LA VIRUELA
De la viruela ya no nos acordamos más que por aquello que leemos o escuchamos, pero fue una enfermedad que acabó con la vida de miles de personas hasta su erradicación, a la que contribuyó enormemente el doctor Balmis. En este episodio, referente de lo que fue el Imperio Español, también forma parte y de manera importante, la enfermera Isabel Zendal (de la que recibe el nombre el conocido hospital madrileño) y otro doctor, José Salvany.
JOSÉ ANTONIO PARRA TOMÁS
José Antonio Parra en Asociación la Tortuga de El Charco
4/12/20267 min read


LA VIRUELA
Los mayores hallazgos de la medicina tienen una historia detrás, que muchos guionistas de Hollywood descartarían por poco creíble. Y la erradicación de la viruela es un relato épico, científicamente atrevido e, incluso, éticamente cuestionable hoy en día.
De hecho, aunque no fue hasta el 8 de mayo de 1980 cuando la Organización Mundial de la Salud dio por eliminada la enfermedad, desde hacía ya cientos de años se luchaba contra un virus que, durante el siglo XVIII, produjo gran número de brotes epidémicos con una elevada tasa de mortalidad, y que dejaba en los supervivientes temibles secuelas, como ceguera o desfiguración en el rostro.
Esta aventura arrancó en 1796, con el hallazgo, por el médico ingles Edward Jenner, de que la infección con el virus de las vacas inmunizaba a los humanos y, con ello, la vacuna contra la viruela. El problema consistía en extender la vacunación, ya que en la época, los transportes eran lentos y no había sistemas de refrigeración.
Ahí es cuando toma el protagonismo Francisco Javier Balmis y Berenguer, médico español de la corte de Carlos IV, que convenció al rey de la importancia de financiar el traslado a la América española, de la vacuna para paliar el imparable crecimiento de la cifra de muertes, donde la enfermedad llegó en 1518 con los primeros colonos españoles.
Fueron tres las circunstancias que favorecieron el desarrollo de la expedición propuesta por Balmis: existía una vacuna para combatirla; la Corona estaba sensibilizada por haberla padecido varios miembros de la familia real; y las colonias americanas reclamaban una acción del Gobierno para mitigar las epidemias que las asolaban.
Así, el médico español, puso en marcha la que sería la primera misión humanitaria de la historia, bautizada oficialmente como Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, que partió de La Coruña el 30 de noviembre de 1803, y que pretendía vacunar a miles de personas contra la viruela, un hito en la salud pública al contribuir a su erradicación.
La importancia de esta iniciativa no estaba, únicamente, en ser la primera que propuso la vacunación en masa, sino en su dimensión geográfica y demográfica. No solo alcanzó a los habitantes de América, sino que llegó también a las islas Filipinas, China y Japón.
Según la Real Orden de 29 de junio de 1803, "el Rey, celoso de la felicidad de sus vasallos, se ha servido resolver, oído el dictamen del Consejo y de algunos sabios, que se propague a ambas Américas y, si fuese posible, a las Islas Philipinas, a costa del Real Erario, la inoculación de la vacuna, acreditada en España y en casi toda Europa como un preservativo de las viruelas naturales”.
Para conseguir tal objetivo, Balmis planteó que el único método para transportar el remedio en perfectas condiciones era utilizando seres humanos, ya que entonces era imposible trasladar la vacuna al no contar con refrigeración ni con una técnica capaz de mantener con vida el virus debilitado durante un viaje tan largo.
Desde luego, el método era original, aunque muy delicado. El médico sugirió utilizar a 22 niños expósitos, para que hicieran de transmisores del virus y la vacuna, durante el viaje de España a América, una práctica éticamente aceptada en aquellos años.
Técnicamente era posible transportar el virus de la vacuna a través del Atlántico, y su mantenimiento mediante infecciones en niños, fue una idea brillante, que permitió llevar la vacuna en un estado activo. La ingeniosa empresa, que permitió salvar miles de vidas humanas de los efectos de la viruela, consistió en llevar la vacuna en el propio cuerpo de los niños, a los que se les iba inoculando de forma escalonada, de dos en dos, para mantenerla viva durante la travesía. De este modo se aseguraba la viabilidad del virus llevado en el fluido pustuloso y, como consecuencia, su capacidad de provocar una respuesta inmunológica, es decir, el efecto buscado de la protección por la vacuna.
Entonces se utilizó niños que no habían padecido viruela, en vez de adultos para no interferir en el proceso inmunitario. Desde luego, el experimento no habría sido aprobado hoy por un comité de ética.
Los niños tenían entre 3 y 10 años, la mayoría no tenía apellidos. Siendo expósitos, nadie pudo dar el consentimiento para el viaje, que fue largo, incierto y peligroso, aunque en aquella época, las perspectivas de vida para los niños eran muy duras, incluso sin la expedición.
Estos niños, pues, no tenían familia, no sabían dónde iban, y cruzaron medio mundo sin comprenderlo, pero gracias a ellos se salvó las vidas de cientos de miles de personas, frente a la viruela.
La encargada de cuidar a los niños fue Isabel Zendal, una enfermera española, rectora del Orfanato de la Caridad de La Coruña. En 1950, la Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoció a Isabel Zendal, como la primera enfermera de la historia en misión internacional. Ella cuidó y protegió a los niños durante todo el viaje, asegurándose que sobrevivieran en condiciones muy duras.
Cada niño recibía un hatillo que contenía: dos pares de zapatos, seis camisas, un sombrero, tres pantalones con sus respectivas chaquetas de lienzo y otro pantalón más de paño para los días más fríos. Para el aseo personal: tres pañuelos para el cuello, otros tres para la nariz y un peine; y para comer: un vaso, un plato y un juego completo de cubiertos.
Muchos historiadores piensan que, dentro del contexto de principios del siglo XIX, la situación de los niños mejoró, respecto a lo que les esperaba en España. En América, recibieron educación y buena manutención. La mayoría no regresaron a España, siendo adoptados e integrados en familias de ciudad de México, sobre todo.
Hasta la iniciativa de Balmis, se utilizaba el pus fresco o remitido a distancia entre dos cristales, como hacían los ingleses, pero cuando el producto llegaba a América los virus eran inviables. De hecho, después de ocho años de negativa, los expertos británicos tuvieron que abdicar y reconocer el valor del método español.
Desde noviembre de 1803, que partió la expedición desde La Coruña, llegó a Puerto Rico en febrero de 1804, y desde allí se trasladó a Venezuela, Cuba y México. Fue en México donde se dividió en dos: el grupo dirigido por Balmis, que siguió la ruta y llegó hasta Filipinas, introduciendo la vacuna en Asia; y el otro grupo, liderado por el médico militar José Salvany, que recorrió los países de Sudamérica, cruzando los Andes, con hambres, fríos, fatigas y enfermedades (perdió un ojo). Salvany murió en 1810, agotado, pero habiendo salvado miles de vidas.
Además, tuvieron muchos problemas, porque en muchos lugares, la gente desconfiaba de la vacuna, hubo miedo, supersticiones y, muchas veces, hasta autoridades locales ponían trabas. A pesar de ello, el trabajo de Balmis tiene valor, no tanto por llevar la vacuna, sino porque se preocupó de propagar, enseñar y perpetuar la vacunación. Tenía un programa para establecer una red de vacunadores locales que la mantuvieran activa.
Los resultados fueron un éxito. Se inmunizó a miles de personas y en los lugares donde se mantuvo la vacunación, las epidemias decrecieron. Además, Balmis publicó cientos de tratados sobre los efectos y la eficacia de la inoculación, según el clima y sobre cómo proteger la vacuna en los tres años que duró el viaje.
La expedición Balmis, llamada así en su honor, cuyo motivo principal era humanitario y con el propósito de mejorar la salud pública, fue innovador en su época, y sentó las bases de un modo de ayuda entre los humanos que hoy conocemos como filantropía. Y estamos hablando del comienzo del siglo XIX.
El médico obtuvo el reconocimiento tanto de las clases dirigentes como de los "vacunólogos" de la época. En la actualidad se hacen vacunaciones masivas contra la polio, la gripe y otras enfermedades, auspiciadas por instituciones internacionales y con el apoyo financiero de grandes grupos o filántropos. En este sentido, hoy no sería viable llevar a un grupo de veintidós niños en calidad de cobayas de laboratorio para mantener la viabilidad del virus de la viruela y de su poder inmunizante.
Más de dos siglos después, los expertos en inmunología y virología no olvidan una de las grandes hazañas de la historia de la medicina y de la humanidad. Es más, la figura de Francisco Javier Balmis, con sus luces y sus sombras, sigue siendo un referente para todos los médicos, que se dedican a salvar vidas en los rincones más recónditos del planeta.
La única enfermedad humana erradicada como resultado de una campaña mundial de vacunación es la viruela, considerada eliminada en 1980. Y ello gracias a que se disponía de una vacuna que induce protección contra el virus, y al desarrollo de una forma muy estable de esta, se pudo transportar a regiones remotas para vacunar a la población.
Solo la polio se encuentra en proceso de eliminación inminente, aunque permanece endémica en tres países, Nigeria, Afganistán y Pakistán, donde los conflictos armados y el fanatismo religioso impiden una fluida y correcta inmunización.
La siguiente enfermedad a eliminar es, sin duda, el sarampión, cuya incidencia está decreciendo gracias a las vacunas. La clave está en que estas tres enfermedades son transmisibles exclusivamente de persona a persona. En la tuberculosis, la gripe o la fiebre amarilla, por ejemplo, hay implicadas especies animales que pueden mantener vivo el germen.
Hay que descartar la posibilidad de que el esfuerzo de Balmis fuera en vano y hubiera un rebrote de la enfermedad. Las últimas muestras infecciosas del virus de la viruela se encuentran en dos laboratorios de EEUU y Rusia, bajo altas medidas de seguridad para evitar un escape.
En 2020 el Ministerio de Defensa español nombró “Operación Balmis” al dispositivo de despliegue militar para luchar contra la pandemia de COVID-19.
Desde el 27 de diciembre de 2021, el Hospital General de su ciudad, Alicante, recibe el nombre de "Hospital General Universitario de Alicante Doctor Balmis".
El ganador del Premio Planeta, Javier Moro, narra en clave novelística la historia de la expedición y sus protagonistas en su libro “A flor de piel “.
En el mes febrero de 2016 se grabó en Galicia la serie "22 ángeles", la historia basada en hechos reales sobre la expedición que encabezaba el doctor Francisco Javier Balmis a comienzos del siglo XIX. Coproducida por RTVE, está basada en la novela de Almudena de Arteaga "Ángeles Custodios". Fue emitida por RTVE a finales de 2016.
José Antonio Parra Tomás
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