UNA VOZ GRITANDO POR LA JUSTICIA EN EL AMAZONAS
Hay personas que pasan por este mundo para hacer el BIEN, así, con mayúsculas. Es el caso de Pedro Casaldáliga, un español que dedicó su vida a denunciar los atropellos y violaciones de los derechos de los trabajadores del campo y de los indígenas en tierras amazónicas por parte de los grandes terratenientes, que no dudaban por un momento en asesinar a cualquiera que pusiera en tela de juicio sus intereses, mientras el estado se mantenía al margen cuando no colaboraba. Hablamos de la época de la dictadura de Brasil (1964-1985).
JOSÉ ANTONIO PARRA TOMÁS
José Antonio Parra en Asociación la Tortuga de El Charco
5/29/20266 min read


Con este escrito, deseo recordar la vida y la obra del obispo Pedro Casaldáliga (no le gustaba el título de Don), una de las figuras más singulares y polémicas de la Iglesia Católica del siglo XX en América Latina. Su vida estuvo marcada por tres grandes ejes: la defensa de los pobres, la lucha por los pueblos indígenas y la teología de la liberación.
Catalán de nacimiento. Hijo de campesinos, ingresó muy joven en los Claretianos y fue ordenado sacerdote en 1952. Desde muy joven mostró inquietudes sociales y literarias: escribía poesía y reflexiones espirituales, con un tono muy humano y comprometido.
En 1968 llegó a Brasil para fundar una misión claretiana en la región del Araguaia, en el estado del Mato Grosso, en la Amazonía. No volvió nunca más a Cataluña. Al llegar al Araguaia encontró una región sin presencia del estado; sin médicos ni escuelas, y donde la única ley era la "ley del revólver", impuesta por los grandes terratenientes contra los pequeños campesinos sin tierra y los pueblos indígenas. Allí comenzó a denunciar públicamente los abusos y expulsiones de los latifundistas, así como los asesinatos. En poco más de dos años, Casaldáliga enterró a mil peones, a menudo sin ataúd y muchas veces sin nombre.
En 1971, fue nombrado por Pablo VI, obispo para la Prelatura de San Felix de Araguaia. El mismo día de su consagración publicó una Carta Pastoral, que se hizo famosa: “Una Iglesia de la Amazonia en conflicto con el latifundio y la marginación social”, un documento de 80 páginas, donde analizaba la realidad de la Prelatura, aportando datos estadísticos inéditos hasta el momento, y denunciando con nombres, apellidos y pruebas las situaciones de opresión, trabajo esclavo y violencia, que los terratenientes y las grandes empresas ejercían en esa región de la Amazonia, lo que le provocó varias amenazas de muerte y de expulsión del país por parte la dictadura militar brasileña.
El Papa Pablo VI lo defendió firmemente de las constantes amenazas. Y zanjó la cuestión con una histórica advertencia al gobierno brasileño: “Tocar a Pedro, es tocar al Papa”.
Pedro Casaldáliga fue obispo de esta Prelatura de la Amazonía durante cuarenta años. Fue uno de los grandes nombres asociados a la Teología de la Liberación, aunque él prefería hablar simplemente del Evangelio vivido entre los pobres. En todo este tiempo, junto a su equipo que formó, construyó una iglesia popular, abierta, comprometida, coherente, y que optó decidida y abiertamente por los más pobres. Luchó activamente por la reforma agraria en Brasil, la justicia social y los derechos humanos. Mantuvo una relación intelectual y espiritual con figuras como Leonardo Boff, Óscar Romero, Gustavo Gutiérrez, Helder Cámara, etc.
Sus posiciones favorables a la Teología de la Liberación y a una profunda renovación de la Iglesia, lo llevaron, durante el pontificado de Juan Pablo II, a tener problemas con el Vaticano. En 1988 fue llamado a Roma por el cardenal Ratzinger (posterior Papa Benedicto XVI), para explicar su conducta, su orientación pastoral y su posición. Se negó a firmar un documento que le presentaron, retractándose de sus posturas y convicciones, pero nunca fue condenado por el Vaticano, aunque estuvo bajo vigilancia doctrinal. Aun así, conservó su enorme prestigio moral, dentro y fuera del Brasil. Años después, criticó duramente la condena al teólogo Jon Sobrino, que defendía que, la verdadera Iglesia, debe estar al lado de los pobres.
También fue especialmente molesto para otros obispos brasileños y algunos cardenales, porque no le perdonaban su apuesta decidida por la Teología de la Liberación. Al jubilarse, quisieron sin éxito trasladarlo fuera de San Félix de Araguaia, y tuvo que plantarse con valentía y resistir.
Fue pastor ejemplar, profeta valiente, poeta de gran altura y místico de ojos abiertos. Su poesía y su mística se alinean a la gran tradición española de poetas místicos como san Juan de la Cruz y santa Teresa de Jesús. Toda su vida fue un ponerse decididamente del lado de los indígenas y peones expulsados de sus tierras por el avance del latifundio.
Décadas antes de que la ecología se hiciera popular en la Iglesia, ya hablaba de la destrucción de la Amazonía, como un problema moral y espiritual.
Místico y poeta, utilizó tres idiomas según el contexto: el portugués para la pastoral, el castellano para la lírica, y el catalán para la familia. Publicó más de cincuenta obras de prosa y poesía, que se pueden consultar libremente en internet, y concedió cientos de entrevistas en todo el mundo. Sus obras más destacadas incluyen: “Yo creo en la justicia y en la esperanza” (1975), “Espiritualidad de la libreración” (junto a José María Vigil, 1992), y “Sonetos neobíblicos” (1996).
Varios de sus colaboradores fueron asesinados. Había señalado todos estos abusos que provocaban los latifundistas, con la aprobación de las autoridades y eso era, según ellos, ser subversivo. En 1976 estuvo junto al padre Joao Bosco Burnier, cuando fue asesinado, mientras defendía a dos mujeres torturadas.
Vivió con gran coherencia entre lo que decía, en lo que creía y lo que hacía. Su casa era de ladrillo y barro, con techo de uralita. Él se preparaba la comida, fregaba, lavaba y tendía la ropa, nunca cerró la puerta de su casa y tenía siempre una cama libre, por si alguien la necesitaba, aunque él dormía en una hamaca. Decía que, si lo querían matar, lo podían hacer en cualquier momento. No tenía miedo. Cuando tenía que asistir a las reuniones de obispos, tardaba dos días en viajar, pues lo hacía como la gente que estaba con él, en autobús. Todos le decían que viajara en avión. El se negaba.
Lo más valioso fue su testimonio de cercanía con los pobres, su solidaridad efectiva con ellos y el vivir esa iglesia sencilla y con tanto sabor a “evangelio”. Vivía muy austeramente, como su gente. Por eso Pedro era y es un icono en todo Brasil.
Rompió con muchos símbolos tradicionales del episcopado. Por mitra llevaba un sombrero de paja; por báculo, un remo; por cruz, una de madera, usaba sandalias campesinas y por anillo, uno de tucum (un tipo de coco pequeño de la región), que se convirtió en el símbolo del compromiso con los pobres y con la iglesia latinoamericana y que, a día de hoy, muchos cristianos brasileños lo llevan. Pero no son demasiados los que llegan a ser tan fieles al evangelio. Sería interesante que las nuevas generaciones supieran de su trayectoria.
Sobre la guerrilla, escribió:
“Lamento la existencia de las guerrillas, condeno la violencia, pero, sobre todo, condeno inexorablemente las causas que provocan las guerrillas. Y en principio, me parece más digno un guerrillero que un dictador”.
Fue un gran creyente, un seguidor fiel de Jesús de Nazaret y de su mensaje evangélico, un gran pastor del que muchos otros pastores deberían tomar ejemplo.
Recibió el Doctorado Honoris Causa por la universidad de Sao Paulo, y fue citado expresamente por el Papa Francisco en la exhortación Querida Amazonía.
Era lema de su vida lo que dice en este poema:
No tener nada,
no llevar nada,
no poder nada,
no pedir nada.
Y, de pasada,
no matar nada,
no callar nada.
Solamente el Evangelio, como una faca afilada.
Y el llanto y la risa en la mirada.
Y la mano extendida y apretada.
Y la vida, a caballo dada.
Y este sol y estos ríos y esta tierra comprada
para testigos de la Revolución ya estallada.
¡Y mais nada!
Falleció el día 8 de agosto de 2020, a los 92 años de edad. La fotografía que encabeza este escrito, es la tumba del “Obispo de los pobres”, enterrado junto a los que defendió, entre un peón y una prostituta, en el cementerio de los indios Karajá, a orillas del río Araguaia, y mirando hacia las fazendas, como signo de denuncia a la cruel violencia del latifundio que esclavizaba a los poseiros, a los sin-tierra y a los indígenas del Amazonas y contra la que tantos años luchó.
Es muy interesante de ver la miniserie que se realizó en 2013 sobre su vida, titulada “Descalzo sobre la tierra roja”. Los exteriores fueron rodados en San Felix de Araguaia. En 2014 obtuvo el Premio Gaudí a la mejor película de televisión.
Se pueden ver en estos enlaces los dos capítulos:
Yo moriré de pie, como los árboles:
Me matarán de pie.
El sol, como testigo mayor,
Pondrá su lacre
Sobre mi cuerpo doblemente ungido,
Y los ríos y el mar
Se harán camino de todos mis deseos,
Mientras la selva amada
Sacudirá sus cúpulas de júbilo.
Yo diré a mis palabras:
No mentía gritandoos.
Dios dirá a mis amigos
Certifico que vivió con vosotros
Esperando este día.
De golpe, con la muerte
Se hará verdad mi vida.
¡Por fin habré amado!
Pedro Casaldáliga
José Antonio Parra Tomás
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