LA PRINCESA PACA

Francisca fue sin lugar a dudas el gran amor de Rubén Darío, el máximo exponente del modernismo literario en lengua española, pero no fue su mujer "oficial", ya que Rubén estaba casado en circunstancias complicadas (forzado) en Nicaragua. A veces nos puede sorprender este tipo de flechazos entre escritores de alma sublime y una persona como Francisca, campesina analfabeta. Pero el amor y la complejidad del ser humano, son impredecibles

JOSÉ ANTONIO PARRA TOMÁS

José Antonio Parra en Asociación la Tortuga de El charco

2/8/20268 min read

LA PRINCESA PACA

Se cumplen ahora 110 años del fallecimiento en Nicaragua de Rubén Darío, el poeta que ha tenido una mayor y más duradera influencia en la poesía del siglo XX en el ámbito hispano, y que por ello es llamado “príncipe de las letras castellanas”.

En octubre de 1914, partió desde el puerto de Barcelona con destino a Centroamérica, el barco “Antonio López”. En el muelle, Francisca Sánchez del Pozo se despide entre lágrimas de su amado, Rubén Darío, máximo representante del modernismo literario en lengua española, que se marcha para impartir conferencias de paz en tiempos de guerra. Fue la última de muchas despedidas, nunca más volvería a ver a su amado poeta.

Catorce meses después, una mañana, Francisca se entera por la prensa de que el padre de su hijo, también llamado Rubén, ha fallecido en su casa natal de Nicaragua. Una cirrosis aguda acabó con su vida, el 6 de febrero de 1916, recién cumplidos los 49 años. La distancia y la falta de recursos de la época, le impiden despedirse de él en el lecho de muerte. Sufre en silencio su ausencia y le guarda riguroso luto durante años. Se aferra entonces a un baúl azul, que había comprado cuando ambos vivieron juntos en París, y en el que guardó durante 40 años el legado literario, las cartas y objetos personales del poeta nicaragüense.

Esa fue la voluntad de Rubén Darío en los cuatro testamentos que redactó a lo largo de su vida. Cada vez que emprendía un viaje largo, Rubén Darío dejaba escrita su última voluntad. Era muy supersticioso y le agobiaba que a su querida Francisca le faltara algo, especialmente dinero. En el último testamento, redactado unos días antes de fallecer, el poeta nombra heredero universal de sus bienes (es decir, su obra) al hijo de ambos, Rubén Darío Sánchez (Güicho, como le llamaba cariñosamente el poeta), que se quedó huérfano de padre a los 9 años, en 1916, y que murió joven en México.

Pero él no fue el único beneficiario. Rosario Murillo también estaba en el testamento, aunque fue incluida tras la muerte de Rubén Darío, y por imperativo legal. Apodada la “Garza Morena”, fue la única mujer, de los tres amores del poeta, que llegó a ser su esposa. Eso sí, bajo los efectos del alcohol y a punta de pistola, aunque se trató de una boda a todos los efectos. Por eso, se le otorgó una legítima de 1.600 reales por la obra literaria del autor, correspondiente a lo que había escrito mientras vivía en Nicaragua.

Rubén Darío se arrepintió toda su vida de ese matrimonio forzoso, que quiso romper y no pudo, a pesar de pedírselo al papa León XIII, y de conseguir que el Parlamento de Nicaragua creara la “Ley Darío” del divorcio. Una normativa que finalmente no le sirvió. En el testamento no venía reflejado lo más importante: Francisca Sánchez se encargaría de proteger su memoria y su legado artístico. Ella fue su verdadero amor y también su guía. Los derechos de autor, hasta la mayoría de edad de su hijo Güicho, los cobró Francisca Sánchez.

Después de cinco años de riguroso luto, Francisca Sánchez se volvió a casar en 1921, con José Villacastín, un terrateniente de Navalsauz (Ávila). Con él tuvo dos hijos. El varón murió de niño, y la niña, Carmen, es la madre de Rosa Villacastín, la famosa periodista. Con él viajó hasta Nicaragua para visitar la tumba de Rubén, y también fundó una editorial para reeditar su extensa obra literaria. José Villacastín gastó todo su dinero en rememorar al poeta. Francisca falleció con 84 años y descansa en el cementerio de Carabanchel (Madrid) desde agosto de 1963. Su príncipe, en la catedral de Nicaragua. Su epitafio es de Rubén Darío:

“Seguramente, Dios te ha conducido para regar el árbol de mi fe, hacia la fuente de noche y de olvido, Francisca Sánchez, acompáñame…”.

Una vida de novela que quiso rememorar Rosa Villacastín en “La princesa Paca” (publicada en 2014 por Plaza y Janés), un relato real del que ella forma parte en calidad de nieta de Francisca Sánchez, y cuyo coautor es el también escritor Manuel Reina.

Francisca pudo ser una mujer rica, pero nunca le movió el dinero, pese a las necesidades que pasó y las muchas ofertas que le hicieron por los documentos, que guardó celosamente durante más de 40 años en el famoso baúl azul. Ella siempre dijo que quería que todo lo que había en su interior se quedara en España, como así fue, para que no se desperdigase y se le diera el valor que tenía.

Una tarde de otoño de 1956 en Navalsauz (Ávila), Francisca recibió la visita del poeta cartagenero Antonio Oliver Belmás y de su mujer, también cartagenera, la escritora Carmen Conde Abellán. Ellos la convencieron para que donara todo el tesoro literario y personal de Rubén Darío, formado por cerca de 5000 documentos, al Estado español. Francisca había rechazado importantes ofertas económicas, llegadas de España y Latinoamérica, y se decidió porque todo su archivo terminara en la Universidad Complutense de Madrid. Solo pidió a cambio que se le pagaran los estudios a su nieta Rosi (como cariñosamente la llamaba). Rosa Villacastín fue testigo de aquel encuentro: “Desde que nací, dormí con mi abuela, ya que mi madre se encontraba muy débil por el parto”. Aquella tarde, Rosa Villacastín descubrió que Rubén Darío había sido el gran amor de su abuela.

Todos los objetos personales, manuscritos, cuadernos y cartas del poeta y su entorno, que Francisca conservó, fue organizado y clasificado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid (hoy Complutense), y constituye el “Archivo Rubén Darío”, obra indispensable para investigar en profundidad la vida y obra del poeta. En el año 2008 el Archivo se trasladó a la Biblioteca Histórica, institución que alberga y da servicio público del Archivo, acontecimiento que fue celebrado con la organización ese mismo año de la exposición "Rubén Darío: las huellas del poeta”, donde participaron destacados especialistas en la vida y figura de Darío.

El flechazo se produjo en la primavera de 1899, cuando sus miradas se cruzaron por primera vez en los jardines de Sabatini, del palacio real de Madrid. Él, enviado especial del diario argentino “La Nación”, paseaba con Ramón del Valle-Inclán. Ella, una campesina analfabeta, hija de un jardinero del palacio real, le agasajó con una flor. El poeta quedó tan prendado de la belleza y frescura de Francisca, que entonces tenía 24 años, que volvió días después, esta vez sin compañía.

Este fue solo el principio de un noviazgo, que contó con una “petición de mano” especial, sin boda, ya que Rubén Darío estaba casado legalmente en Nicaragua con Rosario Murillo. En el mes de octubre de ese mismo año, el escritor nicaragüense se decidió a ir a Navalsauz para pedir su mano a sus padres, en un momento que coincidía precisamente con las fiestas patronales de la localidad en honor a la Virgen del Rosario. Rubén Darío acudiría hasta la ciudad de Ávila en tren y luego recorrería los más de 60 kilómetros que separan la capital abulense de Navalsauz a lomos de un burro. Un momento que el nicaragüense plasmó en una de sus crónicas más aplaudidas, titulada “Fiesta campesina”:

… ¡Bello día en el fragante y bondadoso campo! Sale un claro

sol, comienzan a verse las ovejas, … Y mi burrito sigue

Impertérrito, en tanto que me llegan de repente soplos de los

bosques, olientes a la hoja del pino. …

El mismo año en que se conocieron, la pareja alquiló un piso en Madrid, en la calle Marqués de Santa Ana, 29. Compraron muebles: dormitorio, comedor, cocina y una habitación que se habilitó como despacho para él. Allí vivieron, como una pareja cualquiera, una vida con alegrías y desdichas, no siempre fácil, con los quehaceres cotidianos, donde hubo momentos de riqueza y no pocos de estrecheces económicas, debido principalmente a la vida bohemia del escritor, su adicción al alcohol y a su fragilidad emocional.

Francisca era una cocinera especial y se hizo popular por sus almuerzos entre los amigos del poeta. A su mesa se sentaban asiduamente otros literatos como Villaespesa, Valle-Inclán, Antonio y Manuel Machado, Azorín, Benavente... La sopa de ajo, las chuletas de cerdo adobadas y los chorizos de Navalsauz, entusiasmaban a Rubén. Se hacía traer frijoles de su país, y enseñó a Francisca a cocinarlos. Le gustaba terminar con un postre casero y nunca bebía vino en las comidas, siempre agua.

En 1901, el periódico “La Nación” requiere al poeta como corresponsal en París. Francisca se marcha con él. Vivieron allí varios años. Lo justo para que ella aprendiera a leer y escribir. Tuvo como maestros a Rubén y al poeta mexicano Amado Nervo, que vivió con ellos una temporada. Nervo fue quien la bautizó como “la princesa Paca”. Rubén le elegía los trajes, los abrigos, las joyas... Y ella lo lucía, como si toda la vida hubiese vestido de ese modo. “Madame Darío” la llamaban los franceses al tratarla. Desde allí eligieron la orilla del Nalón en Asturias, la pintoresca Valldemosa (Palma de Mallorca) y Málaga como lugar de veraneo y descanso.

En París, en 1911, fueron los anfitriones de Antonio Machado y su esposa Leonor Izquierdo. Machado disponía de una beca para ampliar estudios en la capital francesa. En el mes de julio enfermó Leonor de tuberculosis, teniendo que ser ingresada en un sanatorio varias semanas, y fue Francisca quien la cuidó todo el tiempo.

A pesar de que juntos vivieron momentos maravillosos, pasaban largas temporadas separados. Rubén Darío viajaba mucho para dar conferencias y en busca de inspiración. Esto hizo que, en los momentos más cruciales de la vida de Francisca, Rubén no estuviera a su lado. Así, se perdió el nacimiento de los cuatro hijos que tuvo con ella, la muerte de los tres primeros y el bautizo y la comunión de su hijo Rubén.

A ella le dolían las prolongadas separaciones de su amado; él le hacía firmes promesas y ruegos de que le fuese fiel. Y fiel le fue. No se atrevieron ni a hacerle proposiciones; su postura moral les rechazaba de antemano. Y, aunque no vivía espléndidamente, ella sabía que tenía más que todas, porque era la amada de un príncipe. Su relación epistolar era lo que mantenía viva la llama:

“Hoy te escribo, aunque hace mucho calor, porque te quiero tanto que no quiero que pase un día que no hable contigo. Te tengo un inmenso cariño y no quiero, sino que seas dichosa y no pases nunca un mal día”.

Ella fue su musa, a su lado escribió algunas de sus obras magistrales como “Cantos de vida y esperanza”, “Tierras Solares” o “El canto errante”, uno de los textos más conmovedores de Rubén Darío. Francisca pasaba las noches en vela a su lado, cosiendo y practicando la escritura, para que a él no se le fuera la inspiración, y evitar que cayera en las garras del alcohol. Solo conseguía estar abstemio cuando pasaba largas temporadas con ella. La historia ha sido injusta con Francisca, por el hecho de no ser la esposa legítima. En figuras determinantes de la historia como Rubén Darío, su biografía es fundamental para entender la obra. En este caso el amor entre ambos fue imprescindible para el devenir de todo. “Francisca fue una avanzada a su época en muchos aspectos”, asegura Manuel Reina, coautor de la novela.

Sobre la novela “La princesa Paca”, se produjo una película, protagonizada por Irene Escolar y Daniel Holguín, que fue emitida por RTVE en abril de 2017. Se puede ver en internet.

José Antonio Parra Tomás