SANCHO I EL GORDO
Puede parecer extraño que en una época de continuas batallas entre los diferentes reinos que conformaban la Península Ibérica, allá por el siglo X, un rey pudiera estar tan grueso que ni de montar a caballo fuera capaz, pero así es y esta es la historia de este rey leones.
JOSÉ ANTONIO PARRA TOMÁS
José Antonio Parra Tomás con Asociación la Tortuga de El Charco
1/25/20268 min read


SANCHO I EL GORDO
Después de las fiestas navideñas, casi todos nos hemos planteado tomar medidas para quitarnos ese/os kilo/s de más que hemos cogido, gracias a los excesos puntuales por las comidas familiares copiosas, las tortas de pascua, polvorones, cordiales, bebidas…, que no arruinan nuestra salud, pero que sí conviene corregir cuanto antes, para volver al equilibrio.
Con este motivo de perder kilos, os quiero contar un culebrón medieval en el que se entremezclan intrigas palaciegas, traiciones, alianzas cambiantes, deslealtades, disputas familiares y guerras civiles.
Hacía ya más de doscientos años de la invasión musulmana de la península ibérica, y si miramos un mapa de la misma en el siglo X, veremos que estaba dividida en seis territorios: el reino de León (o reino Asturleonés), el reino de Aragón, el condado de Castilla (que aún no era reino), los condados catalanes, el reino de Navarra y, al sur, el Califato de Córdoba.
A pesar de la falsa creencia de una unión idealizada de los reinos norteños inmersos en una especie de cruzada contra los musulmanes del Califato de Córdoba, aquella mezcolanza de reinos cristianos estaba continuamente pactando, sellando alianzas (con los musulmanes también, si se daba la ocasión, ¿por qué no?) y rompiéndolas, guerreando entre sí, uniendo dinásticamente territorios para luego enfrascarse en cruentas guerras civiles entre hermanos. En fin, intrigas medievales orientadas a acumular más poder a costa del vecino, independientemente de su credo religioso.
Y la historia que hoy relato es un paradigma de todo ello en el reino asturleonés o reino de León, donde reinaba Ramiro II, un gran rey, que consiguió que en León no se produjese la disgregación entre las regiones de Asturias, Galicia y León; impulsó la repoblación y organización en el valle del Duero, y frenó los primeros intentos expansionistas de Abderramán III, venciéndolo en la batalla de Simancas. Los musulmanes le llamaban el Diablo por su ferocidad y energía.
Un ejemplo de su carácter, propio de la época, ocurrió en el año 932, cuando Ramiro II preparó un gran ejército para socorrer a la ciudad de Toledo, que le había pedido ayuda contra Abderramán III. Mientras tanto, su hermano Alfonso IV, que había renunciado al trono, pero ya se había arrepentido, se apoderó de León en ausencia de su hermano.
Ramiro II regresó y, en pocos días, dominó la situación y persiguió a su hermano hasta Oviedo, donde lo derrotó. Tras capturarlo, ordenó que le sacaran los ojos, a él y a todos los que le habían ayudado, y lo confinó en un monasterio.
A la muerte del rey Ramiro II, en el año 951, le sucedió su hijo mayor, Ordoño III. Esta decisión no gustó nada a Sancho, hermanastro de Ordoño, que conspiró contra su medio hermano con la ayuda de Castilla y Navarra, llegando a formarse un ejército coaligado para destronar a Ordoño sin conseguirlo, ya que fue derrotado en las mismas puertas de León.
No obstante, el reinado de Ordoño fue breve e intenso, con muchas revueltas internas, disputas dinásticas y choques militares con los musulmanes. Murió a los cinco años de ser coronado, razón por la cual, ahora sí, ya libre de obstáculos, Sancho I fue proclamado rey de León. Corría el año 956.
Sancho I era hijo de Ramiro II y de su segunda esposa, la reina Urraca Sánchez, y nieto del rey Sancho Garcés I de Navarra y de Toda Aznárez. Sin embargo, su ansiado reinado duró solo dos años, ya que fue depuesto por gordo. Así, como suena.
En una época en que la pobreza y las penurias alimentarias eran constantes, Sancho se alimentaba con una dieta que, según los cronistas, llegaba a contar con siete comidas al día, algunas de ellas con hasta diecisiete platos de una sentada. El resultado fue que llegó a pesar casi doscientos cuarenta kilos, convirtiéndose en poco más que un inválido. Su obesidad era monstruosa, mórbida, si utilizamos el término médico actual. Era incapaz de subirse al caballo (menos mal, ¡pobre caballo!) y a duras penas podía sostener una espada, pasando buena parte de su jornada postrado en una cama, de la cual solo se levantaba para comer y poco más. Por ello, fue apodado por todos como Sancho I el “Craso”.
Esta circunstancia hizo que perdiera el respeto de la nobleza, del pueblo llano, y de sus propias tropas, que no confiaban en alguien incapaz de comandarlos en la batalla. Además, en plena escalada de desprestigio, no se le ocurrió mejor cosa que enemistarse con el conde de Castilla, Fernán González, su tío y aliado, lo que precipitó su descrédito, ya que a partir de ese momento, el conde se unió a la nutrida camarilla de conspiradores, diseminando a los cuatro vientos que, con esa desmesurada gordura, era incapaz de engendrar descendencia, con lo cual terminaría su linaje entre comilonas, toneles de vino, y la mayor parte del día tumbado en la cama.
Todas estas circunstancias desembocaron en un clima casi de odio general en todo el reino hacia Sancho, que el conde de Castilla, su tío y antiguo aliado, no dudó en aprovechar y, mediante una rebelión militar, derrocó a su sobrino mientras éste, desde la cama, no pudo mover su generoso tonelaje para defenderse.
El elegido para sustituirle en el trono en esta conjura fue Ordoño IV, llamado el Malo, primo de Sancho y yerno del conde de Castilla, Fernán González. Todo quedaba en familia.
Como sabemos que apenas podía andar, sería muy curioso averiguar cómo Sancho logró huir y buscar refugio en Navarra, a esas alturas su único aliado ya que su anciana abuela, Toda Aznárez, era la reina de aquellas tierras.
Toda Aznárez era una mujer estratega como pocas personas había en aquella época, al más puro estilo de Juego de Tronos, y ha pasado a la historia por ser una mujer de carácter. Empezó a martirizarlo diciéndole que no podía exiliarse, así como así, sin más; que tenía que hacer algo para recuperar el trono que legítimamente le pertenecía, y que, para ello, primero tenía que ganarse el respeto de sus súbditos adelgazando lo suficiente como para ponerse al frente de sus tropas en el campo de batalla.
Sancho no se veía capaz de adelgazar por sí mismo, y su abuela, Toda, tomó la iniciativa y envió mensajeros a Córdoba, pidiendo ayuda a cambio de varias plazas en la ribera del Duero.
Abderramán III, primer califa omeya de Córdoba, vio con buenos ojos esa alianza con Navarra, porque sembraba la discordia entre los cristianos, y accedió a enviar a Navarra a uno de sus mejores médicos, el judío Hasday Ben Shaprut, para que viese a Sancho y valorase qué se podía hacer con él.
Tras visitar en Navarra al paciente, el médico judío dictaminó que había que llevarse a Sancho a Córdoba para darle allí el tratamiento necesario, y una numerosa comitiva emprendió el viaje, que el enfermo hizo tumbado en un carro.
Y en Córdoba comenzó la “operación bikini”, el vía crucis de Sancho. Y es que el médico, para evitar que se saltara la dieta, de entrada, le cosió la boca, dejándole tan solo una mínima abertura, por la cual sorbía con una caña agua y una especie de brebaje a base de hierbas, que el médico le preparaba y que fue desde ese momento su único nutriente. Cuando se quedaba solo en sus aposentos, le ataban pies y manos a la cama para evitar que comiera nada.
Y por si todo esto fuera poco, el médico le obligó a… ¡practicar deporte! No es que le hiciera correr los 3000 metros, más que nada porque era imposible en un principio, sino que diera unos pocos pasos sin perder el resuello; los primeros días solo le dejaban salir de sus aposentos, para dar lentísimos paseos dentro de los jardines del recinto palaciego. Un nutrido grupo de criados le ataban con una cuerda y tiraban de él para obligarle a andar como si fuera una mula terca.
Cuando, extenuado de la “sesión deportiva”, pedía clemencia para volver a su habitación a tumbarse, sin señal de compasión alguna, le arrastraban a una sauna, en la cual lo encerraban durante horas para que expulsase, vía sudorípara, los cientos de jabalíes, venados, bueyes y toneles de vino, que se había metido entre pecho y espalda durante años.
A los cuarenta días de tratamiento los resultados eran realmente asombrosos, pero al médico se le planteó un problema inesperado: un adelgazamiento tan rápido traía consigo una flacidez generalizada, que convirtió a Sancho en un grotesco cuerpo, del cual brotaban manojos de colgajos de carne y piel. La solución propuesta tampoco debió gustar mucho a Sancho, ya que a las acostumbradas torturas diarias se sumaron largas sesiones de dolorosos masajes para intentar corregir el problema.
Así, tras el calvario cordobés y entre saunas, deporte, dieta feroz y hectolitros de infusiones, Sancho perdió la mitad de su humanidad, lo que le permitió poder encasquetarse una armadura, subir a un caballo, empuñar una espada y, de acuerdo con el pacto firmado, ponerse al frente de un ejército navarro-musulmán para recuperar el trono.
Sancho demostró gran capacidad de adaptación, al acudir a Córdoba y aceptar ese tratamiento humillante, tragándose su orgullo de rey. Además, el pacto que hizo con Abderramán no le salía barato: el tratamiento médico y la ayuda militar tenían el alto precio de varias fortalezas y distintos territorios, además de sumisión diplomática a Córdoba y compromiso de no hostilidad.
Todo podría haber acabado bien para Sancho. No obstante, aunque había perdido 120 kilos, su carácter no había cambiado ni un ápice.
El ejército navarro-musulmán tomó Zamora en la primavera del 959, y León en el segundo semestre del 960, restaurando a Sancho I en el trono. Ordoño IV huyó a Asturias.
Una vez recuperado el trono leonés, y ya con la corona sobre su cabeza, se negó a entregar las fortalezas que había prometido a Abderramán III y, como este murió, Sancho declaró que la deuda había quedado saldada. Una declaración, por cierto, que no compartió Alhaken II, el descendiente y sucesor de Abderramán III, muy celoso de lo que se le debía.
Al final, por esta u otras causas, el antiguo “Craso” dejó este mundo con 35 años en extrañas circunstancias, parece ser que después de comer una manzana envenenada. Posiblemente la mano de los cordobeses estuvo detrás, pero es algo imposible de saber a estas alturas, ya que el tramposo carácter del rey le forjó múltiples enemistades tanto dentro como fuera de su reino.
Pero antes de morir, tuvo una idea con intención de ser eternamente recordado. Levantó un templo en León, en honor a san Pelayo, quien fuera un niño mártir asesinado en Sevilla por desobedecer al Califa. El lugar elegido por Sancho I fue el antiguo asentamiento de la Legión romana VII Gémina. Aquella iglesia antigua fue, años después, derribada por Almanzor y reconstruida de nuevo, y es ahora reconocida como la Real Colegiata Basílica de San Isidoro, uno de los conjuntos arquitectónicos de estilo románico más destacados de España.
Esta historia muestra que las relaciones entre cristianos y musulmanes no fueron solo de guerra, sino también de alianzas pragmáticas, y que el califato de Córdoba, en todo su esplendor, ejercía una clara hegemonía sobre los reinos cristianos. Al mismo tiempo, nos demuestra que la medicina andalusí estaba muy adelantada, y tenía prestigio incluso entre sus enemigos.
Si alguna vez vais a León, sabed que hay una calle, entre la estación de autobuses, la estación de ferrocarril y el río Bernesga, que está dedicada a este rey, calle de Sancho “El Gordo”. La calle transcurre tras el parque de bomberos y los juzgados y está adornada con una placa que dice: “Sí, este era un rey de León que estaba muy gordo”.
José Antonio Parra Tomás
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