LAPIS SPECULARIS

Nadie concibe hoy una vivienda sin ventanas, ni unas ventanas sin sus cristales. Esos elementos nos permiten crear grandes espacios abiertos, por los que entra la luz y nos protegen de las inclemencias del tiempo. En época romana, entorno a la época del nacimiento de Jesús, esa función la cumplía un producto procedente mayoritariamente de Hispania.

JOSÉ ANTONIO PARRA TOMÁS

José Antonio Parra en Asociación la Tortuga de El Charco.

1/3/20266 min read

LAPIS SPECULARIS

Si viajamos a Madrid desde Murcia, Alicante o Valencia por la autovía A-3, nos encontraremos, ya en la provincia de Cuenca, entre Honrubia y Tarancón, muy cerca de Uclés, (salida 104), un cartel anunciador del Parque arqueológico de Segóbriga, que tiene la consideración de Bien de Interés Cultural desde 1931, además de lugar protegido al considerarse Patrimonio de Castilla-La Mancha.

Segóbriga constituye una de las ciudades romanas mejor conservadas, y el más importante conjunto arqueológico de la Meseta, que muestra la monumentalidad de la que gozaba la península durante la época romana. Es un lugar que merece mucho la pena visitar porque, además, el entorno paisajístico está prácticamente intacto, por lo que se comprende mucho mejor cómo habría sido esta ciudad. Caminar por allí es tener la sensación de estar en la mismísima Roma, con zonas que están incluso mejor conservadas que en la que fuera capital del Imperio.

Se puede recorrer su trazado urbano, como si todos sus edificios siguieran todavía en pie. Sus restos excavados dejan entrever todos los edificios públicos, incluyendo el impresionante anfiteatro, con capacidad para 5.500 personas, muchas más que las que habitan hoy en Saelices, el pueblo más cercano. Todo el conjunto queda completo con las termas monumentales, la basílica, el foro y el teatro, que conserva gran parte de la cavea.

A modo de curiosidad, el nombre de Segóbriga proviene de la leyenda de su fundación. Se dice que fue un personaje llamado “Sego”, que significa victoria, al que después se añadió "briga" que significa ciudad o fortaleza. Así que, vendría a ser algo así como "ciudad victoriosa" o "fortaleza de la victoria".

De origen celtíbero, la importancia de este lugar fue tal, que hacia el año 50 a.C., los segobrigenses enviaron una embajada a la capital, Roma, para nombrar patrono a L. Livius Ocella. Entonces se acuñó la moneda con la leyenda "Segobris". Pasó de ser un oppidum indígena a convertirse en "municipium", un centro administrativo, económico y religioso, y para aquel momento ya tenía una extensión de 10,5 hectáreas, varios barrios de viviendas, un templo, las termas y una muralla que la rodeaba y protegía. Con el tiempo, fue perdiendo todo aquello.

Hoy son tan solo restos que fueron testigo de un gran poder. En la Edad Media, cuando quedó completamente abandonada, se denominaba Cabeza de Griego. La población se trasladó finalmente al nuevo Sanfelices, que evolucionó al Saelices actual.

Segóbriga alcanzó su esplendor entre los siglos I y II d. C., convirtiéndose en una ciudad, nudo clave de comunicación del interior peninsular: Valentia, Toletum (se aprecia perfectamente la calzada romana que comunicaba “Complutum”, actual Alcalá de Henares, con Cartago Nova), centro agrícola y minero y capital administrativa de un amplio territorio hasta su abandono paulatino tras la conquista islámica.

Y a cuento de qué va esto. Pues a lo siguiente. En las domus (casas) romanas, las ventanas eran muy pequeñas para evitar, tanto la entrada de los ladrones como el ruido de la calle. Sus amplios patios interiores servían a la vez para iluminar y airear las estancias de la casa, así como protegerlas de las inclemencias del tiempo. Será en la época del emperador Augusto cuando se empezarán a construir ventanas con un cristal conocido actualmente como espejillo, el lapis specularis, una variedad muy pura y traslúcida de yeso cristalizado (selenita), que era extraído de las minas de Segóbriga en Hispania. El nombre specularis viene de speculum (“mirar”, “ver a través”).

Llegó a convertirse en un mineral muy apreciado en la Antigua Roma, sobre todo durante los siglos I y II d. C., siendo utilizado no solo en las ventanas, sino también como ornamento en las paredes y suelos de los edificios, al brillar cuando la luz incidía en su superficie. Su uso se extendió a todas las casas, desde las más humildes hasta en los aposentos de los aristócratas. Muchos romanos ricos tenían ventanas dobles de lapis specularis para aislar del frío. Incluso, el emperador Tiberio se hizo construir un invernadero con este material en la isla de Capri, para cultivar uno de sus alimentos preferidos: los pepinos.

Antes de generalizar su uso, los romanos cerraban los huecos con contraventanas o con armazones de madera, recurriéndose en ocasiones a cortinas hechas de distintos materiales textiles, pieles y vejigas de animales, vidrio plano de batea u otros materiales aislantes, todos ellos poco traslúcidos.

La ventaja del lapis specularis era clara. Además de ser un buen aislante térmico y acústico, dejaba pasar la luz del sol, tenía propiedades ignífugas, y era más resistente que el vidrio (importante a la hora de su transporte desde las minas). Además, era un mineral natural, extraído directamente de las minas, mientras que el vidrio romano era un material artificial, fabricado con arena, sosa y cal, que necesita hornos y altas temperaturas.

Al lapis specularis se le conoce como yeso selenítico, y su configuración laminar y cristalina permite su exfoliación en capas, labor que realizaban los cortadores de piedra (lapidarii). Plinio el Viejo será quien nos detalle de primera mano en su Historia Natural (Libro III-30) el proceso de su explotación, gracias a su estancia en Hispania en el año 74 d. C., mientras se encontraba al servicio del emperador Vespasiano:

“Hispania es profusa en metales de plomo, hierro, cobre, plata y oro, la Citerior posee lapis specularis, la Bética cinabrio”.

Plinio afirma que el mejor lapis specularis del imperio procedía de Hispania, explícitamente de la zona de Segóbriga; no habla de “una más”, sino de la principal.

Existían minas de lapis specularis en Chipre, Capadocia, África, Italia y Sicilia, pero ninguna era tan apreciada por su calidad y cantidad de producción como la hispana, en concreto el extraído en los veinticinco complejos mineros distribuidos en una extensión de 150 kilómetros cuadrados alrededor de la ciudad de Segóbriga, a la que llegaba en bruto para su corte en láminas, se seleccionaba por calidad, se almacenaba, y se procedía a su venta al por mayor.

Aunque se conocían con anterioridad, y la población indígena prerromana había extraído el mineral manualmente, es en tiempos de Octavio Augusto cuando se explota sistemáticamente. Los habilidosos ingenieros mineros (probablemente técnicos militares) realizaban pozos verticales de 30 metros de profundidad y dos metros de lado, con los que se accedía al mineral y permitían la aireación de la mina. Estos pozos estaban separados 20-30 metros entre sí, y mediante poleas subían a la superficie los bloques obtenidos. Los pozos principales se comunicaban con grandes salas (condicionadas a la presencia de grandes bolsas de mineral) que después eran utilizadas para la propia logística de los trabajadores.

Picos, piquetas, serruchos, sogas y cordajes de esparto eran los materiales que utilizaban; la mano de obra estaba formada por esclavos, libertos y trabajadores especializados, y su vestimenta incluía rodilleras, gorros y calzados hechos en fibra de esparto. Para mejorar la iluminación en el interior de la mina se ayudaban de lucernas, con aceite vegetal como combustible, que les proporcionaba luz durante cinco horas. Su combustión consumía en una hora lo mismo que un hombre en reposo, esto hacía imprescindible una buena aireación de los pozos.

Los bloques obtenidos se transportaban por la “vía Spartaria” hasta la ciudad de Carthago-Nova, manteniendo esta calzada una gran actividad con Tiberio y con los emperadores hispanos Trajano y Adriano. Desde Cartagena se distribuiría en naves mercantes y barcos lapidarios, más lentos, pero con mayor capacidad de carga, hacia los puertos más importantes del Mediterráneo.

Los territorios mineros pertenecían y eran propiedad del Estado (ager publicus), siendo gestionados mediante concesiones de arrendamiento. El intercambio que se generó entre las poblaciones mineras y las ciudades romanas generó gran riqueza, hasta que el vidrio, cuando se perfeccionó, más duro, más transparente y con más nitidez, acabó imponiéndose en el mercado a partir del siglo II d. C. El lapis specularis fue una solución brillante, pero transitoria, con gran auge en el siglo I a. C., y el siglo I d. C; tuvo su declive en el siglo II d. C, desapareciendo casi totalmente en el siglo III d.C. No fue un fracaso productivo, sino una revolución tecnológica que lo sustituyó.

Así pues, y aunque nos pueda sorprender, en las domus romanas también había ventanas de cristal, y era el lapis specularis de Segóbriga. Estos romanos…

José Antonio Parra