LOS COLORAOS Y SAN VICENTE FERRER

Aunque nos parezca casi imposible, hay cosas que suceden a nuestro alrededor, cosas hechas por nuestros antepasados, que se mantienen en el tiempo y que hoy cuesta enlazar con su origen, la Semana Santa, sus cofradías, sus pasos, colores y formas de proceder, tienen en algunos casos mas de seiscientos años de antigüedad, y son en el fondo lo que fueron, aunque en ese intervalo de tiempo, hayan ido incorporando nuevos aspectos fruto de esa realidad social que no deja de cambiar.

JOSÉ ANTONIO PARRA TOMÁS

José Antonio Parra en Asociación la Tortuga de El Charco

3/27/20267 min read

LOS COLORAOS Y SAN VICENTE FERRER

Me pregunta un amigo el motivo por el cual, en la procesión del Miércoles Santo de Murcia, conocida como la de los “coloraos”, que sale de la popular iglesia de Ntra. Sra. del Carmen, desfila una imagen de san Vicente Ferrer. ¿Qué tiene que ver este santo valenciano con la Semana Santa de Murcia?

La cuestión es reciente, y se remonta al año 2011, cuando la Real, Muy ilustre, Venerable y Antiquísima Archicofradía de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, que es la más antigua de Murcia, celebraba su VI centenario. La conmemoración de los seis siglos de historia de la Archicofradía “colorá” contó con la bendición y estrenó, abriendo la procesión de Miércoles Santo, de la nueva imagen de san Vicente Ferrer, a cuyas predicaciones en Murcia se atribuye el nacimiento de esta Cofradía.

En la tarde del Miércoles Santo, antes de la salida de la procesión, se realiza la lectura del Acta del Licenciado Camacho, que da cuenta de la fundación de la Cofradía de la Sangre, por parte de los penitentes que iban con san Vicente Ferrer, el 11 de abril de 1411. Luego, comienza la procesión con la salida de la imagen del santo, a los sones del himno de Valencia, en clara referencia a los orígenes de san Vicente. La imagen es de vestir, representado en actitud de predicar, mientras señala con la mano derecha al cielo y con la izquierda sujeta un libro cuyo dedo índice introduce entre sus hojas. El rostro de San Vicente aparece juvenil, y vestido con el hábito de color blanco y negro de la Orden Dominica. Lleva en su cabeza un nimbo plateado, con una filatelia en plata donde puede leerse en latín “Timete Deum” (Temed a Dios).

Va al principio de la procesión porque él anuncia la Pasión, igual que en sus sermones. Su mensaje sigue vivo en la procesión: penitencia, conversión y cercanía al pueblo. Por eso los “coloraos” no son fríos, son religión vivida en la calle, como hacía él.

Y se la conoce como la procesión de “los coloraos” por el color rojo (sangre) de las túnicas de los nazarenos, saliendo más de 3.500, además de cientos y cientos de niños que desfilan en la cabeza del cortejo, y es tan larga que, cuando están terminando los últimos pasos de salir a la calle, la cabeza de la procesión ya está llegando de nuevo a la iglesia para recogerse, después de casi siete horas de recorrido.

Es la procesión más murciana, contando con la presencia de todos los alcaldes pedáneos de la huerta de Murcia, reconociendo públicamente la vinculación de los huertanos con esta popular archicofradía. Al contrario que el Martes y Jueves Santo, en esta procesión los nazarenos no van formales, sino que hablan con la gente, regalan caramelos de todas clases, monas con huevo y hasta habas tiernas. Es una procesión viva. Este es uno de los rasgos más distintivos y festivos de la Semana Santa en Murcia, diferenciándola de la sobriedad habitual de otras regiones de España. Incluso, en algunos pasos hay un personaje típico, una figura curiosa llamada “el verrugo”, que es un huertano caracterizado. Es una mezcla de religión y cultura popular.

Los pasos son llevados por nazarenos estantes, que cargan el peso sobre los hombros. Aquí no hay costaleros, estilo sevillano. Los estantes van visibles, no ocultos debajo del trono, y es tradicional que lleven la "barriga llena de caramelos". Las distintas bandas de música no solo tocan marchas pasionales, sino que abunda la música variada y popular.

Y es que San Vicente Ferrer, cuya festividad es el 5 de abril, predicó en Murcia y otros pueblos de la Región, según cuentan las crónicas.

En 1411, las autoridades civiles y religiosas, encabezadas por D. Pablo de Santa María, obispo de Cartagena, pidieron a fray Vicente Ferrer, de la Orden dominica, que acudiera con urgencia a Murcia, ya que la ciudad era presa de graves conflictos sociales. Por un lado, según relatan las crónicas, judíos y musulmanes se enzarzaban en polémicas interminables, que los cristianos solo ayudaban a incrementar; asesinatos y atracos, raptos de doncellas y tumultos en las tabernas, obligaron a pedir la intercesión del buen fraile, quien llegó a estas tierras, montado sobre un burro, acompañado por Leonardo García, un escribano que viajaba junto a Vicente Ferrer para levantar acta de sus “hechos” y de sus muchos milagros. De la pareja, dan cuenta distintos historiadores locales, como el padre Morote, Cánovas o Espín.

Fray Vicente predicó en Murcia durante algunas jornadas. Sus sermones duraban casi siempre más de dos horas, a excepción del famoso sermón de las Siete Palabras, que pronunció el Viernes Santo y que duró hasta seis horas. Cuando creyó apaciguada la ciudad, tomó rumbo a Lorca, donde también deseaban escuchar a aquel hombre, que después fue elevado a los altares, a los 36 años de su muerte. Sin embargo, pronto le enviaron recado a Lorca de nuevos altercados con los rabinos de la judería de Murcia.

Aburrido de las debilidades de la plebe, el “paciente” fraile, logró reunir a miles de personas en la plaza del mercado, hoy plaza de Santo Domingo. Las crónicas cuentan que hasta 10.000 personas escuchaban al santo cuando, de repente, sucedió el más sorprendente episodio que la ciudad recuerda. Desde una bocacalle de la plaza irrumpieron en la explanada cuatro caballos desbocados “que echaban un humo revuelto en llamas por las narices”.

Aunque el gentío comenzó a dispersarse, el fraile les ordenó con su voz atronadora que, sin moverse un centímetro de sus lugares, se hicieran el signo de la cruz. Así, los caballos desaparecieron por el otro extremo de la plaza. Nadie pudo nunca dar cuenta de ellos. Si sorprendente fue este incidente, no lo fue menos la explicación que dio el santo, quien aseguró que aquellas bestias eran demonios, que hablan afligido la ciudad durante tiempo, y que ahora huían espantados, ante el arrepentimiento de muchos pecadores.

No serían los únicos que huirían. Un día antes de que el santo se marchara de la ciudad, el Concejo murciano promulgaría algunas de las más terribles ordenanzas de todos los tiempos. De entrada, se ordenaba que los hogares y comercios de judíos y moros se redujeran a sus barrios, donde no podían entrar mujeres cristianas. También quedaba prohibido que existiera familiaridad entre unos y otros, impidiendo a los cristianos ser padrinos de judíos o moros e incluso asistir a sus fiestas.

La visita de san Vicente Ferrer, sin lugar a dudas, inspiró estos cambios. Y otros, como el caso de la ordenanza del Concejo, que suprimió la convivencia del clero con cualquier clase de mujeres, incluso con sirvientas. Los curas murcianos replicaron que, “desde la visita de Fray Vicente, aquellas cosas ya no sucedían, por lo que estaba de más regularlas”.

El lugar elegido por el fraile para el célebre sermón, fue la plaza del mercado, otorgado a la ciudad desde 1266. En el siglo de san Vicente, la reina católica premió a la ciudad por su fidelidad concediendo el mercado franco, junto a numerosas ventajas para los comerciantes que asistieran. Más tarde, en 1685, el Ayuntamiento de Murcia acordó que el mercado se celebrara en el Arenal, junto al Puente Viejo, desde primero de noviembre a finales de marzo. El resto del año, con los meses más calurosos, en Santo Domingo. La decisión irritó a los comerciantes de la zona de Trapería y a la Cofradía del Rosario.

Los prodigios de aquel día, sin mencionar el más grande de ellos, que fue reunir 10.000 personas en esta pequeña plazuela de Murcia, no concluyeron allí. Fray Vicente advirtió de que había en la plaza una mujer cuya hija, a la que no quiso traer al sermón, se encontraba pecando en su casa. Allí mismo la halló la mujer retozando en el pajar con un caballero. Al menos, eso aseguró la madre confiada al regresar a Santo Domingo y gritar al fraile: “¡Verdad dijiste!”.

Al día siguiente, el santo, satisfecho de tan espectaculares signos, abandonó el reino en dirección a Castilla; pero durante muchos años se recordaron aquellos caballos infernales, que atronaron la plaza del Mercado. Y otros tantos recordarían la extraña profecía, que hiciera el santo antes de abandonar Murcia. Este lobo (advirtió en referencia al río Segura), se comerá a la oveja”. Muchos murcianos se acordaron de esta sentencia cuando 34 años después, en 1445, el Segura se desbordó tras una riada, y arrasó parte de la ciudad.

Camino de Castilla, el santo hizo parada en Jumilla. En la iglesia Santa María de Gracia de esta localidad predicó san Vicente Ferrer durante 3 días. Hubo tal multitud que el dominico, hubo de salirse de la iglesia y realizar su sermón en la Plaza de Armas del Castillo. Fruto de esta visita fue la construcción de la iglesia de Santa María del Rabal, levantada tras sus predicaciones. De esta iglesia solo queda la torre, lo demás fue derribado en 1979, lo que causó una gran consternación en Jumilla.

Pero antes de terminar quiero contaros una anécdota referente a la predicación del santo en Lorca. Se cuenta que llegó a Lorca, desde Murcia, y allí estuvo predicando, con su fogosa y elocuente oratoria, el temor de Dios a los aguerridos cristianos, a los sometidos moros y a los aterrados judíos.

En Lorca, en aquel tiempo, por razón de ser este pueblo fronterizo con el reino nazarí de Granada, componía su vecindario y transeúntes un gran número de moros y de judíos, de los que el santo, según cuentan, sacó poco provecho y escasa atención, por lo que se decía que fray Vicente salió de Lorca sacudiéndose las sandalias; pues de Lorca, dijo, “no quería llevarse ni el polvo”.

Como el lugar donde predicó san Vicente, en la Corredera de Lorca, era el camino que, desde Castilla y Aragón, por la parte de Murcia, conducía al reino musulmán de Granada, cuando a mediados del siglo XVII se colocó su imagen, se hizo en el lugar de sus predicaciones, lugar de mucho tránsito, de manera que siempre se hallaba su imagen cubierta de polvo. Hoy día sigue en el mismo lugar.

Por eso, en el repertorio de coplas que al amanecer del domingo cantaban las cuadrillas de los hermanos cantores, despertadores para la misa de la Aurora se decía:

San Vicente, patrón de Valencia

al subir al Cielo, le dijo al Señor:

que de Lorca no quería ni el polvo;

y el Señor le dijo que tenía razón.

En una ocasión

le pusieron en la Corredera,

donde pasan coches y carros en montón.

José Antonio Parra Tomás