EMBAJADA DE ESPAÑA ANTE LA SANTA SEDE
Las embajadas siempre han sido lugares importantes, sobre todo cuando las mismas están ubicadas en estados de primera línea, como en este caso es el Vaticano. En este artículo se apuntan aquellas particularidades más singulares que hacen de este edificio el más especial de todas las embajadas.
JOSÉ ANTONIO PARRA TOMÁS
José Antonio Parra en Asociación la Tortuga de El Charco
9/27/20268 min read


EMBAJADA DE ESPAÑA ANTE LA SANTA SEDE
Cuando los reyes de España viajan a Roma, se alojan en la embajada española ante la Santa Sede. Así fue, por ejemplo, la última vez, el pasado 20 de marzo, cuando acudieron a la Ciudad del Vaticano, para mantener una audiencia oficial con el papa León XIV.
Quien haya estado en Roma, seguro que ha paseado por la vía del Corso, una de sus calles más famosas y emblemáticas, y que conecta la plaza del Popolo con plaza Venecia, formando parte del llamado “tridente”, junto a Vía del Babuino y Vía di Ripetta.
Pues bien, bajando por la vía del Corso, y una vez pasada la tienda de moda de Zara y el gran hotel Plaza, a la izquierda, nos encontramos la vía del Condotti, una de las calles peatonales más afamadas del mundo, donde se encuentran las tiendas de lujo de las mejores marcas en joyas, zapatos, bolsos y ropa. También está el café Greco, todo un clásico romano, fundado en el siglo XVIII, y donde se puede tomar un buen café, en un salón con paredes decoradas con retratos de antiguos clientes famosos.
Si seguimos avanzando por la vía del Condotti, llegamos a la plaza de España, la más célebre de Roma, siempre abarrotada de gente a cualquier hora del día. En el centro de la plaza, se encuentra la “Fontana de la Barcacia”, de Bernini, una de las fuentes menos vistas de la ciudad, porque siempre está tapada por los turistas. Allí, también se encuentran las famosas escaleras de la Trinitá dei Monti, llenas siempre de turistas, y donde Audrey Hepburn, sentada en ellas, se comió un delicioso helado, en la clásica película “Vacaciones en Roma”, que recomiendo, si no se ha visto.
Y esa plaza de España lleva ese nombre, porque ahí se encuentra el palacio Monaldeschi, que alberga a la Embajada española ante la Santa Sede, y que tiene el doble honor de ser la Misión Diplomática más antigua de cuantas existen en el mundo, y de mantener su residencia a través de cuatro siglos en el mismo edificio. Sin embargo, no alberga, a la Embajada de España ante la República de Italia, ya que esta se encuentra en la primera planta del Palacio Borghese.
Cuando la República de Venecia, iba a designar un embajador permanente en Roma, por la importancia espiritual y temporal del Papado, el rey Fernando el Católico, por su condición también de rey de Nápoles, y al ser Venecia su gran rival, estableció también, en 1482, una Embajada permanente que, durante más de quinientos años, ha representado y defendido los intereses de España en una misión diplomática, históricamente de mucha importancia.
En aquella época no existían las embajadas permanentes. Los monarcas enviaban, normalmente, embajadores para resolver un asunto concreto, y después regresaban.
Fue símbolo de la proyección internacional de la Monarquía Hispánica cuando otros Estados modernos, ni siquiera existían como tal. Antes de que muchos países se constituyeran, España ya tenía diplomacia estable en la Santa Sede.
Muchos hitos de la Historia se desarrollaron en ella. Por ejemplo, la embajada intervino en la elaboración por parte del Papa español Alejandro VI Borgia, en 1494, de la Bula “Intercaetera”, dando lugar al Tratado de Tordesillas, que repartió el Nuevo Mundo entre los reinos de España y de Portugal.
También, después del “Saco de Roma”, los embajadores consiguen la reconciliación con el Papado, y organizan la importante visita de Carlos V a Roma, logrando el apoyo de los Estados Pontificios a las guerras de religión del emperador (para conocer mejor “El Saco de Roma”, se puede leer en esta misma página web, el archivo dedicado al mismo. https://asociaciontortugaelcharco.com/el-saco-de-roma).
En la embajada se negoció, igualmente, la llamada “Liga contra el Turco”, la alianza entre España, los Estados Pontificios y Venecia, que permitiría derrotar en Lepanto a la flota otomana, librando a Europa de la amenaza turca.
Hay también otros actos desconocidos, como el que, a través de la embajada, hizo el rey Alfonso XIII, en mayo de 1915, al Papa Benedicto XV, ofreciéndole el monasterio de El Escorial, como residencia con extraterritorialidad, para evitar los riesgos de la Primera Guerra Mundial, al brindar al Papa un refugio seguro y neutral durante el conflicto, garantizando su libertad.
En principio, los embajadores españoles se albergaban en palacios, que alquilaban a cardenales o nobles romanos, hasta que, en 1647, el conde de Oñate, embajador del rey Felipe IV, adquiere el actual edificio, el palacio Monaldeschi, cuya rehabilitación encarga al gran arquitecto Borromini (el rival de Bernini), que llevó a cabo una profunda transformación del edificio. Sus intervenciones afectaron desde la fachada hasta el patio interior, pasando por la gran escalera cuadrada, la galería de entrada y la bóveda del salón principal. El resultado fue una residencia diplomática de gran elegancia, cargada de simbolismo y sobria magnificencia.
Por este edificio, pues, han pasado papas, reyes, emperadores, cardenales, guerras, revoluciones, la desaparición de los estados pontificios, la unificación italiana, dos guerras mundiales…, y la embajada española ha continuado allí.
El palacio Monaldeschi estaba en una ubicación privilegiada, muy cerca de la sede de la embajada francesa, que permitía, por lo tanto, al embajador español conocer los movimientos que había en la sede francesa: quién entraba, quién salía, con qué fuerzas contaban...
Hay que tener en cuenta, el enfrentamiento constante que España tuvo con Francia, y que abarcó gran parte del siglo XVI y la primera mitad del siglo XVII, hasta que España empezó a declinar. Para españoles y franceses, era primordial contar con el apoyo de la Santa Sede, porque entonces la sociedad estaba muy clericalizada. Pasar a ser el país favorito de la Iglesia, era importante, tanto frente al interior, o sea los súbditos, como al exterior, porque eso daba imagen de poderío y de justificación de los actos. Hubo enfrentamientos entre ambos países en Roma, con muertos en las calles.
No es de extrañar que su interior sea tan fastuoso como su historia. El palacio alberga una valiosa colección artística que incluye tapices gobelinos del siglo XVII, con escenas romanas y bíblicas, procedentes de la familia Borbón-Orleans. También se pueden admirar tres tapices del siglo XVIII, tejidos en lana y seda, que representan episodios de la vida de Telémaco según diseños de Rubens. Estos adornan el comedor de gala, un espacio reservado para las grandes recepciones oficiales.
Se encuentran en la embajada, además, importantes obras de arte como las dos esculturas de Bernini, “El alma condenada” y “El alma beata”, y los cuadros de Madrazo, Vicente López, Wieldens, Mario de’Fiori, Palmaroli, etc.
En ocasiones, el hall de la embajada ha sido motivo de polémica. La razón es que, en el suelo, se encuentra un gran escudo de los Reyes Católicos, tocado con el águila de san Juan y el yugo y las flechas, símbolos de Isabel y Fernando. Sin embargo, algunos que, desconocían el origen del edificio, han criticado en ocasiones que se exhibieran emblemas “falangistas” en un edificio público (para el tema del escudo, se puede leer en esta misma página web, el archivo titulado “Tanto Monta” https://asociaciontortugaelcharco.com/-tanto-monta-).
Al hablar de la embajada, hay que referirse al “derecho de cuartel” o derecho de extraterritorialidad que tenía España, no solo sobre la propia embajada, sino también sobre una serie de calles adyacentes a la misma. El “cuartel” era, pues, una “isla española” en el centro de Roma, y bajo el gobierno directo del embajador. Era el reflejo en Roma, de la potencia y el dominio que tenía España en otros puntos de Italia: el virreinato de Nápoles, el Milanesado, Sicilia y Cerdeña. España tenía, también, el derecho de poseer un pequeño ejército en Roma que, para hacerse una idea, a finales del siglo XVI, el embajador gobernaba sobre 16.000 personas, entre soldados y personal de la embajada; es decir, un 10% de la población total de la ciudad en ese tiempo. Era una Roma dentro de Roma, donde, por cierto, menudeaba la prostitución.
El embajador español ante la Santa Sede, intervenía en asuntos relacionados con los nombramientos eclesiásticos: obispados, cardenales, además de la financiación de instituciones religiosas, así como la relación con otras potencias católicas.
Y existía una institución particularmente importante, que era la Agencia de Preces, el mecanismo por el que se gestionaban ante la Curia papal, las peticiones de la monarquía y de sus súbditos, relacionadas con beneficios y asuntos eclesiásticos. Por eso, el embajador necesitaba una gigantesca red de contactos, porque no bastaba con hablar con el papa, había que conocer a cardenales, secretarios, monseñores, funcionarios de la Curia, familias aristocráticas romanas, diplomáticos extranjeros, etc. Era una auténtica red de poder.
Durante cuatro años, la embajada fue residencia del pintor Velázquez, que había ido a Roma para adquirir obras de arte para la colección real. Allí pintó “La fragua de Vulcano” y “La túnica de José”, tomando como modelos al personal de la embajada. Por encargo real, los embajadores adquirieron, a lo largo de los siglos, más de dos mil pinturas de los clásicos italianos, que fueron enviadas al Museo del Prado.
Igual que los palacios más exclusivos de Roma, la embajada tiene fantasma propio, el llamado “Fray Piccolo”, un antiguo capellán, que siglos atrás fue muerto a espada por el embajador, castigando sus requiebros amorosos con la embajadora. También el aventurero Giacomo Casanova trabajó en la embajada durante varios años, como traductor de francés, hasta que tuvo que abandonarla rápidamente por un lío de faldas.
El “Privilegio del baldaquino”, que preside el “Salón de los Palafreneros”, rememora la visita del Papa el 8 de septiembre de 1857, cuando Pío IX bendijo desde el balcón de la embajada la columna de la Inmaculada, que preside la Plaza de España, a la que los Pontífices acuden cada año, el 8 de diciembre, siendo recibidos por el embajador.
Durante los siglos XVI, XVII y XVIII, la embajada fue el centro de la vida social, política y cultural de Roma, compitiendo en prestigio con la corte del Papa. En su condición de Palacio real, cuenta con dos cámaras permanentemente preparadas para la estancia de los reyes, y entre las salas de recepción hay un espectacular Salón del Trono, construido en tiempos de Carlos IV.
La embajada, lo es también ante la Soberana Orden de Malta, y el embajador de España desempeña el cargo de Gobernador de las “Obras Pías de los Establecimientos Españoles en Italia”, una institución vinculada a la Iglesia, que administra en Roma y Palermo los bienes, fruto de donaciones de españoles para construir albergues, asilos, hospitales y sepulturas para los peregrinos.
La embajada española ante la Santa Sede, es mucho más que una embajada: es uno de los escenarios físicos donde se puede seguir la historia de España y de Europa, durante más de cinco siglos.
En los más de quinientos años, por la Embajada han pasado 190 embajadores, muchos de ellos pertenecientes a la nobleza española, y otros, grandes personajes de la historia y cultura españolas. Quiero destacar especialmente a dos murcianos: Diego Saavedra Fajardo y José Moñino Redondo, conde de Floridablanca, y también Luis Antonio de Belluga y Moncada, el cardenal Belluga, que, aunque nacido en Motril, fue murciano de adopción. También han sido embajadores el Conde-duque de Olivares, Cea Bermúdez, Antonio Ríos Rosas, Joaquín Ruiz Jiménez, Ángel Sanz-Briz, Francisco Vázquez Vázquez (exalcalde de La Coruña), etc. Actualmente, desde enero de 2022, la embajadora es María Isabel Celaá Diéguez, anterior ministra de Educación.
JOSÉ ANTONIO PARRA
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