NODRIZAS PASIEGAS

El hecho de amamantar a lactantes por parte de madres no propias, ha sido algo habitual desde siempre. Entre familiares, amistades o vecinos, si alguna madre no podía alimentar a su recién nacido con su pecho, se buscaba a alguna otra que estando en tiempo de poder hacerlo y sobrada de leche materna, pudiera ayudar a esa madre con problemas. Este hecho entre la realeza se convirtió en una forma habitual de proceder que estuvo vigente durante bastante tiempo.

JOSÉ ANTONIO PARRA TOMÁS

José Antonio Parra en Asociación la Tortuga de El Charco

6/14/20267 min read

NODRIZAS PASIEGAS

La definición oficial del patrimonio inmaterial de la UNESCO es la siguiente:

Tradiciones o expresiones vivas heredadas de nuestros antepasados y transmitidas a nuestros descendientes, como tradiciones orales, artes del espectáculo, usos sociales, rituales, actos festivos, conocimientos y prácticas relativos a la naturaleza y el universo, o saberes y técnicas tradicionales de fabricación de objetos artesanales”.

Si nos acogemos a ella podemos pensar que la lactancia, en cualquiera de sus versiones culturales, se ajusta bastante bien a la definición.

Si la dieta mediterránea es hoy patrimonio de la UNESCO, en gran medida por su contribución al bienestar de diversas regiones, en mucha mayor medida la lactancia materna está directamente relacionada con un mayor bienestar en la infancia y la maternidad.

Y hablando de lactancia, deseo indicar que en Granada existe la Plaza de las Pasiegas, frente a la catedral, una de las más brillantes joyas renacentistas que hay en España. Todos los granadinos la conocen y es también lugar de paso casi obligado para los visitantes. Su disposición, con pequeños tramos de escalones, es ideal para sentarse allí, tomarse un respiro y, con el templo como fondo, ver una preciosa estampa del centro de la ciudad

Sin embargo, la plaza de las Pasiegas, no tiene que ver ni con las quesadas ni con los sobaos, los dos productos más conocidos de entre los que exporta la comarca del valle del río Pas, en Cantabria. El origen del nombre hay que buscarlo en las nodrizas, las "amas de cría", mujeres fuertes, valientes, decididas, que alimentaban con su leche a los hijos de la nobleza y de la alta burguesía a cambio de dinero. Según se cuenta, una vez que llegaban a Granada no tardaban en ser contratadas.

¿Y por qué a Granada? La medicina de la época pensaba que las cualidades psicológicas y físicas de la madre se transmitían e influían directamente en el niño. Por ello, las malas lenguas, por lo demás, aseguraban que si llegaron muchas mujeres del Valle del Pas fue porque, como se sabe, Granada fue la última ciudad española dominada por los musulmanes, que no se marcharon hasta ser derrotados por los Reyes Católicos en 1492. Mucho después de eso, todavía había quien pensaba que, por su ascendencia no cristiana, las granadinas tenían “mala leche”. Aunque no hay nada que científicamente demuestre esa teoría, claro.

El esfuerzo de estas nodrizas pasiegas, finalmente, quedó recompensado cuando, en 1807, el Ayuntamiento de Granada renombró el espacio delante de la catedral y junto al Palacio Episcopal, con su nombre: Plaza de las Pasiegas, que hasta entonces era conocido como Plaza de las Flores.

También existe en Granada una asociación de mujeres lactivistas “Mamilactancia”, que fomentan la lactancia natural, y que en 2004 celebraron la primera Fiesta de la Lactancia, destinada al orgullo y la normalización del hecho lactante, amamantando juntas a sus bebés en la plaza de las Pasiegas. Estas madres experimentan y promueven la lactancia natural.

¿Pero cómo había llegado la fama de las nodrizas cántabras hasta el otro extremo de la península?

En el siglo XIX, los reyes ya llevaban algunas generaciones criándose con leche materna de mujeres pasiegas. El origen hay que buscarlo en el siglo XVII, cuando las nodrizas eran ya comunes entre los Borbones. Y no solo para criar a los recién nacidos: el Gran Duque de Alba (1531-1582), o el rey Enrique IV de Francia (1553-1610), terminaron sus días siendo amamantados, cuando no eran capaces de alimentarse de otra manera. Si se entendía que la leche materna era buena para los niños, ¿por qué no iba a serlo para los ancianos? Así que, al menos durante la Edad Media y Moderna, se sabe que se amamantaba a personajes históricos, y se supone que no solo serían los dos ejemplos anteriores, las únicas personas mayores en ser alimentadas de esa forma.

Así, dentro de esa tradición, no extraña que fuera Fernando VII el primero en solicitar un ama de cría española para amamantar a su hija Isabel, la futura Isabel II. La elegida y encargada de la labor fue Francisca Ramón González, una cántabra de Peñacastillo que contaba entonces con 21 años. Además, tenía una nodriza de retén, Josefa Falcones, de 19 años. El rey quedó tan satisfecho que le regaló una casa en su pueblo y una pensión vitalicia.

Pero, no bastaba con ser pasiega o cántabra, para ser elegida como nodriza. Y menos aún para serlo en la familia real. Había que cumplir una serie de requisitos: tenían que tener entre 19 y 26 años, estar criando a su segundo o tercer hijo (desde menos de tres meses) y no podían haber criado a hijos ajenos. Todos estos requisitos, junto a otros, como no padecer o haber padecido enfermedades en la piel (ella y su marido), la complexión robusta y que su marido se dedicara a las labores del campo, eran revisados por el médico de la corte.

También se tenía en cuenta la buena conducta moral, mediante un certificado que expedía el cura del pueblo, que también garantizaba la “limpieza de sangre” (ausencia de ascendencia judía o musulmana), Se trataba de una labor institucionalizada que, por decirlo así, se realizaba una convocatoria oficial.

Así, se creó una Comisión de la Real Casa para elegir nodriza al futuro vástago; ello unido a las normas exigidas que eran minuciosamente analizadas por los médicos de Cámara, tal es el caso del doctor Esteban Sánchez Ocaña, médico de la Casa Real de Alfonso XII y María Cristina de Habsburgo-Lorena. El doctor Sánchez Ocaña, fue el encargado de elegir a la nodriza de Alfonso XIII, abuelo del rey Juan Carlos, entre las jóvenes madres procedentes de Cantabria y se decantó por Maximina Pedraja, natural de Heras. La unión de esta con la familia real fue tan grande que, pasados los años, más de un viaje tuvo que hacer Maximina desde Cantabria hasta Madrid para acudir a la llamada del monarca, quien la quería como a una madre, cariño al que ella correspondía, de tal modo que le angustiaba pensar en lo que el rey podría sufrir, por las agitadas circunstancias de la época.

De hecho, la nodriza estaba en la comitiva real de la boda de Alfonso XIII, el 31 de mayo de 1906, cuando al paso del cortejo, por la calle Mayor de Madrid, el anarquista Mateo Morral lanzó contra la carroza de los reyes una bomba camuflada en un ramo de flores. La onda expansiva levantó el parasol de Maximina, que, por suerte para ella, no tuvo que lamentar daños mayores, como los 28 muertos que dejó el atentado. Los vínculos afectivos fueron tan sólidos, que han sido heredados por ambas familias; tanto, que el pintor Cantolla, nieto de Maximina, ha tenido y tiene una entrañable amistad con el rey emérito Juan Carlos.

Después de cumplir su labor, las nodrizas volvían al pueblo para seguir cuidando a sus hijos, "hermanos de leche" de los monarcas e infantes. Muchas veces, como muestra del cariño que se habían ganado, llegaban con presentes decorados con el sello de la familia real. La virgen de Valvanuz en Selaya, patrona de los pasiegos, conserva más de uno de esos regalos en calidad de ofrenda.

Poco después ya eran las pasiegas las nodrizas de referencia de los reyes. Y, como en todas las épocas, lo que para la Corte era una institución, poco tardaría en convertirse en signo de riqueza, primero para la nobleza, y luego para la más alta burguesía.

En el Madrid de la época, así como en Granada y otras ciudades, tener una nodriza pasiega, no era una necesidad, sino un auténtico símbolo de estatus social. Para la alta sociedad, lucir una nodriza con su traje tradicional, era un lujo comparable a tener un cochero.

El Museo de Amas de Cría de Selaya, en Cantabria, tiene documentado el nombre de más 500 nodrizas de la zona. Las nodrizas no procedían exclusivamente de los valles pasiegos, pues también eran procedentes de toda la costa cantábrica, pero las más valoradas eran las pasiegas, seguramente por su relación con la Casa Real.

El flujo de jóvenes pasiegas que partían en carretas, acompañadas por un perrito, al que daban de mamar por el camino, para que no se les cortara la leche, duró hasta principios del siglo XX, pero es algo que parece definitivamente del pasado. No en vano, mujeres como Basilia Carral, que falleció en 2013, con 97 años de edad, son de las últimas de las que se tiene constancia.

Para muchas mujeres pasiegas convertirse en nodriza era una decisión económica durísima. Los valles pasiegos eran zonas pobres y aisladas, cuya economía se basaba en la ganadería y en una agricultura difícil.

Tenían que dejar a sus hijos en el pueblo y viajar solas hasta Madrid, Granada u otras ciudades. Y pasaban años criando a niños nobles y ricos, mientras que apenas veían a los suyos.

Es cierto que, a cambio, recibían salarios muy superiores a los ingresos normales en el campo. Ese dinero les permitía sostener a toda la familia, mejorar cabañas, adquirir ganado, e incluso comprar tierras.

Las nodrizas pasiegas se hicieron muy reconocibles por su vestimenta espectacular. Llevaban pañuelo rojo de seda, collares, pendientes de filigrana, faldas adornadas. Aquella indumentaria no era solo estética, ya que representaba prestigio social de las familias ricas, que mostraban a la nodriza casi como símbolo de categoría.

La imagen tradicional muestra a mujeres fuertes y orgullosas, pero detrás había una realidad muy dura por la separación familiar, la explotación emocional y la dependencia económica.

Algunos escritores las despreciaron o caricaturizaron. Otros, como Emilia Pardo Bazán, las describieron con admiración.

El oficio comenzó a desaparecer en el siglo XX por la mejora de la pediatría, los biberones y leches artificiales, nuevos hábitos sociales y el descenso de la mortalidad infantil. Hacia mediados del siglo XX prácticamente había desaparecido.

Hoy suele verse solo el aspecto pintoresco, pero las nodrizas pasiegas representan algo más profundo, como la pobreza rural española, el trabajo femenino invisibilizado, y como el cuerpo de las mujeres se convirtió en una profesión.

José Antonio Parra Tomás

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