un paso más en la expansión imperial española y cuyo botín superó el medio millón de ducados de oro. Después se conquistó Mazalquivir, Bugía, Trípoli y Argel.
Esta nueva hazaña no frenó el declive físico de Fernando. El rey, el “viejo aragonés”, se moría. Acosado por una esposa mucho más joven, que ansiaba tener descendencia a toda costa, se rumoreaba que incluso tomaba extraños brebajes para fortalecer su ya caduca virilidad (no se había inventado aún la viagra). Falleció el 23 de enero de 1516, cuando se hallaba en una remota aldea extremeña, Madrigalejo.
Las palabras con que Zurita cierra su obra: “el más excelente Gobernador que tuvieron estos reinos”, es una expresión fiel del reconocimiento que España sentía por su gran rey. También Baltasar Gracián, en su obra “El político don Fernando el Católico”, hace de él el mayor elogio que pueda hacerse de un soberano. Con su cortante estilo escribe sobre él esta frase lapidaria: “Antepongo un rey a todos los pasados; propongo un rey a todos los venideros: don Fernando el católico, aquel gran maestro del arte de reinar, el oráculo mayor de la razón de Estado”. No se puede decir más de un gobernante. Superior a todos sus antecesores y modelo para todos los que le hayan de suceder. Y tan arraigada estaba esta convicción que hasta Felipe II (su bisnieto), cuando pasaba por delante de un retrato de Fernando, no podía por menos que saludar quitándose el sombrero. Y justificaba su gesto, diciendo: “A él se lo debemos todo”.
José Antonio Parra
PATRIMONIO Y FOLCLORE
Abiertos a contribuir a la conservación de tradiciones propias de la zona
CULTURA
GastronOMÍA
© 2024. All rights reserved.
Colaboramos para mantener vivas las tradiciones culinarias de la zona
Creación de actividades que sirvan para aumentar la formación de nuestros seguidores
contacto