LOS COMUNEROS

La historia de España, nuestra historia, está compuesta de multitud de episodios que a veces no son suficientemente conocidos, o valorados por todos nosotros. Es sin lugar a dudas lo que sucede con este episodio de las reivindicaciones comuneras ante la llegada de Carlos I como rey de España.

JOSÉ ANTONIO PARRA TOMÁS

José Antonio Parra en Asociación la Tortuga de El Charco.

3/23/20259 min read

La guerra de las Comunidades es un episodio tan importante como desconocido en la historia de España; y sin embargo, tuvo una importancia enorme, tanto por la extensión de la revolución, como por las novedosas reivindicaciones que las ciudades exigían al nuevo rey de España, Carlos I.

Carlos I era hijo de Juana I de Castilla (Juana la loca) y Felipe I “el hermoso”. Por vía materna heredaría Castilla, Navarra, Aragón, las Indias, Nápoles y Sicilia, mientras que por la rama paterna heredaría todo el patrimonio de Borgoña, los territorios Austriacos y de regalo, el derecho al trono Imperial.

Tenemos que situarnos en el siglo XVI en España: habíamos descubierto América, y tras la muerte de Fernando el Católico (1516), el cardenal Cisneros actuaba de regente, hasta la llegada desde Flandes de un muchacho de 17 años, Carlos I, nieto del rey fallecido, para ocupar el trono. Carlos había nacido en la ciudad de Gante (Bélgica) en 1500, y allí vivió sus primeros años, además de ser educado en las costumbres de la Casa de Borgoña.

En septiembre de 1517, 40 navíos toman tierra en las costas de Tazones- Villaviciosa (Asturias), debido a las inclemencias meteorológicas, pues el rumbo y desembarco estaba programado en Santander. Los vecinos de la zona, confundidos y asustados por tan numerosos barcos ante sus costas, los recibieron armados con sus aperos de labranza en mano, confundiéndolos con piratas.

La llegada de Carlos a Castilla fue tomada por los castellanos como un golpe de Estado. A esto se sumó que Carlos no hablaba castellano y que trajo consigo un sinfín de nobles y clérigos de Flandes; arrogantes, soberbios y poco considerados, que se abalanzaron sobre los cargos y las prebendas del reino como si de un botín se tratase. Destacaba por su codicia el señor de Chièvres, que saqueó rentas y beneficios en su provecho personal, logrando, incluso, que fuese a parar a manos de un sobrino suyo el arzobispado de Toledo, la mitra primada de Castilla, que la muerte de Cisneros acababa de dejar vacante. El nuevo arzobispo apenas contaba veinte años y su nombramiento causó un profundo malestar en la ciudad.

Carlos I ocupó su puesto de rey e implantó una monarquía absolutista al estilo de la época y, frente a esto nos encontramos a la burguesía y alguna parte del campesinado. La alta nobleza, como no, estaba al lado del rey. Eso ya nos lo sabemos.

Los 6 o 7 millones de habitantes que España tenía por esos años no veían con buenos ojos que un extranjero llegará a nuestro país para ocupar el poder. La economía de España no iba nada bien, ya que el oro que venía de América no parecía cundir, y se decía que se invertía en las guerras que se mantenían en el extranjero, aunque esto no es del todo exacto, que también. Nuestro comercio exterior se basaba en la lana.

El descontento con el nuevo monarca era notorio. La gota que colmó el vaso se produjo con la muerte, en 1519, de su abuelo paterno, el emperador Maximiliano I, dejando vacante el título del Sacro Imperio Romano Germánico y, siguiendo la tradición familiar, Carlos fue propuesto por los príncipes electores alemanes a optar a la dignidad imperial, en competencia con Francisco I de Francia. Y digo propuesto, porque ese título no era hereditario, sino que había que “ganarse el favor” (a base de sobornos) de los príncipes electores.

Obtener la corona del Sacro Imperio Romano Germánico conllevaba unos gastos enormes que Carlos I no podía permitirse, pero Castilla sí. Eso pensaría el joven monarca.

Hay que recordar que, tanto en Castilla como en Aragón, las Cortes eran quienes ostentaban el poder real y los reyes tenían que pedir autorización a las mismas para prácticamente todo. A Carlos le disgustó bastante el tema, pero era la única solución para su falta de liquidez. Por tanto, en contra de su voluntad, no tuvo más remedio que convocar Cortes en Santiago de Compostela. El monarca solicitó dinero para sus gastos imperiales y otras cosillas, como los gastos del viaje a Aquisgrán donde Carlos sería coronado emperador.

Ante esto, algunas ciudades con voto en Cortes se levantan en Comunidad (rebeldía). Consideraban una injusticia y un abuso las demandas de su nuevo rey, de hacer frente a unos gastos ajenos a los intereses del reino. Además, se alzaron algunas voces que indicaban que, si el rey se convertía en emperador, se corría el riesgo de que Castilla quedase postergada en los intereses del soberano.

De este modo, numerosas ciudades de Castilla lideradas por Toledo, bajo el mando del capitán Juan de Padilla, se reúnen en la “Santa Junta” (Reunión de las milicias comuneras en la ciudad de Ávila, liderada por los capitanes Juan de Padilla de Toledo, Juan Bravo de Segovia y Francisco Maldonado de Salamanca). Además, en esta Junta participaron 13 de las 18 ciudades que tenían voto en Cortes: Burgos, Soria, Ávila, Valladolid, León, Salamanca, Toledo, Zamora, Cuenca, Toro, Madrid, Guadalajara y Murcia. Se estaba gestando la guerra de las Comunidades de Castilla.

En dicha Junta, se acuerdan una serie de peticiones, registradas mediante una carta que hacen llegar al rey y a numerosas ciudades de Castilla. Entre las peticiones figuraban: NO a dar cargos a extranjeros; NO a que el oro saliera hacia Europa; y NO a que se nombrara a dedo a los corregidores de las ciudades castellanas.

La respuesta de Carlos I fue pasar olímpicamente de las peticiones y reivindicaciones. Puso rumbo a Alemania para ser coronado emperador, pero antes añadió más leña al fuego, al dejar el gobierno en manos de otro extranjero: su preceptor, el cardenal Adriano de Utrecht, un flamenco de armas tomar, que llegaría a ser Papa (Adriano VI).

Con el rey ausente, la revolución se extiende. Toledo, Zamora y Segovia se levantan en Comunidad contra el nuevo monarca. Se producen asambleas populares donde se eligen nuevos diputados y las iras del pueblo se vuelcan sobre la figura de los “corregidores”. Algunos de estos huyen de las ciudades y otros son capturados, torturados y ajusticiados cruelmente. El levantamiento de las Comunidades de Castilla estaba en marcha.

Atacar físicamente a un corregidor era lo mismo que atacar al mismísimo rey en persona. Una vez enterado de lo sucedido en Castilla, Carlos I envía al ejército Imperial contra Segovia, a ver si así traía la obediencia de su pueblo. Pero la realidad sería el levantamiento en Comunidad de Toro, León, Ávila y Murcia.

Burgos, Valladolid y, sobre todo, Toledo son a partir de ahora los reductos inexpugnables de los comuneros con la ayuda de algunos nobles, y se comenzaron a organizar los dos ejércitos. Ya tienen 15 ciudades y empieza la lucha con centro de operaciones en Tordesillas. Carlos I, desde el extranjero, decide bajar los impuestos y también que Adriano de Utrecht compartiese sus funciones de gobierno con dos de los máximos representantes de la alta nobleza castellana: el Condestable de Castilla y el Almirante de Castilla. Todo ello para calmar a las masas, pero no lo consigue.

En el momento en que los campesinos se suman a la lucha, se produce un hecho que, en lugar de ayudar a los comuneros, se les vuelve en su contra. Al dejar éstos a sus señores y abandonar las tierras, los nobles entran en cólera y deciden ayudar con sus ejércitos a Carlos I. Cae Tordesillas a manos de los imperiales tras una cruenta batalla, pero los comuneros se preparan para el gran combate; había una posición que tomar: Torrelobatón, en Valladolid, que era vital. Lo hicieron. Por otro lado los imperiales tomaron la importante plaza de Burgos y consiguieron parar el levantamiento.

Desde Torrelobatón, Juan Padilla no sabe qué hacer, y sale con 6000 hombres el 23 de abril de 1521, con una tormenta espantosa, pero los imperiales estaban al tanto y fueron a por ellos. La caballería imperial ataca a los comuneros en Villalar y estos caen a cientos ante la desesperación de Juan Padilla y Juan Bravo. Fue una carnicería, los que no murieron fueron capturados, y la nobleza se frotaba las manos.

Juan Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado, líderes comuneros fueron decapitados al día siguiente en la plaza Mayor de Villalar, ante la “flor y nata” de los nobles, y la noticia comenzó a correr como la pólvora por toda Castilla. De este modo, se asestaba el golpe definitivo a la guerra de las Comunidades de Castilla y a la rebelión, y de paso se enviaba un claro mensaje por parte del emperador ante las acciones llevabas a cabo contra la Corona.

Los sublevados de otras ciudades entregaron las armas. Aun así, les quedaba Toledo, liderada por María Pacheco (la mujer de Juan Padilla); fue el último reducto en el que logran aguantar hasta el 3 de febrero de 1522, cuando sin provisiones y sin munición, María Pacheco no se rinde y decide huir a Portugal.

Carlos I de España y V de Alemania, liquidó el problema concediendo un perdón general, que otorgaba amnistía a todos aquellos que habían participado en el movimiento comunero, pero contra los principales cabecillas su venganza se prolongará. María Pacheco, la viuda de Padilla, a la que el pueblo bautizó con el llamativo nombre de “la Leona de Castilla”, murió exiliada en Oporto, a pesar de que su familia, el poderoso clan de los Mendoza, intentó conseguir para ella el perdón real. La casa de los Padilla fue arrasada hasta los cimientos y el solar simbólicamente sembrado de sal para dar ejemplo ante los toledanos. Carlos I se negó, incluso, a que sus restos se trasladasen a Olmedo, para que descansaran junto a los de Juan de Padilla, su esposo.

Otro cabecilla fue Antonio Acuña, obispo de Zamora, que tomó parte activa en la guerra contra Carlos I, aportando sus tropas, formadas mayoritariamente por sacerdotes. Aunque era eclesiástico, se comportaba más como soldado que como sacerdote. Se dice que en las batallas iba armado con una gran maza en lugar de espada, justificando que, como obispo, tenía prohibido derramar sangre con armas cortantes, pero no con armas contundentes.

Consiguió llegar a Toledo y se entrevistó con María Pacheco. Unos días antes de la derrota de Villalar, los canónigos de la catedral lo nombraron arzobispo de Toledo. Tras la derrota, intentó huir disfrazado, pero fue capturado. Al ser clérigo no podía ser ejecutado, por lo que le encarcelaron en el castillo de Simancas. En prisión intentó asesinar a su carcelero para escapar, pero lo descubrieron y, como castigo, Carlos I ordenó su ejecución por garrote vil, en 1526.

Tras la guerra de las Comunidades de Castilla, el poder real salió fuertemente reforzado y, además, las ciudades castellanas aceptaron el sometimiento de la autoridad real. Frente a la reivindicación de políticas más democráticas y constitucionales que pedían los comuneros, triunfó el absolutismo.

Aunque hubo concesiones menores, las demandas fundamentales de los comuneros, como la autonomía plena de las ciudades o un control real sobre las decisiones del rey, no fueron alcanzadas.

Fue el fin del levantamiento, de una aspiración sana y noble; y a Carlos I este suceso le hizo reflexionar y le hizo cambiar por completo su actitud con el pueblo.

Durante varios siglos la historiografía presentó a las Comunidades como la rebelión de unas gentes contra su rey, algo inadmisible. Sin embargo, la llegada del romanticismo trajo otros aires y con ellos una rehabilitación de los comuneros como defensores de las libertades del reino frente al despotismo del monarca. Era la interpretación de los liberales que en 1821 celebraron el tercer centenario de Villalar. Hubo múltiples homenajes públicos con inauguración de estatuas a los líderes de la revuelta, denominación de innumerables calles a Padilla, Bravo y Maldonado en ciudades y localidades de toda España, composición de obras de teatro, poesías, como “Oda a Juan de Padilla” de Manuel José Quintana, y pinturas historicistas entre las que destaca en 1860, el cuadro de Antonio Gisbert “Los comuneros de Castilla en el patíbulo”, que fue adquirido por el Estado Español por 80.000 reales, y se encuentra expuesto en el Congreso de los Diputados.

A finales del siglo XIX, en medio de una gran crisis nacional, la del 98, los comuneros vuelven a las catacumbas. El debate en torno a las Comunidades no ha concluido y sigue abierto en nuestros días.

La aprobación de la Constitución Española de 1978 y la Ley de Autonomías de 1983, permitió a las regiones tomar sus propias decisiones políticas, económicas y sociales. Así surgieron los nombres de “Junta de Comunidades de Castilla y León”, y “Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha”.

La referencia simbólica a las Comunidades en el nombre de estas Juntas es una evocación directa de la Guerra de las Comunidades de Castilla. El uso de la palabra "Comunidades" en el contexto de estas instituciones autonómicas puede verse como un recordatorio de la lucha histórica de las ciudades castellanas por mayor autonomía y representación. De alguna forma, este nombre simboliza la idea de unión de los pueblos o comunidades históricas dentro de la región para tomar decisiones políticas en su propio beneficio.

José Antonio Parra Tomás