UN GENERAL MORO EN EL EJÉRCITO ESPAÑOL
Con los vecinos estás obligado a llevarte, bien si lo merecen o como pueda ser si no lo merecen. El caso de Marruecos es un claro ejemplo de un vecino de relaciones complejas, y es que la escasa distancia que nos separa, en algunas zonas una valla, separa dos mundos completamente diferentes en todos los sentidos, y a estas alturas de la historia, difícilmente compatibles. ¿Se puede ser moro y español al mismo tiempo? Esta es la pregunta que tiene una compleja respuesta de vecindad y a la que llevamos casi 200 años sin darle una respuesta definitiva.
JOSÉ ANTONIO PARRA TOMÁS
José Antonio Parra en Asociación la Tortuga de El Charco
10/17/20269 min read


UN GENERAL MORO EN EL EJÉRCITO ESPAÑOL
Ante la visita de Felipe VI y doña Leticia a las ciudades de Ceuta y Melilla, conviene recordar los antecedentes históricos de este hecho, ya que, anteriormente, se produjeron otras visitas de miembros de la Casa Real. Los reyes han visitado, entre otros, unos centros educativos, tanto en Ceuta como en Melilla. Y, concretamente, me quiero hacer eco de la visita, que el rey Alfonso XIII, realizó a la ciudad de Melilla, en enero de 1911.
En aquella ocasión, y dentro del recorrido oficial que realizó por la ciudad, el rey visitó también un centro educativo: la Escuela Indígena de Melilla. El maestro se llamaba Abd el-Krim (que años más tarde, sería el jefe de la revuelta rifeña contra los españoles) y, delante del rey, sacó a la pizarra a un niño, que resolvió “un complicado problema de regla de interés y fue capaz de señalar en los mapas de Europa, ríos, naciones y capitales”. El monarca, agradado, le preguntó su nombre y qué quería ser de mayor. El niño le contestó que se llamaba Mohamed ben Mizziam y quería ser “capitán”.
Era hijo de Mohamed Ameziane, al que los españoles llamaban El Mizziam, caíd de la cabila de Mazuza, un líder marroquí, considerado por España como “un moro bueno”, ya que apoyaba la colonización española. Este niño rifeño, se ganó la simpatía del rey, y con 16 años ingresó, bajo la tutela real, en la Academia de Infantería de Toledo, teniéndose para ello que modificar la ley, pues la Academia no admitía alumnos no cristianos.
Su ingreso, en la Academia de Infantería de Toledo, en agosto de 1913, fue todo un acontecimiento social, recogido en los diarios ABC, El Universo y La Unión Ilustrada. Allí, siguió sus estudios hasta que, en junio de 1916, fue promovido a segundo teniente y destinado al Regimiento de Ceriñola n.º 42, en Melilla. Durante su permanencia en la Academia, su conducta fue conceptuada como “Sobresaliente”, y recompensado con una Cruz al Mérito Militar con distintivo rojo, por haber participado en varios combates en el territorio de Melilla, en sus períodos de vacaciones.
Dos años más tarde ascendió a teniente. Durante la guerra del Rif (1921-1926) Mizziam, al mando de tropas indígenas, luchó contra el que fuera su maestro en la escuela, y entonces líder de la revuelta rifeña, Abd el-Krim. En el conocido como “desastre de Annual”, recibió una herida en el rostro, con fractura de maxilar, y otra en la clavícula izquierda, siendo trasladado a Melilla para su curación. Fue ascendido al grado de capitán por méritos de guerra y, poco después, se granjeó la amistad del teniente coronel Franco, al que salvó la vida durante la campaña.
Por los combates sostenidos el día 7 de marzo de 1924, en un convoy de apoyo a Tizzi-Aza, fue “Distinguido” no solo por su valor, sino por su pericia y extraordinarias dotes de mando, que le permiten obtener el rendimiento máximo con las menores pérdidas.
En septiembre de 1933, asciende a coronel, y es designado para el mando del 2.º Tabor de Regulares de Alhucemas. El 5 de julio de 1936, partió con su tabor a Llano Amarillo, donde hasta el día 12 asistió a las maniobras programadas, marchando el 15 a Melilla y de allí salió el 17, para unirse desde el principio al alzamiento militar.
Las felicitaciones eran continuas por su pericia y valor. Pero la gloria militar suele caminar acompañada por una sombra. Y la de Mizziam fue particularmente oscura. Numerosos testimonios de la época lo describen como un jefe implacable, temido incluso por quienes combatían a sus órdenes. Las crónicas le atribuyen arengas desmedidas para estimular a sus tropas, y una disciplina extrema que hoy resulta estremecedora. Verdaderas o exageradas por el fragor de la guerra, aquellas historias contribuyeron a forjar una leyenda tan poderosa como inquietante.
Precisamente al frente de este Tabor de Regulares (tropas moras) acudió Mizziam a romper el sitio del Alcázar de Toledo a principios de la guerra civil. “Con el aliento de la venganza, sobre las puntas de sus machetes persiguen, destrozan, matan y embriagados con la sangre, la columna avanza”, así relata el jesuita Alberto Risco, en su libro “La epopeya del Alcázar de Toledo”, sobre la entrada en la ciudad de las tropas moras del coronel Mohamed Mizziam.
El periodista estadounidense John T. Whitaker, en una de sus crónicas, se hizo eco de cómo había prometido mujeres blancas a los moros, para cuando entrasen en Madrid (aparece citado en el libro “Los moros que trajo Franco”, de Mª Rosa de Madariaga, y también en el de G. Cardona, “Franco y sus generales”).
Además de en el Alcázar de Toledo, Mohamed Mizziam tomó parte de las más emblemáticas batallas del conflicto, desde el asedio de Madrid a la batalla del Ebro.
A Mizziam le concedieron la Medalla Militar individual, once cruces rojas al mérito militar, dos por sufrimiento de la Patria y la Gran Cruz del Mérito Militar. Con el final de la guerra, Mizziam fue promovido al empleo de general de brigada, y en noviembre de 1941, obtuvo la Laureada de San Fernando colectiva, por haber formado parte de las tropas liberadoras de Toledo.
Nombrado comandante general de Ceuta, en 1950, y ascendido a teniente general en 1953, con mando en la Capitanía General de la VIII Región Militar: Galicia, cuando esta dignidad militar era de hecho la primera autoridad de la región a todos los efectos. La tranquila y lluviosa Coruña, contempló entonces con asombro la llegada de aquel militar musulmán, que parecía transportar consigo el eco de los desiertos africanos y de las campañas coloniales.
Mizziam era musulmán sunita, riguroso en el rito y en el seguimiento del Corán, lo que dio lugar a "divertidas situaciones". Por lo pronto, cada vez que, por cualquier motivo, visitaba Santiago de Compostela, las autoridades municipales tenían que tapar con flores todas las estatuas e imágenes en las que aparece el apóstol Santiago, bajo la advocación de "Matamoros", fama ganada con su milagrosa aparición en la batalla de Clavijo, lo que le deparó el patronazgo del Arma de Caballería.
Su condición de musulmán produjo "situaciones curiosas". Por ejemplo, la Ofrenda Nacional al Apóstol, el 25 de julio, tenía que presentarla él, en nombre de Franco, como Capitán General de la VIII Región Militar. Sin embargo, la presentaba el Capitán General del Departamento Marítimo.
Mizziam, como impone su religión, no consumía carne muerta, sino "matada", pero como en La Coruña, sede de la Capitanía General, no existía ninguna carnicería bendecida por un Imán, él mismo, personalmente, bajaba a las cocinas a degollar los corderos.
En una ocasión, sorprendió a los soldados a su servicio, preparándose un cocido con cerdo y montó en cólera. Los asombrados soldados temblaban de miedo, dado lo violento de la situación. Pero la ira del moro se aplacó, pese a que ordenó que fueran retiradas de sus cocinas, todos los utensilios contaminados por el animal impuro. Los soldados tuvieron que llevarse los peroles (y su preciosa carga) a un bar cercano (no iban a tirar el "jalufo", que es como los musulmanes llaman al cerdo), para dar cuenta posteriormente de sus manjares. Pero Mizziam, tuvo después un gesto propio de los “militarotes”, que alivió el susto inicial. Quiso colaborar en el banquete de sus subordinados, y echando mano a la cartera, sacó mil pesetas (de los años cincuenta) y les espetó: "Para el vino".
En Capitanía se daban espectaculares cenas moriscas, conforme al rito musulmán. Los invitados tenían la obligación de dejar un donativo para los sirvientes. O sea, que, salvo tener precaución con el cerdo, los soldados que servían al moro, no lo pasaban tan mal.
Dos años después, Mizziam pasó a ser Capitán General de Canarias. Sin embargo, iba a ser aquel su último destino en el ejército español, puesto que, en 1956, al obtener Marruecos la independencia, el rey Mohammed V pidió al rifeño que se encargara de la organización del nuevo ejército marroquí, por lo que Mizziam solicitó su baja en el ejército español. El Consejo Supremo de Justicia Militar se dispuso a suprimirle su sueldo como capitán general, por pasar a ser el jefe de un ejército extranjero, pero Franco ordenó que se le mantuviera.
Durante su estancia en Canarias, una de sus hijas (tuvo siete), conoció y se casó por la Iglesia, y a escondidas de su padre, con un capitán jurídico militar, sobrino de Alberto Martín Artajo, ministro de Asuntos Exteriores. Mizziam disimuló su gran enfado, pero cuando llegó a Marruecos, invitó a la pareja a Tetuán. Allí, mandó expulsar al marido, y secuestró a su hija a la que obligó a contraer matrimonio, con un personaje de cierto relieve en la ciudad de Tánger. El ejército español, encabezado por el general Muñoz Grandes, se consideró ofendido y afrentado, por el hecho sucedido a uno de sus componentes. Franco no dijo nada, pensó que eran cosas del destino, y la morita se quedó en Tánger, y el desolado esposo sin su hurí.
En Marruecos fue nombrado ministro de Defensa en 1958, y más tarde enviado como embajador de Marruecos a Madrid. En 1970 volvió a formar parte del gobierno marroquí como ministro de Estado, etapa donde fue ascendido a mariscal, convirtiéndose en el militar de más alta graduación del ejército marroquí.
Siempre a medio camino entre sus dos patrias, el 27 de marzo de 1975, Mizziam ingresó aquejado de una grave enfermedad en el Hospital General del Aire de Madrid, donde falleció el 1 de mayo, siendo sus restos trasladados a Marruecos.
En Beni Ensar, cerca de Melilla, en un suburbio de Nador, existe un museo dedicado a este personaje, en la casa que le regaló Franco.
Excurso:
El territorio de Ifni se encuentra en la costa atlántica del suroeste de Marruecos, en el norte de África, frente a las Islas Canarias (a unos 300 km de Lanzarote). La capital era Sidi-Ifni.
La soberanía española de Ifni quedó reconocida por el tratado Wad Ras (1860), tras la victoria española en la guerra de África (1859-1860).
Tras la independencia de Marruecos en 1956, el nuevo reino, liderado por Mohamed V, reclamó la soberanía de los territorios bajo control colonial español en el noroeste de África.
En noviembre de 1957, tropas marroquíes, calificadas como “bandas” incontroladas, fuertemente armadas, atacaron, sin previa declaración de guerra, a traición, a las pocas tropas españolas desplegadas en la zona de Ifni bajo soberanía española, causando la muerte de bastantes soldados españoles. Así, de este modo tan ignominioso, comenzó la guerra silenciada de Ifni, en la que murieron cerca de 300 soldados españoles, hubo unos 600 heridos y 80 desaparecidos.
Inesperadamente, España se vio envuelta en una guerra silenciada, en Ifni, por culpa de la política exterior llevada a cabo por los EE.UU. Política que, encima, nos prohibía utilizar el armamento de la “ayuda americana” en los territorios africanos.
Se le llama la “guerra silenciada” (o “guerra olvidada”) de Ifni, porque el régimen de Franco aplicó una estricta censura oficial para ocultar la gravedad de los combates, las bajas militares y las precarias condiciones de las tropas (En pésimas condiciones combatieron los miles de jóvenes españoles que cumplían el servicio militar obligatorio. Los soldados de reemplazo fueron enviados al desierto con armamento obsoleto de la guerra civil, uniformes inadecuados para el clima, escasez de agua, problemas de racionamiento y camiones obsoletos que apenas funcionaban en la arena).
El 12 de diciembre de 1957, Franco, defraudado por la falta de lealtad de los moros por el ataque a Ifni, disolvió en 72 horas su Guardia Mora, que desde febrero de 1937 era su guardia personal, y la sustituyó por un escuadrón de lanceros, formado por personal español.
Aunque el conflicto militar terminó sin una derrota militar española, la guerra silenciada de Ifni, acabaría con la cesión o entrega de gran parte del territorio a Marruecos. Se firmó el Acuerdo de Cintra (abril de 1958), por el que España cedió a Marruecos el territorio de Cabo Juby.
La capital, Sidi-Ifni permaneció bajo administración española hasta que fue devuelta a Marruecos años más tarde, el 30 de junio de 1969.
Que el ataque marroquí a nuestras menguadas fuerzas en el territorio africano se produjo siendo Mohamed ben Mizziam, general del ejército marroquí, tras haber abandonado el español, es un hecho histórico comprobado.
Que Mohamed ben Mizziam debía conocer las capacidades militares españolas en la zona de Canarias y África occidental española, debe suponerse, como se le supone el valor a los militares que no han entrado nunca en combate.
Que sus conocimientos fueron empleados para tal agresión militar contra España, puede presumirse, en función de su juramento de lealtad al rey de Marruecos.
El 27 de mayo de 2006, en la ciudad de Nador (Marruecos), fue inaugurado un museo a la memoria de Mohamed ben Mizziam, considerado uno de sus hijos más preclaros. En esta inauguración y ceremonia de hermanamiento de los ejércitos y pueblos de Marruecos y España, estuvieron presentes el embajador español Luis Planas, acompañado por los generales españoles, Rafael Barbudo Lunar y Vicente Díaz de Villegas, además de otras autoridades representantes de España y del país anfitrión.
El desconocimiento de la Memoria Histórica conduce a estas situaciones paradójicas.
José Antonio Parra Tomás
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