NUEVAS POBLACIONES DE SIERRA MORENA
Somos una mezcla a veces creo que interminable de gentes de todas partes. Desde los origenes más recientes celtas, íberos, romanos, godos, suevos, alanos, árabes, norteafricanos y a pequeñas dosis, alemanes, flamencos y suizos que es de lo que se trata en esta ocasión. Gentes del norte "invitadas" a asentarse en nuestras tierras para su repoblación y consiguiente desarrollo económico.
JOSÉ ANTONIO PARRA TOMÁS
José Antonio Parra en Asociación la Tortuga de El Charco
2/22/20268 min read


NUEVAS POBLACIONES DE SIERRA MORENA
Esta es una historia de movimientos de personas en la España de los siglos XVI, XVII y XVIII; unas expulsadas, y otras, sin embargo, invitadas a venir a España. Estos movimientos (migraciones) han existido siempre en todo el mundo, a lo largo de la historia de la humanidad, por razones climáticas, económicas, políticas o sociales.
La expulsión de judíos y moriscos en los siglos XVI y XVII, la concentración de la población en torno a Sevilla, Cádiz y Granada, y la incesante emigración a América, dejaron amplias zonas del valle del Guadalquivir y Sierra Morena prácticamente despobladas.
Eran tierras fértiles en torno a una de las principales rutas de comunicación del reino (Madrid-Córdoba-Sevilla-Cádiz) que, a consecuencia de ese despoblamiento, se habían convertido en un páramo donde los bandoleros campaban a sus anchas. Desde la corona se tenía el convencimiento de que el paso de Despeñaperros, que hacía poco que se había abierto, y que facilitaba la comunicación entre Andalucía y el centro de la península, quedaría más protegido del asalto de los bandoleros, si toda aquella región era habitada.
En 1767, el rey Carlos III puso en marcha un ambicioso proyecto, cuyo principal objetivo era poblar toda aquella zona con colonos provenientes de otros puntos geográficos de Europa, con el fin de dar a la región la oportunidad de convertirse en un puntal económico, social y cultural, según los ideales de la Ilustración, que se estaban imponiendo en gran parte del viejo continente.
Para llevar a cabo su plan de modernización, el rey financió el traslado de unas siete mil personas, desde Centroeuropa (principalmente alemanes, suizos y flamencos) hasta Sierra Morena. Los grandes impulsores del proyecto fueron el presidente del consejo de la Mesta y miembro del gobierno reformista, Pedro Rodríguez de Campomanes, y Pablo de Olavide, político de origen peruano, quienes a petición de Carlos III dirigieron todo el entramado para trasladar hacia el sur de la península a numerosas familias centroeuropeas.
La idea de colonizar y poblar zonas desiertas de Andalucía surgió del bávaro Johann Kaspar von Thürriegel, un aventurero con ganas de hacer fortuna, que pudo llegar hasta el monarca haciéndose pasar por el esposo de la condesa de Schwanefeld.
Thürriegel, tras pasar todos los filtros, pudo codearse con la flor y nata de la corte, siendo un habitual de las recepciones del Palacio real y pudiendo acceder a los hombres de confianza de Rodríguez de Campomanes, a quien convenció para que el monarca financiase su proyecto de poblar aquellos terrenos de la corona española, sin habitantes.
El contrato establecía que serían un total de 6.000-7000, alemanes, suizos o flamencos de nacimiento, siempre de confesión católica, y se establecían con exactitud los contingentes correspondientes a cada tramo de edad y profesión, si bien la gran mayoría serían labradores y artesanos y de buena salud. A cada familia instalada se le dotó de vivienda, tierras suficientes para el cultivo y explotación y varios animales de granja, además de quedar exentos de cualquier tributo al fisco, gracias al fuero especial (Fuero de las Nuevas Poblaciones de 1767) que se les había asignado.
De ese modo nacieron localidades como La Carolina-Jaén (nombre dado en honor al rey Carlos III), La Carlota-Córdoba, y La Luisiana-Sevilla, de idéntico nombre al Estado norteamericano, cuyo nombre proviene de Luis y Ana, hijos de Carlos III, que se convirtieron en las cabeceras de otras muchas poblaciones que crecieron alrededor de éstas. (Aldeaquemada, Arquillos, Carboneros, Guarromán, Miranda del Rey, Magaña, Montizón…).
Las conocidas como “Nuevas Poblaciones de Andalucía y Sierra Morena” se llenaron de centroeuropeos, pero estos colonos tuvieron que sufrir infinidad de penalidades.
Thürriegel partió para Alemania en junio de 1767. Para reclutar colonos, comenzó a repartir folletos en alemán y francés donde mencionaba los derechos que tendrían sus habitantes en virtud del fuero concedido, y describía de manera idílica las tierras españolas. Estableció en Francia un sistema de paradas y etapas para encaminarlos hacia España.
Los aspirantes a colonos, debieron recoger sus pocas o muchas pertenencias, deshacerse de las que no pudiesen transportar por la falta de medios, ya que no todos poseían una carreta para su transporte y el de su familia. Despedirse para siempre de sus familias, amigos y convecinos, así como de sus lugares de origen, de sus formas de vida y costumbres, e iniciar un viaje a un lugar solamente conocido por lo que les contaban las personas encargadas de reclutarlos, y andar, andar o cabalgar y cabalgar, según los medios de que dispusieran, a pie o en caballerías, o quizás en carreta, por unos caminos en los que, dependiendo la época del año, estarían en mejores condiciones o serían casi intransitables.
Con poca comida y poca agua, procurándose lo necesario por los pueblos, aldeas o casas aisladas por donde iban pasando, con largas jornadas de marcha y con animales salvajes como los lobos, acechándoles día y noche, cuando no los salteadores de caminos u otros bandidos. Todo ello, hasta llegar al puerto de embarque: Montpellier (Francia).
Allí, nueva espera hasta completar las personas suficientes para realizar un cargamento de colonos, y donde dependiendo del espacio disponible en el barco, debían vender o deshacerse de todo lo prescindible para el viaje: carreta y caballerías incluidas.
El viaje en barco que, según la época del año o del estado de la mar, podía hacerse muy largo y penoso hasta llegar al puerto de destino, que podía ser en Almería, Málaga, e incluso algún otro. Después, desembarcar. Pasar la aduana, donde se les investigaba si eran católicos, si tenían algún tipo de enfermedad incurable o contagiosa, y donde los no aptos para la tarea de la colonización eran devueltos al barco para transportarlos de nuevo a su lugar de origen.
Los admitidos, se preparaban para formar otra nueva caravana, esta vez más grande, ya que la compondrían todas las personas transportadas y admitidas de ese barco, para dirigirse hasta la capital de las Nuevas Poblaciones, que era La Carolina, y desde allí, ser nuevamente enviadas a los pueblos o aldeas correspondientes, dependiendo del país de origen en principio, para poder asignarles consuelo espiritual en su idioma.
De elegir los lugares donde debían establecerse los distintos pueblos y aldeas nuevas, se encargó D. Pablo de Olavide, superintendente de las Nuevas Poblaciones. Los eligió en los terrenos yermos de la sierra, principalmente que se encontrasen sobre caminos reales o en las inmediaciones de estos. En lugares bien aireados y sin aguas estancadas.
A continuación, vino el diseñar el trazado de las calles del pueblo, para lo que se contrataron los servicios de Juan Bautista Nebroni. Este arquitecto, diseñó el trazado de La Carolina como un campamento romano, aplicando la legislación urbanística promulgada en época de Felipe II. Un trazado reducido a la máxima simplicidad: dos calles principales, que se cortan perpendicularmente, añadiendo calles paralelas a estas anteriores, según necesidades.
Luego debieron construir las primeras barracas y tiendas para alojarse, hasta que se construyeran las viviendas. Para ayudar a los colonos en la construcción de las barracas y tiendas, se eligió a las tropas del Regimiento Reding, con cuartel en Baeza. Mientras tanto, los colonos se alojaron en casas, cortijos, y ventas de Santa Elena, Linares y Guarromán, así como las instalaciones del Convento de La Peñuela.
Normalmente, en el lugar tampoco había suficiente agua ni comida para mantenerlos, lo que empezó a provocar epidemias de viruela, fiebres tifoideas, escorbuto, dolores de costado, tabardillo… Después, se prepararon los terrenos para urbanizar las casas y los lotes de tierra para sortearlos entre los colonos. Uno de los requisitos era que, en el plazo de dos años, debía estar construida la casa. Los cabezas de familia eran los encargados de construirlas. La Hacienda Real se encargaba de pagar jornales y materiales.
Una vez construida la casa, para la que usaron piedras salidas de sus parcelas y madera traída hasta de la sierra de Segura, se pusieron a transformar los eriales, pedregales, montes y demás tipos de terrenos, en zonas cultivables. Construyeron pozos de los que poder extraer agua para consumo humano, agrícola y ganadero.
Quitaron las piedras, que usaron para edificar las casas, y para delimitar las lindes de sus parcelas, plantaron árboles frutales, y empezaron a labrar el terreno. Fue en ese momento, cuando recibieron la última parte de sus “dotes”, ya que a las 33 fanegas (50 hectáreas) de tierra para desmonte y cultivo, y el terreno de la casa, se añadían: una yunta de vacas, una cerda de cría, seis gallinas, un gallo, 20 fanegas de trigo, 6 fanegas de cebada, un azadón, una azada, un arado, dos rejas…
A los animales, se les cambiaba el lugar del redil cada 3 ó 4 días, y labrar el lugar donde había estado el redil, para mezclar los excrementos con la tierra y de esta forma abonarla sin que se perdiesen los nutrientes de los excrementos.
Los nuevos asentamientos humanos no recibieron el nombre de ciudad, villa o lugar, sino que se conocían como feligresías y aldeas y todas en conjunto como “Nuevas Poblaciones”. La sede del superintendente se estableció en La Carolina en 1767, quedando a partir de 1784 como sede de la intendencia, y se estableció una subdelegación en La Carlota en 1768. En cada lugar oportuno se levantaría una iglesia, atendida por un clérigo que hablase la lengua de los fieles, un edificio para la alcaldía y una cárcel.
A los colonos avecindados en las Nuevas Poblaciones se les prohibía abandonar la región hasta pasados 10 años de la entrega de su heredad. Si morían antes de este tiempo, la heredad pasaba a sus descendientes, en caso de que muriesen sin descendencia, se entregaba a otro colono.
Había una serie de prohibiciones: por ejemplo, no se podían establecer Escuelas de Gramática, así como Facultades Mayores, ya que el fin es que los colonos estuviesen dedicados a la agricultura y a la cría de ganados, junto con la artesanía. Por ello, estaba prohibida la entrada de doctores, licenciados y demás gentes instruidas, aunque si se escolarizaron los niños. Tampoco podían establecerse en estas poblaciones los gitanos y gentes de mal vivir.
Por otro lado, estaba autorizado la apertura de boticas, para suministro de medicinas a enfermos, y se intentó fomentar las uniones entre colonos y personas españolas de provincias distantes a la colonización.
El Fuero de Las Nuevas Poblaciones, estuvo en vigor hasta 1835, aunque hubo épocas en este período, en que estuvo derogado, como fue durante la Guerra de la Independencia (1808-1814), y algún otro más.
Aún hoy, sigue habiendo muchas personas descendientes de aquellos colonos fundadores de estos pueblos y aldeas, los cuales siguen llevando apellidos centroeuropeos de la época colonial.
A partir de 1835, a raíz del fin del fuero especial al que estaban acogidos, la zona comenzó a perder privilegios y entró en una profunda crisis económica que obligó a muchos de los descendientes de los primeros colonos a emigrar hacia otros puntos de España e incluso a volver a la tierra de origen de sus padres o abuelos.
De la época de la colonización, son comunes el trazado típico colonial, así como el culto a la Inmaculada Concepción, patrona religiosa de casi todas las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena, impuesta por el rey Carlos III, la excepción es Santa Elena, cuya patrona es santa Elena, por la vieja ermita, de la época de la batalla de las Navas de Tolosa (1212), que Alfonso VIII, mandó construir en el lugar de la batalla.
José Antonio Parra Tomás
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