LAS GUERRAS DE ÁFRICA

El comienzo del siglo XX, hace poco más de 100 años, dibuja una forma de entender el Mundo completamente diferente a la actual. La supremacía europea determinaba la posibilidad de controlar otros continentes y España, de vuelta de su imperio americano, intenta mantener sin medios para hacerlo, cierto grado de expansión en África con un coste humano inasumible y que en alguna medida contribuyó a conformar la sociedad que marcaría el ritmo de acontecimientos posteriores.

JOSÉ ANTONIO PARRA TOMÁS

José Antonio Parra en Asociación la Tortuga de El Charco

10/10/202613 min read

LAS GUERRAS DE ÁFRICA

En 2021, se fundó el Partido Nacional Rifeño (PNR), una organización política que reivindica la autodeterminación y la independencia de la región del Rif, en el norte de Marruecos. Busca crear un Estado laico, democrático y neutral en la región norteña de Marruecos, y propone estrechar lazos de cooperación diplomática y económica con España, planteando un hipotético Rif independiente, como un amortiguador o alternativa estratégica frente a las crisis fronterizas y migratorias.

El PNR acusa al gobierno central de Marruecos de emplear la presión migratoria y el control fronterizo como herramientas de chantaje político hacia España y la Unión Europea. El Partido opera principalmente desde Argelia, y aboga porque Ceuta y Melilla son españolas y sigan siendo españolas.

El Rif es una región montañosa del norte de Marruecos, encajada entre el Mediterráneo, el Atlántico y dos ríos. Está habitada mayoritariamente por bereberes, que hablan tarifit, una lengua distinta del árabe.

Su seña de identidad histórica es la autonomía. Tradicionalmente, el Rif se organizaba en cabilas, tribus con sus propias asambleas, que reconocían al sultán de Marruecos como autoridad religiosa, pero no le pagaban impuestos ni le obedecían políticamente.

La gran epopeya rifeña, para desgracia de España, llegó en el siglo XX. Marruecos quedó repartido en dos Protectorados: Francia, se quedó con el sur, y España, la franja norte, que incluía el Rif. Es entonces cuando aparece la resistencia rifeña al colonialismo español, encarnada en una figura histórica, Abd El Krim, de funesto recuerdo para la Historia de España. La historia, viene de largo en el tiempo.

En el sigo XIX, y tras siglos de dominio español sobre Ceuta y Melilla, no existía una frontera clara entre esos territorios españoles y las zonas controladas por las tribus marroquíes (cabilas de las montañas del Rif), que veían a los españoles como invasores extranjeros. Esto provocaba frecuentes disputas por el agua, los pastos y el contrabando.

En 1859, varias cabilas rifeñas realizaron constantes ataques a las ciudades españolas de Ceuta y Melilla, que el sultán de Marruecos no podía o no quería controlar. Atacaron y destruyeron fortificaciones españolas, cerca de Ceuta, llegando a arrancar el escudo de España. Este incidente fue el casus belli que llevó al gobierno de España a declarar la guerra al sultanato de Marruecos.

Después de la pérdida de casi todo su imperio americano, España había quedado en una posición internacional muy débil. No obstante, había un ambiente de orgullo nacional herido, tras años de crisis y conflictos internos, y la guerra con Marruecos se vio como una oportunidad de restaurar el prestigio militar y fortalecer el patriotismo.

El general Leopoldo O’Donnell, presidente del Gobierno y del Consejo de Ministros, y líder del partido Unión Liberal, buscaba consolidar su poder, mediante una guerra victoriosa. Al mismo tiempo, esperaba reforzar la monarquía de Isabel II y distraer a la nación de las tensiones internas.

Las tropas españolas, bajo el mando del propio O’Donnell, del general Prim y del general Ros de Olano, desembarcaron en el norte de África. Hubo enfrentamientos duros y se tomó la ciudad de Tetuán, en febrero de 1860. Con la batalla de Wad-Ras (23 de marzo de 1860), se decidió la guerra con la victoria española. Los cañones capturados a las tropas marroquíes en esa batalla, fueron fundidos en Sevilla en 1865, y utilizados para crear los leones de bronce, que se encuentran en la entrada del Congreso de los Diputados en Madrid, y que son conocidos popularmente con los nombres de Daoíz y Velarde, en honor a los capitanes Luis Daoíz y Pedro Velarde, héroes del levantamiento del 2 de mayo de 1808, contra las tropas francesas.

Por el Tratado de Wad-Ras (26 de abril de 1860), Marruecos, representado por el sultán Mohammed IV, reconoció la victoria española y aceptó varias condiciones, como el reconocimiento de Ceuta y Melilla como territorios españoles; cesión a España del territorio de Santa Cruz de Mar Pequeña (futuro Ifni), y el pago de una fuerte indemnización de guerra.

Considerado un gran triunfo político y militar, O’Donnell fue nombrado duque de Tetuán, y se consolidó temporalmente el régimen de Isabel II. Al mismo tiempo, se despertó un fuerte sentimiento nacionalista y colonial, que animaría a futuras aventuras en África.

Sin embargo, la guerra costó muchas vidas, aunque la inmensa mayoría de las bajas mortales del ejército español, no se debieron a heridas de guerra, sino a enfermedades infecciosas como el cólera, que causó más del 70% de las muertes. También costó mucho dinero, y las arcas del Estado se quedaron temblando.

Pasaron los años y, a comienzos del siglo XX, tras la pérdida de nuestras últimas colonias, Cuba, Filipinas y Puerto Rico, en 1898, el gobierno español decidió ejercer en Marruecos una influencia, que devolviera al país el prestigio perdido en la guerra contra los Estados Unidos, en Cuba y Filipinas.

Con este fin, se unió a la Declaración de Londres de 1904, que asignó a España la parte norte de Marruecos (el Rif, Tetuán, Larache y, en el sur, Ifni) con la misión de llevar a cabo las reformas militares, económicas y administrativas, de la que estaba tan necesitado ese territorio. El sultán de Marruecos aceptó la protección de España (lo mismo que de Francia, en el sur). Fue el Protectorado, al frente del cual se puso un Alto comisario, que representaba al gobierno español.

En esa época, el control de las cabilas cercanas a Melilla, estaba en manos de un pretendiente al trono de Marruecos, Bu Hamara, que afirmaba ser hermano del sultán. España negoció con él la concesión y explotación de unos yacimientos mineros, en beneficio de compañías españolas. Sin embargo, estas concesiones provocaron que las cabilas, que antes apoyaban a Bu Hamara, consideraran que éste les había traicionado.

Para demostrar su desagrado, el 8 de agosto de 1908, atacaron las explotaciones mineras, aunque sin causar víctimas. Bu Hamara fue apresado y enviado a Fez, donde moriría ejecutado por el sultán. La muerte de Bu Hamara dejó a España sin interlocutor ante los rifeños, y la situación se hizo más tensa.

El gobierno español se limitó a pedir calma, y el 7 de junio de 1909, autorizó a las compañías mineras a continuar sus trabajos. La tranquilidad duró poco, ya que a finales de ese mismo mes, comenzó una gran agitación en las cabilas próximas a Melilla, con predicación de la guerra santa.

España no estaba preparada para una aventura colonial; el pueblo español lo sabía y no la apoyaba, lo que provocó diferentes altercados. La sociedad española tenia serias dudas sobre las riquezas que ofrecía el Rif, y la inmensa mayoría de la población, no quería una guerra que no sentía suya, lejos y con soldados de reemplazo, reclutados por un injusto sistema, la del soldado de cuota, que permitía librarse del servicio militar y de ir a la guerra, a los que pudieran pagar la redención en metálico o sustitución; cuotas que oscilaban entre 1.500 y 5.000 ptas., obligando al sector más pobre de la población a combatir en ella.

Los bajos sueldos militares, el deficiente sistema de abastecimiento, el injusto sistema de reclutamiento, y el método sin garantías de ascensos por méritos de guerra, fomentaron la corrupción en aquel ejército. Como resultado, el español era un ejército pobremente equipado y deficientemente entrenado.

El día 9 de julio de 1909 se produce, en Sidi Musa, un ataque de los rifeños contra un grupo de obreros españoles, que trabajaban en la construcción de un puente, que uniría por ferrocarril a Melilla con las minas de Beni-Bu-Ifur. Estas explotaciones mineras eran propiedad de la empresa, creada en 1907, llamada Compañía de las minas del Rif, una sociedad cuyos accionistas principales eran el conde de Romanones, el marqués de Comillas, el conde de Motrico, Eusebio Güell, Zubiría Ybarra, y el propio rey Alfonso XIII.

En el ataque murieron seis obreros. Este incidente, constituyó el inicio de la guerra de Marruecos, y fue utilizado por el gobierno del presidente Antonio Maura, para iniciar un proyecto colonialista, siempre en contra de la opinión pública española, donde existía, claramente, un sentimiento pacifista y antimilitarista.

Cuando los hechos fueron conocidos por el gobierno, presidido por Maura, se decretó, el 10 de julio, la movilización de tres Brigadas mixtas de Cazadores, formadas en su mayor parte por reservistas de las quintas de 1903 y 1904, siendo la mayoría de estos reservistas, padres de familia de las clases obreras. Hubo protestas, disturbios y una huelga general, sobre todo en Barcelona, donde las calles resonaban al grito de: “¡Abajo la guerra! ¡Qué vayan los ricos! ¡O todos o ninguno! Se produjeron los sucesos conocidos como la “Semana Trágica”, por la multitud de muertos y heridos durante los disturbios.

Los enfrentamientos y las barricadas dejaron cerca de 80 muertos. Además, se incendiaron más de 100 edificios en Barcelona, la gran mayoría conventos e iglesias, debido al fuerte rechazo hacia la Iglesia católica por su poder económico y su cercanía a las clases altas. El gobierno, ante la presión popular y de la prensa, acordó conceder una pensión de 50 céntimos diarios a las familias de los reservistas movilizados. Sin embargo, la gestión de los sucesos debilitó al gobierno conservador, provocando la caída del presidente Antonio Maura y una profunda inestabilidad en el sistema político.

A pesar de ello, el día 16 de julio de 1909, comenzó la llegada a Melilla de las fuerzas expedicionarias, y el 18 entraron en combate. El día 26 de julio se recibieron noticias, a través de confidentes rifeños, sobre la preparación de un potente ataque rebelde. Se ordenó que la Brigada de Cazadores de Madrid, mandada por el general Pintos, con tropas mal adiestradas, vigilara la zona del “barranco del lobo”, situado en las estribaciones del monte Gurugú.

Fue en el “barranco del lobo”, donde los españoles se vieron expuestos al fuego continuo de los rifeños, que eran los dueños de las alturas. Se cometió, además, el grave error de intentar la retirada, sin apoyo de la artillería, lo que causó gravísimas pérdidas. Esta emboscada originó 153 muertos, entre ellos el general Pintos, y casi 600 heridos.

El desastre del “barranco del lobo” ha sido considerado, junto con el de Annual en 1921, como una de las más sangrientas derrotas sufridas por el ejército español, en las guerras coloniales sostenidas en el norte de África.

Se continuó reforzando el contingente español en Melilla que, a mediados de agosto, ya contaba con más de 35.000 hombres, y un elevado número de piezas de artillería y munición. A finales de agosto, se reiniciaron los combates por parte española, aunque ahora desde una posición de claro dominio, lo que llevó a la pacificación total de la zona a finales de año.

La guerra había terminado, sí, pero solo de manera temporal. A partir de 1912, las tropas españolas empezaron a encontrar importantes núcleos de resistencia en aquel territorio arisco, escarpado, de montañas afiladas, y hombres orgullosos.

El terreno fue precisamente el mayor problema. España intentó, en vano, la construcción de pequeños fuertes o blocaos, levantados en lugares elevados y distantes unos 30 km entre sí, pero su punto débil, el abastecimiento de agua, favorecía las emboscadas y la abundancia de francotiradores (llamados “Pacos”, por el sonido onomatopéyico que emitían los fusiles entre los barrancos).

Fue así como un ejército descentralizado como el rifeño, escaso y mal armado, consiguió poner en jaque a un ejército convencional y mucho más numeroso. Los rifeños tenían a su favor, el hecho de combatir en su propia casa, el conocimiento del terreno y, aún algo más importante, una poderosa motivación.

En 1920, hubo dos importantes decisiones: el nombramiento del general de división Manuel Fernández Silvestre, al mando de la Comandancia General de Melilla, y la creación de un cuerpo militar más organizado y combativo, a imagen y semejanza de la Legión Extranjera Francesa: la Legión Española; el Tercio de Extranjeros, como se denominó en su origen, nació como un cuerpo de soldados profesionales.

El recién nombrado general Fernández Silvestre, decidió establecer su campamento en el poblado de Annual, pues desde allí controlaba la zona de influencia de la cabila de Abd El Krim, cabecilla y líder indiscutible de las revueltas y del movimiento antiespañol. Desde Annual, el general Fernández Silvestre, comenzó a ocupar posiciones en el monte Abarrán y el Igueriben, pero el 21 de julio, Igueriben cae en poder de los rifeños, salvándose solo 11, de los 350 soldados de la guarnición.

Los rifeños, crecidos, se dirigieron a Annual. A primeras horas de la mañana del 22 de julio, se dio la orden de retirada a los españoles, pero ésta se produjo a la carrera y en completo desorden. Perseguidos por los combatientes rifeños, casi los 13.000 soldados de Annual son masacrados por 3.000 rifeños. Gracias a la heroica y sacrificada intervención del Regimiento de Cazadores de Alcántara, y a su carga de caballería, 3.000 hombres pudieron alcanzar la posición de monte Arruit.

El Regimiento de caballería de Alcántara fue prácticamente aniquilado (de los 691 hombres, solo sobrevivieron 70), tras proteger a las fuerzas que se batieron en retirada a monte Arruit. Por ello, es el único Regimiento del ejército español, actual Regimiento de Caballería Acorazada Alcántara 10, al que se le ha concedido colectivamente la Gran Cruz Laureada de San Fernando.

El general Fernández Silvestre desapareció. Los supervivientes se refugiaron en la fortificación de monte Arruit, cercados por el enemigo. Después de padecer hambre, sed, necesidad y todo tipo de desventuras, durante casi dos semanas, de un asedio implacable, y sin recibir ninguna ayuda militar desde la península o Melilla para romper el asedio, las diezmadas tropas españolas, al mando del general Felipe Navarro, se rindieron, el 9 de agosto, ante las cabilas rifeñas, tras haber pactado las condiciones de capitulación, y asegurado el respeto a la vida de los soldados españoles.

Con la garantía de la vida, se acordó la entrega de las armas a cambio de un convoy seguro que, escoltado por las fuerzas rifeñas, evacuaría a las tropas españolas hacia Melilla. Sin embargo, los rifeños no cumplieron su palabra, y nada más entregar las armas, se desató una masacre brutal, los cerca de tres mil soldados españoles, que habían defendido la posición, fueron fusilados, degollados o rematados a golpe de gumía, en una matanza que duró varias horas. Los heridos, que estaban en la enfermería del fuerte, fueron quemados vivos. Solo se salvó un reducido grupo de 60 jefes y oficiales, por los que se pidió un cuantioso rescate. Los cadáveres de los soldados asesinados quedaron insepultos y abandonados al sol del desierto.

El Desastre de Annual, marcó un antes y un después. La matanza, perfectamente documentada por corresponsales extranjeros, despertó la ira de la sociedad española. Las familias de los soldados, que habían muerto tan cruel como inútilmente, exigían responsabilidades: la calle ardía y el régimen comenzó a tambalearse, llegando a rozar los cimientos de la monarquía. Los sindicatos y partidos de izquierdas empezaron a exigir la retirada de tropas, conscientes de que la pobreza de la región rifeña, no justificaba las vidas y las cantidades de dinero que la guerra se estaba cobrando.

El desastre de Annual, trajo consigo la proclamación por parte de un envalentonado Abd El Krim, de la República Confederal de las Tribus del Rif, que persiguió el reconocimiento internacional, cosa que no consiguió.

Presionado, el rey Alfonso XIII encargó la formación de una comisión militar, para investigar los sucesos de Annual. Su resultado fue el Expediente Picasso (actualmente está desclasificado y se puede consultar), un extenso informe redactado por el general de división Juan Picasso que, pese a las trabas impuestas por las compañías mineras interesadas, y por altos cargos del gobierno y del ejército, redactó un informe impecable y demoledor.

En el informe, se calificaba la actuación del fallecido general Fernández Silvestre como “temeraria”, la del general Berenguer como “negligente”, y la del general Navarro como “incompetente”. El expediente Picasso apuntaba más arriba de los generales, sospechando que el propio rey Alfonso XIII, había alentado, por telegrama, al general Fernández Silvestre, a adentrarse de forma temeraria en el Rif, saltándose las advertencias de los ministros.

También, se ponía en evidencia enormes irregularidades, corrupción, ineficacia y graves errores estratégicos, por parte de los altos mandos del ejército español destinado en África. El expediente Picasso indicaba que, los mandos de las comandancias militares del Protectorado, saqueaban sistemática e impunemente el presupuesto de 15 millones anuales. Obligaban a los proveedores a firmar recibos en blanco, pagaban para que dieran por recibidas unas mercancías, nunca entregadas, robaban la avena y la paja destinada a los caballos, la leña para cocinar, la gasolina... Un desfalco de centenares de miles de pesetas al mes, que se repartían entre los mandos: 60.000 pesetas (de aquella época) el intendente jefe, 40.000 los demás jefes, 30.000 los capitanes y así sucesivamente.

Sin embargo, el expediente Picasso no llegó a depurar responsabilidades políticas ni criminales, porque antes de que la comisión del Congreso, encargada de su estudio, fuera a emitir su dictamen el 1 de octubre de 1923, unos días antes, el 13 de septiembre, el general Miguel Primo de Rivera dio un golpe de estado, con el beneplácito del rey Alfonso XIII, estableciendo una dictadura militar. La recién implantada dictadura se planteó, como prioridad, el fin de la guerra en África, pero el conflicto, enquistado durante años, no tenía visos de terminar.

Los ataques rifeños contra posiciones españolas continuaron durante los años 1923 y 1924. En marzo de ese mismo año, Abd El-Krim sorprendió al ejército español, con una ofensiva que provocó más bajas aún que Annual. El general Primo de Rivera logró ocultar a la opinión pública la magnitud del desastre, gracias a la censura, pero gran parte del Protectorado español cayó en manos de los rifeños. Solo el error de los rifeños de atacar las posiciones francesas, en la primavera de 1925, permitió al dictador salvar la situación.

Francia, por primera vez, se mostró dispuesta a colaborar con España. Tras una serie de actuaciones conjuntas, entre las que se encuentran los primeros episodios en la guerra moderna de empleo de armas químicas, con el uso de gas mostaza contra la población civil, surgió la idea de un ambicioso proyecto: el desembarco de Alhucemas, que finalmente tendría lugar en septiembre de 1925.

La operación consistió en la llegada de un contingente de 13.000 soldados españoles transportados desde Ceuta y Melilla, por la Marina combinada hispano-francesa. Fue el primer desembarco aeronaval de la historia, y supuso un completo éxito, pues sorprendió al enemigo por la retaguardia, partiendo en dos la zona controlada por los rifeños.

En abril de 1926, Abd El-Krim solicitó entablar negociaciones, y al año siguiente, Marruecos estaría completamente pacificado. En su obsesión, por no caer en manos del ejército español, Abd El-Krim se entregó a los franceses, que lo deportaron a la isla Reunión, en el océano Índico.

Años después, el general estadounidense Dwight Eisenhower, estudiaría a fondo la táctica empleada por los españoles en Alhucemas para trazar el plan del desembarco de Normandía.

José Antonio Parra Tomás

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