LA MANÍA DE DECIR "¡Y PUNTO!"
Las frases cortas, hechas, son cómodas y son modas, como casi todo. Esas frases nos sirven como muletilla en conversaciones informales, del día a día con amigos y familiares, pero en ocasiones, la moda llega a tal extremo que podemos escucharlas de forma también cansina, en los medios de comunicación y así, ya llegamos a un estado de abuso que las hace insufribles.
ADOLFO M. VERDEJO
Adolfo M. Verdejo en Asociación la Tortuga de El Charco
6/28/20263 min read


LA MANÍA DE DECIR “¡Y PUNTO!"
Nuestra entrañable piel de toro es recorrida periódicamente, con periodicidad irregular pero inexorable, unas veces de forma bravía como las olas que rompen contra el acantilado y otras suavemente, como las ondas que acuden a reposar de su viaje en las cálidas arenas de las playas, por frases que en ocasiones han provocado la hilaridad televisiva o radiofónica al ser pronunciadas por algún show-man o show-girl, de fama más o menos esporádica, pero agigantada gracias al medio etéreo o bien emitidas con cierta fortuna por algún politicastro, con igual o mayor eco que en el caso anterior.
A partir de esa primera enunciación, que tras ese momento y en el primero de los casos, va a ser reiteradamente repetida diaria o semanalmente, según programa o serie de que se trata, el tiovivo nacional la irá re-descubriendo cotidianamente en el metro, cola del autobús, oficinas, talleres, hora del bocadillo y no habrá corro, reunión, cena, comida, boda o bautizo, en el que el chistoso de rigor o el gracioso de la familia, no esté esperando la ocasión, a veces ni ocasión ni nada, ya que a la tal señora la pintan calva, para soltarla a bocajarro.
No siempre la cita es humorística y ocurrente; a veces es simplemente cortante, insultante o apabullante y en ocasiones ni lo uno ni lo otro. Desde un tiempo a esta parte, nuestro país, que en estas cuestiones sufre permanentemente una situación endémica, vive la epidemia del y punto, llegando a límites inverosímiles en ciertos individuos que, de forma contumaz, no hay para ellos oración larga o corta, que no la terminen con un y punto, debiendo indicar con ello o deberían querer indicar con ello que, democráticamente por su parte, la conversación ha finalizado y ¡Dios fuera loado si así sucediese!, pero no, para nuestra desgracia no es así, la perorata continúa hasta el próximo y punto que no se demorará mucho, con lo cual su interlocutor o hace suya también la frase resultando a partir de ahí un diálogo entre telegrafistas en uso y abuso del código Morse, o bien se deja inundar por el monologante, librando si puede, de la inmersión, al menos los ojos, para poder lanzar a falta de otra arma arrojadiza, alguna que otra mirada fulminante que le haga comprender que nuestro diccionario posee la suficiente riqueza idiomática para no tener que encasillarse en frases que, oídas una vez, resulta probablemente ocurrentes, pero repetidas una u mil veces en todo lugar y circunstancia, harían flaquear en su pacientuda virtud, al mismísimo Job.
Un buen amigo, lector asiduo de prensa diaria y un pariente que sólo lee circunstancialmente, que no tienen en común nada más que la afición a las palomas, a la conversación y a la citada frase, pensarán si esto leen que lo escrito va por ellos, pero en honor a la verdad he de decir que, si es cierto que me he acordado de ambos, también lo es que, como apunto anteriormente, esta frase como otras muchas que nacen, se repiten hasta la saciedad y mueren en el olvido, constituyen una verdadera epidemia.
Creemos, los que aún tenemos alguna fe en la gramática, que, para indicar un punto ya sea en diálogo, disertación o monólogo, no hace falta anunciarlo verbalmente, sino observarlo, como el toque de silencio en los cuarteles, sin necesidad de apuntarlo como si de la redacción de un telegrama se tratara, medio este último en el que es casi obligado por la brevedad impuesta y para evitar falsas interpretaciones. Pues no parece muy correcto decir, por ejemplo: “vamos a casa de Ramón que tiene un vinillo blanco que eleva el espíritu y unas berenjenas de Almagro que te chupas los dedos”, y añadir y punto; simplemente te chupas los dedos y te callas. Y quedas más bonico.
Adolfo M. Verdejo
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