IBN ARABÍ

Este personaje tan importante y tan poco conocido, es uno de los grandes personajes de la Murcia árabe, al menos el de mayor fama a nivel internacional. Coincidió en su época más joven con la etapa de máximo esplendor de la ciudad de Murcia, el reinado del Rey Lobo.

JOSÉ ANTONIO PARRA TOMÁS

José Antonio Parra en Asociación la Tortuga de El Charco.

3/31/20255 min read

“Esos dátiles no están maduros.

Deja de comerlos

o te entrará dolor de barriga”.

Eso cuenta Abú Bakr Muhammad bn Ali Ibn Arabi, que oyó decir a su padre mientras tiraba de él por las calles de Murcia camino al Hamman. Era el año 1169 e Ibn Arabí tenía apenas tres años, los mismos que le faltaban a Ibn Mardanís, rey de Murcia, para no ver más el azul del cielo.

El siglo XII es considerado por los expertos como la “Edad de Oro” de Madi Nat Mursiya, la Murcia árabe, que había sido fundada tres siglos antes por Abderramán II (año 825; por ello, este año se conmemora los 1.200 años de su fundación).

La ciudad era importante. Quince mezquitas aseguraban la comunicación con Alá, al amparo de una doble muralla jalonada por más de noventa torres. Vivió su esplendor durante el emirato de Ibn Mardanís, conocido por los cronistas castellanos como el rey Lobo.

En la Murcia de Ibn Mardanís imperaba una visión muy abierta del islam, en la que musulmanes y cristianos convivían sin restricciones. Probablemente, este ambiente de tolerancia dejó su huella en el Ibn Arabi niño.

Del Wadi al-Adyaid (el río blanco), el actual río Segura, fue surgiendo todo un entramado de acequias, acueductos, azudes y norias que hicieron florecer la agricultura. Apareció el cultivo de la seda y por primera vez –como hacíamos hasta hace unos años- los niños murcianos recogían hojas de morera en primavera para los gusanos de la seda. La cerámica murciana se exportaba a las repúblicas italianas y el barro de esta tierra acababa engalanando las mesas de los señores de la Toscana. El Reino fue independiente y su moneda de oro reconocida en toda Europa.

En el 1172, este mundo se desmorona con la derrota del rey Lobo. Murcia pasa a manos de los conquistadores almohades, que imponen una interpretación mucho más estricta del islam.

Fue en esa Murcia en la que nació y pasó sus primeros años Ibn Arabí, un pensador enigmático, un hombre extravagante, del que se cuenta que, cuando era niño, tuvo una visión en la que conoció a Moisés, Jesús y Mahoma. En la experiencia, Mahoma le dijo que él tenía un papel especial en la transmisión del conocimiento divino. Desde entonces, se dedicó a la vida espiritual y al estudio del sufismo, la corriente mística islámica que aboga por la profundización en el propio yo como modo de llegar al conocimiento de lo divino.

Ibn Arabí ha sido prácticamente desconocido en esta su tierra, hasta hace unas décadas (hoy, una de las avenidas importantes murcianas lleva su nombre); sin embargo, es considerado el culmen de la espiritualidad y la perfección en los países musulmanes. Su tumba, en la ciudad de Damasco, es muy venerada y tal vez ahora mismo es, posiblemente, el murciano más internacional que haya existido (con permiso de Carlitos Alcaraz).

Recibió una educación esmerada en Sevilla y viajó constantemente. Ceuta, Túnez, El Cairo, Jerusalén, Medina, La Meca, Bagdad, Mosul, Alepo y Damasco, fueron las ciudades que se pasaron el testigo de su presencia. En ellas se relacionaría con todo tipo de personas, algunas tan notables como el rey de Alepo, el soberano de Damasco o el sultán de Anatolia.

Siendo joven y viviendo aún en Sevilla, su padre lo llevó a Córdoba, ante el famoso juez y filósofo Averroes, quien en ese momento era una de las mentes más brillantes del pensamiento racionalista islámico.

Averroes, que defendía la filosofía aristotélica y la razón como medio para conocer la verdad, quiso poner a prueba al joven Ibn Arabí y le preguntó si lo que él había alcanzado en su conocimiento venía de la razón o de la revelación. Ibn Arabí, simplemente sonrió y respondió: "Sí y no. Entre la razón y la intuición hay un mundo de diferencia".

Averroes quedó impactado por esta respuesta. Según se dice, comprendió en ese momento que el conocimiento místico de los sufíes iba más allá de la lógica racionalista y que había una dimensión del saber que él mismo, a pesar de su genialidad, no podía alcanzar.

Esta anécdota ilustra la diferencia entre la filosofía racionalista y el misticismo sufí, que Ibn Arabí desarrollaría a lo largo de su vida, defendiendo que la verdadera comprensión de Dios y el universo no se obtiene solo a través de la razón, sino mediante la experiencia directa y la iluminación interior.

Ibn Arabí desarrolló una profunda filosofía basada en la unidad del ser, según la cual todo lo existente es una manifestación de Dios. Creía que el universo es un reflejo de la divinidad y que el conocimiento de Dios solo podía alcanzarse a través de la experiencia mística.

La obra de Ibn Arabí es inmensa. La producción de Ibn Arabi se estima en más de 850 obras, de las que han llegado hasta hoy más de medio centenar. Abarca desde la prosa rimada y la poesía, al relato y el diálogo. Los manuscritos de Ibn Arabí se reparten por las bibliotecas más importantes de los países islámicos.

Los temas son múltiples. En su Libro de la Majestad y la Belleza expone una concepción mística de la belleza, y en La joya del viaje a la presencia de los santos distingue el amor del espíritu, el del corazón, el del alma sensitiva y el de la razón. Se trata de una reflexión sobre el arrepentimiento, la creencia, la sinceridad, el anhelo, la pasión…

Pero su obra magna será Las revelaciones de la Meca. En ella nos presenta todo el saber y la ciencia tradicional del Islam bajo una visión unificadora. Metafísica, derecho, espiritualismo, letras, cosmología y otras ciencias que representan la unidad del saber que emana de Alá.

La escuela de Ibn Arabí refleja la tolerancia para la práctica religiosa, dejando a un lado las intransigencias. Si bien considera al Islam la mejor de todas las religiones:

“Hubo un tiempo en que yo reprochaba a mi prójimo,

Si su religión no está cercana a la mía;

Pero ya mi corazón acoge toda forma:

Es una pradera para las gacelas,

Un claustro para monjes,

Un templo para los ídolos,

Una ca’ba para el peregrino,

Las tablas de la Torá y el libro del Corán.

Yo profeso la religión del amor

Y, sea cualquiera la dirección que tome su cabalgadura,

Ésa es mi religión y mi fe”.

Este respeto por toda creencia es una de las muchas cosas que le granjearon en su tiempo los títulos “El más grande de los maestros” o “Sello de los Santos de Mahoma”.

Los postulados de este sabio murciano desatan todavía hoy, ocho siglos después, muy opuestas reacciones en el mundo islámico: En Arabia Saudí, cuna del ultraconservador wahabismo, sus libros están prohibidos.

Lo contrario sucede en Marruecos o Turquía, en cuyos centros de saber es una figura de referencia. Las enseñanzas de Ibn Arabí han sido también profundamente integradas en la tradición espiritual de Irán, pese a ser país de mayoría chií.

Tanto es así que el ayatolá Homeini, le recomendó su lectura a Gorbachov, en su famosa carta de 1989, en que pronosticaba la inminente caída del comunismo.

El corazón de Ibn Arabí, esa “pradera para las gacelas”, que tiempo atrás comenzó a latir a orillas del río Segura, se detuvo en 1240 en Damasco. A la sombra del monte Quasium, donde está su su tumba, el Imperio Otomano edificó una madrasa en la que se guarda su sepulcro.

A mediados del siglo XX, con objeto de abrir la que hoy es la Gran Vía “Salzillo”, se derribaron en Murcia los restos de los últimos baños musulmanes de la ciudad. Bajo la luz que horadaba su cúpula, fatigado y lleno de dátiles aún verdes, estuvo quizá un día un Ibn Arabí niño acompañado de su padre.

José Antonio Parra Tomás.