JESÚS Y EL BAUTISTA
En este nuevo capítulo de esta serie, se analizan los cuatro evangelios y su explicación de la relación que existió entre Juan el Bautista y Jesús, una relación que para los primeros cristianos supuso un elemento de duda, ya que el Bautista con el acto del propio bautismo de Jesús, se situaba por encima del propio Mesías, cuando debería haber sido al revés. Cómo se va conformando esta dependencia es lo que se resuelve en este capítulo.
JOSÉ ANTONIO PARRA-JESÚS DE NAZARET
José Antonio Parra en Asociación la Tortuga de El Charco
10/13/202618 min read


JESÚS Y EL BAUTISTA
Solemos pensar que Jesús, desde su infancia, tenía plena conciencia de que era el Hijo de Dios, que había venido a este mundo para predicar el Reino, que debía morir en la cruz, y que así salvaría a toda la humanidad. Y creemos que, por esa conciencia tan clara que Él tenía, en determinado momento de su vida (que ya estaba prefijado, y que Él conocía de antemano por ser Dios) abandonó la carpintería de Nazaret, donde se ganaba la vida trabajando, y salió a anunciar por los caminos la llegada del Reino de Dios, tal como su Padre del cielo le había encomendado.
Pero, las cosas no parecen haber sido tan simples. Porque, así como Jesús necesitó, como hombre que era, de ciertos factores humanos que lo ayudaran a cumplir su tarea en este mundo, así también no nos debe sorprender que haya necesitado de alguien que lo ayudara a descubrir, de algún modo, lo que su Padre del cielo requería de Él.
Y en esta tarea, quien desarrolló un papel fundamental fue Juan el Bautista. Todos sabemos, por los Evangelios, que este famoso predicador judío bautizó a Jesús. Pero, ¿eso fue todo lo que Juan hizo por Jesús? Si leemos con cuidado los Evangelios, más bien parece que no.
Hacia el siglo I de la era cristiana, la religión judía había caído en un profundo letargo. La situación política opresora que reinaba en el país, el cansancio moral por la espera de un Mesías que no llegaba nunca, la vida escandalosa de la clase gobernante judía (supuesta representante de Dios), y la degradación de los mismos sacerdotes del Templo, más preocupados por sus propios intereses que por animar la fe del pueblo, habían ido poco a poco enfriando la devoción de la gente, y desanimando la práctica religiosa.
Frente a este panorama, apareció un hombre que buscó inyectar nuevas fuerzas al judaísmo decadente y sacudirlo de su modorra. Era Juan, el hijo único de un sacerdote del Templo, llamado Zacarías. Juan había nacido en un pueblo de las montañas de Judá, llamado Ain Karen. No sabemos nada de su vida en el pueblo, pero sí conocemos que, alrededor del año 26, salió a predicar al desierto y allí formó un movimiento religioso extraordinario.
Juan vivía en medio del desierto, llevando una vida austera. Se vestía con una piel de camello y un cinturón de cuero, al estilo de los viejos profetas, y se alimentaba de langostas y miel silvestre (Mc 1,6).
Siempre se ha creído que Juan el Bautista fue simplemente el "Precursor" de Jesús, que vino a este mundo solo para bautizar a Jesús, para presentarlo en sociedad, para señalarlo con el dedo y decir: "Ese es el Cordero de Dios...Él tiene que crecer y yo disminuir...", etc. etc. Considerábamos que fue un personaje de "pasada", que vino a este mundo. Pero ahora, los nuevos estudios bíblicos sobre Jesús, han hecho descubrir un nuevo personaje en Juan el Bautista.
¿Cuáles son las fuentes para esos estudios? En primer lugar, los Evangelios, en los que tenemos cuatro descripciones de Juan el Bautista, y las cuatro son diferentes. Cuando empezamos a compararlas, descubrimos novedades para nuestro conocimiento. Y, en segundo lugar, tenemos al historiador judío Flavio Josefo (del que ya hemos hablado), que, en su segunda obra, “Antigüedades Judías”, nos presenta también la figura de Juan el Bautista. Y comprobamos que le dedica un amplísimo párrafo, mucho más largo que el dedicado al mismo Jesús, lo que demuestra la gran importancia que Juan tuvo en aquel tiempo. Por ello, vamos a referirnos a algunos momentos de la vida de Juan, sobre todo los relacionados con Jesús, que son los que, a nosotros lo que somos cristianos, más nos interesan.
En primer lugar, la gran originalidad de Juan el Bautista estuvo en presentarse a predicar en el desierto, y eso nos demuestra su gran oratoria y la gran capacidad de convocatoria que tenía. Y la gente iba al desierto a escucharle.
Otra originalidad que tuvo Juan fue inventar el bautismo. A nosotros, el bautismo nos resulta algo normal y cotidiano de nuestra cultura. Sin embargo, se han hecho estudios y se ha comprobado que nunca nadie, antes de Juan el Bautista, había bautizado a otra persona. El agua como elemento religioso es antiquísima y muchísimas culturas la han empleado, pero siempre para abluciones personales, y nunca en el sentido de purificación y perdón de los pecados. Nunca se había sumergido en el agua a nadie en el nombre de Dios. Su éxito fue extraordinario, y el cristianismo tomó de Juan ese rito. (Nota: en hebreo existen cinco palabras distintas para decir "desierto", por los diferentes tipos de desiertos: con arena, con rocas, con agua, con vegetación, mientras que en castellano solo tenemos una, y siempre nos hace pensar lo mismo: una inmensa llanura cubierta de dunas de fina arena. De modo que cuando la Biblia dice que Juan Bautista bautizaba en el desierto, muchos se preguntan: ¿y el agua?)
También, como una tercera originalidad, Juan fue la primera persona que empezó a predicar que estaba cerca el fin del mundo. Hasta ese momento, los profetas de Israel habían anunciado que se acercaba el fin de los tiempos, que en el lenguaje bíblico judío se conoce como el "Reino de Dios". En cualquier momento, Dios iba a intervenir en este mundo, se iban acabar las injusticias, se iba acabar todo el mal y Dios iba a ser el Rey. Pero, no decían cuándo iba a ocurrir eso. Sin embargo, Juan el Bautista es la primera persona, que se presenta diciendo que el Reino de Dios es inminente; que hay que cambiar de vida porque el Reino de Dios llega ya.
La gente que lo escuchaba, quedaba magnetizada por sus encendidos discursos y su talla moral. Y acudían de todos los rincones del país, para oírlo hablar y pedirle consejos. A los que aceptaban sus enseñanzas y buscaban un cambio de vida, Juan les pedía que, como señal de su arrepentimiento, se sometieran a un pequeño baño exterior: el bautismo, que él personalmente administraba en el río (Mc 1,4-5).
Juan desarrollaba su ministerio junto al río Jordán, pues esto le permitía practicar sus ceremonias acuáticas. Pero no tenía un lugar fijo. A veces, se instalaba en un tranquilo brazo del río, cerca de Betania, en la provincia de Perea (Jn 1,28). Otras veces, más al norte, “en Enón cerca de Salim” (Jn 3,22), en la provincia de Samaria. De hecho, Lucas afirma que Juan iba “por toda la región del Jordán” (Lc 3,3) en busca de oyentes, a quienes proclamar su mensaje y bautizar.
El éxito de este apasionado predicador fue extraordinario. No era posible permanecer indiferentes. Y muchos jóvenes, que se habían alejado de la fe, volvieron otra vez a encontrarse con Dios, se comprometieron a romper con su pasado, y aceptaron el lavado simbólico del bautismo que él les ofrecía.
Juan no pedía a nadie que se quedara con él. A todos los que bautizaba, los enviaba de vuelta a su vida anterior. Solo les pedía que cambiaran el corazón, y que estuvieran dispuestos a realizar buenas obras, cada uno en su ambiente (Lc 3, 8-14).
No obstante, poco a poco, se fue formando alrededor del Bautista, un pequeño grupo de discípulos, que lo acompañaba en sus recorridos bautismales (Jn 1,28-35-37), lo ayudaba en sus predicaciones (Jn 3,23), recibía de él enseñanzas más profundas (Jn 3, 26-30), y compartía su espiritualidad ascética del ayuno (Mc 2,18), de la oración (Lc 11,1), y quizás, al menos temporalmente, también del celibato.
A principios del año 27 d.C., un galileo llamado Jesús, seguramente en compañía de otros amigos, marchó desde Nazaret hasta el valle del Jordán, para ver y escuchar a Juan. La fama del Bautista había llegado hasta su pequeña aldea, y deseaba conocer la renovación espiritual que este predicaba.
Y allí, entre las áridas colinas y los desolados valles del desierto de Judea, Jesús pudo escuchar el mensaje escatológico de Juan, que se puede resumir en tres ideas:
a) el fin de la historia está a punto de llegar;
b) el pueblo de Israel se ha descarriado, y se halla en peligro de ser consumido por el fuego inminente del juicio de Dios;
c) es necesario cambiar de vida, y sellar ese compromiso haciéndose bautizar.
Podemos imaginar la honda impresión que causaría, en el galileo de Nazaret, el mensaje de Juan. Y, los exegetas piensan, que fue esto lo que despertó en Jesús su vocación religiosa posterior. La invitación al cambio radical de vida, que Juan dirigía a cada judío que se hacía bautizar, debió de haber tocado su interior de tal manera, que lo llevó a abandonar para siempre, la vida silenciosa que hasta entonces llevaba en Nazaret.
En efecto, sabemos que Jesús aceptó el mensaje de Juan, al igual que muchos otros israelitas, puesto que se hizo bautizar por él, como lo relatan los Evangelios sinópticos (Mt 3,13-17; Mc 1,9-11; Lc 3,21-22). El bautismo de Jesús sería uno de los momentos más importantes de la vida de Jesús, porque pudo ser el momento de su despertar religioso.
Los Evangelios nos cuentan el relato del bautismo de Jesús, pero de una forma muy curiosa, porque los cuatro Evangelios exponen cuatro versiones distintas. Pero, ¿por qué hay cuatro versiones distintas e incluso contradictorias? Pues porque el bautismo de Jesús fue un hecho muy escandaloso para los primeros cristianos; fue algo que de alguna manera "degradaba" a Jesús, y por eso los evangelistas hicieron estas "acomodaciones".
El primer evangelista que escribe es Marcos, y cuenta así el bautismo de Jesús: "En aquellos días, Jesús llegó desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Y al salir del agua, vio que los cielos se abrían y que el Espíritu Santo descendía sobre Él como una paloma; y una voz desde el cielo dijo: "Tú eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección".
Marcos dice que, cuando Juan bautizó a Jesús, ocurrieron tres cosas: la primera es que se abrieron los cielos. Es la respuesta a una oración del profeta Isaías, porque el pueblo de Israel se encontraba muy mal, y que decía así:
"Oh Señor, si se abrieran los cielos y descendieras para ayudarnos..." (Is, 64).
Pues bien, Marcos nos cuenta que, cuando Jesús se bautizó, se abrieron los cielos para decirnos que Jesús era la ayuda que Dios enviaba a su pueblo. Pero no era una ayuda cualquiera, era su propio Hijo.
La segunda cosa que sucede, es que nos dice Marcos que el Espíritu Santo descendió sobre Jesús. Se trata de otra profecía. El profeta Joel cuenta que, cuando llegue el final de los tiempos, el Espíritu de Dios descendería sobre la Tierra:
"Después de esto, derramaré mi Espíritu..." (Joel, 2. 28).
Pues bien, Marcos nos cuenta que el Espíritu descendió sobre Jesús, indicando que ya han llegado con Él el final de los tiempos.
Por último, la tercera cosa que sucede, es una voz que dice:
"Tú eres mi Hijo muy querido...".
Esto también se entiende a partir de un texto del profeta Isaías, el cual dijo que, en un momento determinado, aparecería un personaje que él llama "Siervo de Yahvé" y que traería la salvación a este mundo. ¿Cómo se le reconocería? Pues porque sería alguien muy amado por Dios:
“A quien yo sostengo, mi elegido, el preferido de mi corazón...” (Is, 42,1).
Pues bien, Marcos expone que se oyó una voz diciéndolo. Por tanto, Marcos expone claramente que Jesús es el enviado de Dios, el que tenía que venir.
Pero ahora, podemos hacernos la siguiente pregunta: ¿Por qué entonces, si pasó todo eso, Juan el Bautista no siguió a Jesús? Pues porque, según Marcos, el único que vio todos estos fenómenos fue Jesús: "vio que los cielos se abrían...", solamente lo vio Jesús; "vio que el Espíritu Santo descendía sobre él como una paloma...", solamente Jesús; y la voz le dijo "Tú eres mi Hijo muy querido, solamente lo oyó Jesús. Así es que nadie vio, ni nadie oyó nada, solamente Jesús.
Este relato del bautismo de Jesús fue un escándalo para la primitiva Iglesia cristiana. Hay que tener en cuenta una circunstancia: ¿Quién es más importante el que da o el que recibe? Siempre el que otorga es más importante, porque el que recibe, carece de algo que el que da, tiene. Por lo tanto, la gente se preguntaba ¿Quién es más importante, Juan o Jesús? Y la respuesta era que Juan, ya que había sido él quien había bautizado a Jesús, que era, pues, un subordinado.
¿Y qué fue lo que pasó? Comenzaron a formarse grupos de seguidores de Juan, y no querían seguir a Jesús, porque era un subordinado. Entonces, viendo que las comunidades seguidoras de Juan aumentaban, en detrimento de los seguidores de Jesús, hacia el año 80, Mateo escribe su Evangelio y cambia la versión del bautismo de Jesús. Dice así:
"Entonces Jesús vino de Galilea a Juan al Jordán, para ser bautizado por él. Mas Juan se le oponía, diciendo: Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí? Pero Jesús le respondió: Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia. Entonces le dejó. Y Jesús, después de ser bautizado, salió del agua; y se abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y se posaba sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco".
Este es el cambio que Mateo realiza en su Evangelio; Juan le pregunta:
“¿por qué vienes a mí, si yo debo ser bautizado por ti?”
Esta pregunta no se la hizo nunca Juan a Jesús, no existió. Era la pregunta que la gente se hacía sobre Jesús. La gente se preguntaba por qué Jesús fue a bautizarse por Juan, cuando Juan debió ser bautizado por Jesús. Si Jesús era el Mesías, el Hijo de Dios, Juan tendría que haber sido bautizado por Jesús. Entonces Mateo inventa esta pregunta, para poder dar una respuesta a su comunidad. Y en su Evangelio puso en boca de Juan esta pregunta, para que Jesús explicará el motivo:
"Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia".
Pero, este cambio que hizo Mateo al bautismo de Jesús, tampoco resolvió el problema del escándalo que supuso. La gente seguía opinando que si Jesús, por la razón que fuese, fue bautizado por Juan, este era superior a Jesús. Las comunidades seguidoras de Juan siguieron aumentando, y las cristianas disminuían. Comenzaron incluso a circular relatos extraordinarios sobre la infancia de Juan el Bautista: que un ángel anunció a su padre, Zacarías, el nacimiento de Juan, que si su madre Isabel era estéril y había sido curada milagrosamente. Todo ello para engrandecer la figura de Juan el Bautista.
Entonces Lucas escribe su Evangelio y lo cuenta así:
"Todo el pueblo se hacía bautizar, y también fue bautizado Jesús. Y mientras estaba orando, se abrió el cielo y el Espíritu Santo descendió sobre él en forma corporal, como una paloma. Se oyó entonces una voz del cielo: "Tú eres mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección".
Este es el cambio que hace Lucas. Dice que, cuando todo el pueblo se estaba bautizando, se bautizó también Jesús. Pero, ¿quién lo bautiza? No lo dice. Silencia al bautizador. Y uno puede pensar que sería Juan, pero no, porque un versículo antes dice:
"...el tetrarca Herodes hizo encarcelar a Juan...".
Es decir, Lucas hace encarcelar a Juan, para que cuando Jesús va a bautizarse no lo bautice Juan y, por tanto, no sea engrandecido ni encumbrado por encima de Jesús. Esa fue la solución que encontró Lucas. Pero el escándalo no disminuyó, porque la gente decía que, aunque no lo hubiera bautizado Juan, quien lo hubiera hecho, era más grande que Jesús.
Y las comunidades seguidoras de Juan siguieron aumentando, llegaron a Egipto, donde un tal Apolo, uno de los más grandes oradores de la antigüedad, era seguidor de Juan; aparecieron también varias en Éfeso, se multiplicaron. (Incluso han llegado hasta hoy. Hay un grupo en Oriente Medio, llamado los “mandeos”, que son seguidores de Juan el Bautista, y lo consideran el Mesías).
Y entonces, sobre el año 100, Juan escribe su Evangelio. Y Juan decide cortar por lo sano, y hace algo insólito: eliminó el bautismo de Jesús. Y cuenta que un día, Juan el Bautista ve a Jesús y dice:
"He ahí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. A Él me refería yo cuando dije: después de mí viene uno que es más importante que yo, porque existía antes que yo. He visto bajar el Espíritu sobre Él".
Pero, ¿cuándo vio bajar el Espíritu? No lo dice. No hay bautismo de Jesús.
Vemos, pues, como el tema del bautismo de Jesús, fue tan escandaloso para los primeros cristianos, que tuvo que ser tratado por los evangelistas de forma que, sin faltar a la verdad, convertirlo en una "buena noticia" para sus comunidades.
¿Qué pasó después del bautismo? El cuarto Evangelio parece ofrecer una pista. Si lo leemos atentamente, podemos encontrar ciertos indicios, que muestran que Jesús no se alejó inmediatamente de Juan, sino que se quedó algún tiempo, integrando el círculo más íntimo de sus discípulos.
Por tanto, para el cuarto Evangelio, el bautismo de Jesús no existió, porque no lo cuenta. Ahora bien, ¿qué hacía Jesús en medio del desierto, si no había ido a bautizarse? ¿Por qué andaba entre los discípulos de Juan, cuando este lo señaló como el Cordero de Dios? El cuarto Evangelio calla. No da ninguna explicación. Pero el sentido natural del relato, parece sugerir que Jesús se encontraba allí, porque formaba parte del grupo de discípulos del Bautista.
Un segundo indicio lo tenemos en el relato siguiente (Jn 1,35-57), en el que dos discípulos de Juan el Bautista, Andrés y otro anónimo, que por el contexto se deduce que es Felipe, reconocen a Jesús como Maestro y empiezan a seguirlo. Después, estos dos discípulos invitan a otros dos (Pedro y Natanael) para que también ellos se adhieran al nuevo Maestro.
Pero ¿cómo es que Andrés, y los otros discípulos del Bautista, conocen a Jesús en ese ambiente? La razón debió ser porque Jesús, al igual que estos otros discípulos, formaba parte del mismo grupo. Así, antes de que Jesús se hiciera bautizar, era un perfecto desconocido. Si en un determinado momento, algunos discípulos del Bautista, abandonaron a Juan para seguir a Jesús, es lógico suponer que Jesús llevaba en ese ambiente, el tiempo suficiente como para que los discípulos del Bautista pudieran conocerlo, y se sintieran impresionados y atraídos por Él.
El tercer indicio lo hallamos en Jn 3,22-4,3. Allí se narra que:
“Jesús se fue con sus discípulos al país de Judea; y permaneció un tiempo con ellos y bautizaba. Juan también estaba bautizando en Enón, cerca de Salim, porque allí había mucha agua, y la gente acudía y se bautizaba. Y se suscitó una discusión entre los discípulos de Juan y un judío sobre el tema de la purificación. Fueron, entonces, los discípulos a Juan y le dijeron: “Maestro, el que estaba contigo al otro lado del Jordán, aquél de quien diste testimonio, mira, está bautizando y todos se van con él”.
Este pasaje, en el que los discípulos de Juan acuden a su maestro para quejarse de Jesús, solo se entiende si Jesús fue, durante algún tiempo, discípulo de Juan. Así, podemos suponer que estos discípulos “quejosos”, sabían que Juan había bautizado a Jesús, lo había tenido un tiempo entre sus oyentes, lo había instruido e iniciado en su formación. Y ahora veían que Jesús había abandonado el grupo y se había puesto a bautizar por su cuenta, reuniendo sus propios discípulos y haciéndole la competencia, a quien fuera su formador y maestro. Solo suponiendo este trasfondo, se entiende claramente el sentimiento de enojo y rivalidad, surgido en el grupo de discípulos, que aún permanecían fieles a Juan.
El cuarto Evangelio continúa:
“Cuando Jesús se enteró de que había llegado a oídos de los fariseos que él hacía más discípulos y bautizaba más que Juan... abandonó Judea y se volvió a Galilea” (Jn 4,1-3).
Por tres veces, pues, el cuarto Evangelio nos dice que durante su vida pública Jesús bautizó, al menos por un tiempo. Fue, sin duda, una práctica adquirida de su antiguo formador, durante la época en que Él permaneció en su círculo.
Estos pasajes, que indicarían que Jesús estuvo en el grupo de discípulos del Bautista por un tiempo, no se encuentran en los Evangelios sinópticos, sino únicamente en el Evangelio de Juan. Y esto es lo más increíble y sorprendente. Porque hoy, los estudiosos enseñan que, una de las características del cuarto Evangelio, es que fue escrito precisamente para aclarar a los seguidores de Juan el Bautista, que no era este sino Jesús, el verdadero Mesías. Y, si a pesar de ello, el cuarto Evangelio conserva los recuerdos de un Jesús, que dependía del entorno de Juan, (en vez de mostrarlo totalmente autónomo como hubiera sido preferible) es quizás porque se trató de un hecho histórico, muy conocido por la comunidad a la que se escribía, y que resultaba imposible de ignorar.
Pero, que no fue fácil para los cristianos del cuarto Evangelio, conservar los recuerdos de un Jesús “bautizador”, se ve en el hecho de que, cuando ya se había terminado de escribir este Evangelio, una mano anónima le agregó una frase que decía:
“En realidad, no era Jesús el que bautizaba, sino sus discípulos” (Jn 4,2).
La mano anónima quiso, así, mostrar a Jesús lo más independiente posible de Juan. Pero, al no borrar las tres menciones anteriores, que decían que Jesús sí bautizaba, la frase quedó contradiciendo lo que el Evangelio había dicho antes, y hoy resulta evidente que se trata de un añadido posterior.
¿Cuánto tiempo pasó Jesús al lado de Juan? Es imposible saberlo. Se puede suponer que no mucho, pues la vida pública de Jesús duró solo tres años, y no queda demasiado margen para esta etapa.
Pero, los exegetas están convencidos que, en determinado momento, y mientras estaba en la comunidad del Bautista, Jesús “descubrió” su propia vocación. Sintió que su Padre lo llamaba a Él personalmente, para que se lanzara a predicar la Palabra de Dios por su propia cuenta. Fue entonces cuando Jesús decidió emprender su ministerio independiente. Pero durante ese tiempo, Jesús había ido madurando sus propias ideas, y por eso se lanzó con una predicación distinta a la de Juan: no ya anunciando el castigo inminente, sino la misericordia y el amor de Dios. Con una metodología diferente: no ya en los desiertos, sino recorriendo los pueblos y aldeas del país. Con una actitud de vida distinta: no ya ayunando y absteniéndose de bebidas, sino comiendo y bebiendo con los pecadores.
Nacía, así, el Jesús de los Evangelios.
Jesús, pues, no fue “discípulo” de Juan Bautista en el sentido técnico de la palabra, es decir, de un alumno que aprende los conceptos de un maestro. Pero sí en el sentido amplio, de alguien que compartió cierto tiempo en el círculo de otra persona.
Nos queda una inquietante y muy sensible pregunta. ¿Acaso Jesús no lo sabía todo? ¿No era el Hijo de Dios? ¿Cómo es que necesitó que alguien le iluminara su mente, para mostrarle el camino que debía seguir?
Ciertamente Jesús era Dios, pero también era plenamente hombre. Y una de las características de todo verdadero hombre es el lento aprendizaje de las cosas. Jesús debió de aprender a andar, a hablar, a leer, a escribir, a jugar con sus amigos de la aldea, es decir, debió haber experimentado la misma pedagogía de todo hombre, y así lo atestigua el Evangelio de Lucas cuando dice que en Nazaret “(el niño) Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres” (Lc 2,51-52).
Quizás una manera de explicar esta dualidad de Jesús, sea la de imaginar toda la inmensidad de agua de los océanos y mares de la Tierra. Si quisiéramos introducir toda esa agua, mediante un embudo con un estrecho orificio de salida, en una botella de un litro de capacidad, sería del todo imposible. Pues bien, en Jesús habitaba toda la divinidad, el Dios omnisciente, que todo lo sabe. Pero esa infinita sabiduría de Dios, para exteriorizarse, debía hacerlo por los estrechos conductos de un cerebro, una mente, y unas neuronas humanas, que no tenían capacidad para permitirle saberlo todo. Por eso, debió experimentar, de alguna manera, el mismo aprendizaje que sus hermanos los hombres.
Pensar que Jesús de Nazaret siempre supo todas las cosas, con total claridad y perfección, es tener una visión simplista e infantil del Señor. Desde que el Hijo de Dios se hizo hombre, Dios quiso obrar en Él a través de lo natural, es decir, del mundo a donde lo había enviado. Por eso, lo vemos “naturalmente” tener hambre, sed, calor, sueño, alegrías, penas, dudas, y morir cuando lo crucifican.
Y así como no nos resulta extraño, que la Virgen María fuera el “factor humano” necesario, para que Jesús pudiera nacer en el mundo, ni que san José fuera el “factor humano”, necesario para que Jesús tuviera una familia normal, conociera en su hogar las Escrituras y aprendiera un oficio manual, tampoco resulta extraño que Juan el Bautista pudiera haber sido el “factor humano”, gracias al cual Jesús descubriera la vocación, que lo llevó a emprender su ministerio. Dios puede hablar de mil modos y a través de cualquier circunstancia, y no contradice a la sana Teología el hecho de que le hubiera hablado a su Hijo a través de Juan el Bautista.
José Antonio Parra Tomás
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