UNIÓN DE CASTILLA Y LEÓN
La RECONQUISTA puede parecer a simple vista un fenómeno continuo en el tiempo, en el que los reinos cristianos tenían un objetivo común, pero nada más distante de la realidad, aquel período estuvo plagado en una y otra zona religiosa, de conflictos internos que mermaron o engrandecieron el poder en cada una de ellas. La unión de Castilla y León fue sin lugar a dudas un paso decisivo para llegar al resultado que hoy conocemos.
JOSÉ ANTONIO PARRA TOMÁS
José Antonio Parra en Asociación la Tortuga de El Charco
10/25/20267 min read


UNIÓN DE CASTILLA Y LEÓN
Corría el año 1217 y hacía ya sesenta años que los reinos de León y de Castilla se habían separado. Fue a la muerte del rey Alfonso VII, llamado “el emperador”, que dividió en dos sus dominios, y los entregó a sus dos hijos.
Con Fernando III, “El Santo”, se produjo la última y definitiva unión de los reinos de León y de Castilla, que hasta entonces habían pasado por diversos momentos de unión y separación.
Voy a contar cómo ocurrió esa unión definitiva, y he puesto especial cuidado de no complicar el tema, con los muchos y parecidos nombres de los reyes e infantes.
Un día de mayo de ese año, el joven rey Enrique de Castilla, estaba jugando con varios muchachos de su edad, hijos de nobles y de las altas dignidades del reino. Era el heredero del gran Alfonso VIII, el vencedor de las Navas de Tolosa, y de Leonor de Inglaterra*, y con apenas diez años fue proclamado rey a la muerte de sus padres.
Tenía ya trece años, y era un apuesto muchacho, de complexión fuerte, cuando, jugando con los otros muchachos, en el patio de armas del castillo, tuvo un accidente. Una teja se desprendió del alero, y fue a impactar en la cabeza del joven rey Enrique, produciéndole una gravísima fractura en el cráneo. Los médicos judíos de la corte de Castilla, intentaron salvar la vida del monarca e incluso le practicaron una trepanación, pero nada pudieron hacer por su vida. El joven rey de Castilla murió a los trece años de edad, dejando al reino sin un heredero varón al frente.
Al malogrado rey Enrique, solo le habían sobrevivido varias hermanas; una de ellas era Berenguela, la mayor, que se había casado con el rey Alfonso IX de León, un hombre ambicioso y de fuerte carácter, que también anhelaba el reino de Castilla. De ese matrimonio real habían nacido cinco hijos, pero en la primavera de 1204, el papa Inocencio III, declaró nulo el matrimonio, pues los dos esposos estaban emparentados por línea directa: el abuelo de Berenguela de Castilla y el padre de Alfonso de León, fueron hermanos.
Uno de los hijos del rey Alfonso IX de León y de Berenguela de Castilla, se llamaba Fernando. Era el favorito de su madre, y tenía cuatro años más que su malogrado tío Enrique. Cuando a Berenguela le anunciaron que su hermano, el joven rey Enrique, había muerto, ordenó mantener en absoluto secreto su muerte, para que su ex esposo, Alfonso IX de León, que deseaba anexionarse Castilla, más que cualquier otra cosa, no se enterara.
Inmediatamente, Berenguela envió a su ex esposo, Alfonso IX de León, una carta personal, en la que le solicitaba que permitiera que el hijo de ambos, Fernando, fuese a Castilla a pasar una temporada con ella. Le decía en la carta que, hacía tiempo que no veía a Fernando, y que añoraba su presencia. Pero, sobre todo, se guardó muy bien, de no decir nada de la muerte del joven rey Enrique de Castilla.
El rey de León, Alfonso IX, que nada sabía de la muerte de su joven primo el rey de Castilla, no sospechó de las intenciones de Berenguela, y permitió que Fernando, de diecisiete años, viajara a Castilla para reunirse con su madre. Para entonces, Berenguela ya había maquinado todo su plan. Apoyada en varios nobles, fue proclamada reina de Castilla en Valladolid, alegando para ello sus derechos como hija primogénita del rey Alfonso VIII, el vencedor de las Navas, y hermana mayor de Enrique. La ceremonia tuvo lugar en Valladolid, el día 2 de julio.
Pero, en aquella misma ceremonia, Berenguela renunció a la corona de Castilla y ante la muchedumbre, congregada en una explanada junto a una de las puertas de la villa del Pisuerga, cedió sus derechos al trono a su hijo Fernando, tras un discurso en el que aseguró que una mujer podía transmitir la potestad real, pero no podía defender al reino de las graves amenazas que sobre él se cernían, y añadió que, gracias al prudente consejo de los nobles, consideraba que el rey legítimo, no era otro que su hijo Fernando. La multitud estalló en vítores, que alentaban algunos agentes de Berenguela, convenientemente distribuidos entre aquella muchedumbre. Aún no había transcurrido un mes, desde la muerte del joven Enrique.
Fernando era un joven atractivo y de buen juicio. Cuando el matrimonio de sus padres fue declarado nulo, el joven infante permaneció en León, al lado de su padre, aunque de vez en cuando viajaba a Castilla, para pasar alguna temporada con su madre, la reina Berenguela. Muerto Enrique, Fernando era la única esperanza de Castilla, para mantenerse independiente de León. Los castellanos vieron en el joven Fernando, al soberano capaz de hacer frente a las ansias anexionistas del ambicioso rey leonés.
Aclamado por varios miles de personas, el nuevo monarca entró en Valladolid, encabezando un desfile de caballeros, y escoltado por todos los nobles de Castilla. En la iglesia de Santa María, los obispos de Burgos y de Ávila rezaron un solemne Tedeum y Fernando, arrodillado ante el altar de la Virgen, dio gracias a Dios y aceptó defender a Castilla y a la fe cristiana de todos sus enemigos.
En cuanto se enteró del engaño maquinado por su ex esposa, Berenguela, Alfonso IX de León se sintió burlado y ofendido, y convocó a los nobles leoneses para la guerra. Sin pérdida de tiempo, penetró en Castilla y se dirigió por el Duero hacia Valladolid. Enterada de que el rey leonés se acercaba furioso, al frente de su poderoso ejército, doña Berenguela huyó hacia Burgos, para organizar desde allí la defensa.
El monarca leonés no cesaba de clamar contra su antigua esposa Berenguela, a la que llamaba arpía y bruja, aunque los obispos de Valladolid y Ávila intentaron calmarlo, alegando que, la sucesión al trono de Castilla, se había realizado conforme al derecho castellano, y que era necesario evitar, por todos los medios, un enfrentamiento entre cristianos. Pero, Alfonso IX de León, se sentía humillado por la farsa que había tejido Berenguela, para alzar al hijo de ambos al trono de Castilla, cuando él se consideraba el legítimo heredero de Castilla, por ser primo del joven Enrique.
Mientras, Fernando y Berenguela, instalados en el castillo de Burgos, fueron informados por un correo de que don Alfonso avanzaba hacia Burgos, al frente de su ejército. Estableció su campamento a dos horas de camino de Burgos, sobre una colina, desde la que podía contemplarse la vega del río Arlanzón, y las torres del castillo burgalés. Allí, plantó don Alfonso su estandarte: el león rampante, símbolo inmemorial del viejo reino. Unos enviados del rey leonés cabalgaron hasta Burgos, pidiendo la rendición de la ciudad y el sometimiento a su soberanía.
Alfonso IX había estimado que los castellanos claudicarían enseguida, ante la sola presencia de su ejército, y que no moverían un dedo ni arriesgarían su vida, por defender los derechos de una mujer y de un joven de diecisiete años. No obstante, la respuesta de los castellanos fue tan contundente como inesperada.
La inteligente Berenguela, no se había limitado a replegarse hacia Burgos; en su retirada, había ido recabando apoyos de nobles, villas y ciudades de Castilla, y había logrado poner de su parte a la mayoría de ellos. Nadie en Castilla deseaba verse sometido al poder del rey de León. El alcaide de Burgos respondió a la demanda de capitulación del rey leonés, afirmando que toda Castilla había jurado defender la causa del rey Fernando, y que ese juramento sagrado les obligaba a resistir hasta el final. Cuando leyó la respuesta, Alfonso de León comprendió que, sin apoyo interno, sus deseos de someter a Castilla eran inútiles.
Muy a su pesar, y tragando buena parte de su orgullo, convocó a una entrevista en Burgos a su hijo, y ambos firmaron una tregua, el 11 de noviembre, por la que Fernando otorgó a Alfonso la posesión de varias ciudades y villas castellanas, como Villagarcía, Ureña o Villalar, y se hizo cargo de una deuda en maravedíes, que debía el difunto rey Enrique al monarca leonés. Finalmente, con la firma el 26 de agosto del año 1218 del pacto de Toro, padre e hijo, rubricaron el punto y final a la guerra entre ambos reinos. El camino de don Fernando para construir la gran Castilla, que doña Berenguela había soñado para su hijo, estaba libre de obstáculos.
Doce años más tarde, a la muerte de Alfonso IX de León en 1230, Fernando se coronó también rey de León. La unión de los dos reinos se había producido, y ya no volverían a separarse. Había nacido la corona de Castilla.
Pero, hay que tener en cuenta que, aunque Castilla y León, quedaron bajo un mismo rey, no se convirtieron de repente en un territorio uniforme. Cada reino conservó durante mucho tiempo sus particularidades jurídicas, sus costumbres y sus estructuras administrativas. También, la unión de ambos reinos, tuvo consecuencias culturales y lingüísticas. El idioma castellano se fue imponiendo, primero, como lengua administrativa, después, poco a poco, como lengua cotidiana.
Fernando III dio un fuerte impulso a su legado político-militar, con la conquista de las ciudades musulmanes de Badajoz, Jaén, Murcia, Córdoba y, sobre todo, Sevilla (para conocer mejor como fue la conquista de Sevilla por Fernando III, se puede leer en esta misma página web, el archivo dedicado a la misma: https://asociaciontortugaelcharco.com/conquista-de-sevilla-y-las-campanas)
La conquista de Sevilla fue especialmente importante, pues convirtió a la ciudad en uno de los centros políticos y económicos de la monarquía. Allí murió el rey en 1252. Fue canonizado en 1671, y pasó a ser conocido como Fernando III “El Santo”, o san Fernando.
Famoso por su espíritu conciliador, con Fernando III se iniciaron las construcciones de las catedrales de Burgos en 1221, de Toledo en 1226, se impulsó la de León, y se promovió, como principal universidad del reino, la de Salamanca, además de iniciarse una época de "esplendor cultural", que culminó con su hijo, Alfonso X “El Sabio”.
*Leonor de Inglaterra o Leonor Plantagenet, que se casó con Alfonso VIII de Castilla, el vencedor de las Navas de Tolosa, y fue madre, entre otros, de Berenguela y del joven y malogrado Enrique, era hija de Enrique II de Inglaterra y hermana de Ricardo Corazón de León y Juan sin Tierra, que son conocidos por las muchas películas sobre Las Cruzadas y sobre Robin Hood. A la muerte de su esposo, el 6 de octubre de 1214, fue regente de Castilla durante veinticuatro días, falleciendo el 31 de octubre del mismo año.
José Antonio Parra Tomás
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