MEMORIAS DE ADRIANO
Adriano, sucesor de Trajano, fue uno de esos grandes personajes de la historia. Hombre ilustrado, amante del conocimiento y con arrojo, impulsor del orden en lo administrativo en lo referido al estado, gran conocedor del imperio y sus necesidades, el cual recorrió para hacer del mismo la máquina administrativa que el imperio necesitaba.
JOSÉ ANTONIO PARRA TOMÁS
José Antonio Parra en Asociación la Tortuga de El Charco
11/1/20269 min read


Anima, vagula, blandula
Hospes comesque corporis
Quae nunc abibis in loca
Pallidula, rigida, nudula,
Nec, ut soles, dabis iocos...
Pequeña alma mía, tierna y errante,
huésped y compañera de mi cuerpo,
que partirás para lugares
pálidos, rígidos, desnudos,
y ya no bromearás como acostumbrabas…
MEMORIAS DE ADRIANO
Este poema fúnebre lo escribió el emperador Adriano en su lecho de muerte. Y, con dicho poema, comienza la novela, que apareció en 1951, y es considerada la obra cumbre de la escritora francesa Marguerite Yourcenar. Se trata de las “falsas” Memorias de Adriano: las confesiones, consejos y reflexiones del emperador Adriano a su sucesor Marco Aurelio, y a la que la escritora, que fue la primera mujer elegida para formar parte de la Academia Francesa, en 1980, dedicó casi treinta años de su vida.
Memorias de Adriano es, sin duda alguna, un texto brillante, y de los más importantes de la literatura del pasado siglo XX. La novela mantiene y eleva el prestigio, que el género histórico ha gozado en las últimas décadas. La forma que le confiere Marguerite Yourcenar, la de una larga Carta de Adriano, dividida en capítulos, y dirigida a su nieto adoptivo Marco Aurelio, permite que la voz del emperador, nos revele los acontecimientos de su vida pasada y su interioridad. Adriano le explica su pasado, describiendo sus triunfos, su amor por el joven griego Antínoo y su filosofía.
En esta novela, Marguerite Yourcenar reconstruye la biografía del emperador, y el contexto histórico en el que surge y se desarrolla, pero también recrea un modo de ver el mundo y las formas, en las que una mente como la de Adriano se relaciona con él, es decir, una filosofía de la vida.
Sin embargo, la novela no es una simple sucesión de acontecimientos históricos. Lo verdaderamente importante es la reflexión que acompaña a sus recuerdos. Adriano se pregunta: ¿Qué significa gobernar a otros hombres? ¿Es posible ejercer el poder sin convertirse en su prisionero? ¿Qué relación existe entre la inteligencia y la felicidad? ¿Puede el amor vencer a la muerte? ¿Qué queda de nosotros cuando desaparecen la juventud, la belleza y la fuerza? ¿Cómo debe afrontar un hombre su propia desaparición?
La novela convierte la biografía del emperador, en una meditación sobre la existencia humana. Le llevó a la autora una década de trabajo y, además, de ser considerada por muchos como una de las obras más singulares, bellas y hondas de la literatura del siglo XX, es una novela pionera, que ha servido de influencia en la posterior novelística histórica, y se ha convertido en una obra maestra de la literatura moderna.
Cuesta admitir que la llegada al trono de uno de los más grandes emperadores de la Antigüedad, se debiera a un adulterio. Y, sin embargo, Dión Casio, en su Historia romana, da por cierto que fue elegido Adriano para suceder a Trajano, que había muerto sin designar herederos, por un título solo: el de amante de la mujer de éste, Plotina. Y, no cabe duda, de que al menos una mano le echó Plotina a Adriano para coronarle. Eran tía y sobrino, pero no consanguíneos, y, por otra parte, el parentesco, en Roma, no había impedido ningún amor.
Trajano y Adriano eran parientes y paisanos, pues habían nacido en la misma ciudad de España, Itálica. Adriano, que era veinticuatro años más joven, llegó a Roma llamado por Trajano. Era un muchacho lleno de vida, de curiosidad y de interés, que lo estudiaba todo con fervor: matemáticas, música, medicina, filosofía, literatura, escultura, geometría, y aprendía pronto.
Trajano le dio por esposa a su sobrina Julia Sabina. Fue un matrimonio respetable y frío, del que no nacieron ni amor ni hijos. Sabina, según cuentan los historiadores, era esculturalmente hermosa, pero carente de sexappeal, y se lamentaba en voz baja, de que su marido tuviese más tiempo para sus caballos y sus perros, que para ella. Adriano se la llevaba consigo en sus viajes, la colmaba de atenciones, despidió a su propio secretario porque un día habló de ella con poco respeto, pero de noche dormía solo.
Tenía cuarenta años cuando subió al trono, y su primera medida fue acabar rápidamente con las guerras dejadas por Trajano. Había sido siempre contrario a las empresas bélicas, por lo que se apresuró a retirar los ejércitos de Persia y de Armenia, con gran disgusto de sus generales, que pensaban que una estrategia puramente defensiva, conduciría a la muerte del Imperio o al final de sus carreras, de las medallas y de las “dietas”.
No se ha sabido jamás con exactitud, cómo fue que cuatro de aquellos generales, los más valerosos y de más autoridad, fuesen eliminados poco después sin proceso. En ese momento, Adriano se hallaba en el Danubio y volvió precipitadamente a Roma. El Senado asumió todas las responsabilidades de las eliminaciones, diciendo que los generales se habían mancillado, conspirando contra el Estado. Pero, nadie creyó en la inocencia de Adriano, que se la compró distribuyendo a los ciudadanos mil millones de sestercios, liberándoles de sus deudas al fisco, y divirtiéndoles durante semanas enteras, con magníficos espectáculos en el Circo.
Esos comienzos, hicieron temer a muchos romanos, un retorno a la época de Calígula y Nerón. Y los recelos parecían justificados por el hecho de que Adriano, igual que Nerón, cantaba, pintaba y componía versos. Pero, después se vio que, en sus ambiciones artísticas, no había nada patológico. Adriano se entregaba a ellas solo a ratos perdidos, para descansar de sus trabajos de escrupuloso y habilísimo administrador.
Cuentan también que era un hombre alto, elegante, de pelo rizado y barba rubia, al que todos los romanos quisieron imitar. Habitualmente se mostraba amable y de buen humor, pero a veces se comportaba con una dureza rayando en la crueldad. En privado, se mostraba escéptico, riéndose de los dioses y oráculos. Pero, cuando ejercía sus funciones de Pontífice Máximo, ¡Pobre de quien diera señales de irreverencia!
Intelectualmente, tendía al estoicismo, y era admirador de Epicteto, a quien había estudiado con atención. Pero, en la práctica, no se esforzó nunca en aplicar sus preceptos. Tomó el placer dondequiera lo encontró, según un gusto refinado, pero sin avergonzarse ni sentir remordimientos. Se enamoraba indistintamente de guapas muchachas y de guapos chicos. Le gustaba comer bien, pero detestaba los banquetes, y no le gustaban las fiestas; prefería las cenas con algunas personas selectas que, más que beber, supiesen conversar.
En las discusiones era buen jugador; aceptaba el debate y la crítica. En una ocasión, reprochó a un intelectual galo, que le diese la razón continuamente, pero el filosofo galo respondió ingeniosamente: “Pero un hombre que basa sus argumentos sobre treinta legiones en armas, tiene siempre razón”. Adriano volvió a contar la anécdota en el Senado, divirtiéndole y divirtiéndose.
Tenía la vocación del orden y trató de instaurarlo, simplificando las leyes, que se habían acumulado en un confuso caos. A esa racional división del trabajo, que permitía al aparato estatal cierta mecánica de funcionamiento, tendía también Adriano por razones egoístas: porque tenía la pasión de los viajes, y quería emprenderlos sin la preocupación de que todo, durante su ausencia, se fuese al traste. Así, realizó viajes larguísimos, que duraron hasta cinco años, para conocer de cerca el Imperio desde todos los ángulos.
Cuatro años después de su coronación, partió para una cuidadosa inspección de la Galia. Viajaba como un particular cualquiera, con un séquito compuesto casi exclusivamente de técnicos. Gobernadores y generales le veían presentarse ante ellos de improviso, y tenían que someterse a sus indagaciones acerca de la administración. Adriano ordenaba construir un nuevo puente o una nueva carretera, concedía un ascenso o decretaba una destitución, y, si se terciaba, tomaba el mando de una legión para delimitar con una batalla alguna frontera imprecisa. Al frente de la infantería, recorría a pie hasta cuarenta kilómetros diarios, y no se perdió jamás una escaramuza.
De la Galia pasó a Germania, donde reorganizó las guarniciones; descendió el Rin en una embarcación, zarpó hacia Britania y ordenó la construcción de aquella especie de muralla, para defender el territorio britano sometido, al sur de la muralla, de las belicosas tribus de los pictos que se extendían más al norte, en lo que llegaría a ser más tarde Escocia, y que hoy conocemos como Muro de Adriano.
Después volvió a la Galia y pasó a Hispania. Bajó hasta África, a la cabeza de un par de legiones, sofocó una revuelta de moros, y continuó hacia Asia Menor, pasando por Palestina (el nombre de Palestina, fue dado por Adriano y quiere decir “tierra de filisteos”), donde en el 132 d.C., había estallado la segunda sublevación de los judíos. Jerusalén fue completamente destruida y después arada; sobre sus ruinas se construyó una nueva ciudad llamada Aelia Capitolina. Los romanos prohibieron a los judíos vivir en la ciudad, exclusión que continuó hasta el siglo IV, con Constantino.
En Roma estaban un poco inquietos, por aquel emperador que nunca volvía. Y comenzaron los chismorreos malignos, cuando se supo que desde Palestina pasó a Egipto y había embarcado en una nave que remontaba el Nilo, con un nuevo huésped llamado Antínoo, de ojos aterciopelados y pelo rizado.
Parecía un destino, desde Julio César en adelante: en cuanto llegaban a Egipto, los jerarcas romanos, tropezaban con alguna desgracia sentimental. De qué naturaleza era, para Adriano, la encarnada en Antínoo, no se sabe. Sabina, su esposa, que lo acompañaba, no protestó, al parecer, de la presencia del muchacho. Pero la cuestión es, que no se ha esclarecido nunca por qué murió ahogado en el Nilo. Para Adriano fue un golpe terrible. Lloró como una mujerzuela, según cuentan, e hizo levantar un templo en honor del pobre difunto, y en torno al templo, hizo construir una ciudad, Antinópolis, que adquirió importancia en la época de Bizancio.
El hombre que volvió a Roma después de la muerte de Antínoo, no era ya el brillante, alegre y jovial emperador, que había partido de ella. Adriano se había vuelto un poco misántropo y, así como antes abandonaba la mesa de trabajo con alivio, feliz de poderse tomar un poco de descanso, y sabiendo muy bien cómo utilizarlo, ahora parecía tener miedo de aquellas horas vacías, y las llenaba escribiendo. Una gramática, algunas poesías y una autobiografía fueron el fruto de su soledad.
Pero, lo que más ocupado le tenía, eran los planes de reconstrucción. Adriano tenía la enfermedad de la piedra. Rehízo el Panteón, que edificó Agripa y que el fuego había destruido, según el estilo griego, que él prefería al romano, y que hoy podemos admirar. No cabe duda de que se trata del monumento mejor conservado de la antigua Roma. Cuando, varios siglos después, el papa Urbano VII desmanteló el techo del pórtico, sacó bronces para construir más de cien cañones, además del baldaquín, que figura en el altar mayor de la Basílica de San Pedro.
Otra obra maestra de su arquitectura fue la villa, a cuyo alrededor nació Tívoli. Había de todo: templos, hipódromo, bibliotecas y museos, donde durante dos mil años, han ido a saquear ejércitos de todo el mundo, y siempre han encontrado algo. Pero, apenas se hubo instalado en ella, una dolencia comenzó a consumirle. Su cuerpo se hinchaba y tenía abundantes hemorragias nasales. Sintiéndose próximo al fin, Adriano llamó y adoptó como hijo, para prepararlo a la sucesión, a su amigo Lucio Vero, pero falleció poco después. La elección de Adriano recayó entonces en Antonino, a quien, reteniendo para sí el título de Augusto, le otorgó el de César que, a partir de entonces, fue adoptado por todos los herederos al trono.
Sus sufrimientos eran tan intensos, que ya no aspiraba más que a la tumba. Se la hizo construir al otro lado del río Tíber, con un puente ex profeso para llegar a ella, y que es ese gran mausoleo que hoy se llama Castel Sant'Angelo. Finalmente, a los sesenta y dos años, después de veintiuno de reinado, cerró los ojos. Pocos días antes, había compuesto un pequeño poema, sobre el recuerdo del tiempo pasado, que constituye tal vez la más exquisita obra maestra de la lírica latina: Anima, vagula, blandula, hospes comesque corporis...
Con él murió, no tan solo un gran emperador, sino también uno de los hombres más complejos, inquietantes y cautivadores de la historia de todos los tiempos, y acaso el más moderno entre los del mundo antiguo. Igual que Nerva, se despidió de Roma haciéndole el más grande de los favores: el de designar el sucesor más calificado, para que no le echaran de menos.
José Antonio Parra Tomás
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