SOLDADOS FRANCESES EN LA ISLA DE CABRERA
La guerra contra los franceses, la Guerra de la Independencia, fue una guerra dura, iniciada y librada en buena medida por el pueblo, un pueblo que se erige también como protagonista en este pequeño y curioso episodio, que se nos narra en este artículo.
JOSÉ ANTONIO PARRA TOMÁS
José Antonio Parra en Asociación la Tortuga de El Charco
6/7/20268 min read


La Rendición de Bailén de José Casado del Alisal en 1864
SOLDADOS FRANCESES EN LA ISLA DE CABRERA
De entre todas las batallas que ha habido en la historia de España, una de las que más destacan es la batalla de Bailén. Sin embargo, no fue una batalla de conquista ni de expansionismo de la monarquía hispánica, sino que guarda relación con la resistencia y fortaleza que reflejaban las tropas españolas. El 19 de julio de 1808, Napoleón sufría su primera derrota a campo abierto, a mano del ejército español, y fue en España, durante la llamada Guerra de la Independencia.
El ejército francés que, en principio, entró en España, estaba compuesto por más de 95.000 soldados, repartidos entre 30.000 veteranos, 55.000 reclutas procedentes de países aliados u ocupados por las tropas napoleónicas, y unos 12.000 soldados de élite del ejército imperial.
El ejército español, en 1808, presentaba una estructura anticuada, y un número entre 100.000 y 150.000 soldados, pero muy pocos oficiales, debido al estado de quiebra del país. La incorporación de nuevos oficiales sin experiencia, fue uno de los motivos de la inoperancia de las tropas españolas, junto a la carencia de un sistema de transporte y de suministro, que las dejaban frecuentemente desabastecidas.
Varias semanas después del levantamiento del 2 de mayo en Madrid, el ejército de Napoleón dominaba en prácticamente todo el país. Apenas quedaban focos de resistencia. Los franceses subestimaron por completo la posibilidad de una España casi afrancesada, y de ciudadanos que creían que no podían hacer frente a los ejércitos franceses.
En junio de 1808, un ejército francés, dirigido por el general Pierre Dupont, avanzó hacia Andalucía, ya que tenía como objetivo conquistar Sevilla y, fundamentalmente, ocupar Cádiz, que era una plaza estratégica clave, porque allí se encontraba bloqueada la escuadra francesa del almirante Rosilly, que Napoleón quería liberar, y era un punto de control fundamental para el comercio marítimo con América.
Tras saquear Córdoba, las tropas de Dupont se vieron aisladas, y se retiraron a Andújar para esperar refuerzos. Viéndose cercadas, retrocedieron hasta Bailén, donde las fuerzas españolas, compuestas por soldados regulares y milicianos, a las órdenes del general Teodoro Reding, se enfrentaron a las tropas francesas a las afueras de Bailén, aunque el general en jefe del llamado ejército español de Andalucía, era el general Castaños, el cual fue el artífice del plan que condujo a la victoria.
El ejército napoleónico no tenía dónde meterse. La batalla se caracterizó por la lucha en terreno abierto y participaron también civiles, que asistieron a los soldados españoles. Todos a una, como antaño, y demostrando que, a pesar de que España estuviera a punto de ser conquistada, el pueblo español puede vencer a los invasores.
Era el 19 de julio, y se estima que las tropas estaban combatiendo a unos 40 grados de temperatura. Al estrés de la batalla, se unía el calor y el humo de los incendios, que se habían producido con la lucha. Pero los españoles tenían una carta en su mano que marcó la diferencia.
Los soldados españoles tenían en su retaguardia el pueblo de Bailén. Los soldados de Napoleón se dispersaban en busca de agua, porque la sed se les hacía ya insoportable. Aquí, la tradición popular habla de la Noria de la Huerta de San Lázaro, que estaba entre un ejército y otro, en tierra de nadie, y a donde se dice que se lanzaron corriendo los soldados franceses, con el deseo de morir allí, y salir así de aquel infierno. Además, el general Castaños ya estaba cerca, y Dupont quedaba así encerrado entre Reding, al frente, y Castaños, a su espalda.
Aparte del calor del mes de julio, los propios vecinos de Bailén, fueron determinantes en la batalla. El pueblo de Bailén estaba muy cerca de las tropas españolas, por lo que estos tenían así un suministro de agua. Agua para refrescar a los soldados y para refrescar a los cañones, algo que los franceses no podían hacer.
La historia cuenta la anécdota de María Bellido, una mujer que llevaba un cántaro de agua para los soldados, y mientras daba de beber al general Teodoro Reding, una bala francesa atravesó el cántaro. A pesar de ese disparo cercano y del riesgo, María siguió dando de beber a los soldados a lo largo del día. Fueron muchas las mujeres que participaron como aguadoras durante aquella jornada, pero la leyenda quiso que fuese el nombre de María Bellido, y el episodio con el general Teodoro Reding, el que trascendiese. Por ello, desde entonces, en el escudo de Bailén se puede ver un cántaro con un agujero, además del águila, símbolo de la Francia imperial, colgada boca abajo.
Lo cierto es que el desorden, el desánimo e incluso las deserciones fueron apareciendo en el lado francés, llegando a un punto en el que la única salida para ellos era la rendición. Así, las fuerzas españolas, bajo el mando del general Castaños y el general Teodoro Reding, tomaron a los invasores franceses como prisioneros. Fue la primera vez que un ejército de Napoleón era derrotado, lo que demostró que el emperador francés no era tan invencible como parecía.
La localidad de Bailén recibió por su ayuda en la batalla el título de “Muy noble y leal”. Sus habitantes, todos, mujeres, niños, ancianos…, recibieron la medalla de oro con el lema “Al valor y la lealtad”. En 1850, reinando Isabel II, se le concedió el rango de ciudad, y se decretó que todas las localidades de España, de más de 10.000 habitantes, tuvieran entre sus calles principales, una que se llamara Bailén. En Madrid, por ejemplo, la calle Bailén es una calle muy importante, que se encuentra entre la plaza de España y la plaza de San Francisco. Al comienzo de la calle se hallan los jardines de Sabatini, el Palacio del Senado y, a continuación, el Palacio Real.
La derrota francesa, concertada en las Capitulaciones de Andújar, firmadas entre Castaños y Dupont el 22 de julio, acordaba que todos los soldados franceses, que combatieron en Bailén, quedaban como prisioneros de guerra, y se obligaban a dejar las armas en el terreno, debiendo todas las fuerzas de Dupont marchar hacia el sur de Andalucía, donde se las repatriaría hacia Francia. Con esto se evitaba que su rendición se hiciese hacia Madrid, donde podían volver a combatir de nuevo contra los ejércitos españoles.
Sin embargo, España no tenía infraestructura para mantener tantos cautivos y, además, la guerra continuaba. Así, una vez llegados los prisioneros a Cádiz, y subidos en ocho pontones, antiguos barcos prisión anclados en el puerto, no fueron devueltos a Francia como fue estipulado, sino que se les mantuvo encerrados allí, como si de cárceles flotantes se tratase. Las provisiones comenzaron a escasear pronto y el hambre a hacer acto de presencia. A esto se sumaba la falta de higiene y las pésimas condiciones de salubridad, lo que provocó numerosas muertes y la negativa de los guardias españoles a seguir vigilando, bajo esas condiciones a los cautivos franceses.
Fue entonces, cuando el gobernador de Cádiz tomó la decisión de trasladar a los prisioneros a otro punto geográfico. El 9 de abril de 1809, los barcos partieron de la bahía de Cádiz. Unos cinco mil fueron trasladados a las islas Canarias, corriendo mejor suerte que el otro grupo de nueve mil hombres, que se dirigió hacia una isla desierta de las Baleares.
El lugar elegido fue la isla de Cabrera, al sur de Mallorca, una isla de apenas 16 kilómetros cuadrados y desprovista de recursos naturales para subsistir. Una isla sin pueblos ni ciudades, sin cultivos, con poca agua y difícil de escapar. Era, en esencia, una prisión natural. Allí, fueron desembarcados y abandonados unos prisioneros, que tuvieron que empezar de cero en aquella inhóspita tierra.
Los nuevos huéspedes de la isla tuvieron que organizarse, como si de una comunidad se tratase; para ello, constituyeron diferentes niveles jerárquicos respetando el grado militar de cada soldado, previo a la captura, teniendo en cuenta que los oficiales de rango superior, sí habían sido devueltos a Francia. Con esta medida intentaban evitar que, las nefastas condiciones de vida, los llevasen a la anarquía y el libertinaje.
Las condiciones de vida fueron espantosas. No tenían barracones ni edificios donde alojarse. Tenían que vivir en cuevas, en chozas improvisadas, en agujeros excavados en la tierra o simplemente al aire libre. La comida llegaba en barcos desde Mallorca.
Desesperados, vivían pendientes de avistar cualquier barco que les aprovisionara, pero poco a poco las visitas de las embarcaciones con víveres se iban distanciando más en el tiempo, llegando a quedarse sin alimentos. Esta situación propició que los franceses comenzaran a alimentarse de raíces, hojas, caracoles, lagartos, ratas e insectos, y que el hambre llevase a algunos hombres a practicar el canibalismo, alimentándose de los restos de sus compañeros fallecidos, aunque esto sigue siendo discutido por los historiadores.
Con el tiempo, se relajó la jerarquía y surgieron bandas internas entre los propios prisioneros. Los soldados más fuertes controlaban comida y refugios. Hubo robos, peleas constantes y asesinatos.
Las enfermedades hicieron estragos: disentería, escorbuto, tifus, toda clase de infecciones, haciendo que la mortalidad fuera enorme, y que fueran enterrados en fosas improvisadas
Según pasaban los años, los prisioneros no entendían cómo no eran rescatados por sus compatriotas enviados por su emperador; se habían convertido en los "soldados olvidados de Napoleón", que se sentía avergonzado de cómo perdieron la batalla y fueron capturados.
Así pues, pasaron cinco largos años cargados de penurias hasta que, en 1814, tras finalizar la Guerra de Independencia y la caída de Napoleón, fueron recogidos y trasladados hasta su Francia natal. Solo quedaban 3.600 hombres de los 9.000 que llegaron a la isla. Aparte de que volvieron profundamente marcados física y psicológicamente, su recibimiento en tierra francesa fue en silencio y bajo sospecha de seguir siendo fieles a Napoleón, y no al nuevo monarca que reinaba ya en el país: Luis XVIII.
La isla quedó asociada en Francia a una especie de infierno olvidado. Durante décadas, Cabrera fue recordada como símbolo de sufrimiento y abandono.
Hoy, la isla de Cabrera forma parte de un parque nacional, y aún conserva restos relacionados con aquel episodio. Existe un monumento francés dedicado a los prisioneros muertos allí, levantado a finales del siglo XIX. También, a finales del siglo XIX, Francia elevó una queja diplomática por el trato recibido por los prisioneros, y España respondió que también sufrió una guerra devastadora en su propio territorio, hambre y caos generalizado, ocasionados por la invasión francesa.
Este episodio ha inspirado memorias, novelas y estudios históricos, tanto en España como en Francia, ya que en el mismo confluyeron la brutalidad de la guerra, el colapso logístico, la miseria y el sufrimiento humano de ambos bandos.
En 1864, José Casado de Alisal, pintó el famoso cuadro “La rendición de Bailén”, que encabeza este escrito, una pintura inspirada en el cuadro “La rendición de Breda”, de Velázquez, y muestra el momento de la entrevista entre el general Castaños, a la izquierda, y el general Dupont, a la derecha, para acordar las condiciones de la rendición del ejército francés tras la batalla de Bailén. El cuadro fue donado por Alfonso XIII, en 1921, al Museo de Arte Moderno. En 1971, pasó al Museo del Prado, estando expuesta actualmente en el Edificio Villanueva.
José Antonio Parra Tomás
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