LA OREJA DE JENKINS

Lo de nuestra querida España es a veces, difícil de entender. Que el resto del mundo nos haya maltratado por envidia muchas veces y por ansiar parte del poder y riquezas del Imperio Español, tiene un pase, pero que nosotros hayamos hecho tradicionalmente lo mismo, requiere de un estudio serio que va más allá de las consecuencias de la Leyenda Negra, que desde Bartolomé de las Casas nos acompaña formando parte indisociable de nuestra falsa historia. El episodio de Blas de Lezo y su defensa de Cartagena de Indias debería ser igual de recordado aquí, que en Colombia, pero para eso, deberíamos dejar de ser lo que somos.

JOSÉ ANTONIO PARRA TOMÁS

José Antonio Parra en Asociación la Tortuga de El Charco

5/24/20267 min read

LA OREJA DE JENKINS

Con la guerra de Sucesión española, y la firma del Tratado de Utrecht (1713), Inglaterra (como siempre) obtuvo grandes beneficios. En Utrecht se firmó la paz, que puso fin al conflicto sucesorio en la monarquía española a favor de Felipe V, pero Inglaterra logró quedarse con el peñón de Gibraltar y con la isla de Menorca. Estas fueron pérdidas tan dolorosas, que hicieron olvidar otras cuestiones sumamente importantes, que también consiguieron en el Tratado, como por ejemplo el llamado “Navío de permiso” y el “Asiento de negros”.

El “Navío de permiso” consistía en la autorización otorgada por la corona española, por la que se concedía a Inglaterra, a enviar un barco al año a las colonias españolas americanas, para comerciar con ellas, con una capacidad de carga máxima de 500 toneladas, Esta concesión, fue aprovechada por los ingleses, para ejercer un contrabando, al repostar el barco en alta mar con nuevos géneros, provenientes de Jamaica (colonia inglesa, arrebatada a España en 1655), y volver a puerto para intercambiar estas mercancías.

El "Asiento de Negros", consistía en el monopolio que se concedió, también, por la corona española a Inglaterra, para la captura de negros en África, y poder venderlos como esclavos en la América española. Se fijó que, anualmente, Inglaterra podía traficar con 5000 esclavos negros, y todo esto, durante un periodo de treinta años.

Inglaterra tenía como objetivo, convertir nuestras colonias en un mercado donde colocar sus productos y, por lo tanto, el contrabando por parte de mercantes ingleses era constante, perjudicando de forma muy grave los intereses españoles. Se producían constantes incidentes, entre barcos ingleses y españoles. Y, uno de esos incidentes, fue utilizado por Inglaterra como pretexto, para declararnos la guerra y tratar, una vez más, de arrebatar a España sus posesiones americanas.

El incidente se produjo cuando un barco contrabandista inglés, el Rebecca, al mando de un tal Robert Jenkins, fue apresado por un guardacostas español, el Isabela, que mandaba el capitán Juan León Fandiño. Parece ser que el capitán inglés se puso “chulo”, y Fandiño que, por lo visto, era igual de chulo y, además, tenía “malas pulgas”, pensó en colgarlo de un mástil, pero finalmente optó por darle un escarmiento. Requisó las mercancías, que no habían tenido tiempo los ingleses de arrojar por la borda, y le cortó una oreja al tal Jenkins, diciéndole: “Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré, si a lo mismo se atreve”. Jenkins regresó a Inglaterra y le hicieron comparecer en el Parlamento, llevando la oreja metida en un frasco, donde la había conservado durante la travesía.

El escándalo que montaron los tories fue monumental. Los tories es el nombre coloquial con el que se conoce a los miembros y simpatizantes del Partido Conservador del Reino Unido, una de las principales fuerzas políticas del país, de ideología de centroderecha. La palabra proviene de un antiguo término irlandés (tóraidhe) que significa "bandido" o "forajido".

Los tories imprimieron folletos, panfletos, realizaron discursos patrióticos y lanzaron tal campaña de propaganda contra España que, el primer ministro, Robert Walpole, del partido Whig, y que no estaba por romper las hostilidades, se vio obligado a declararnos la guerra, para tranquilizar a los tories y dar satisfacción a la poderosa burguesía inglesa, que tenía grandes intereses en el contrabando y el comercio ilícito, que llevaban a cabo en América.

La flota española contaba con dieciocho navíos de línea, y un número inferior de fragatas, varias de ellas inservibles, y algunos barcos menores. No disponía del poderío naval necesario para defender nuestras colonias. La marina inglesa contaba con cerca de cien navíos de línea, y la suma de sus fragatas y embarcaciones menores era casi el doble.

La superioridad británica era tal, que les perdió su soberbia. Llegados a las costas del Caribe, bombardearon y saquearon Portobello, en el istmo de Panamá, defendida por tan solo 700 hombres. Este suceso fue celebrado en Inglaterra de forma desmesurada, con fiestas públicas, canciones, medallas, incluso, esa victoria, dio nombre a la calle Portobello Road, en Londres.

Después, la impresionante flota del almirante Vernon, puso rumbo a Cartagena de Indias. Su propósito era conquistar la plaza, que era la piedra angular en el sistema defensivo colonial español, y puerta de acceso para la conquista de toda la América Central. Si Cartagena de Indias caía, los ingleses dispondrían de una cabeza de puente, desde la que dividir el Imperio español y cortar las comunicaciones del virreinato de Perú, con el virreinato de Nueva España, y con Madrid.

Después de lo ocurrido en Portobello, los ingleses estaban convencidos de que Cartagena de Indias sería una presa fácil, pese a la protección de sus fuertes bastiones y murallas. Sabían que militarmente estaba defendida por el almirante Blas de Lezo, pero que solo disponía de seis barcos y 3000 hombres.

Tan segura estaba de su poder naval, que Inglaterra decidió acuñar una medalla conmemorativa de su victoria, donde podía leerse: “El orgullo de España humillado ante el almirante Vernon”, y se veía a Blas de Lezo arrodillado ante Vernon, entregándole su espada y rindiendo Cartagena de Indias. Como suele decirse, vendieron la piel del oso antes de cazarlo.

Inglaterra preparó la mayor flota de desembarco que conoció la Historia, hasta el desembarco de Normandía: 186 buques y 29000 hombres (entre ellos 2700 hombres de sus colonias norteamericanas, al mando del hermano de George Washington), y cerca de 3000 piezas de artillería.

Blas de Lezo, al que llamaban medio hombre, porque había quedado tuerto, manco y sin una pierna, resultado de tres mutilaciones en combates, de entre los muchos que libró en la mar, la mayor parte de ellos contra los ingleses, organizó la defensa de la plaza con inteligencia, valor y aprovechamiento óptimo de los recursos. Hundió barcos viejos para bloquear las entradas a la bahía, reforzó fortificaciones, uso la artillería de forma muy eficiente, y se aprovechó de la ayuda que le otorgaba el clima y las enfermedades tropicales. Los ingleses sufrieron fiebre amarilla, malaria y disentería, que les produjo enormes bajas. Así, el asalto al castillo de San Felipe, fue un desastre. Las tropas inglesas acabaron derrotadas de manera humillante.

Los hechos son de sobra conocidos. Solo voy a contar que, cuando a Londres llegó la noticia, de que su flota había sufrido un gravísimo descalabro, ante los muros de Cartagena de Indias, el mayor sufrido en su historia, su rey ordenó que se recogieran todas las medallas realizadas, y se fundieran para hacerlas desaparecer. Jorge II llegó más lejos. Prohibió que se hablase de lo ocurrido en Cartagena de Indias. No podía soportar la humillación de aquella derrota y, menos aún, el ridículo que suponía haber acuñado esa medalla.

Los ingleses han logrado ocultar este hecho para el gran público, pasando de puntillas por él en su historia, y deben estar frotándose los ojos, de que los españoles hayamos hecho lo mismo. Salvo en el ámbito de la Armada, donde sí es reconocido, ya que una de nuestras fragatas (F-103) lleva el nombre de Blas de Lezo, los libros de historia españoles, también pasan de puntillas sobre el episodio, y es un suceso que no se estudia en colegios ni institutos.

Blas de Lezo fue humillado, sí, pero no por los ingleses, sino por el virrey español Sebastián de Eslava, quien reiteradamente menospreció los criterios militares de Blas de Lezo, imponiendo los suyos, para, una vez constatado su fracaso, tener que volver a los de su subordinado.

Cuando se produjo la victoria española, el virrey Eslava escribió a la Corte difamando a Lezo, y la Corte de Madrid le hizo caso y degradó al héroe, dejándole en la pobreza a él y a su mujer e hijos. Blas de Lezo, gravemente enfermo, murió semanas después de la batalla. Fue rehabilitado en 1760, cuando Carlos III le repuso en sus cargos a título póstumo, y otorgó a sus descendientes el marquesado de Ovieco, título nobiliario que aún existe en la actualidad.

El almirante Blas de Lezo es un héroe muy conocido y querido en Colombia, que le rinde homenaje de varias maneras: barrios, avenidas y plazas lo conmemoran en sus nombres, y su estatua frente al castillo San Felipe mantiene vivo entre los cartageneros el recuerdo del defensor de su ciudad. Es también, en buena medida, responsable de que más de cuatrocientos millones de americanos hablen español, y de que continúen siendo católicos en su gran mayoría.

Porque ¿qué hubiera pasado si el almirante vasco hubiera perdido la batalla de Cartagena de Indias en 1741, frente a la gigantesca tropa de desembarco, preparada por Inglaterra para apoderarse de los virreinatos españoles? ¿Habrían respetado los ingleses de aquella época, virulentamente anticatólicos, la profunda idiosincrasia de la América española y la huella dejada por la Iglesia desde 1492?

Con los acuerdos de paz, que se firmaron en la ciudad de Aquisgrán, en 1748, se puso fin a la guerra, que los ingleses denominaban de la Oreja de Jenkins. España renovó tanto el “Navío de permiso” como el “Asiento de negros”, que se había interrumpido durante la guerra. Pero, esta renovación duró apenas dos años, ya que, por el Tratado de Madrid, firmado el 5 de octubre de 1750, se cancelaban ambos derechos establecidos en el Tratado de Utrecht.

Como compensación, la corona española se comprometía a pagar a la South Sea Company, la cantidad de 100.000 libras en varios plazos. El resultado de todo ello es, que se terminaba el derecho del comercio británico en la América española, aunque la trata de esclavos, por comerciantes británicos, continuó de forma ilegal desde la isla de Jamaica y desde Belice, que los ingleses se negaron a abandonar.

Aquella guerra demostró que, en el siglo XVIII, el Caribe era uno de los lugares estratégicos más importantes. Por allí circulaban la plata americana, el azúcar, los esclavos, el tabaco y enormes fortunas comerciales.

Esta hazaña de Blas de Lezo, injustamente marginada en la Historia de España, cobra vida en la novela histórica de José Antonio Pérez-Foncea “El héroe del Caribe”.

La novela, pone algo más que un granito de arena en revertir una situación que, en los últimos años se ha ido paliando, desde que el escritor colombiano Pablo Victoria, en su novela: “El día que España derrotó a Inglaterra”, rescatase para nuestra memoria colectiva a un Blas de Lezo que, J. A. Pérez-Foncea recrea ahora, en una novela histórica muy bien documentada. De hecho, incluye la transcripción íntegra del diario del almirante Lezo, desde el 13 de marzo al 20 de mayo de 1741, un texto clave de nuestra historia.

José Antonio Parra Tomás