HOMBRE ASOMADO A LA VENTANA
Vivir no es solo estar vivo, es condición general sí, pero no única. Quizás lo sea para el resto de seres vivos, pero no para nosotros los humanos. Nuestras vidas requieren de algo más, de sentir que estás vivo y que estarlo merece la pena. El hecho de ser seres con conciencia tiene sus ventajas, pero también sus inconvenientes.
ADOLFO M. VERDEJO
Adolfo M. Verdejo en Asociación la Tortuga de El Charco
8/13/20262 min read


HOMBRE ASOMADO A LA VENTANA
El título podría ser el de una obra pictórica, en analogía a la de Dalí, pero no es así; es más real, más próximo y más dramático.
Discurriendo por una de las calles de nuestra capital a una hora temprana, pero no madrugadora, divisé la silueta de un hombre asomado a la ventana de una tercera planta. El hecho, que verdaderamente no debía tener mayor importancia al ser algo frecuente, llamó poderosamente mi atención a pesar de la visión fugaz, no porque el hombre desapareciera en el interior de la vivienda sino porque proseguí mi camino sin pararme ni volverme para contemplarlo de nuevo. Sin embargo, algo en su actitud hizo que, mi imaginación siguiera ocupada en esa rápida imagen, mucho tiempo después de haber dejado de verlo.
Se hallaba de pie, los brazos colgando flácidos, la mirada perdida como viendo pasar la vida sin tomar parte en ella; era un hombre mayor sin ser anciano, con aspecto de jubilado pero, repito, no demasiado “viejo”.
Creo que esa actitud tan negativa ante la existencia es enormemente destructiva. Las causas? pueden ser numerosas: la familia, el desentenderse de la persona, como si de un mueble inservible se tratara, etc.; pero creo que la situación (habrá casos y casos) no tiene por qué ser achacada siempre exclusivamente a la familia que lo rodea; tal vez sea provocada por él mismo al ir desentendiéndose más y más de esa vida que aún le resta y que es únicamente suya, evadiéndose de su propio entorno, con olvido de amigos y de algún quehacer agradable que le haga sentirse útil y vivo, que mantenga así su atención y que le canse lo suficiente como para necesitar un descanso reparador, sin necesidad de recurrir a sedantes o somníferos.
Tengo permanentemente presente en mi memoria, lo que un amigo y compañero de profesión me contó sobre la muerte de su padre, que se quitó la vida. La hija del suicida y hermana de mi amigo que vivía en el piso de abajo, vio a su padre cuando se precipitaba en el vacío en su pirueta trágica y al ver su rostro, dijo más tarde llorando abrazada a su hermano:
¡Papá ya estaba muerto cuando caía!, tal era, al parecer, su impasibilidad, la ausencia de lo que le rodeaba en su fugaz caída.
¡Papá ya estaba muerto! porque había desertado de la vida mucho antes de perderla.
Adolfo M. Verdejo
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